
Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.
Sumario: 191- Angela y Amy Lekeberg. 192- Cada uno en su sitio. 193- ¿Soltero por obligación?. 194- Diferencia entre humor y chiste. 195- El cambio.
He seguido con simpatía la historia de las hermanas siamesas Angela y Amy, nacidas el 29 de junio de 1993. Aunque, sin embargo, no me he enterado de su realidad hasta algún tiempo después de su nacimiento. Ya había comenzado la segunda mitad del mes de agosto cuando supe de su existencia. Estas dos niñas son hijas del matrimonio Lekeberg.
No recibo el periódico durante el fin de semana. Por esta circunstancia aludida, en un inicio, estuve al tanto de esta historia a través de la televisión. Las noticias del medio televisivo son menos completas que las de la prensa escrita. Además este medio visual, si no posees un buen video conectado, no permite tomar apuntes debido a su rapidez en antena. Son fugaces. Porque, claro, antes de encontrar un lápiz y una cuartilla, los presentadores han abandonado la noticia para pasar a otra. Del suceso sólo queda algunos recuerdos en la mente y, por supuesta, la evocación de las imágenes. Ahí sí: en eso de las descripciones visuales la tele gana a los periódicos. Sin embargo, la televisión no deja de ser un medio efímero. En los periódicos, como dijera Pilatos con motivo del INRI: "lo escrito, escrito está". Así es: ahí permanece, las noticias escritas se puede leer y repasar cuantas veces sea necesario.
El primer día en llegar hasta mí este suceso concreto, comentaron desde la pantalla del televisor que en el hospital de Chicago, donde nacieron las niñas siamesas, se habían negado a separarlas por las pocas posibilidades de que sobrevivieran. Por esa negativa a intervenir quirúrgicamente, las internaron en el hospital infantil de Filadelfia. Este segundo Centro, es pionero en intervenciones quirúrgicas de este tipo. Pero, por tener para las dos niñas un solo corazón y un solo hígado, una de las dos debía morir para poder salvar la vida de la otra hermana. Y, como en el único corazón de las siamesas existía una malformación, debía efectuarse en él unas intervenciones quirúrgicas para que posteriormente la separación pudiera tener éxito. Acababa la noticia televisiva diciendo que el caso había levantado gran polémica entre los médicos de los Estados Unidos.
Yo, ¡inocente de mí!, me llené de preguntas sobre cuestiones de tipo ético: ¿Y dejarlas morir? ¿Y si sobreviven? ¿Cómo podrán vivir dos personas unidas por el pecho? Y si una debe morir, ¿quién puede atreverse a decidir cuál de las dos ha de morir? ¿Y hacer sufrir a las niñas si hay pocas esperanzas? ¿Y si no se intenta? ¿Y si...?
Al día siguiente, y también por la televisión, me enteré de que en tal polémica, además y tal vez muy por encima del ético, existía un componente económico. ¿Motivo aducido...? Puesto que los presupuestos sanitarios son limitados y, además, había pocas posibilidades de que sobreviviera una de las dos, era mejor gastar en otros pacientes... "¡Caramba, ese ya es un cuento distinto!", me dije.
En el periódico del domingo 22 de agosto, que yo recibí el lunes, encontré la noticia en una página interior. Ya se había realizado la operación. El titular decía: "Falleció la siamesa Amy para dar esperanza de vida a su hermana Angela". En las letras pequeñas del diario se desarrollaba el titular con unas declaraciones del padre de las niñas. Este Sr. con sus palabras salía abiertamente en defensa de la intervención quirúrgica: "No hay consideraciones económicas cuando existe una mínima esperanza de salvar la vida".
"¡Caray!, tiene razón el Sr. Lekeberg", pensé. En el total del artículo del periódico se veía con más claridad el trasfondo económico del asunto. No era tanto un problema de ética como de dinero. El matrimonio Lekeberg, no tenía trabajo, ni seguro médico, ni un sólo duro (o dólar, pues estamos en USA.). Nadie sabe quién pagaría los 250.000 dólares que costaba la operación.
Con tales explicaciones, de la letra impresa estaba muy claro el tema. Si los padres de Amy y Angela, hubiesen tenido la cantidad citada de dinero para poder sufragar la operación, ¿habría existido tal polémica?.
¡Maldita economía si sirve para dividirnos en está tierra! Pero hay un único final igual para todos: como dice el poeta Jorge Manrique en las coplas a la muerte de su padre: "allegados son iguales / los que viven por sus manos / y los ricos".
P. D.: Por las noticias de los periódicos, me he enterado de la muerte de Angela Lekeberg. He querido añadir la fecha de su defunción a este escrito. Murió el 9 de junio de 1994. Le faltaban 20 días para cumplir un año de edad.
A principios del año 1995
vimos el futuro de nuestra
comarca amenazado por el
rumor de la posible
instalación de un cementerio
nuclear. Al llegar la
Navidad, preparé un chiste
gráfico para la portada de la
revista comarcal Regañón.
Era una mezcla de
felicitación navideña y de
protesta. Consistía en un
Belén y ante él un niño que
decía: "Soy de la comarca
Odra-Pisuerga. Mi madre
me ha dicho que pida amor
y paz para mis paisanos y yo añado que a la idea de instalar aquí un cementerio nuclear se la
lleve el diablo".
Al presentar la viñeta al coordinador de la revista, le mostré mi reticencia por si esa especie de chiste gráfico pudiera herir la sensibilidad de algún lector.
- ¡Bah! -me contestó-, si eso del infierno no existe, lo pasamos aquí en la tierra.
Las palabras del coordinador no contradicen la fe. "Quien cree, aunque haya muerto vivirá". ¿Podría ser la diferencia muerte-muerte y muerte-resurrección del alma sin las debilidades humanas? Como creyente, espero la existencia de un trato diferencial entre quienes, a pesar de nuestras numerosas o numerosísimas faltas o deficiencias, respetamos al prójimo y quienes sólo ven y viven para su egoísmo. Sea como fuere, voy a contarles (es humor, nadie se la crea) una historieta del infierno:
Érase un piloto tan bueno como aviador como malo en el aspecto personal. Un día, se perdió en la niebla, se estrelló contra la cima de una montaña, y se fue al otro mundo. En aquel sitio, como dice San Juan de la Cruz, le examinaron del amor, y le suspendieron en esa noble asignatura: le mandaron al infierno.
Allí, el jefe del infierno examinó el expediente y, acto seguido, llamó a otro demonio:
- Acompaña a este nuevo inquilino al departamento de aviación, puerta número 1.
Ya en dicho lugar, sonó el teléfono de aquella sección.
- Espera un momento, que ahora no está en su puesto el encargado- se disculpó el demonio dejando solo a su acompañante solo mientras iba a ponerse al aparato.
El piloto aprovechó la ausencia del demonio acompañante para fisgarlo todo. Miró por la mirilla de la puerta 1. No le gustó. Aquello parecía una película bélica y de terror. Cientos de pilotos surcaban el aire con cara terrorífica ante las continuas explosiones. Pasó a echar un vistazo a la mirilla de la 2. Aquello estaba mejor. Parecía una película pornográfica. Cientos de señoritas en ropa interior acosaban a un tipo vestido de capitán de aviación, con la cara cadavérica, más de muerto que de vivo.
- Aquí me cuelo yo -se dijo el piloto al instante.
Echó mano al picaporte, y estaba cerrado con llave. Como era un tramposo, sacó el cortaúñas del bolso del pantalón y comenzó a manipular la cerradura con intención de colarse.
Estaba el piloto ocupado en estos quehaceres, cuando apareció el demonio de vuelta del teléfono. Venía farfullando:
- Estos humanos que pesaditos se ponen. Una cosa es que el afán desmesurado por el dinero lleve al infierno de cabeza, y, otra distinta, comprar influencias en el infierno con su dinero.
Al percatarse de que el piloto condenado a la eternidad en la sala 1, intentaba colarse por la puerta 2, le gritó:
- ¡Eh! ¡Pero insensato!¿Qué haces? Ahí no puedes entrar tú. No, no, ¡de eso nada!. De ninguna manera. Ese es el infierno de las azafatas.
(Publicado en la Revista Regañón en el numero de julio de 1996).
Para mí, hablar del matrimonio tiene su riesgo. Ya lo creo. Siendo soltero casi a los 42 años, alguien me tomaría por idiota y se diría: "¡Pero qué sabrá éste!". Tiene razón, del matrimonio sé muy poco, por no decir nada. Lo reconozco. Y ya en confianza, les contaré una anécdota graciosa: En mi juventud, casi siempre ganaba en las partidas de mus. ¡Sin trampas, eh! No es que se cumpliera aquel refrán tonto de "afortunado en el juego, desdichado en amores". El caso es más sencillo de explicar: Mientras los demás se entretenían hablando de mujeres con la
baraja en la mano, yo, exento de esa clase de preocupaciones, estaba al loro en lo de grande, chica, pares y juego.
Y antes de que se me tome por algún invertido sexual por cuanto he dicho, como no es eso, me explicaré: Las mujeres para mi eran una asignatura pendiente... aunque tampoco tenía muchas
ganas de presentarme a ese examen. Sabiendo de mi enfermedad, no tenía ganas de soñar sueños irrealizables. Anhelar imposibles es tirar piedras contra el propio tejado. Y por si no han entendido mis palabras, les haré un resumen de la mítica fábula de la zorra y las uvas: Era una zorra que se relamía pensando en el agradable sabor de los frutos de cierta parra. Pero... como las uvas estaban muy altas, y no podía alcanzarlas, se consolaba diciéndose: "¡Bah, están verdes!". Por ahí iba lo mío.
Según un dicho humorístico: "¿Qué tendrá el matrimonio para que todos tengan tanta prisa por entrar y tanta prisa por salir?". Es sólo una expresión de humor, no tomen la pregunta en serio. Pues miren ustedes, si antes reconocía no saber nada de matrimonio, ahora reconozco saber mucho de cuanto hay fuera. La soledad es el peor de todos los males. Las estadísticas cuentan
que entre los solteros hay una tasa de alcoholismo en tanto por ciento más de doble a la existente entre casados. Por si fuera poco, los números añaden que, en general, la vida de los casados es más larga. Y todos sabemos que los solteros son más tarambanas, porque algunos no sientan la cabeza hasta que se casan. La mujer, con sus virtudes de sensibilidad, intuición, generosidad
y constancia, suele hacer de freno a estos alocados.
Sin mala intención utilizamos la expresión "el hombre" donde debiéramos decir "ser humano". Dicho uso es correcto: El diccionario admite el genérico "hombre" para designar a la especie humana, hombre y mujer. No obstante, para evitar malentendidos, sería mejor decir "ser humano" para referirnos a los dos sexos.
Hecha esta reflexión, voy a
encaminarme a la Biblia.
En el Génesis se narra la
Creación. El hecho de
interpretarse textualmente,
la creación de la mujer a
partir de la costilla del
hombre, ha perjudicado la
igualdad entre los sexos.
Tal desigualdad en cuanto
al valor no existe. "No son
los dos sexos superiores o
inferiores; son
simplemente distintos".
(Marañón). No hay razón para discriminar a nadie. Según un dicho "detrás de cada gran hombre,
hay una gran mujer". En la frase ya se concede un valor al género femenino, pero sería más justo
ampliar el dicho para no dejar a la mujer un papel meramente secundario: "Detrás de cada gran
hombre, hay una gran mujer, y detrás de cada gran mujer, hay un gran hombre". Es más
racional. Algunos se vuelven
feministas de repente: el sabelotodo Belloch (el ex-ministro de Interior y Justicia) decía que detrás de cada gran hombre había una gran mujer y detrás de cada gran mujer, si había alguien, era un estorbo. ¿O estaba de bromas? Ni tanto, ni tan calvo.
El Génesis es un libro poético y ha de interpretarse como tal. De cuanto dice el libro de esto, lo esencial es que el ser humano, venga de donde venga, ha salido de la voluntad de Dios. Desde luego, Dios para crear al ser humano, no necesita barro, ni tampoco costillas. Y, si este capítulo del Génesis no tiene una interpretación literal, hay una frase en él que resulta bastante exacta. Es "no es bueno que el hombre (ser humano, hombre y mujer, explico yo) esté solo". Efectivamente, la soledad es el peor de los males. El ser humano es sociable por naturaleza. El hombre y la mujer se complementan, física y psicológicamente. Reducir el complemento a una conservación de la especie es indigno. Es reducir al ser humano dotado de voluntad a la categoría de animal guiado por el instinto. La unión consiste en formar comunidades de amor. Y el amor (sentimiento) es la única medicina para ese mal llamado soledad. Y de soledad, por desgracia, sé muchísimo.
Mucho ha cambiado en los últimos
años, sin embargo, entre las muchas
marginaciones a las que hoy está
sometido el mundo rural, el riesgo
a quedarse soltero es una de ellas.
Las mujeres prefieren hacer su vida
en la ciudad. Ellos, quienes viven
del campo, no hallan una
compañera para sus días. Como suele decirse, los números cantan. Si se hiciera estadística se
hallaría en los
pequeños pueblos un porcentaje de soltería en varones muy superior al hallado en la ciudad. De testimonio está la llamada caravana de mujeres organizada por los solteros de Plan (Huesca)
y las gestiones de los solteros de algunos pueblos de Segovia para hallar mujeres en Hispanoamérica. A veces, el problema puede tener origen en una falta de interés del joven. Eso es cierto, pero, ¿acaso eso no es parte del mismo problema? La pasada pregunta tiene contestación con otro interrogante cuya respuesta no admite dudas: ¿Puede alguien mantener el ánimo alto cuando se ve despreciado?.
A cuento de lo dicho hasta aquí, un día hallé un escrito anónimo publicado en el número 492 (primera quincena de abril de 1992) de la Hoja Diocesana "Sembrar". Parece ser que esta publicación lo copió de "Iglesia en Palencia". El escrito es una especie de carta y lleva por título "Vivir en el campo: ¿soltero por obligación?". Me pareció un texto tan expresivo que lo copié
y se lo transcribo sin cambiar ni una coma. Dice así:
"Mire, yo voy a ir al grano: yo tengo ahora 30 años, estoy soltero, quiero casarme y no hay manera. Dirá que eso es cosa personal, pero yo creo que no es así. A mí me parece, lo sé de cierto, que nos pasa a casi todos los labradores, al menos a los que vivimos en pueblos pequeños. No hay chavalas, y si queda alguna no te quieren ni ver cuando saben que eres labrador.
He oído por la radio, que en dos provincias de Castilla han venido como 30 mujeres de Colombia, o por ahí, a casarse con labradores. A mí eso me parece muy bien, pero por otra parte me parece terrible que sea así. ¿Es que uno por ser labrador no tiene derecho a casarse? ¿O estamos tan contaminados, como el SIDA ese, que nadie nos quiere? Por estos pueblos los hombres de 30 a 45 años están casi todos solteros, y no porque ellos quieran o porque sean feos o no tengan donde caerse muertos; algunos con bastante dinero y buenos mozos.
Me parece que ya no se trata sólo de que lo que producimos nos lo desprecian, es que nos desprecian a nosotros. Pues no hay derecho. Yo si llego a casarme y tengo hijos no les permitiré de ninguna manera que sean labradores como yo; antes cualquier cosa. ¡Y que la gente coma garbanzos de Méjico o lechazos de Holanda! ¿No le parece?".
Expresiva, ¿no?.
(Publicado en la revista Regañón).
En cierta ocasión, debatían en un programa televisivo el fenómeno de la proliferación de humoristas en las pantallas de televisión. Los debatientes achacaban la superabundancia de los
espacios de humor al éxito en los índices de audiencia de esa clase de programas. El cuento de la audiencia es un tema muy socorrido para justificar malas programaciones. Aunque un programa vaya acompañado de la chabacanería, es un éxito en televisión si capta público. Para los programadores televisivos no cuenta la ética. Para ellos, el fin sí justifica los medios. Importa captar audiencia, el cómo conseguirla es lo de menos.
Según aquellos contertulios, los telespectadores buscaban con esos pasatiempos de humor una terapia de choque contra las malas noticias que, a diario, nos suministran los Medios de Comunicación. El estar atentos a esa clase de programas, para ellos, era una forma de evadirse de los tiempos de crisis que corremos. ¡Qué tíos más sabihondos! El pueblo llano (que es más
listo que todos los debatientes juntos) ya lo afirma en un dicho: "A mal tiempo, buena cara".
De todas formas, algo aprendí escuchando. Yo no había reparado en una diferenciación hecha por los debatientes. Para mí, bueno o malo, todo era humor. Para ellos no, una cosa era el chiste, y otra, distinta, el humor. Y tenían razón. El chiste, casi siempre, nos hace soltar una sonora carcajada. Pero, ¡ojo!, a veces sólo nos reímos por mimetismo. Es decir: porque se ríen todos y se contagia la risa. Por eso, es fundamental la fama del narrador y crear un ambiente propicio para las carcajadas. Porque, en realidad, maldita la gracia que tienen la mayoría de los chistes en sí: pedo, caca, culo, teta, pito y otras groserías mayores. Y si no, y también de mal gusto, los chistes se ceban en las deficiencias de los demás: Se llevan las historietas para hacer gracia a base de ridiculizar la desgracia ajena. A los tartamudos y a los invertidos sexuales (mariquitas) se les
convierte en protagonistas indefensos de tanta zafiedad. ¿Chistes? ¡Qué vergüenza!.
A mí, estos contadores televisivos de chistes me crean un problema. Considero una grosería lo dicho para hacer gracia y me quedo de piedra. Y como veo que el público se ríe, me surge un
pensamiento negativo: ¿Tendré que ir al psiquiatra? Sólo se me ocurre una explicación a mi posición contraria a los espectadores: El público ha ido allí para divertirse, mientras, yo estoy
en mi casa con todas mis dificultades a cuestas.
El humor es otra cosa. Es pariente del chiste, pero tiene calidad. El humor es fino y refinado. Tiene arte. Se basa en una fina ironía, o en un juego de palabras. No tiene una significación literal. Por tanto, el espectador ha de poner su imaginación para dar su propia interpretación. Nada es blanco, ni es negro, ni es verdad, ni es mentira. Es del color de las gafas del oyente, pues él ha de interpretarlo. El humor no busca nuestra carcajada, sino simplemente nuestra sonrisa. ¿Llegará? El narrador pondrá todo su arte para comunicarnos su juego de palabras. Sin embargo, los auténticos protagonistas somos los espectadores que hemos de interpretar el dicho.
Ahora les voy a relatar lo último que
me han contado en materia de
humor. No tengan miedo, no voy a
contarles ningún chiste grosero. No
me atrevería. Voy a dárselo tal y
como lo he oído. Pero nadie se
olvide, la interpretación ha de
hacerla cada lector para sí:
"- Los seres humanos -dice una persona a otra- hasta los 25 años viven de ilusiones. De los 25 a los 50, viven de esperanzas. De los 50 a los 75 años, viven de recuerdos...
- ¿Y los mayores de 75 años de qué viven? -pregunta el otro.
- Viven de milagro...".
Nadie se sienta ofendido por lo dicho. Los años no marcan la vejez. La auténtica edad la marca el estado de ánimo: "La vejez comienza cuando te convences de que nada maravilloso te espera a la vuelta de la esquina. En algunas personas esto ocurre muy pronto, en otras, nunca". (Alejandro J. Rodríguez). Visto como el autor de dicha frase, y a mí me parece completamente cierta, nadie se ofenda con el chascarrillo: a mis 41 años yo soy el mas viejo de todos.
(Editado en la revista "Regañón" en el número de abril de 1997).
Los eslogans políticos, dicho sin partidismos de ninguna clase y vengan de donde vengan , no me cautivan. Pase con cierta duda por el famoso cambio. ¿Serán los mismos perros con diferentes collares?, me preguntaba entonces. ¡Qué preguntas más tontas! Piensa mal y acertarás anda entre los dichos. ¿Será eso...? Y ya más tarde lo del cambio del cambio... pues... me causó hilaridad.
He de reconocerme un escéptico político. Y son ellos mismos, autotitulados padres de la patria, quienes se cargan toda posible creencia política. Corrupciones, chanchullos, compadreos, mentiras, promesas incumplibles e incumplidas a "gogó"... todo eso está en la orden del día. Véase por ejemplo el Congreso de los Diputados: ¡si resulta un combate de boxeo más que una sala de raciocinio! Aquello es decir sí porque el otro partido dijo no, o decir no, porque el otro partido dijo sí, pero nadie razona. Debieran de llevar guantes de boxeo en vez de corbata (en lugar de corbata, mejor tablilla como antaño los galgos). Y se han fijado ustedes: primero se tiran los trastos a la cabeza y se sacan los trapos sucios a la cara y luego se "arrejuntan" para taparlo todo y que los demás no nos enteremos de nada.
Y es que el sistema es una eterna contradicción: para hacer política es necesario conjuntar las ideas bajo las siglas de un determinado partido político, pero cuando uno se afilia, "la cagó". Sólo para entendernos, deja de ser persona para pasar a ser miembro impersonal del partido. Resulta difícil de razonar cuando se ve algo bajo el prisma de unos colores partidistas. Y si el político de turno reflexionara, y para poder razonar, lograra vencer el lastre del apasionamiento, siempre estaría la disciplina de voto para no dejarle mover. Es la consecuencia de esa contradicción quien desprestigia la profesión política: O uno es capaz de tragarse carros y carretas (sapos y culebras), o no sirve para político.
Lo del apasionamiento es el mismo caso de contemplar un partido de fútbol. Pongamos por ejemplo un Madrid-Extremadura, o un Barcelona-Extremadura que para el caso es igual. Ante este encuentro futbolístico, yo quiero que ganen los de Almendralejo por lo de ponerme de parte del débil. Pero si gana el fuerte me digo sin más: "¡Vaya, otra vez será...!". Pero esto mismo lo coge un forofo y si pierde el equipo de sus amores, echa la culpa al juez de la contienda y se acuerda de la madre que parió al árbitro. Pues esto mismo que pasa cuando uno ve el fútbol bajo unos colores de equipo, sucede cuando se ve la política bajo prismas partidistas. El que esto suscribe es del S.C. (sentido común). Pero ese partido no existe. De todas formas, nadie es apolítico ni es necesario serlo, lo importante para poder razonar es ser moderado.
Pero, ¿qué he hecho yo? Me he enrollado en circunloquios casi serios cuando pretendía hacer un artículo para pasar un rato agradable. ¡Ah sí!, iba a contarles el chiste titulado "el cambio".
Cuentan que un empresario avispado montó un despacho de abogados y fue tal la abundancia de clientela que al año de comenzar se le quedó pequeño el despacho. Por ello, decidió mudarse a otro local más grande para poder ampliar la plantilla del bufete. Con motivo del cambio de local, un amigo íntimo, un poquito pelota, corrió a la floristería para enviarle un ramo de flores con una tarjetita. El empleado de la floristería tomó la nota oportuna, pero como tenía un día malo, se armó un lío con los apuntes.
Ustedes verían el mal humor del abogado cuando al acudir al día siguiente a su flamante despacho se encontró un ramo de flores con una tarjetita donde se podía leer: "Tus amigos te desean el descanso eterno". El abogado "echo dientes": pensó en amenazas de muerte de delincuentes y telefoneó enfurecido a la floristería.
El pobre empleado reconocía su error y se deshacía pidiendo disculpas. Ni las lágrimas del dependiente que no podía mantener el llanto por teléfono movieron el corazón del abogado. Como el letrado no se contentaba con disculpas y pedía una indemnización por daños y perjuicios, el empleado hubo de llamar al dueño de la floristería.
La discusión duró un cuarto de hora y fue muy ardua. El dueño comenzó con disculpas y acabó a gritos. Tal era la fuerza de la discusión que el vendedor de flores había de limpiarse el sudor con un pañuelo. Al fin, en un desplante colgó el teléfono y lejos de recriminar la confusión al empleado despistado, le dijo con aires de comprensión:
- Nada. Un pobre "chalao" y encima analfabeto que no sabe admitir lo de errar es de humanos y rectificar, de sabios. Si ya hemos reconocido nuestro error, ¡qué más quiere! Pues el "tío" se ha puesto como una fiera.
A lo cual el empleado replicó con ingenuidad:
- Pues "jo" cómo se va a poner el muerto cuando vea sobre su ataúd un ramo de flores con una tarjetita que dice: "¡enhorabuena por el cambio...!".