
Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.
Sumario: 166- "¡Que viene el lobo!". 167- "Vivir de dolor". 168- ¿Juego o trabajo?. 169-¿Hombres con etiqueta?. 170- La culpa... al gato.
Lunes, 25 de abril de 1994. He buscado la fecha de la noticia para poner un dato más en mi escrito. ¿En realidad el tiempo existe? Me importa un comino tanto si es positiva como negativa la respuesta a esa pregunta. Yo jamás sé a cuántos estamos de mes. Para mí, los días se suceden y son prácticamente iguales. No estoy diciendo tonterías. Ocurre que mis palabras son personales y no se pueden explicar fuera del ámbito personal, salvo en la falta de ilusión, pero, aunque no la dé, hay explicación, al menos para mí. En esta fecha amaneció un día gris, como casi todos los días. No es que el abril haya sido nuboso este año, aunque hoy sí se haya dado esa coincidencia. No hablo del color del tiempo, sino del color de mi esperanza.
Ayer fue domingo. Por esa causa, en honor al día festivo dedicado al descanso, el correo no me trajo el periódico. Anteayer fue el día de la fiesta de la Junta de Castilla y León, y el cartero hizo lo mismo del día anterior: no llamó dos veces al contrario que en la famosa película de cine, sino ninguna. Como consecuencia de estas festividades, hoy me han puesto tres periódicos sobre la mesa, el del día más dos retrasados. No me apetecía revisarlos. Pero mi caso es el mismo de las lentejas: "si quieres las comes y si no las dejas". ¡Como no tengo más...!.
No sé si soy tan raro que las manías se me salen por las orejas. Tal vez, todos tengan rarezas, y yo sólo me veo a mí mismo Es posible que en la inactividad salgan las singularidades a flote con más soltura y descaro. Pienso que los demás no las tienen simplemente porque no las veo. Hace algún tiempo adquirí la mala costumbre de comenzar a revisar los periódicos por el final. Y hasta me parece que tengo más soltura pasando las hojas a la inversa. Sí, por no parecer del todo que no soy de este mundo, tengo la atención de leer en primer lugar la portada del periódico. Es donde, según el orden de los realizadores del periódico, siempre se encuentran los acontecimientos de primera magnitud del planeta. Y, aunque sea de mala gana y sólo por cortesía hacia la humanidad, leo la portada y doy inmediatamente la vuelta al periódico para iniciar el camino inverso: de detrás hacia adelante.
La duración de un periódico en mis manos es muy variable. Puede variar en función de lo que tenga previsto hacer ese día. Si tengo algo entre manos, aligero la revisión o la dejo para la noche. También depende de si hallo algo de lectura interesante, o no. No es fácil hallar noticias sugestivas. Tal vez, muy probablemente, soy yo quien falla, y los periódicos sí son interesantes. ¿Política?: Paso de ella. ¿Bolsa?: Aún no sé qué es ni para qué sirve... también paso, pero esta vez de hoja. ¿Deporte?: Lo que uno gana, otro lo pierde, solamente en materia electoral ganan todos los partidos políticos la noche tras las elecciones... al menos eso dicen los propios interesados... y lo peor es que tal vez tengan razón.
Me hubiera gustado que la Copa del Rey la hubieran ganado no uno sólo, sino entre los dos equipos en competición. Me entró un gusanillo en el cuerpo al ver por televisión, al finalizar el partido, a los jugadores maños eufóricos mientras a los celtiñas se les llenan los ojos de lágrimas. ¡Pero así es el juego! Sí, ¿pero no podían jugar por entretenerse y entretenernos a los espectadores y luego repartir a medias el premio? Eso no sería un juego, sería un tongo. ¿Y a mí qué más me da? Ya he advertido anteriormente de mis rarezas.
Bueno, cambiando de tercio, como en los toros, volvemos al tema del periódico. El ejemplar diario dura en mis manos de diez minutos a una hora. A veces las noticias pasan por mis ojos sin ningún interés. Por un momento dejaré el periódico para meterme con la televisión y sus culebrones (seriales superlargos). Tampoco es tan grave ser telespectador de culebrones televisivos. Mirado por una cara es lo más bonito de la televisión, aunque la palabra culebrón parezca un nombre despectivo. Giran en torno al sentimiento amor, aunque lo maquillen tanto que, a veces, parezca del todo ridículo: levantas una piedra, y te sale un amante... cortas un cardo molesto en el jardín, y te sale un hijo desconocido... te tomas la sopa calentita, y te corresponde la herencia del tío que dicen tenías en la Habana que, por no tener, no tenía nada, pero que para la culebrónica serie era millonario.
No soy espectador de esta clase de programas. Hablo de haberlos visto ocasionalmente. No me gustan los culebrones por dos cosas: La primera, porque no son culebrines... se podrían meter fácilmente, quitando la paja, los 210 capítulos, en dos horas de duración sin perder nada la historia relatada. Parece la droga de... "en el siguiente capítulo lo sabremos"... para decir lo mismo en el siguiente... y en el de otro día. El segundo motivo de no tenerlos entre el menú de mis pasatiempos es puramente personal: He dicho que, aunque exageren, si exageración no habría película, tratan del sentimiento del amor entre hombre y mujer. ¿Cómo podría verlo yo sin decirme a mi mismo que soy un pobre hombre sin mujer ni hijos ni nada de nada como el tío antes aludido de la Habana (que por no tener, no tenía nada)? Me aplico el refrán: "ojos que no ven, corazón que no siente". Sería un pasatiempo entretenido, pero no puede ser.
Me he enrollado con el tema
de los culebrones. En realidad
hablaba de noticias que pasan
desapercibidas. Interiormente
uno se encoje de hombros ante
ellas. Exteriormente no lo
hace, porque, al ser tantas las
veces que tendría que realizar
ese ejercicio, iba a parecer
aquejado de un tic nervioso.
En Mahón, en el archipiélago Balear, según la televisión, se había recibido una llamada de auxilio por parte de una mujer llorosa, con acento extranjero. Decía llamar desde el teléfono móvil de su automóvil. Relataba haber caído por un barranco y estar atrapada herida en el vehículo junto a su marido en muy mal estado físico. No sabía precisar el lugar del suceso, pero describió su visión nocturna. El contacto telefónico duró dos horas. Se montó una búsqueda sin precedentes por parte de profesionales y voluntarios. Ante esta clase de noticias uno se pregunta: ¿y qué puedo hacer yo?, e inmediatamente se olvida con el paso de lectura a otra noticia.
Esta mañana iba a pasar hoja en el periódico del día 23 cuando me encontré con la misma noticia. ¡Esto me suena! La misma historia en el periódico se contaba de una forma diferente a la que había sido narrada por televisión. La diferencia no estaba impuesta por el distinto criterio de los dos medios de comunicación. Era el tiempo transcurrido entre una edición y otra quien marcaba la disparidad.
La llamada de auxilio recibida en Mahón fue recogida con todas las preocupaciones debidas y adoptadas las respuestas que merece una llamada de socorro. Durante tres días con coches, helicópteros y aviones, integrantes de Protección Civil buscaron a los accidentados. El coste asciende a unos cien millones de pesetas. El trabajo personal de estos empleados y voluntarios y el importe económico de la operación es lo de menos cuando se trata de socorrer a alguien. Pero... hete aquí que el aviso se trataba de una simple broma.
Ante la no aparición por ninguna parte de accidente ni accidentados, se realizó una investigación. La Compañía Telefónica confirmó que tal llamada de teléfono no se efectuó desde un aparato móvil, sino desde la localidad de Campos (Mallorca). Hay gente que es tonta, aunque no creo que sea éste el caso, pues fue capaz de engañar a Protección Civil durante dos horas al teléfono y durante tres días de búsqueda, o que tiene menos sesos en la cabeza que los mosquitos, pues se atreve a jugar con lo más sagrado. Más les valiera emplear sus dotes en otra cosa de provecho. Hay cuentos populares con moraleja preciosos. ¿Quién no ha leído el del pastor que gritaba: "¡Que viene el lobo!" para después burlarse del apresuramiento en ayuda de sus vecinos? ¿Qué pasaría si un verdadero accidentado telefonea pidiendo auxilio a Protección Civil, y estos se lo tomasen a broma?.
17 de septiembre de 1994.
Sr. J.V.N.
Voy a realizar un comentario a la carta hallada bajo su firma, titulada "Vivir de dolor". Dicho escrito viene publicado en Diario de Burgos con fecha viernes, 16/9/1994. El hecho de haber elegido para su carta un tema tan difícil y olvidado, como es el dolor, en vez de una materia banal, como el fútbol o de un asunto de moda, como la política, habla a las claras de su enorme sensibilidad. No nos conocemos de nada. Sería bastante difícil para mí contactar con usted para trasmitirle mis ideas sobre el dolor, pues utiliza unas iniciales como firma. No censuro su semianonimato: No es lo mismo esconderse para decir impertinencias, que ocultar el nombre, con fines de humildad, para evitar hacer de protagonista. Este último me parece su caso.
Dejando aparte a otros seres vivos, pues no tratamos ahora de eso, el sufrimiento es algo inherente al ser humano. No hay nadie que no haya sentido el dolor. Con doble razón se dice que venimos a la vida llorando. Doble, porque es una realidad visible y audible y porque es verdad cuanto se quiere expresar con el dicho. No existe medida, ni dentro ni fuera de nuestro sistema métrico, para controlar la cantidad de los sentimientos. A lo sumo y para orientarnos, podríamos establecer unos hipotéticos grados o baremos. Pues bien, tras mi lectura, no puedo saber si usted habla del dolor poco más que de oídas, o lo hace desde un alto grado de experiencia.
No voy a realizar una crítica a su texto, sino un simple comentario dando mi parecer al contenido del mismo. Tratamos un tema ambiguo que ni se puede medir ni pesar y donde toda opinión puede ser respetable. En esta materia o concepto del dolor las posiciones pueden ser muy dispares. Hace un par de años, en un programa televisivo, completamente religioso, "Pueblo de Dios", oí decir a una señora inválida desde hacía mucho tiempo: "La enfermedad, con perdón, es una puñeta", y nadie se rasgó las vestiduras a pesar de las características religiosas del espacio televisivo. Ante el dolor se puede reaccionar de distintas maneras. Al respecto de las reacciones ante el dolor, tenemos un caso en el Evangelio: dos personas reaccionan de manera opuesta ante una situación dolorosa. Es el momento de la Cruz, donde dos hombres, también crucificados, hablan con Jesús.
No lleva usted razón al comparar el dolor con las demás emociones de la vida concediéndole ser un motivo para vivir. Se ha pasado. El titulo de su carta "Vivir de dolor" ya es muy difícil de encajar. Sólo podría ser así si la persona doliente ha alcanzado un alto grado de perfección espiritual de la que es creyente. Santa Teresa escribió: "Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero". Pero, ahí es nada, era Santa Teresa ni más ni menos. No olvide que la mayoría de los seres humanos somos caminantes mediocres hacia esa perfección.
Tiene usted razón cuando afirma: "Se dice que las desgracias fortalecen, que prueban el carácter de las personas...". Sí, es cierto, sin embargo, mientras seamos humanos estamos obligados a luchar por eliminar el sufrimiento. Buscar el dolor para perfeccionarnos no daría buen resultado y acabaríamos mal, pues posiblemente nuestras fuerzas no alcanzarían a tanto.
Como bien dice usted: "...lo que no podemos (es) vivir sin motivos". Pero comete una equivocación enorme cuando pretende hacer del dolor una razón para vivir: "...el dolor, dice, es una forma clara por el que tiene sentido la vida". Muy fuerte, ¿no? El sufrimiento nos lleva a plantearnos un por qué. Ante este interrogante no obtendremos una respuesta con claridad. Sólo tendremos un porqué a través de la fe. Y la fe se basa en la confianza en un Ser Supremo, no es ninguna evidencia.
En resumen, niego el dolor como razón para vivir. Para trazar unas líneas, todo involucrado en un proceso de sufrimiento, ha de utilizar, además de todos los remedios posibles para evitarlo. No se puede prescindir de las ilusiones y esperanzas terrenas de acuerdo a la capacidad mental y moralidad del individuo para tratar de achicar, arrinconar y olvidar en lo posible el sufrimiento. Dejar el dolor como razón para vivir no creo que conduzca a nada distinto de la depresión. Una cosa es aceptar el dolor haciéndolo lo más llevadero posible y otra cosa distinta, sumirse en él. El sufrimiento es inevitable.
El único y mejor tratamiento para el dolor es procurar mitigarlo y, a la vez, intentar aceptarlo. Digo intentar, porque no olvidemos nuestro estado imperfecto en ese camino de perfección donde podremos conseguir más o menos, pero no el total. Rechazar el dolor de pleno puede ser tan nefasto como sumirse en él olvidándose de todas las ilusiones y esperanzas humanas. El dolor es casi antónimo de esperanza. Para traducir sufrimiento por esperanza habría de olvidarse del aquí y ahora para recurrir al más allá (esperanza de todos, y sobre todo de los faltos de esperanza, pero confianza, no certeza). Y eso, olvidarse y desentenderse del aquí y ahora, no es fácil para cualquier ser humano en un grado medio de imperfección.
No es nada fácil entender su carta al completo. Las erratas de la imprenta se han cebado fuertemente con su texto. Aún así, se puede adivinar un escrito muy bonito. No obstante me da la razón cuando dice: "Si el tiempo que vivimos es de dolores, conviene encararlo sin ira pero con el ánimo dispuesto a sufrirlo viviéndolo sin renunciar a nada". Me queda una duda: ¿Hablamos los dos del mismo grado de dolor? ¿O, usted sólo habla de los pequeños reveses de la vida?.
Cuando esta mañana me he puesto en mi silla de ruedas frente al ordenador y he hecho click sobe el icono del procesador de textos, ya tenía trazado en mi mente el boceto de la historia a abordar. Para hacer el encabezado de este chiste, probablemente debiera soltar un rollo relacionado con el amor y el sexo. Sin embargo, excúsenme ustedes, no se me ocurre nada que pueda decirles sobre ese tema con cierto tono de seriedad. Para no perder la costumbre de encabezar mis historias de humor con unas palabras personales, tocaré de refilón el tema del alcohol, aunque mi perorata guarda una relación muy superficial con el chiste a relatar.
No soy consumidor habitual de alcohol. Tal vez, porque es sumamente fácil apreciar la existente contraindicación entre los productos alcohólicos y la ataxia. Podría decirse que un atáxico bebido está bebido dos veces. En ningún caso fui capaz de ingerir ni la cuarta parte de lo tomado por mis compañeros sin que se potenciasen mis presíntomas de pérdida de equilibro. La prueba "del algodón" ante la duda de tener una ataxia en vías de desarrollo podría ser tan simple como tomarse un par de copas seguidas. Mi consumo de licores de alta graduación no pasa de reducirse a una docena escasa de copas por motivos de compromiso. Sí he tomado vino y cerveza. Y a partir de mis 26 años soy abstemio total.
Reconociendo que me perjudicaban pequeñas cantidades de alcohol, sí tengo dos malas experiencias donde mi pequeño exceso me hizo daño. Primero, es cierto que el alcohol produce un estado eufórico, pero resulta totalmente falso si se pretende desligar del total e ignorar la posterior existencia de unos efectos desagradables. Ratificando cuanto he dicho sobre "la prueba del algodón", mi primera experiencia fue a los 9 años de edad. Nadie, ni yo mismo, sospechaba que más tarde padecería una ataxia. En una merienda con otros niños en la bodega, yo bebí demás, nunca más que ellos. El resultado fue que mi equilibrio se puso fatal y hubieron de llevarme a casa. Mi madre me acostó, me dormí como un lirón, y meé la cama.
La segunda de las experiencias se remonta a los 20 años. Tenía síntomas de ataxia, pero por errores médicos se había confundido el diagnóstico. Fue en una fiesta de verano en uno de los grandes pueblos de la provincia. Debido a las vacaciones veraniegas coincidimos con varios ex-compañeros de escuela que trabajaban en la ciudad. Nos reunimos 15 personas y organizamos una merienda en un restaurante. Yo estuve muy alegre, y bebí, exclusivamente vino, tal vez más de lo normal, pero jamás sospeché que aquel nimio exceso podría hacerme daño. Para colmo de males, mis amigos decidieron quedarse a la verbena. Noté que mi equilibrio se deterioraba y sufrí un terrible dolor de cabeza. Sin decir nada a nadie, puse mi cabeza debajo de un grifo, y después me senté en una butaca de la sala de fiestas hasta la hora de regresar a casa. La víspera mi padre, mi tío, y yo habíamos acordado ir al amanecer con ambos tractores para traer unas cargas de ciertas fincas que teníamos en otro municipio. A mi regreso, casi estaban pasados todos mis síntomas. Mi padre y mi tío estaban listos para partir (eran las 5:00 de la mañana). Les dije:
- Esperadme, que me cambio de ropa.
Rápidamente me cambié de ropa, y fuí al garaje. Sin mirar el nivel de aceite, como acostumbraba, arranqué el tractor. Sin esperar a un calentamiento, como también acostumbraba, di marcha atrás. El sonido fue espectacular. Alguien se había dejado la caja de herramientas detrás de la rueda trasera del tractor, y como era de chapa, todas la llaves de tuercas y demás utensilios saltaron produciendo un ruido metálico atronador al impactar contra las paredes del recipiente.
La caja se reparó con cuatro martillazos, pero sus abollones me dejan un recuerdo. Aún veo la caja de herramientas a menudo, pues mi tío la sigue utilizando.
Bien, éste es el chiste:
Cuentan que tres amigos estaban discutiendo sobre lo humano y lo divino sobre una mesa de un bar. Las cuatro botellas de vino vacías y una quinta a punto de expirar daban testimonio de la escasa luz que quedaba en la mente de los debatientes. El tema de discusión, tras hablar de fútbol, política, etc. se había quedado estancado en si las relaciones sexuales eran un juego, o eran trabajo. Como la mesa estaba junto a la puerta abordaban con sus preguntas a los clientes que entraban en el bar.
Así preguntaron a un cura, de esos de sotana.
- Padre, usted qué dice, ¿las relaciones sexuales son un juego, o son trabajo?.
El cura dudó de responder. Al ver el palpable estado de embriaguez de los demandantes, pensó en una tomadura de pelo. Pero allá se fue a coger al toro por los cuernos. Y, enrojeciendo, dijo:
- Señores, la relaciones sexuales, por sí mismas, no existen, son una consecuencia del amor.
- ¿Pero qué dice éste?. ¡Que las relaciones sexuales no existen! -exclamó el uno.
- ¡Déjale!. ¡Qué va a saber un cura de sexo! - replicó el otro.
Más tarde, abordaron a un Rabino.
- Rabí, usted qué dice, ¿las relaciones sexuales son un juego, o son trabajo?.
- La Biblia diría que se hizo el sábado para el hombre y no el hombre para el sábado -respondió el Rabino y salió pitando antes de que le enrollasen más.
Luego preguntaron a un abogado.
- Usted qué dice, ¿las relaciones sexuales son un juego, o son trabajo?.
- ¿Quién quiere divorciarse? -preguntó el abogado, y sin más palabras comenzó a repartir tarjetas de dirección a "t'o quisque".
- ¿Y quién le ha dicho a usted que alguien quiera divorciarse? -replicó el uno.
Y el abogado se largo inmediatamente al apreciar que el caso no olía a negocio.
Por fin se acercó el barman a la mesa.
-Amigos, es hora de cerrar. Ya ha pasado medía hora del horario habitual, y no os he dicho nada por ser buenos clientes, pero ya está bien. Tenemos que irnos. ¿Y qué es eso que discutís tan animadamente?.
- Tú que opinas, ¿las relaciones sexuales son un juego, o son trabajo? -pregunto el uno.
- ¡Joder!, ¿era eso? -repuso el barman-. ¡Habérmelo peguntado antes!. Son un juego. Y venga, vámonos para casa inmediatamente, que ya he lavado todo, he recogido la barra, y he barrido las tres cuartas partes del local.
- ¡Para, para! -exclamó uno-, aquí hemos preguntado a un cura... a un rabino... a un abogado... y nadie dice nada en claro. Y vienes tú, que ni siquiera has estado en una Universidad, y quieres responder con una rotundidad pasmosa como si tus palabras fueran a misa y hubieran de creerse.
- Mira -replicó el barman-, me da igual: Créete lo que quieras, pero las relaciones sexuales son un juego, porque si fuesen trabajo, mi mujer ya habría mandado a la sirvienta a acostarse conmigo.
A finales de 1994, hablaban en un programa televisivo, llamado "Luz roja", sobre el tema del racismo. Me encontré con este espacio de televisión por casualidad, pues el programa no solía tener un contenido de mi agrado. Tampoco era frecuente tener entre sus temas superficiales habituales uno de tanta trascendencia como el racismo. De ahí mi desinterés. No tenía ni idea de que fuera ese del racismo el tema tratado aquel día. Simplemente, fue en un cambio de cadena efectuado por mi padre en tiempos de anuncios, cuando apareció el programa en mi pantalla. Hace ya tiempo que estaba iniciado el espacio de televisión cuando conectamos con él. Por ello, no podría emitir un juicio total. Aparte de comentarios insulsos, los entendidos siempre son insulsos, porque su lenguaje no suele ser asequible a nuestras modestas entendederas, para extraer una lección, me quedé con lo siguiente: Unos encuestadores salieron a la calle para hacer sus preguntas ante las cámaras de televisión. La única pregunta de aquel cuestionario era muy sencilla:
- ¿Es usted racista?
- ¡¿Yo racista?! -contestaban los encuestados completamente sorprendidos por una pregunta tan simple y, a la vez, comprometida-. No. No, yo para nada.
Haciendo números con el total de las contestaciones, se podría afirmar con toda rotundidad que el cien por ciento de la sociedad española no era racista.
Los encuestadores volvieron a abordar en la calle a nuevas personas con otro interrogante distinto:
- ¿En qué se diferencian los hombres de las distintas razas?
- En nada. No hay diferencia.
Aunque se emplearan distintas palabras, esa fue la contestación casi unánime.
"Casi", he dicho. Solamente un entrevistado contestó una gilipollez fuera de tono. No sabría decir si la contestación fue una expresión espontanea o fue un chiste grosero queriendo hacerse el gracioso, o incluido por los programadores del espacio televisivo a modo de presunta gracia. ¿O era parte del guión?. Al fin y al cabo, tampoco es raro: El sexo solía ser el plato fuerte y tema favorito del programa. La verdad, es como para sospechar acerca del origen de la sandez. En caso de ser una respuesta espontanea, o el contestador era tonto de remate, o quería erigirse en protagonista haciéndose el gracioso sin venir su dicho a cuento. Pues, la cuestión merecía más seriedad:
- En el pito -contestó aquel gilipollas-. Los negros tienen el pene más largo, ¿no?.
Salvo esta tontería fuera de lugar, que no merece la pena contabilizar, también se podrían calificar las respuestas de ser antiracistas al cien por cien.
Sin embargo, las estadísticas extraídas según estas respuestas son muy engañosas. Nuestra posición en el tema del racismo varía según sea nuestro grado de implicación en el asunto. Los programadores se dieron cuenta de esta realidad y quisieron volver a la calle a interpelar a nuevos viandantes con una tercera pregunta más comprometida:
- ¿Le gustaría a usted que una hija suya se casara con una persona de otra raza?.
La naturaleza de la interrogación daba lugar a más amplios comentarios a la hora de contestar por parte de los entrevistados. No se podía ser tan escueto como respondiendo a las anteriores preguntas. Si bien, con ligeras matizaciones para expresar el grado de consentimiento, las respuestas también coincidían. Todos, sin excepción, respetarían la voluntad de su hija. Pero... tanto como gustarle... a nadie, absolutamente a nadie, de los encuestados le gustaría esa hipótesis.
Conclusión: Afirmamos no ser racistas mientras el tema no nos afecte directamente. Pero si nos toca... ¡ah!, eso ya es otra cosa distinta. Nadie se define como racista, pero... a la hora de la verdad... hay racismo.
Seguidamente, contaré una conversación respecto al tema del racismo. En una ocasión un familiar lejano acudió a mi casa. El motivo era traer (hacer de chofer) a su familia para una visita en el pueblo. No quiso sumarse a la gira excursionista de sus familiares, y se quedó conmigo mientras realizaban sus visitas. Por tanto, el tiempo juntos no dependía de él, ni tampoco de mí, sino de la duración de las visitas mencionadas. Debieron de ser largas, pues este familiar dejó cinco colillas de cigarrillos en el cenicero de mi casa.
Era una persona culta, razonable y de fácil diálogo. Sin embargo, hubo un único pero en la conversación que, a continuación, reflejaré en mi comentario. Como, por corresponderse con el tema tratado en mi texto, sólo voy a apuntar aquí la parte negativa del coloquio, insistiré de nuevo: Es una hombre muy razonable, y cuanto voy a decir en este escrito, no puede servir para calificar su persona.
En uno de los diferentes temas tratados, hablábamos de Comunidades Autónomas, y dijo lo siguiente:
- Yo, para puestos de responsabilidad, del castellano y del vasco me fío, pero del catalán y del andaluz, no.
- ¡Pero, eso que dices son tonterías! -le respondí yo-. No puedes generalizar.
- Lo siento -me dijo-. Para mí, es así: El catalán es egoísta, sólo le interesa la pela. Y el andaluz, por el contrario, es tonto, no busca mejorar.
- Pero, oye -le contesté-, ¿cómo dices eso? El pertenecer a un colectivo no determina la calidad ni las cualidades de una persona. Por ejemplo, ¿tú crees que el gitano es malo sólo por ser gitano?.
¡Vaya!, metí la pata con mi pregunta. No fue esa mi intención, nada más lejos, pero flaco favor les hice a los gitanos acordándome de ellos en ese momento. Para mi interlocutor, el gitano era vago y no se amoldaba al trabajo.
Cualquier sujeto, perteneciente a determinado colectivo, puede estar condicionado en su comportamiento por una serie de circunstancias. Se trata de situaciones totalmente ajenas al origen natural del individuo, como puede ser la marginación social o la forma y nivel de vida familiar, o aspectos más cercanos a él, como la clase de educación recibida en el seno de la familia, o el nivel cultural alcanzado personalmente, o la incidencia de la cultura de su pueblo o de su tierra en su persona. Estas situaciones aludidas, pueden favorecer una determinada forma de ser. Pero jamás estas circunstancias pueden llegar a ser normas generales que sirven de regla a las cualidades de determinada persona. Por tanto, es una tontería generalizar. Cada hombre es un individuo aparte. No es posible globalizar a un colectivo hasta el extremo de colocarle una etiqueta. Y no lo es, porque la forma de ser se adquiere, no está escrita en los genes de la persona antes de nacer. La forma de ser del individuo puede estar influenciada por la forma de actuar de sus padres, pero jamás se podría decir que es heredada como si fueran características físicas.
Para mí, todos los hombre somos iguales y han de tratarnos individualmente, no como colectivo. Y, si han de colocarnos alguna etiqueta negativa, ha de ser a título personal, no generalizando. Un gitano nacerá gitano de raza (moreno de piel y los ojos negros, por ejemplo), pero, ¿decir que nacerá vago...? Eso es el colmo de la estupidez...
Para finalizar, voy a plantear una hipotética situación para que cada cual no se limite sólo a leer, medite un poco... y juegue a encontrar una respuesta en su interior:
Un matrimonio gallego, por ejemplo, adopta dos niños recién nacidos. Uno es hijo natural de padres nacidos en Cataluña y el otro es hijo natural de padres gitanos. Pasados treinta años, ya hombres, ¿estos niños, tendrán caracteres en su forma de ser propios, si existen, de catalán y de gitano? ¿O además de su personalidad individual se les habrán pegado los caracteres de los padres adoptivos y de los propios de los habitantes de Galicia, la tierra que les vio crecer...?
Cada uno sabrá su respuesta. Esa búsqueda de la meditación personal era mi intención al plantear la hipótesis. Sin embargo, no me resisto a dar aquí mi contestación. Para mí, no cabe ninguna duda. Yo estoy por lo segundo...
(Publicado en Diario de Burgos el 8 de octubre de 1995).
He sido agricultor. Por tanto,
aunque no pueda ser neutral,
para hablar de la quema de
rastrojos, tengo una posición
aceptable en cuanto a
conocimientos. En mi escrito
ampliaré la carta publicada en
estas mismas páginas el sábado
30/9/95 titulada: "Quema de
rastrojos". Dicho texto estaba
firmado por un tocayo mío de
apuesto apellido por más señas.
No pretendo corregir sus
palabras, pues, como él,
tampoco estoy a favor de la quema de rastrojos. Al revés, las agradezco con toda la sinceridad,
porque al hilo de sus líneas he pasado el tiempo realizando este comentario. Sin embargo, si
jamás me atrevería a contradecir su idea principal, sí me atrevo a objetar sobre algunos matices
de su análisis. Su crítica me parece realizada desde una visión muy superficial, pues adolece de la
más mínima profundidad.
Ni yo ni ningún agricultor en su sano juicio estamos a favor de la quema de rastrojos. El labrador ama como nadie la tierra y tiene grabado en su cerebro las características de cada metro cuadrado de las fincas donde desarrolla su labor. En el fondo, sabe muy bien que esos residuos que hoy elimina mediante el fuego serán nutrientes, mañana inexistentes, para hacer más fructífera la tierra. Salvo algún descerebrado pirómano, nadie quema por quemar. Entonces, ¿por qué se queman rastrojos?.
No sé si como afirma mi predecesor escribiendo sobre el tema este procedimiento no se lleva a cabo en ninguna parte del mundo. Lo pondría en duda. Tal vez, las condiciones climáticas de otros países hagan de un fuego algo menos peligroso y ostensible de cuanto resulta en España. Desde luego, aquí no son ignorados los métodos y medios distintos de la aplicación de la cerilla para la eliminación del residuo del cereal.
Si observamos detenidamente el fenómeno, veremos que jamás se quema el rastrojo en nuestras vegas y tierras más productivas. Año tras año, en todas aquellas fincas donde el rendimiento kg./hectárea haga rentable la labor de recogida, se tiene por costumbre recoger la paja. Luego, se suele quemar en las tierras poco productivas donde se duda de la rentabilidad de la utilización de máquinas picadoras con el gasto añadido de la aplicación de urea para facilitar la putrefacción de los residuos. Esto nos llevaría una pregunta: ¿Es ético dañar a la Naturaleza por motivos de rentabilidad o de comodidad?.
En teoría, no. En la práctica, es cosa de todos los días, de todas las horas y de todos los sectores sociales. ¿Son ecológicas las centrales térmicas? ¿El humo de algunas fábricas? ¿Los residuos industriales? ¿El monóxido de carbono expelido por los automóviles? ¿Alguna clase de calefacciones? ¿Los detergentes? ¿La eliminación de residuos domésticos por vía fluvial? ¿El riesgo de escapes radiactivos? ¿Los cementerios nucleares? ¿El uso de los CFCs? ¿El empleo de substancias tóxicas? ¿Los basureros? ¿Las escombreras? ¿El humo de los cigarrillos?.
En este mundo tenemos la manía de culpar a alguien para así, lavarnos las manos. Y, en esta mala costumbre, como culpable, se suele buscar al más débil y al más tonto. ¿En este caso, serán los agricultores? Probablemente. Se pregunta mi tocayo: "¿Cuántos incendios forestales han empezado en una quema de rastrojos?". Muchísimos menos que los causados por una asado de chuletas o por una colilla olvidada o arrojada desde el tren o el automóvil. En este punto, sería interesante distinguir entre los rastrojos quemados por el agricultor y aquellos cuyo fuego se ha iniciado desde la carretera o desde la vía de ferrocarril.
Este mal hábito de culpar al más débil está muy desarrollado en el mundo. El "mea culpa" no se lleva. Culpamos a los países pobres de su pobreza para no ver nuestro egoísmo. Culpamos a los cultivadores de coca porque preferimos ignorar las causas de nuestra demanda. Culpamos a los madereros tropicales de devastar la Amazonia y así ignoramos que somos los destinatarios de esa mercancía. ¡Qué fácil sería, ¿cómo no se le habrá ocurrido a nadie?, culpar a los agricultores del cambio climático por hacer, o por no hacer (para el caso sería lo mismo), rogativas a tiempo! ¡Qué sencillo sería! ¿Cómo no se les habrá ocurrido a los buscadores de culpables culpar a los agricultores debido a las ventosidades de las vacas, o de las ovejas, del agujero en la capa de ozono? ¡A otro perro con ese hueso!.