
Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.
Sumario: 171- "Rebelde sin causa". 172- Reflexiones de un fin de verano. 173- Reinserciones. 174- "Renovarse, o morir". 175- Respuesta a una respuesta.
Realizar un análisis del comportamiento de los niños en la actualidad no es una tarea fácil. Yo no tengo hijos, pero precisamente por eso, puedo realizar una reflexión con frialdad e imparcialidad. Las personas entradas en años se santiguarían ante el comportamiento de gran parte de esta nueva generación. La verdad es que, con muchas matizaciones, no sería para menos. Desde luego, la juventud actual ha perdido muchos de los respetos mantenidos en nuestra etapa juvenil. Sin embargo, es una barbaridad culparlos a ellos en exclusiva de este desmadre suyo. ¿Quién tiene la culpa?.
El niño no es el culpable. Una personalidad no nace... se hace día a día. Y cada persona, en su medida, debiera entonar el "mea culpa" de no ser un buen ejemplo. La sociedad se transforma a pasos agigantados, y es la juventud, en su etapa de formación de la personalidad, en quien más se notan estos cambios. Algunos cambios, con cierta medida, serían positivos. Así sería por ejemplo una mayor liberación sexual, una menor incidencia de la religión forzosa, y la supresión de los castigos corporales en los colegios. No obstante, ocurre que en la sociedad caminamos dando bandazos, y de un extremo pasamos con una rapidez increíble al extremo opuesto... y la virtud está en medio: "¡Ni tanto, ni tan calvo!".
Sin embargo, llama la atención una total indisciplina en una gran parte de la juventud actual: Los jóvenes no han aprendido que no existe la libertad sin la responsabilidad. Confunden la libertad con hacer lo que les dé la gana. No quieren comprender que cualquier sector de la sociedad tiene sus propias reglas inéditas que hay que respetar. Y ni siquiera se puede ser un ser social sin acatar unas reglas. Los adultos lo llamaríamos ética. Pero no es fácil inculcar con éxito un comportamiento ético en la juventud cuando una parte de las personas mayores lo estamos perdiendo. Y la norma principal de una convivencia en armonía es un respeto a todas y cada una de las personas que comparten nuestra existencia. ¿Pero quién, cómo, cuándo, dónde, y con qué autoridad de ejemplo se enseñan hoy esta clase de cosas?.
Desde la frialdad que me permite mirar el asunto sin tener unos hijos, observo que los mayores estamos confundiendo dar amor con dar caprichos. Esta confusión no favorece para nada una educación equilibrada. Por otra parte la familia debiera ser el primer educador, pero se inhibe en favor del colegio y sus educadores sin que el niño pase por la educación familiar. Y lo peor es que ademas la familia corta la autonomía a los profesionales de la educación, los cuales carecen de libertad para imponer la más mínima disciplina: Muchas madres echarían una bronca al profesor por expulsar momentáneamente a su niño de clase. Y algunas, incluso, con verdades o mentiras, serían capaces de llegar hasta el Ministro de Educación con su protesta intentando arruinar la vida profesional del educador. Ante estas dificultades, el profesor ejerce una educación superficial basada únicamente en no buscarse problemas.
Pero basta de rollo... que cada cual tendrán su propia opinión allá va mi chiste:
Cuentan... que un padre se quejaba amargamente ante un amigo sobre la inutilidad de reprender a su hijo:
- Cuando yo era niño y cometía alguna indisciplina en casa, mi padre me mandaba castigado sin cenar a mi cuarto. Y aquel correctivo acababa funcionando: yo salía de aquella sanción con un grado de humildad aprendido. Pero con mi hijo...nada... he probado reiteradamente eso mismo, y no tiene ningún efecto positivo.
- A mí me ocurría eso mismo con mi hijo -respondió el amigo-, hasta que aprendí lo que pasaba y cambié, con éxito, la estrategia..
- ¿Pero qué pasaba? -preguntó interesado..
- Nada, que allí tenía toda clase de comodidades: televisión en color, colecciones de libros de aventuras, ordenador con videojuegos, reproductor de discos compactos y, además, contaba con una despensa de caramelos y de pasteles. Pero ahora ya me sé la lección: cuando le castigo... le mando a mi cuarto, y yo me voy al suyo.
(Publicado en la revista Regañón).
Era principios del mes de septiembre. Nuestro verano (el de la recolección) había tocado a su fin: En el campo solamente quedaban algunas pacas de paja de cereal y los girasoles ya perdiendo su amarillo intenso. Entonces, la muerte (que no para) llamó en fechas casi contiguas a dos mujeres de muy distinto signo: Una, en plena juventud, a los 36 años, y grande entre los grandes. La otra, arrugadita como una pasa, a los 87 años de edad, y tan pequeñita como los pobres de sus amores. Eran (nunca mejor dicho) la princesa y la mendigo. Eran Diana de Gales y la Madre Teresa de Calcuta. Yo no sé bien de qué murió la Princesa Diana: Tal vez fue víctima de su propia popularidad. Tampoco sé de qué murió la Madre Teresa: Porque quienes dan la vida por los demás nos hacen falta en el mundo y nunca debieran morir aunque tengan delicado el corazón.
Yo siempre he pensado que cada ser humano era un montoncito de circunstancias, y la vida nos hace así, o de la otra manera, con un margen de libertad bastante pequeño. Así fue Diana, ni una mala persona, ni una santa: Sólo era alguien con las mismas debilidades de cualquiera de los comunes de los mortales. ¡Ah!, pero la Madre Teresa era otra cosa: ella sí había puesto en marcha su libertad para elegir un camino de entrega. A la persona de la Madre Teresa le caían bien los versos de Rabindranath Tagore: "Soñé que la vida era ilusión. / Desperté, y vi que la vida era servir. / Serví, y vi que la vida era alegría...". Ella había elegido el camino de servir.
Y nosotros (tontos de nosotros) seguíamos engañados con el mismo cuento sensacionalista: que si los paparazis, que si el chofer estaba bebido, que si los 190 kilómetros por hora, que si el cigüeñal de un mercedes es irrompible, que si la Princesa estaba embarazada, que si la sortija de la petición de mano valía 30 millones, que si el Gobierno las vísperas le había ofrecido ser Embajadora Especial, que si... que si... No sé si tanto rollo era verdad o mentira, o se nos seguía vendiendo algo. Sí sé que las cadenas de radio y televisión alimentaban nuestro morbo con sus
noticias. Sí sé que las flores en el sepelio valían miles de millones y las lágrimas corrían a raudales.
Y mientras, se nos iba una verdadera santa... sin lágrimas y sin flores... sin la cercanía de sus pobres... secuestrada por el ejército, porque era Premio Nóbel de la Paz: Un día la sociedad quiso lavar su conciencia de no hacer nada por los pobres dando un premio a esta sencilla mujer. Pero todo esto no tiene importancia: La Madre Teresa no hubiera querido en su funeral ni flores, ni lágrimas, ni ruidos. Sin embargo, estas comparaciones son paradojas de la vida.
(Publicado en Diario de Burgos el 8 de junio de 1996).
¿Quién, aunque luego se haya arrepentido, no ha cometido en su vida numerosas faltas, pequeñas o grandes? Quien afirme no haberlas cometido, o es santo, o es tan necio como para no saberse mirar al espejo de su conciencia. Por tanto, de nada serviría hacer efectivo el "ojo por ojo y diente por diente" de la ley del Talión. Pues, si dicha ley se cumpliera a rajatabla y sin privilegios, como todos somos humanos y todos hemos faltado, sería éste un mundo lleno de tuertos y desdentados.
Como consecuencia de lo dicho en el párrafo anterior, desde mi humanidad y, además, desde mi religión cristiana, previo arrepentimiento, estoy totalmente a favor de la reinserción. Pero, voy a puntualizar mi última frase antes de que me lluevan los palos: Reinserción es una palabra muy manoseada últimamente para aludir a la excarcelación de los presos de cierta banda terrorista. Y no es eso solamente. Reinserción sería la vuelta a la integración en la sociedad de todas las personas, presas, o no presas, una vez dado por concluido un plazo durante el cual por algún motivo han permanecido desintegradas durante algún tiempo.
En el caso carcelario, la reinserción, previa recuperación de la normalidad en la conducta del recluso, debiera ser la principal finalidad de toda condena a reclusión. Desde luego, quitarnos de encima a unos delincuentes fastidiosos para, cumplida la condena, soltarlos en peor estado que cuando fueron recluidos, no parece ninguna meta positiva. Desgraciadamente, el actual sistema penitenciario no suele cumplir este objetivo deseable: el preso, en vez de rehabitarse en las prisiones, suele ir a peor. ¿Dónde está el fallo? Cabezas mejor pensantes que la mía habrían de buscar los motivos del fracaso de las prisiones en materia de rehabilitación.
Y si todos hemos cometido numerosas faltas, la mayoría de nosotros no las volveríamos a cometer si esta vida tuviera la peculiaridad de poderse dar en ella marcha atrás. Todos hemos necesitado de un tiempo para recapacitar, reconocer nuestros errores y deplorar haber caído ellos. La reflexión adecuada para poder efectuar una comprensión hacia los demás, sin ningún tipo de resentimientos contra nadie, es tan simple y tan bella como la frase evangélica: "El que esté sin pecado que tire la primera piedra".
Sin embargo, en el párrafo anterior queda bien claro que, a pesar de nuestros numerosos errores, si hubiera en nuestra vida otra oportunidad, no incurriríamos en las mismas faltas del pasado. Luego, hay arrepentimiento. El arrepentimiento sincero debiera ser condición indispensable para toda reinserción.
Ahora buscaré una aplicación a cuanto he dicho: No veo ninguna razón por la que la reinserción sea una prerrogativa exclusiva de terroristas. Si de verdad hay democracia, no puede haber presos políticos. ¿Y por qué privilegios? ¿Por qué han de quedarse fuera de acogerse a esa posibilidad de reinserción los delincuentes comunes? Esa diferencia a causa del tipo de delito no parece de sentido común. Me parece terrorífico pedir una condena íntegra por ciertos delitos sin resultado de muerte, mientras, un señor con una docena de asesinatos a las espaldas pueda salir a la calle en cuatro o seis años. Porque claro, el primero no tendría derecho a beneficios por arrepentirse, y el segundo, sí. Inaudito.
¿Tiene sentido que la Justicia dicte condenas de cientos de años y hasta miles? No lo sé, pero yo me troncho de risas cuando oigo que a Fulanito de Tal le condenan a 800 años. ¡Si a los 100 años... todos calvos!. Y después de tan largo castigo, ¿tiene sentido que a ese señor, terrorista condenado a siglos, lo reinserten a los ocho años? Me parece una broma macabra. Para mí, no son de recibo esa clase de reinserciones, pues, por esa misma regla de tres de tal proporción, a un preso común con 10 años de condena, y con el mismo grado de arrepentimiento de dicho Fulanito, habrían de reisentarlo al mes y medio escaso.
Sólo el Juez que valoró las circunstancias del delito, podría sopesar la sinceridad del arrepentimiento, condición indispensable para la reinserción. En caso de hacerse de espaldas a la Justicia o a instancias de otras Autoridades, se correría el riesgo de cambiar reinserciones por apoyos políticos o por votos, dejando lo principal, el arrepentimiento, en un cuento chino. Y si, para colmo, las reinserciones se refieren exclusivamente a presos de ciertas bandas terroristas quedando fuera de ese género de beneficios otras clases de presos, ya, de por sí, resulta sospechoso.
Según un dicho hay que "renovarse o morir". No me parece un refrán popular. No sabría determinar su origen, pero casi me suena a Sancho Panza de Quijote. De todas formas no lo aseguro y no voy a leerme la obra maestra de Cervantes para negar, o confirmar la procedencia. Para mí, el dicho carece de fundamento. Hay que renovarse cuando haya necesidad de hacerlo, y se ha de morir cuando Dios quiera. Algunos no creen en este Señor de lo alto, pero para el caso su situación es la misma: porque tampoco se mueren cuando ellos quieren.
En este tema de las frases hechas hay mucho papanatismo. Salvo los refranes del pueblo llano, la expresión famosa no cuenta tanto por lo que dice, sino por quien lo dice. Como afirma un refrán: "Díjolo Blas, punto redondo". Pero si un dicho, mejor que el de Blas, lo afirma un desconocido llamado Gonzalo González no tiene ninguna importancia. Hay quien ya puede decir misa, que nadie le hará caso. Sin embargo, lo que diga alguien con importancia en su persona, va a misa, aunque quien lo dice no haya aparecido por la iglesia desde que hizo la primera comunión. Si una persona afamada afirma ver un buey volando, de inmediato todos miramos hacia arriba. Pero si eso mismo lo dice alguien de similar categoría del alguacil de mi pueblo (no le hay) le mandan con urgencia al manicomio.
El mismo hecho injusto
comentado con motivo de las
frases, ocurre en todos los
órdenes de la vida. Si vamos a
un museo pictórico y vemos un
cuadro firmado por Picasso,
nos quitamos el sombrero ante
la pintura aunque no tengamos
ni la menor idea de lo que
representa. Ante un lienzo de
maravilla superior, y de un
desconocido Pérez y Pérez,
pasaremos sin enterarnos. El
holandés Vicent Van Goh en su
vida no fue capaz de vender
uno sólo de sus cuadros. En los días del pintor les consideraban faltos de calidad. Sin embargo,
hoy por ellos, una vez que el autor ha tomado fama, se pagan cifras astronómicas de miles de
millones. ¿Pero qué demonios se paga, la belleza y perfección de la imagen detallada en el
cuadro o la firma?.
En este mundo la valía de una persona se mide por posesiones, fama, posición, etc. y no por las cualidades. A mí, que siempre fui bajo de estatura, me decían de niño en términos consoladores: "los hombres no se miden por varas". Llevaban razón, pero sólo en parte: En esta tierra, por desgracia, los hombres no se miden por varas, pero sí se miden por números.
Hay pequeñas noticias para partirse de risa. Hoy he hallado una en el periódico relacionada con el tema tratado en los párrafos anteriores. Se trata del culebrón de Roldán: el ex-director de la Guardia Civil, el de los maletines de dinero negro. A mí ya me cuentan que las autoridades superiores no estaban al tanto de las fechorías de este Sr., y me río en su cara. Resulta que al tan poderoso Roldán en el nombramiento como Director de la Guardia Civil el Gobierno lo presentó como Ingeniero, Licenciado en Empresariales y Master en Economía. Ahora, la comisión política de investigación del caso ha dudado de las titulaciones de este Sr. y ha pedido informes al Ministerio de Educación, y resulta que ni posee títulos académicos ni es "na de na". ¡Vamos que suena a chiste! En apariencia es solamente una anécdota. En la realidad es lo más grave de la corrupción del caso, pues, ante este hecho, se preguntarán los estudiantes en horas bajas: "¿Para qué vamos a estudiar? Ya inventaremos los títulos como el Sr. Roldán".
Cuando comencé este texto, no me dirigía a Roldán. Iba a la situación de renovarse. El objetivo de mi comentario es otra noticia distinta. Una renovación en principio alarmante. Luego, al seguir leyendo, tonta. Y más tarde, finalmente, inútil. Se trata de una proposición de la Real Academia de la Lengua de suprimir la "ch" y la "ll" vigentes ambas en el alfabeto español desde el año 1803. "¡Caray, qué cosas se oyen!", pensé.
La petición de supresión está solicitada por la Academia de la Lengua de España, en oposición tiene a las Academias de Guatemala, Panamá, Nicaragua y Uruguay. La Academia de España defiende tal petición de supresión, por cuestiones técnicas internacionales y en atención a las peticiones de la UNESCO. "¿Esa UNESCO no tendrá otras cosas más importantes para buscar soluciones en ellas?", me pregunté.
Sigo leyendo: La única diferencia entre las dos posturas está en el orden en el diccionario. Con este cambio a introducir por la nueva proposición, en vez de formar secciones por separado, las palabras con "ch" inicial, se integrarían dentro de la "c", y las comenzadas por "ll" dentro de la "l". ¡Cuántas ganas de hacer el tonto para complicar la vida! ¿No habrá mejores cosas que hacer? Algunos tienen la manía de renovar por renovar, como yo de escribir por hacer algo.
Hace algún tiempo, mi sobrina, mientras hacía la tarea, me preguntaba algunas cosas sobre la gramática y la sintaxis. Jamás coincidíamos.
- ¿Qué es la palabra "este" (seguido de un nombre)? -me preguntó.
- Adjetivo demostrativo- contesté.
- ¿Y qué es un adjetivo demostrativo? Eso que dices tú no existe -me respondió.
- Será ahora, porque cuando yo fui al colegio, sí.
Por fin, la sobrina halló la respuesta actual:
- Se dice determinante.
Y no es que yo no supiera dar una respuesta correcta. Es que habían cambiado los nombres.
- Mira, niña, no me preguntes más, porque es inútil. No me vuelvas más loco, harto estoy. Déjame en paz con mis pretéritos indefinido, anterior y pluscuamperfecto que tampoco coinciden con los tuyos. ¿Qué más da decir complemento directo como enseñaban en mis tiempos que objeto directo como enseñan hoy? Pues no es lo mismo. Hay un cambio introducido solamente para complicar la vida a padres y a hijos.
En un famoso concurso televisivo (un, dos, tres) preguntaron a una pareja de concursantes nombres de provincias españolas que comenzaran por las letras "Z", "S" y no sé que otra letra más. Las contestaciones debían de ser alternándose los concursantes. Zamora, dijo ella. Santander, dijo él. Inmediatamente sonó la campana de los errores. "¿Qué pasa ahora?", me pregunté.
- Santander no existe como provincia, se llama Cantabria -sentenció el presentador.
¿Cómo que no existe?. Santander existe aunque diga lo contrario el presidente del gobierno, la constitución, la televisión y hasta la madre que parió a Panete. La provincia coincide con una Comunidad Autónoma llamada Cantabria. Cantabria es Comunidad y Santander provincia por los siglos de los siglos. Y en otros sitios la Comunidad Autónoma (invento de ayer por la tarde) abarca varía provincias y no por eso han perdido su nombre de provincias. Decir que no existe es llamarnos tontos a los estudiantes del pasado. ¿Tiempo perdido el nuestro? Si lo hubiéramos sabido, nos habríamos tumbado a dormir la siesta esperando que nos cayera del cielo algún título académico al estilo de los de Roldán.
Estos renovadores educativos cuánto estudian para complicarnos la vida. ¿Por qué no cambiarán las matemáticas? ¿No se atreverán? Les daré una idea: Si colocamos al tres como numero siguiente al uno y le damos el valor de un par de unidades, y al dos actual le añadimos una unidad de valor, 2 + 3 siguen siendo cinco, y 2 x 3 siguen siendo seis. El cambio resulta viable. ¡Vaya, ya me he equivocado!, entonces 2 + 2 serían seis, y 3 x 3 serían cuatro. Bueno, ¡pues cambien ustedes el sistema de operaciones digitales de las computadoras y todo arreglado!. ¿Y por qué no lo hacemos más fácil? Al dos podemos ponerle lo de abajo arriba, es decir: cabeza abajo, y al tres mirando hacia la derecha como la "E" mayúscula, pero con curvas. De paso podíamos arreglar la similitud del seis con el nueve, porque así tal y como están en la actualidad se confunden cuando salen del bombo las bolas del bonoloto y, como son redondas, sigue sin distinguirse el número con claridad. ¿Qué tal si al nueve le añadimos una rayita en medio como al siete?.
Por fastidiar cambiaran cualquier cosa. ¿Cuándo se enterarán algunos de que hay cosas que no se pueden cambiar? Ahora no voy por las matemáticas ni por la gramática ni por la geografía. Hablo de algunas ideas.
(Publicado en Diario de Burgo el 3 de mayo de 1995).
Contesto a la carta editada en esta sección el día 9 de abril: "Respuesta a septuagenario". A su vez, este escrito era contestación de otro del 28 de marzo titulado: "Meditaciones de un septuagenario". De ahí, mi título "Respuesta a una respuesta". Omitiré los nombres de ambos firmantes, porque no está dentro de mi intención sacar los colores a nadie.
Estimada señora o señorita:
Permíteme el tuteo. Eres muy valiente, pues firmas con nombre y dos apellidos. Yo prefiero rubricar mis escritos con mis iniciales. Lo hago así por no tener ningún ánimo de protagonismo. Sin embargo no me escondo. No es eso. Si lo creyeras necesario, pide mi identidad en esta sección de Diario de Burgos. Con estas palabras tienen mi permiso para darte mi dirección. Te preguntarás: ¿quién me ha dado vela en este entierro? Nadie. El mismo que a ti vela para contestar a la primera citada carta. Ni el primer firmante aludió en su carta a tu persona, ni tú, en la tuya, te has referido a mí. No obstante, cuando se publica una carta, debieras saberlo, va destinada a todos los lectores. Y, por supuesto, no salgo al quite de nadie. Este señor, a quien tú contestas de esa guisa y yo no conozco, por sus cartas, posee personalidad y cultura suficientes para responderte si lo estimara oportuno.
Supongo, no creo equivocarme, que has escrito tus líneas en un momento de indignación por algún contratiempo. Todos hemos sentido la influencia de esas circunstancias adversas en nuestra vida. Cada cual es libre de pensar como quiera. Y yo pienso que no has podido hablar de ese modo desde la serenidad. Perdona, pero no me creo tus palabras: "Por la sociedad y por lo que uno puede hacer por ella, una servidora, empezó a preocuparse desde el momento en que tuvo uso de razón". Tú no te has preocupado por la sociedad. Si te preocuparas de verdad tendrías más sensibilidad. En ese caso, habrías reivindicado comprensión, respeto y cariño para nuestros mayores. Y, en lugar de pedir esto para ellos, has dicho una sandez mayúscula.
¿Qué has dicho de los septuagenarios? Copio textualmente: "Cualquiera que haya tratado, un poquito, con ustedes sabe que son los seres más egoístas, irreflexivos y tercos que hay sobre la faz de la tierra". ¡Casi nada! Con independencia de nuestra edad, de egoístas, irreflexivos y tercos todos tenemos algo. Unos más y otros menos. Son los defectos humanos. No son faltas propias de ninguna edad. También te equivocas al generalizar. Según un filósofo: El hombre es él con todas sus circunstancias. Ignoro tus problemas con tu padre. Y no voy a opinar sobre lo desconocido. Y, si por casualidad tu padre es muy suyo, no juzgues a todos los septuagenarios por el mismo rasero. No voy a pasarte el error de tildar así a un colectivo entero a quien debemos todo nuestro ser. ¿Se han equivocado? Acaso. Muchas veces. ¿Y quién no se equivoca nunca? ¿Tú...? Todos somos humanos. Estás hablando como si pensaras vivir en una perpetua juventud. La juventud está más en función del espíritu que de la cantidad de años. Pero, también tú llegarás a septuagenaria. Y pedirás la comprensión que no has sabido dar.
La juventud tiene muchísimos valores. Unos, pueden perderse a lo largo de la vida. Otros, por el contrario, se adquieren con los años. La sensatez está entre estos últimos. Todos nos hemos arrepentido de actuaciones, poco meditadas, de nuestra juventud. Supongo que también tú te arrepentirás de haber escrito esas palabras. ¿Cuándo? No lo sé. Tal vez, ya se te haya pasado ese enfado, que yo me he tomado la libertad de suponer, y estés arrepentida. Tal vez hoy si lees mi carta me llames gilipollas por meterme donde nadie me llamaba. Tal vez, te falten algunos años para alcanzar la madurez necesaria para darme la razón. ¡Qué sé yo! ¡Ah!, no soy septuagenario. Tengo cuarenta años.