Negros nubarrones en el horizonte.



Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Sumario: 211- "Antipastoral". 212- Las uvas agrias. 213- El perrito de cristal. 214- Poema de amor de un atáxico. 215- Un hombre.



211- "ANTIPASTORAL"

20 de febrero de 1995.

Sr. Luis Antonio de Villena:

Sé bien que usted es periodista y escritor y, como tal, ágil y hábil con la pluma. Nuestras ideas no son afines. Si usted tiene las suyas, yo tengo las mías. ¿Cuál son las acertadas? Para mí las mías, para usted las suyas. Tampoco pretendo ni nunca pretendería convencerlo. ¡Allá usted! Ni soy predicador ni tampoco tengo como pretensión la de predicar en el desierto. Aquí, mi intención es únicamente la de pasar el tiempo contestado sus exposiciones y, de paso, formular en mi interior una protesta a sus palabras: porque estoy en un desacuerdo total con usted. Voy a comentar su columna periodística del diario "El Mundo", 16 de febrero de 1995, titulada "Antipastoral". El título mismo ya habla en negativo del autor, aunque titularlo así va de acuerdo con el contenido del escrito, ¿no hubiera sido más correcto "Crítica a una Pastoral"? Sí, claro, hubiera sido más acertado, pero no hubiese ido acorde con su escrito, no dedicado a criticar, sino a descalificar.

En primer lugar, no soy un lector habitual de periódico "El Mundo." Lo ha traído mi padre de un viaje a Burgos. No leer ese diario, no es por cuestión de no estar de acuerdo con su ideología. En absoluto. Tampoco es por falta de información alejándome de las noticias escritas. No tengo acceso a la elección entre prensa variada, pues vivo en una población muy pequeña (pequeñísima) donde no existen los kioscos. En cambio, sí soy suscritor de un modesto periódico provincial que me envían por correo, "Diario de Burgos".

Me parece un patinazo del Director de "El Mundo" dejarle escribir en sus páginas críticas, precisamente, sobre la jerarquía eclesiástica, pues usted posee antecedentes como para no ser imparcial en ese asunto. Aunque yo no sé si dar la campanada, cuanto más estridente, mejor, está en la línea de dicho periódico. No tengo nada contra la libertad de expresión. Al revés, me parece muy bien. Pero, sí estoy en contra de aquellos que como usted, amparándose en la libertad de expresión, utilizan su columna para guerras particulares o para decir tonterías sin pararse a pensar si son, o no, ciertas ni el daño que puedan hacer.

Yo creía que el periodismo era un oficio serio (responsable). Aunque, me creo que usted sí sabe lo que hace, y cuanto ahí dice, lo dice para desprestigiar, nunca para informar. Y eso, saberlo, es peor todavía. Me pregunto si el Obispo Elías Yanes va a responder a sus estupideces, o, por el contrario, ¿aplicará el dicho castellano de no hay mejor desprecio que no hacer aprecio?.

Aunque, mi carta lleva escritas las palabras "tonterías" y "estupideces", no me acuse usted de intolerante como a la jerarquía católica. Si me hubiera ofendido hasta el extremo de tener algo que perdonarle, que no me siento ofendido, estaría perdonado. El lenguaje me parece apropiado para discrepar totalmente. Y más, teniendo en cuenta el atributo de privada de mi carta. Tan privada, que es para mí solo.

En un párrafo anterior, con mi dicho de "antecedentes como para no ser imparcial" he puesto en duda su idoneidad para escribir sobre el catolicismo. Cierto, no puede ser imparcial. Le diré por qué: Este lector siguió su trayectoria como articulista en "El Suplemento Semanal". En esa revista, posiblemente la de mayor tirada de España, usted disponía de una hoja semanal para sus escritos. Todo fue bien, hasta que un día dijo algunas tonterías. Luego diré qué. A raíz de aquello cayó fulminado instantáneamente, nunca más supimos de usted a través de la mencionada revista. En la Dirección debieron de recibir muchísimas cartas para contradecir sus palabras y decidieron cesarlo. Aquel escrito me pareció repugnante. Aunque no lo he guardado, algo se quedó en mi memoria. ¿Qué dijo?: Se atrevió a criticar a la Iglesia Católica por recordarnos que la vida es un valle de lágrimas. Y es así. La Iglesia no nos dice que provoquemos nuestro propio sufrimiento. Al revés, nos anima a gozar de la vida dentro de un orden moral. Un santo triste es un triste santo. Pero, con la alusión al valle de lágrimas, nos recuerda que hemos de estar preparados para los tiempos difíciles. Y, por supuesto, que hemos de disfrutar porque vivimos, pero no podemos vivir exclusivamente para disfrutar. Y esos tiempos malos siempre llegan, Sr. Villena, siempre llegan. Para colmo, usted en su escrito cantaba las excelsitudes de una doctrina llamada "neopaganismo" basada en disfrutar de la vida. ¡Ahí queda eso! No sea cínico, Sr. Villena,. ¿Cómo demonios quiere que basemos la vida en disfrutar de la ella los cientos de millones de enfermos, los hambrientos, los marginados, los mendigos, los sin techo, los millones de personas que sufren por cualquier causa? Si nos quita usted la esperanza, ¿qué nos queda? ¿Nada? Nada. De haber sido adepto a ese "neopaganismo" suyo, ¿qué cree usted que habría pensado cuando supe que mi destino era dura una enfermedad y una silla de ruedas? ¿Hasta aquí he llegado y de aquí ya no paso? ¿Para qué? Deme Dios muchas personas de la ideología del Sr. Obispo y ninguna de la suya. ¿Para desanimarme? ¡No, gracias! Sé que debo intentar disfrutar para endulzar mi vida, pero no puedo vivir sólo para disfrutar. Si sólo fuera lo segundo, mi vida carecería de sentido. Sr. Villena, yo no le puedo demostrar con hechos la existencia de Dios. Solamente creo porque necesito creer, y punto.

Ahora, pasaré a la crítica a su artículo "Antipastoral". "Digo yo, dice usted en su artículo, que la mezcla de poder espiritual y sede temporal convirtió a los católicos -a la jerarquía- en intolerantes. Hablan de caridad y de humildad y esas sanas virtudes las dejan reducidas, generalmente, poco más que al tono de la voz y a unas mansas apariencias, me temo, bien lejanas de su corazón". Y contesto: La Iglesia se ha equivocado muchas veces. No es nuevo afirmar, y afirmo, que sus dirigentes han ejercido de intolerantes en muchas ocasiones. Y, no sólo lo digo yo: se ha reconocido ese error por parte de ellos mismos. Aparte de eso, Sr. Villena, usted con estas palabras da muestras de no saber de esta misa, la mitad. No me extraña, no le veo a usted como visitante de las iglesias. En primer lugar, un Obispo, a quien usted critica, es un hombre, como usted y como yo. Y, como ser humano, está sujeto a toda clase de fallos. En segundo lugar, ser cristiano es buscar la caridad, no conseguirla plenamente. Si algún cristiano se siente perfecto, tiene muy poco de cristiano. Habrá caído en la soberbia (contraria a esa virtud de humildad mencionada por usted). Yo, viendo mis deficiencias, me he hecho esta pregunta varias veces: ¿Sería mejor (más humano) si no fuera cristiano? Me respondo un "no" rotundo, igual, acaso, pero mejor no. De todas formas, en cuestiones de caridad, sepa que yo, (y/o cualquiera), la esperaré de la Iglesia y de Ordenes Religiosas dependientes de la Iglesia, pero de usted y de tipos como usted, no espero ni puedo esperar nada de nada.

Hace una afirmación con una seguridad pasmosa, como si sus palabras sentaran cátedra: "El Obispo Elías Yanes (tengo, desdichadamente, que volver a nombrarlo) desdeña a los homosexuales por haber nacido como son". ¿De dónde se saca usted tamaña tontería? ¡Qué barbaridad! El verbo desdeñar ya está mal, ¿pero desdeñarlos por haber nacido como son? No creo que el Obispo Elías Yanes desdeñe a nadie y menos, por haber nacido como es. No me puedo creer que el Obispo niegue a nadie la confesión o la comunión por su exclusiva condición de homosexual. Una cosa es que el Obispo tenga el más profundo respeto por toda persona humana (y lo tiene, caridad incluida), y, otra bien distinta, que bendiga lo que a usted le de la gana que bendiga. ¡No diga disparates!.

Y lo adorna todo con un sinfín de tonterías: "Yo no le puedo pedir al Sr. Yanes que sepa de los derechos humanos, que se sienta hombre de progreso, que esté dispuesto a vender un palacio episcopal -sólo uno- para dar cobijo a los sin techo de su ciudad, no, no le puedo pedir a este obispo (como decía Pasolini) que perdone a Marx. Nada de esto me atrevería a pedirle. Sé que él es un hombre conservador y de derechas -por sus hechos los conoceréis- mi petición a este señor obispo, a este hombre puro, es más sencilla. Le pido que se acuerde de la humildad y la caridad. Que recuerde lo que decía su San Pablo sobre las virtudes del amor. Que no desprecie a los que sólo han cometido el tremendo pecado de ser como son. Nada más".

Le contestaré a este último párrafo: El Obispo Elías Yanes ya sabe de derechos humanos. Lo cual no quita para que se niegue a bendecir aquellos derechos impuestos por otros Organismos si no coinciden con su doctrina. Esa es su obligación ante su conciencia y ante nosotros los fieles. Lo de hombre de progreso resulta bastante abstracto. Donde usted ve progreso, yo puedo ver todo lo contrario: regreso. El Obispo ha de ser fiel al cristianismo con independencia de ser tildado de progresista, o no. No creo que venda un palacio episcopal, porque sabe que con ello, no conseguiría erradicar el problema. Sin embargo, con todos los fallos eclesiales, (se lo recuerdo, porque parece no saberlo o no quererlo saber) de la Iglesia parten los principales albergues (entiéndase los de Caritas). Faltaría más, Marx, como persona, está perdonado. Otra cosa, distinta sería que la Iglesia comulgue con algunas de sus ideas. También es crítica con formas del capitalismo, el materialismo, el consumismo, el hedonismo y todo aquello cuanto, según su conciencia, deba criticar, sin mirar de dónde viene. En alusión a conservador y de derechas, no mezcle religión con política. Elías Yanes no desprecia a nadie (usted ve gigantes donde hay molinos de viento). Y de su última petición, ¡qué le voy a decir!: Ha ido usted a llevar agua al mar. Pero, como Elías Yanes es hombre y, además, cristiano y, por tanto, no se cree perfecto, tomará buena nota de su petición de recordar "la humildad y la caridad de "su" San Pablo", como dice usted.

Sin más, yo, que no tengo ninguna autoridad en la Iglesia, desde mi imperfección de hombre (ya sé que no está bien hecho, dirá que no es cristiano), le recomendaría a usted que se mire el ombligo antes de escribir esta clase de artículos.



212- LAS UVAS AGRIAS

Apenas habíamos acabado de abrir los regalos dejados junto a nuestro árbol navideño por el rollizo Papá Noel, cuando nos enteramos de la noticia. Apenas habíamos consumido la última botella de cava o de champán (¿qué más da el nombre?) del año viejo, cuando supimos de la existencia de unos "locos" llamados zapatistas. Apenas habíamos tragado las doce uvas de la suerte que daban comienzo al nuevo 1994, cuando surgió el conflicto. Nos habíamos dicho eso de "año nuevo, vida nueva", pero era de mentirijillas, siempre lo es, porque esa clase de magia no existe: la vida de los años nuevos es una continuación en una misma dirección de la de los viejos. Sucedió en Méjico, un país con democracia: "El menos malo de los sistemas", como lo definió Churchil. A veces democracia es una mentira. El fin de la política debiera ser el bien común, no la conveniencia de determinado partido político. La fuerza de los votos sólo es válida cuando es aprovechada en beneficio de todos los ciudadanos, sin excepción.

Si España fue un modelo de transición de la dictadura a la democracia, hoy es una birria de democracia. Basta echar una ojeada para verlo: Todo es amiguismo, un inmenso club de amiguetes. La hoy llamada, no sé por qué, cultura del pelotazo, campa por sus anchas. Las autonomías ricas se dedican a tirar de la manta y a dejar a las pobres en pelotas. Cualquier Ayuntamiento parece un partido de patio de colegio: nadie hace nada, y todos dicen así no: protestan por protestar... y cuando no pueden conseguir sus objetivos con protestas, las trasladan a los juzgados camufladas de acusaciones. Todo lo malo crece como la espuma: el paro, el SIDA, la droga, la presión fiscal, la delincuencia, la inflación, el déficit público. Es normal que crezca el gasto: ¡con tanta burocracia! ¡Hasta para ir al servicio a mear es preciso rellenar una solicitud!.

Y volviendo a la democracia, decía de ella un Sr. que no sabe cuántas son tres y dos, pero al fin y al cabo tan señor como quienes sí lo saben:

- Da la impresión de que con la democracia sólo han ganado los sinvergüenzas.

Y según lo exponía, llevaba razón:

- Antes me podía pasear por cualquier parte y a cualquier hora, hoy te encuentras una navaja hasta en la calle más céntrica.

A mí personalmente, lo mismo me da que quien gobierne se acueste en la casa blanca o en la casa negra. El caso es gobernar bien, "que el gato cace ratones" decía el líder chino Mao. Un día me invente el partido del sentido común. Los de hoy tienen sentido del provecho. ¿Pero común? Quisiera ver a los políticos en la brecha por vocación. Como a los curas. Y no por la pasta gansa que se llevan por acudir a sestear al trabajo dos sesiones de cada tres: las otras no van.

Me he liado, estaba en Méjico, un país en democracia, y más concretamente en el estado de Chiapas. Los votos no se pueden utilizar en perjuicio de una minoría. Por eso, ni los votos ni la democracia sirven de ley al insurrecto FZLN, o sea: zapatistas. ¿Quiénes son esas personas que han estado a punto de indigestarnos las uvas de Nochevieja? Unos "pobres e ignorantes" campesinos indígenas. ¿Pero no tienen cauces democráticos para pedir lo que quieran? Se ve que no. Piden algo tan simple y elemental como: pan, techo, tierras y libertad.

El fin no justifica los medios, pero ante la injusticia blanqueada de legalidad llevan razón. ¿Quién se la niega, como no sea el Gobierno mexicano?.

El comandante Marcos, jefe de los insurrectos, ante las cámaras de televisión de todo el mundo afirmaba ser el hambre el único móvil de la insurrección.

- Nosotros -añadía- como no somos nada, no tenemos nada que perder.

Un centenar largo de muertos y varios de heridos es el balance de la revuelta que nos amargó las uvas de Navidad y finalizó con una dura represión y la promesa de diálogo. Las armas no son medio de protestar, pero, ¿acaso justifican los votos la represión de la miseria? ¡Pobres zapatistas!, os engañarán como a conejos. El diálogo en política no existe. Es un cuento moderno. Aparte de en los círculos íntimos, en público sólo lo utilizan los vendedores ambulantes: Te piden el doble de su valor por un objeto y, cuando ofreces la mitad, te cargas con él. Como las promesas no cuestan nada, los políticos os prometerán una reforma agraria de esas que nunca llegan en ningún sito. A otros se las han prometido hace cientos de años, y aún siguen esperando... sus nietos, claro.

¡Pobres zapatistas!, lo tenéis negro. Siento deciros que tampoco las revoluciones dan dolor y la única satisfacción de no estarse quieto ante las injusticias. ¡Preguntádselo, por sus barbas, al camarada Fidel! Diga lo que diga, se morirá de viejo y, sin mejorar nada, no habrá acabado su revolución, nunca podrá acabarse...



213- EL PERRITO DE CRISTAL

Luis y Adela eran dos niños de cinco y cuatro años, respectivamente, que fueron a pasar con unos familiares la primera tarde de las vacaciones navideñas. Sus primos se llamaban Carlos y Ana. Carlos tenía la misma edad de Luis, aunque por pocos meses era mayor que él. Anita era la más joven de los cuatro: apenas había cumplido cuatro años.

Estaban jugando a las cartas en torno a la mesa de la sala de estar cuando apareció por la puerta la dueña de la casa y dijo:

- Me voy. No hagáis fechorías.

Y dirigiéndose a Luis y a Adela añadió:

- Cuando vuelva, ya os llevaré a casa. ¡Hasta la vuelta!

E hizo el clásico ademán de besar su propia mano en las yemas de los dedos y lanzarles el beso, pero tuvo buen cuidado de no rozar su boca para no estropear la pintura de sus labios.

- ¿Dónde va? -preguntó Luis cuando ya había cerrado la puerta.

- A trabajar -contestó Carlos sin titubeos.

- No. Va a escribir cartas -corrigió Anita en un tono que no sentó nada bien a su hermano.

- ¡Y qué más da escribir cartas que trabajar! ¡Si es secretaria! -replicó Carlos molesto por la corrección absurda e ignorante de su hermana-. ¡Roba y calla!.

En realidad Carlos estaba indignado porque siempre perdía y culpaba a su hermana, que era su pareja en el juego, gritándole:

- ¡Triunfo! Tira triunfo.

Y, cuando su hermana tiraba, de nuevo volvía a poner el grito en el cielo:

- ¡Ah, copas! ¡No! Eso no. Triunfo es oros.

- ¡Si me has dicho que triunfo era copas -dijo Anita con la voz entrecortada y conteniendo el llanto aturdida por los gritos de su hermano.

- Eso era antes, en el pasado juego. Ahora son oros -contestó Carlos airado mientras revolvía todas las cartas-. ¡Así no se puede jugar!.

- ¡Tramposo! ¡Que eres un tramposo! -insultó Adela.

- Pon la televisión a ver si hay dibujos animados -dijo Luis, harto de jugar a las cartas.

Dicho y hecho. Carlos inmediatamente tomó el mando a distancia y encendió el televisor. Salió un hombre, y ninguno de los cuatro entendía sus palabras.

- ¿Quién es ese? -preguntó Carlos a Luis.

- Será político.

- ¡Hala! ¡Político!. No ves que no lleva corbata.

- Pues mi padre dice que los políticos hablan y no dicen nada. ¿No es así Adela? -preguntó a su hermana.

Y la niña dijo "sí", como podía haber dicho "no", porque no sabía quién eran los políticos. Y añadió:

- ¡Cámbiala!

Carlos hizo todos los cambios posibles y no había dibujos animados en ninguna cadena.

- Mira, toros -afirmó Adela.

- ¡Apágala! -saltó decepcionado Luis-, que no me gustan los toros.

Y nada más cesar el ruido del televisor, dijo Adela:

- ¡Descansan hasta las paredes!.

- ¿Qué paredes? -preguntó Carlos sin entender nada.

- No sé. Eso dice mi madre cuando apagamos la televisión.

- Tengo una idea -dijo Luis como dándose importancia-. Porque no jugamos al parchís.

- Anita, ¿dónde está el parchís? -pidió Carlos a su hermana.

Pero Anita estaba muy enfadada con su hermano desde las palabras poco amables cuando jugaban a las cartas y no quiso abrir la boca. Sólo hizo una señal con el dedo y, acompañándose de la vista, quiso dar a entender que el parchís estaba encima del armario.

Carlos se subió encima de una silla, pero no alcanzaba.

- ¡La mesa! ¡La mesa! -gritó Adela como si hubiera descubierto algo grande.

Pero, entre los cuatro, uno de cada esquina, no fueron capaces de mover la mesa de su sitio.

- ¿Porqué harán las mesas tan pesadas? -se lamentó Luis

- Es que es de nogal.

- ¡Pues habrán metido el nogal entero!

- ¿Qué es un nogal? - pregunto Anita.

- Un árbol -se apresuro a responder Luis-. ¿Por qué no ponemos dos sillas?

- ¡Qué ocurrencias más tontas! -le reprochó Carlos-. ¿Dónde habrás visto tú una silla sobre otra silla? ¡Eso es imposible!

- ¡Ya lo tengo! -exclamó Adela, pero para darse importancia no dijo nada hasta que los otros tres dirigieron hacia ella la mirada de forma interrogante:

- La silla y encima los libros.

Vaciaron la estantería y colocaron los libros en dos columnas sobre la silla.

- El Con-de de Mon-te-cris-to -leyó Adela.

- Déjate de tonterías -cortó Carlos, subiéndose encima a continuación.

Pero los libros se corrieron hacia un lado y todo se vino al suelo junto a Carlos haciendo un gran estruendo.

- El perrito se ha caído y se ha roto las patas -se lamentó Adela.

A Anita, de repente, se le pasó el enfado, y se preocupaba por su hermano:

- ¡Carlos! ¡Carlos!.

Carlos se levantó y, ante el susto de los demás, mayor que el suyo, dijo:

- Nada. No ha sido nada.

Entonces vio el perrito de cristal con las dos patas delanteras partidas y, entre agobiado y triste, exclamó:

- ¡Ahora sí que la hemos hecho gorda!.

¡No era para menos! Era el perrito de cristal tan querido por mamá, porque lo trajo de Italia en su viaje de luna de miel. Los cuatro se quedaron callados buscando una solución al problema que de repente les había caído encima.

- ¡Ya lo tengo! -dijo Adela que era la más despierta de los cuatro-. Al final del paseo hay una clínica canina.

- ¿Y eso qué es? -preguntó Luis.

- Una clínica para perros. ¡Estúpido! Que lo ha dicho la Señorita en clase -respondió Adela a quien no había agradado el tono de la pregunta.

- ¿Seguro? -interrogó Carlos, muy interesado en el tema.

- ¡Claro! Si no, no lo diría la Señorita.

Carlos sin dar una explicación y sin que nadie entendiera la razón salió rápidamente de la habitación y volvió de inmediato con los abrigos:

- Son las tres -dijo a la vez que introducía las piezas del perro en una bolsa de plástico de unos grandes almacenes-. Para las cinco, tenemos que estar de vuelta. ¡Vamos!.

Los tres mayores corrían por el parque. Anita no podía seguirlos y gritaba:

- ¡Esperadme! ¡Esperadme!.

Los dos niños la cogieron uno de cada mano y la llevaban en volandas casi sin que pisara el suelo. Tan deprisa iban, que se llevaron por delante el paraguas abierto de una pobre anciana. Menos mal que ella tuvo reflejos y movilidad suficiente para soltar el paraguas y apartarse a la vez que expresaba su protesta:.

- ¡Demonio de chicos!.

Llegaron a la clínica canina y, antes de entrar, escondieron la bolsa donde iba el perrito entre un seto cercano a la entrada. Enseguida encontraron al doctor. Pasaba hojas en un libro como si estuviera buscando algo. Carlos tuvo que toser para que los viera.

- ¡Hola! ¿Qué desean?.

Tuvo que hablar Carlos, porque los demás no se atrevían.

- Tenemos un perro que se ha roto dos patas.

- Lo siento. No tenemos escayola. El pedido llegará mañana. Pero traigan el perro: habrá que ponerle una inyección para evitar la infección.

- Vete a por el perro -dijo Luis a Carlos, mientras el doctor se dirigía a la estantería para cambiar el libro por otro.

Carlos, no estaba conforme, bajo la voz y dijo:

- ¡Venga, vámonos!.

- ¿Porqué?.

- ¿No ves que está loco? Quiere ponerle una inyección.

Y salieron de allí rápidamente, sin que nadie supiera el motivo de correr.

- ¿Y ahora qué? ¿Adónde vamos? -preguntó Luis.

- Por el camino -respondió Carlos- he visto un cartel que pone: "Clínica pollina, 100 m.". Tal vez, en la clínica para pollos, tengan escayola.

A toda velocidad, recorrieron el camino hasta encontrar el citado hospital. Una vez dentro, recorrieron salas y más salas sin hallar a nadie. Sólo quedaba una por mirar, y hallaron a un doctor bastante anciano leyendo el periódico. No contestaba a las llamadas, ni movía pata ni oreja. Por ello Anita exclamó:

- ¡Será una estatua!.

Ya iban a irse, cuando el doctor se rascó la cabeza miméticamente.

- ¡Se ha movido! -dijo Adela sorprendida, aunque el tono de sus palabras delataba miedo.

Los niños rodearon al doctor. Carlos, el más atrevido de los cuatro, golpeó el periódico con la mano. El doctor inmediatamente se levantó sobresaltado y, ante la mirada aterrorizada de los niños que instintivamente se cogieron de la mano, se dirigió a la mesa. De allí cogió un gran embudo, porque era rematadamente sordo, y se lo aplicó a la oreja.

- Perdonen. ¡Cómo tengo tan poco trabajo...! Pero, ustedes dirán...

- Hemos visto a la puerta -dijo Carlos, elevando el tono de la voz-, clínica de pollos y...

- No. De pollos no -corrigió-. Pollina... de burros. Y, como actualmente apenas hay burros y menos en la ciudad, no tengo pacientes, sin embargo no cerraré la clínica porque ¡como ya soy anciano! Pero, ¿qué desean?.

- ¿Tiene usted escayola?.

- Sí, escayola sí. Lo que no tengo es burros. Pero, ¿para qué quieren la escayola?.

- Para este perrito -dijo Carlos sacando de la bolsa las piezas de cristal.

Al doctor le entró la risa. Esto desconcertó completamente a los niños. Y, si no se fueron corriendo como en el hospital anterior, fue porque el doctor tenía al perro entre sus manos y no hubieran podido marcharse abandonando al perrito.

- A este perrito no le hace ninguna falta escayola -dijo entre risas-, sino pegamento.

Y seguidamente escribió en su talonario una receta que entregó a los niños. Ellos no entendieron aquellas letras tan raras.

- Les anotaré en esta hoja las instrucciones.

- Escriba en cristiano -dijo Luis.

Al tiempo, Carlos dio un codazo a su primo para que se callara.

Pero, el doctor no oyó las palabras de Luis, porque había dejado sobre la mesa el embudo para escribir con comodidad.

- Eso dice mi padre cuando no puede leer mis escritos del colegio -dijo Luis para explicar sus palabras ante el reproche de su primo.

- Esto -dijo el doctor cuando dejó de escribir- es un pegamento muy fuerte que venden en las droguerías o en las librerías. Echen unas gotas en cada una de las superficies a pegar, y después sujeten la una contra la otra durante treinta segundos. ¡Ah! No lo dejen caer en la ropa ni en ninguna otra parte, sobre todo en su piel, porque es cáustico.

Finalmente, les dio la mano como despedida y agradeció que se hubieran acordado de aquella clínica, olvidada según él.

Cuando estuvieron fuera, dijo Luis:

- ¿Y por qué una clínica pollina es para curar burros?.

Nadie supo contestar a la pregunta. Y, se encogieron de hombros...

Adela rompió el silencio:

- Es simpático ese doctor.

- Veterinario -corrigió Carlos. Eso pone en la receta- "Veterinario Colegiado ene cero 4316".

- Ni siquiera le hemos dado las gracias -añadió Adela.

- Ya no tenemos tiempo para volver -manifestó Carlos-. Ahora, debemos buscar una droguería.

- Yo creía que las recetas se despachaban sólo en las farmacias -anotó dudando Luis.

- Si ha dicho en una droguería -replicó Adela-. Es en una droguería.

- ¿Qué es una droguería? -preguntó Luis-. ¿Dónde venden droga?.

- No. ¡Listo! -replicó su hermana-. Donde venden detergentes. Una vez estuve con mamá a comprar jabón para la lavadora. Pero está en el otro extremo de la ciudad.

- ¡Mirad! -anunció Luis-. Allí hay una librería.

"Librería, Buen amigo" se podía leer en un rótulo rojo, con letras blancas.

Entraron en la tienda y había una señora comprando un libro. El librero tenía el mostrador lleno de libros y meneaba la cabeza cada vez que el cliente pedía otro.

- Este tiene las letras pequeñas y muchas páginas. Este otro no me gusta porque es de romanos. Éste me parece bueno, pero no tiene dibujos. ¡Oh!, ¡qué portada más horrible!, éste ni lo miro. Éste no lo quiero, porque es de un autor poco conocido.

El librero por fin habló:

- ¡Éste, señora! ¡Éste es el suyo!.

- Waskisotas. ¡Cómo voy a leerme un libro con un título tan raro! A la próxima semana vuelvo a ver si ha recibido mejores ejemplares.

Apenas desapareció por la puerta el comprador, el librero se hecho las manos a la cabeza y, sin ser capaz de reprimir sus palabras, soltó lo que no se había atrevido a decir directamente al cliente.

- ¡Mejor que no vuelva, porque no sabe lo que quiere!.

Y luego se dirigió a los niños:

- ¿Qué desean?.

Carlos, sin palabras, tal vez asustado por el mal genio momentáneo del librero, -aunque el mal humor no iba con ellos- alargó la receta por encima del mostrador repleto de libros.

- Un momento...

Fue a buscar el producto a la trastienda. Enseguida volvió con una cajita, la envolvió en papel, y se la entregaba a los niños con estas palabras:

- Noventa y siete pesetas...

Los niños no se atrevían a coger la caja ni pronunciaban palabra. Después de unos momentos con la mano extendida, el librero lo entendió todo.

- ¡Ah! No tenéis dinero. ¡Bueno!, no importa. ¡Tomad!, también yo tengo unos niños de vuestra edad. ¡Hala, hala!, marchad.

Ya en casa, comenzó la operación quirúrgica. Carlos, que hacía de cirujano, se remangó. El perrito estaba sobre la mesa.

- Un momento... -corto Adela.

Y, tomó unas hojas de periódico que colocó sobre la mesa.

- Ha dicho el doctor, que no lo dejemos caer en la ropa ni en ninguna otra parte.

- Veterinario. Veterinario -corrigió Carlos, porque doctor se sentía él.

Ya había destapado el tubo, pero no echaba.

- Hay que perforar la membrana con una aguja -dijo Adela-. ¡Que sois unos ignorantes!.

Como no encontraron una aguja, emplearon la punta de las tijeras.

Carlos había tomado la pata de su izquierda, cuando le cortó Luis:

- ¿Por qué no empiezas por la derecha?.

- ¡Que cosas más tontas dices! ¿Por qué tú no empiezas a escribir por la derecha?.

- ¿Por qué discutís tonterías? -intervino Adela-. Si la pata derecha del perro está a vuestra izquierda, y su izquierda a vuestra derecha.

Carlos, pegó una pata, no sabía ya bien si era la izquierda o era la derecha. Utilizó el mismo sistema que recomendó el veterinario. Puso unas gotas en las dos superficies a pegar y las mantuvo unidas, no treinta segundos, sino cuatro minutos por si acaso.

- Perfecta. Ha quedado perfecta -dijo Carlos, orgulloso de su trabajo-. Ni se nota.

Para la otra pata siguió el mismo procedimiento, pero cuando el cirujano jefe quitó la mano, vieron que había quedado torcida.

- Rómpela otra vez -sugirió Luis.

Pero, el pegamento era tan fuerte que fue imposible hacerlo con la mano.

- ¿Y si lo dejamos caer al suelo... -insinuó Luis.

- ¡Qué bárbaro! -le reprendió Adela-. Se puede romper hasta la cabeza.

- Asunto concluido -dijo Carlos colocando al perrito en el armario-. Son las cinco y media. Aún nos queda media hora para jugar a las cartas.

Aunque movieron la baraja por la mesa, no jugaron: porque ponían un ojo en el perro, otro en las manecilla del reloj y los dos oídos en la puerta. Anita era la más despreocupada de los cuatro. Ni una vez la regaño su hermano por no tirar triunfo, aunque cada vez tirara la carta que acertaba.

Por fin llegó la mamá. Todos siguieron con las cartas, como si nada hubiera pasado, menos Anita que no quitaba ojo al perro y lo señalaba con el dedo.

- ¡Chivata! ¡Chivata! -gritó Carlos.

Pero la mamá ya tenía entre sus manos el perrito de cristal y, mientras acariciaba una de las patas delanteras, pedía una explicación con la mirada.

Y tuvieron que contarle toda la verdad.

La mamá se rió mucho. Era cierto que se habían ido de casa sin permiso, pero no podía negarles una buena voluntad enorme.



214- POEMA DE AMOR DE UN ATÁXICO.

Si quieres que cante, canto.
Si quieres que vuele, vuelo.
Lo primero está en mi mano,
lo segundo, no lo creo.
Mas, como no hay imposibles
en el mundo de los sueños,
para que tú sonrieses,
sería capaz de hacerlo...

Mírame, ya tengo alas.
¿No lo ves como me elevo?.
Cierra los ojos si no,
notarás que puedes verlo:
como asciendo por las nubes
y llego hasta el firmamento.
Me he sentado en las estrellas,
y allí sentado te espero...

¿Te atreves? ¿Quieres volar?.
Ven, vuela, no tengas miedo.
¿Acaso no ves tus alas?.
Vuela, y ven a mi encuentro.
Aunque me veas muy alto
y la tierra quede lejos,
recuerda: no hay imposibles
en el mundo de los sueños...

Aquí no existen barreras,
porque vuela el pensamiento,
ni nos hace falta silla
para llevar nuestros cuerpos.
No podemos caminar,
pero volar sí podemos,
porque nunca hay imposibles
en el mundo de los sueños...

Y sentirás que aquí arriba,
a la luz de los luceros,
no existen las distancias,
ni siquiera cuenta el tiempo.
Escucharás una música
tan leve como un silencio,
como si el cielo quisiera
poner armonía en esto...

Con música, dos palabras
repetidas como el eco,
bajitas como un susurro,
como se cuenta un secreto.
Escucha, ¿no ves?, ¿las oyes?,
expresan mi sentimiento...
- ¿Las palabras? No las digo.
Adivina cuales fueron...

Si dudas al despertar,
y crees que no fue cierto.
que no estuviste allá arriba,
ni las alas existieron,
que no puede ser posible
que suceda algo tan bello,
recuerda: no hay imposibles
en el mundo de los sueños...

Y si quieres comprobar
que algo quedó de ello,
vuelve entonces a mi carta,
he olvidado adrede un beso,
perdido entre mis palabras,
está oculto entre mis versos.

Dime, ¿lo ves?, ¿lo aceptas?
Sólo has de recogerlo...
El dejará en tu mejilla
lo que te dije en el cielo.
Lleva las mismas palabras
dichas en aquel momento.
Con un lenguaje distinto,
las repetirá de nuevo.
Él te dirá con dulzura:
te quiero, &&&&&, te quiero...



215- UN HOMBRE.

En la primavera de 1981, a mis 26 años, me internaron en un hospital de la Seguridad Social para realizarme algunas pruebas acerca de mi ataxia. Entonces, aún no utilizaba silla de ruedas. Las habitaciones eran de dos camas. Mi compañero y yo habíamos ingresado esa misma tarde. Yo creía que eramos dos personas enfermas que allí nos sentíamos inmensamente solas, pero me equivocaba. Mi compañero no se sentía enfermo y consideraba una tontería estar en el hospital. Según él, había sufrido un ligero mareo y el Doctor no sé cuántos, amigo de la familia, lo había metido allí para una observación. Más o menos, que él estaba por influencias. Porque, para ir a un hospital de la Seguridad Social ha de ser por urgencias [medio muerto], o después de haber superado una cola de espera de un año. Y a juicio por los dos días solamente que allí estuvo, estaba más sano que los médicos.

Hablamos. Cometí la imprudencia de decirle que había estado estudiando para sacerdote. Pero él tenía prejuicio contra los curas por una cosa totalmente absurda: por el celibato. Yo tenía conocimientos suficientes de este tema para debatirlo con él. Pero hay momentos en los que piensas que cuanto digas es inútil, pues no serviría de nada, y me callé. Mala decisión la de callar, pues por lo menos se habría dado cuenta de que mi nivel cultural no era para discutir "chorradas" conmigo. Así me sometió a una tortuosa batería de preguntas de las que intentaba salir con educación a pesar de verme más acosado que un boxeador junto a las cuerdas. Porque... ya es el colmo que alguien a quien se ha conocido hace dos horas, y más aún en un hospital donde se supone que los pacientes estamos allí con preocupaciones primarias, te espete a la cara la siguiente pregunta: "- Oye, ¿tú follas, o no follas?". ¡Como para mandarle a la mierda!. Y el colmo de los colmos es que añada: "- Yo follo todos los días. Mañana cuando venga de visita mi mujer, se lo preguntas, verás como es verdad". Pensé: "¡Pero qué dice este gilipollas!. Si mañana hiciese esa pregunta a su mujer, me pondría la cara del revés de un bofetón... y además, bien merecido lo tendría". Y la guinda al pastel la puso cuando después de haberle reconocido no tener esposa ni novia por no haber encontrado ninguna mujer que quisiera serlo para mí, sentenció: "- El hombre que no tiene una mujer, no es hombre".

Esa sentencia hecha con énfasis, como final de la conversación, fue para mí de tanto impacto como la bomba atómica de Iroshima. Con una enfermedad degenerativa... sabiendo lo que me esperaba en la vida... por supuesto, sin compañera femenina... invadido por el aire deprimente de saberme ingresado en un hospital... en la cama... la luz apagada... y hora de dormir, sin "malditas" ganas... esto es como para pedirle a Dios: "Anda ven esta noche y llévame, porque este tipo, de puro ingenuo, tiene razón, ni soy hombre ni soy nada, ya he hecho en la vida todo lo que me era posible hacer, y aquí estoy sobrando".

A la mañana siguiente, después del desayuno, una enfermera nos mando acostarnos porque iban a venir a realizarnos una punción en la columna vertebral. Ninguno de los dos sabíamos qué era aquello, pero obedecimos sin preguntar. Cuando entró en la habitación una Doctora seguida de una enfermera empujando un carrito con jeringuillas y un juego de agujas, lo asocié a la palabra punción, y en mi interior adiviné de qué se trataba.

Comenzaron la tarea conmigo. Como me ordenaron, me puse boca abajo junto al borde izquierdo de la cama. Tan al borde, que temí que por mi condición de atáxico podía perder el equilibrio y aterrizar en el suelo. Por ello, me agarré con mis manos a ambos lados del catre de la cama. Cerré los ojos y dejé hacer. Cuando acabó su tarea, la Doctora, me felicito: "- ¡Así, da gusto!".

Pasaron a realizar la extracción a mi compañero. Por educación, me coloqué de perfil en la cama mirando al ángulo opuesto de la habitación. Fue una buena decisión apartar la mirada, porque, ante lo que allí sucedió, si la enfermera, que sólo estaba allí para empujar el carrito, y yo, hubiéramos cruzado una mirada, habría temblado los cimientos el edificio hospitalario de la sonora carcajada.

Mi compañero era un poco obeso, y comprendo que la Doctora no tenía claro donde estaba la unión de las vértebras para poder pinchar con decisión. Él comenzó con toda serie de interjecciones de quejido... siguió cagándose en no sé cuántos personajes celestiales... pedía a gritos que le dejasen en paz... y, para más inri, se cagaba en el padre de la Doctora, y la mandaba a ella a tomar "pol" culo. Imagino que ella estaba más roja que el carmín y tan azorada que ya no sabía qué hacer. La Doctora repetía: "- Por favor estese quieto". Por las incesantes repeticiones, pienso que mi compañero estaba moviendo su cuerpo como se mueve el esqueleto en un discoteca al ritmo de la música, pero él lo movía al ritmo de la lengua, sucia lengua :-) . La Doctora, muy educada, supo callar. Yo le hubiese dicho: "- Lárguese a su casa, y vuelva con más humildad cuando se sienta enfermo de verdad, y deje en paz a mi padre, que no tiene ninguna culpa de esto". Tampoco sé qué dirán de estos casos las normas hospitalarias, porque hasta se puede tergiversar la película y acusar al Doctor de desconsideración hacia el paciente si le reprocha algo. Y ni siquiera puedo comprender cómo celadores y demás enfermeras del hospital se mantuvieron al margen del escándalo de tanto griterío: Tal vez hayan visto más casos de este mismo estilo y sepan que la mejor solución es no hacerlos aprecio.

No sé si tener apartada la vista y juzgar de oído, quitaba o añadía comicidad al asunto. Las aventuras de Laurel y Hardy (el gordo y el flaco) de mi infancia, no eran nada comparado con esto. Ésta ha sido la experiencia más cómica de mi vida. Yo tenía la lengua apretada con los dientes para no reírme, e imaginaba que la enfermera tendría que hacer lo mismo. A pesar de las medidas adoptadas, se me escapaba algún gruñido de risa reprimida. Y es que, para colmo, me acordaba que aquella persona, la víspera, se atrevía a definir un hombre. Algunos creen que la hombría está en el volumen de los genitales... en la cantidad de mierda y de groserías que sueltan por su boca... o en el número de polvos que echan... y luego se hunden ante el más leve contratiempo. Es más grande quien cae y se levanta que quien nunca se ha caído. Algunos se creen hombres simplemente porque han tenido la suerte de no verse nunca por el suelo.



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