
Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.
Sumario: 161-"¡Qué pollo!". 162- Olor a pólvora. 163- Lo más importante. 164- ¿Quién sabe dónde?. 165- Repetidos, como cromos.
"Echar la vista atrás es bueno a veces, ¡uh!, ¡uh!, ¡uh!", eso decía, allá por mis tiempos jóvenes, una canción interpretada por Karina. Y eso voy a hacer: mirar al pasado. Hoy voy a comenzar hablando desde el punto de vista de mi retrospectiva de estudiante.
No basta la sabiduría para ejercer de educador con garantías de hacerlo bien. Todo tiene su truco. La profesión de la enseñanza no sólo exige conocimientos en la cabeza del enseñante, ha de haber una buena técnica para trasmitirlos. Sin saber comunicar y transmitir esos datos retenidos en la memoria del instructor, es imposible ejercer la pedagogía con un mínimo de éxito.
Tuve un profesor de física y química que era todo una lumbrera en su asignatura. Era un auténtico catedrático. Se pasaba la clase explicando altas teorías, mientras nosotros, ajenos a sus palabras, nos distraíamos en pensar en cualquier cosa más atrayente que sus explicaciones. Pensar en el partido de fútbol nos atraía más que los óxidos y superóxidos químicos. Sólo había entre los compañeros de clase un par de alumnos que comprendían y estaban interesados en su rollo. Los veinte restantes,. estábamos en clase físicamente, pero con el espíritu volando por las musarañas . Además, este profesor tenía la mala costumbre de repetir, curso tras curso, las mismas preguntas en los exámenes. Por tanto, sabíamos de antemano los temas del cuestionario. Así, era muy fácil. Aunque era tacaño y aunque alguien se supiera el libro con puntos y comas, el 6 era su máxima puntuación. La gama de notas era solamente 4, 5, y 6. Para aprobar bastaba estudiarse las cuatro cosas que te decían los alumnos de cursos superiores que iban a caer en los exámenes. Y, ¡como en clase nunca se molestaba en preguntar!: ¿para qué íbamos a estar atentos a sus infumables rollos químicos?.
En cambio, tuve otro, un profesor de historia que, a pesar de ser cortito de conocimientos en la materia, era un genio enseñando. Su estrategia consistía en hacer amena la clase. Para ello, cautivaba nuestra atención introduciendo con bastante frecuencia anécdotas y chascarrillos en sus explicaciones.
En los colectivos siempre se tienen distintas actitudes a las mantenidas en el plano personal. En clase, uno por uno, nos poníamos de pie cuando éramos preguntados y agachábamos la cabeza cuando las palabras no nos resultaban dulces. Pero en los recreos, entre los compañeros, nuestro comportamiento era totalmente distinto: hasta se parodiaba y ridiculizaba la voz y palabras del profesor. Cuando hablábamos entre nosotros, cada educador tenía su apodo. A este señor que impartía la asignatura de historia, le apodábamos "el pollo". Tampoco era extraño aquel sobrenombre, porque en ese zoológico tan singular, teníamos hasta "una burra". A este magnífico profesor, le llamábamos así, por algo muy simple: porque calificaba de pollo a todo quisque. Bueno, a nosotros no, a nosotros nos trataba de ustedes. Menos, si a alguien le pillaba copiando en un examen. En ese punto era del todo intransigente: le suspendía la asignatura a final de curso. Tampoco nosotros nos hubiéramos atrevido a llamarle "pollo" a la cara. Este señor utilizaba el genérico pollo con la misma naturalidad que nosotros empleamos la palabra cosa: Lo mismo nos sirve para designar a una bombilla, que a una cuchara. Así decía:
- "Los fenicios, como mercaderes, eran unos pollos, ¡vaya pollos!, se sabían al dedillo todos los entresijos del comercio». «Un día me abordaron en la calle unos espabiladillos, ¡qué par de pollos!, pretendían darme el timo de la estampita". O, "¡Qué pollos eran los romanos en cuestiones de leyes! Toda la base de nuestro actual derecho procede de su legislación". O, "¡Qué pollos somos los españoles!, sacamos dientes sin ser odontólogos" (lo decía por Urtain que, en aquellos tiempos, contaba sus combates de boxeo por victorias). O, "Almanzor era un pollo de cuidado. Con sus incursiones, traía en jaque a todos los reinos cristianos".
Pero, no estaba despistado cuando he aludido a este caso de mi profesor. Sabía muy bien adónde quería llegar con esta historia. Este recuerdo del pasado viene a mi memoria tras conocer la excesiva subida del IPC (índice de precios al consumo). Mes tras mes, echan la culpa de la inflación a la subida en el precio de frutas, hortalizas, etc., y cómo no, a la del pollo. ¡Qué tonterías! El pollo sigue siendo la más barata de todas nuestras carnes. Si cada vez que han echado la culpa al pollo, hubiese sido cierto, ya estaría a precio de caviar (que nunca lo he visto, pero según dicen son huevos de esturión y resulta carísimo). Pero claro, según las palabras de mi buen profesor, dichas anteriormente, esto del pollo tiene múltiples interpretaciones. Porque, ¿quién es el pollo?.
¿De verdad será el pollo que "CUENTA" en su forma física con cresta y plumas? ¿Será algún pollo que vive a "CUENTA" de la especulación? ¿Será algún pollo que engorda su "CUENTA" corriente a costa de los consumidores? ¿O será algún pollo con despacho en los Ministerios que nos "CUENTA" el cuento de echar la culpa al más inocente? Sin duda, el más inocente en este caso es el pollo, pollo, el de cresta y plumas, en el cual nos reflejamos los demás pollos (los consumidores). Se entiende mi lío, ¿no? Pero, se han fijado ustedes en la indirecta conseguida con mi juego de palabras? Todos los pollos "CUENTAN". También los consumidores, en especial, las amas de casa: "CUENTAN" (relatan) y "CUENTAN" (contabilizan) el dinero gastado y les queda disponible para ver cómo pueden llegar a fin de mes. "¡Qué pollos!", que diría Don Marceliano.
Esta historia de mi comentario de hoy la he guardado en silencio, dándola vueltas en mi cabeza, antes de decidirme a escribirla. Es muy rara y se presta a múltiples interpretaciones. Sucedió, realmente, hace mucho tiempo, no es una invención literaria. Decir mucho, es una medida muy relativa. Para unos, mucho puede ser cien años, y para otros, puede ser solamente seis meses. Daré una referencia para poder efectuar un cálculo. Es una historia personal y ocurrió cuando yo tenía aproximadamente diez años.
Mis acompañantes en el suceso eran dos vecinos del pueblo. El uno me superaba en unos veinte años escasos, y el otro en veinticinco. Poco después, ellos abandonaron el pueblo en busca de trabajo. Los dos residen actualmente en la ciudad de Burgos. Ambos eran aficionados a la caza.
Inicio el relato. Pero para poder narrarlo con precisión, he de referir antes unos antecedentes. Mi abuelo tenía una galga blanca. Era nueva: es decir, sin adiestramiento para la caza. Uno de los dos vecinos relatados, admiraba, uno y otro día, las cualidades físicas de la galga y ardía en deseos de ver su comportamiento ante una liebre. Mi abuelo ya no estaba para esos trotes, porque exigen largas caminatas. La solución por llevar a la galga de caza, pasaba por llevarme a mí. Conmigo sí iría ella.
Por un día, bien entrado el otoño, me convertí en cazador ocasional. La actividad, sin afición, no resulta tan agradable como pudiera parecer a primera vista. Resulta demasiado dura si no se lleva como complemento una buena dosis de predisposición. Una escopeta era toda nuestra artillería. Y dos galgas y una perra cazalla, de esas de grandes orejas que va siempre con el hocico pegado al suelo olfateando algún rastro, fueron nuestros acompañantes animados. Caminábamos: Yo a ratos tenía que correr para seguir los pasos de los adultos. Íbamos separados y en silencio para no espantar a las posibles piezas encamadas a esas horas diurnas. Sólo mi ilusión de niño pudo compensar la ausencia de inclinación por la caza.
La jornada, en cuestión de piezas cobradas, fue un auténtico fracaso. Las liebres, como si estuvieran alertadas ante nuestra presencia, salieron de sus camas a mucha distancia de nosotros. La escopeta volvió a casa sin siquiera oler a pólvora. Las galgas corrieron, pero sin opciones de alcanzar a las piezas. La mía, de mi abuelo, demostraba su inexperiencia cansándose de perseguir cuando no veía posibilidades de captura. Incluso, vimos un zorro, raposo se dice aquí, las galgas le dieron alcance, pero no se atrevieron a atacar y volvieron a su posición antes de que nosotros, que corríamos como endemoniados, llegáramos a tiempo para alentarlas en el ataque. Tal fue mi cansancio físico que pobre de la pulga que pillara en la cama bajo mi cuerpo esa noche. Fui la estrella de la cacería. Mis acompañantes se lamentaban una y otra vez de no haber capturado una sola pieza para obsequiarme.
No volví a casa con las manos vacías. Hallé una tralla. En estos campos de cereal cultivados en aquellos tiempos con parejas de vacas o mulares no puede extrañar mi hallazgo.
Y así acabó mi historia. Hasta aquí es un lance sin importancia. Recuerdos parecidos todos los tenemos a montones. Son sucesos que se archivan en la memoria como un caso cerrado. Después, otros hechos de más actualidad les van desplazando para ocupar su sitio en la limitada capacidad mental humana. Y tales recuerdos quedan retirados y llenos de polvo en un rincón del desván de la memoria en espera de un borrado definitivo por parte del olvido.
Pero no: A este recuerdo no llegó a tiempo de borrarlo el olvido. Aparecieron todos los demonios del mundo para desempolvarlo de su retiro. Veinte años después de suceder los hechos relatados, algo inquietante vino a sorprenderme y a despertar la evocación de su letargo. Lo he recordado. Lo he meditado. Nunca se lo he dicho a nadie. Pero es verdad. Veinte años después... ¿Y por qué veinte años?.
Pasado ese tiempo mencionado, me di cuenta que, los tres cazadores que aquel día de otoño corríamos como endemoniados para ver el desenlace de las carreras de las galgas, ahora necesitábamos el auxilio de una silla de ruedas. Los tres, precisamente los tres. ¿Por qué? Lo he pensado una y otra vez y siempre me estrello con la confusión. He hablado antes de demonios. Sin referirme ahora a este caso concreto, los demonios no son los hechos, sino los pensamientos. Te inquietan. Te desconciertan. Te trituran. No te llevan a conclusiones. ¡Cuántas veces he deseado que el pensamiento fuera como una luz eléctrica para que la apagase mi madre al acostarme y la encendiera por la mañana! Pero mejor, he pensado, como un programador de un video para poder programarme yo mismo: ¡Zas!, pararlo a las doce de la noche y programarlo para un encendido automático para grabar la película del vivir cotidiano a las nueve de la mañana. No es la noche el enemigo, sino la soledad. Cierto que se siente un poco más por la noche, pero no es menos cierto que durante el día hay momentos tanto o más difíciles que en horas nocturnas. ¡Pues también lo desprogramaría por el día!.
Volviendo al caso de la posible relación de la cacería con los avatares de la vida y concretamente con las sillas de ruedas, nunca se lo he dicho a nadie. Nadie, pienso yo, podría aportarme razones convincentes. Tampoco se lo he dicho a los otros dos acompañantes a quienes hace tiempo no he visto. ¿Para qué? ¿Para inquietarles? ¿Para recordarles que están bastante peor que yo?. Tal vez su olvido ya haya borrado de su memoria esa cacería y ni siquiera hayan reparado en esta coincidencia. ¿Coincidencia? Si aquel día hubiéramos hallado en nuestro camino una bruja, le podría acusar de habernos echado mal de ojo. Pero no vimos a nadie en nuestro trayecto, absolutamente a nadie. ¿Por qué ha sucedido así? El caso es irrazonable. Pero, no sólo este hecho. En mis muchos pensamientos he llegado a la conclusión de que toda la vida es irrazonable. Buscas respuestas y nunca las hallas. Sólo hay una semicontestación, de creyentes, que no aclara nada, pero aplaca la necesidad de preguntarte: Dios... El sabrá... Los científicos tienen respuestas para todo, pero no me valen por incompletas:
- Doctor, ¿por qué necesito de la diálisis?.
- Porque tiene usted los riñones desechos.
Parece una respuesta. Y lo es, pero también es semirespuesta por incompleta. ¿Qué diría tal Doctor si a continuación de esta pregunta y después de oír su contestación, le preguntara la razón de otra manera?:
- ¿Y por qué yo tengo los riñones desechos, y no usted?.
No sé si hay respuesta a esta pregunta. Tal vez el facultativo hallase defectos congénitos, malas alimentaciones, abuso de alcohol, errores de fármacos, poco cuidado de la salud... qué sé yo. Seguiría sin llegar al fondo de la cuestión. ¿Serían convincentes esas respuestas o cualquier otra parecida? Creo que no. Llevarían a más preguntas. Tampoco sé si habría respuestas médicas convincentes al tema del comentario de hoy. Si las hubiera, ¿serían válidas del todo? Creo que no. Yo, que al tema en general lo he dado muchas vueltas en la cabeza, prefiero mi contestación: Dios... El sabrá... Y, si alguien halla una respuesta al porqué de la coincidencia de la necesidad de sillas de ruedas para los tres protagonistas de esa jornada de caza, lo dudo, no va moverme de mi posición de creyente. El hombre desciende del mono. ¿Queda pues sin validez la Creación? No señor. Para mí, el hombre sigue existiendo por la voluntad de Dios. El Génesis en el fondo sigue siendo válido. El móvil de dotar al hombre de un alma nace del mismo sitio.
Si apareciera la bruja, invisible en su momento, que nos echó mal de ojo a los tres cazadores, tampoco variarían mis creencias. Con bruja o sin ella, mientras la ciencia sólo me de una semicontestación del tamaño de la mía, me aferraría a mi semirespuesta y pensaría que nuestras enfermedades no están ahí sin el permiso de Dios.
Este verano de 1993 he pasado unos días revisando un montón de papeles viejos de mi abuela. Eran revistas antiguas que prácticamente carecían de importancia y reposaban olvidadas en unas cajas de cartón. A pesar de la nula trascendencia de estos textos, la abundancia de documentos escritos da a entender la inmensa paciencia de mi abuela para guardarlos ordenados durante tanto tiempo. La fecha de la impresión de algunos papeles se remonta diez años atrás. Los he hojeado solamente un poco por encima, pues su lectura íntegra me hubiera llevado varios meses. He encontrado un pequeño artículo interesante. Mi hallazgo merece realizar un comentario. Pero antes, hablaré de la revista donde lo he hallado.
La publicación no me era desconocida. Me he encontrado con ejemplares de ella en las numerosas visitas que hacía a la casa de mis abuelos, pues ellos estaban subscritos a esa revista. Jamás he visto ningún escrito impreso en un papel de peor calidad. Esto no dice nada en contra de este pequeño periódico mensual. Muy al contrario, es todo un halago. El precio de la suscripción a esta publicación apenas supera el costo de distribución por Correos. El reparto de la revista, para abaratar el importe, se hace mediante corresponsales voluntarios. La tarifa anual de la suscripción en la actualidad es de 450 pesetas. Más o menos lo mismo que cuestan cinco cafés o media docena de cajetillas de tabaco.
Si se hiciese estadística, hoy se llevan mucho estas tareas con fines sociológicos, con los datos de los 175.000 suscritores de la revista: edad, soledad y recursos económicos, a más de un político ministerial se le caería la cara de vergüenza por los resultados hallados. El Ministerio de Asuntos Sociales, inmediatamente después de conocer los apuntes sacados de esa hipotética estadística, muy avergonzado, ofrecería a los Directores del periódico una subvención para que mejoraran al menos la calidad del papel de impresión. Supongo que tal ofrecimiento sería una pérdida de tiempo: La revista no querría hipotecar el futuro de su contenido a los conceptos impartidos desde el Ministerio. Sucede que, sin meterse absolutamente para nada en política, la ideas de los Directores y suscritores a quienes va dirigida la revista están en el extremo opuesto de las difundidas por el Gobierno y la sociedad actual, en extremo consumista..
Ah! casi se me olvida, la revista se llama: "El promotor".
El artículo de mi comentario pertenece al número de julio de 1988. El escrito está firmado por Mateo Andrés. El título elegido por el autor, desconocido para mí, va a la perfección con el contenido. "Lo más importante...", dicen las letras del titular.
El texto habla de un ensayo. Lo resumo en lo siguiente: El experimento fue realizado por el Dr. Skell, pediatra norteamericano. Introdujo una variante en el tratamiento a los niños del orfanato para niños con deficiencias que él dirigía. Dividió a sus niños en dos grupos iguales de doce componentes cada uno. El primer grupo permanecía como de costumbre todo el día en el orfanato con todas las atenciones propias del orfanato. El segundo equipo era llevado por las tardes a una institución cercana de adolescentes retrasados. Allí, cada niño era cuidado individualmente por una jovencita de las recogidas en el centro visitado. La única variable entre los dos grupos del experimento fue el trato personal individual ofrecido por las jóvenes a los pequeños del segundo equipo. ¿Resultados?:
Durante 20 años el Dr. Skell siguió con minuciosidad el comportamiento de ambos grupos. pasado ese tiempo dio por finalizadas las comprobaciones del ensayo. Comprobó la abismal diferencia de la situación entre los componentes de ambos equipos: Los niños que estuvieron en el primero, unos habían muerto, y otros permanecían recluidos en sanatorios mentales. Los niños del segundo grupo, vivían todos y hacían una vida normal.
"¿Cómo es que yo no me he enterado hasta ahora, y a través de un pobre papelito sin calidad, de estos magníficos inventos del Dr. Skell?. ¿Cómo es que estos ensayos no se difunden por la televisión? Este Dr. ha inventado algo más grande que todas las ideologías juntas?", me dije.
"No seas necio", me respondí al poco tiempo. "El Dr. Skell no ha inventado nada nuevo".
El amor es todo para el ser humano. Nacemos indefensos, pero el amor es como la gota de agua que nos es necesaria para desarrollarnos y sin cuya humedad morimos. Ocurre que tales ideas se sitúan en campos utópicos en contraste con el realismo de la imperfección humana.
Cada miércoles o cada
martes, dependiendo de las
retransmisiones del fútbol de
las competiciones europeas, a
la hora de cenar me
encontraba este programa por
televisión. Era su contenido
una de las pocas cosas
televisivas que me agradaba,
así: dicho en pretérito. ¿El
titulo? "¿Quién sabe dónde?".
En él apreciaba la narración
de historias realmente
humanas. Lo más lejos del
rollo político totalmente
impersonal, que en una hora
de oratoria no dice absolutamente nada.
De estas Historias (escrito con mayúscula) contadas en el programa, lo comprendo (vuelvo al presente) todo: Entiendo perfectamente, aunque no le de la razón, que un joven se fugue de su casa por miedo a la factura telefónica a causa de las llamadas al 903. Comprendo, aunque me parezca un tremendo cabezota, que alguien pase cuarenta años lejos de su mujer y de sus dos hijas, por una tontería. Me es fácil meter en mi cabeza que alguien se vaya de casa hasta aparentemente sin razones, aunque no se lo aconsejaría a nadie en ningún caso. Y sencillamente lo entiendo todo porque la cabeza del hombre es demasiado complicada para plantearse los razonamientos oportunos en el punto y el momento justo. Además, la mente del hombre no siempre está capacitada para emitir juicios sensatos ni libres de verse influenciados por unas circunstancias reales o alteradas por su propia percepción mental.
Entiendo, casi lo incomprensible, que alguien desaparezca de su casa por la fuerza. De verdad que lo siento por las víctimas. Pero, es que, además, con reparos, entiendo, no justifico, a los ejecutores. El mal, por desgracia, forma parte del mundo. Y normalmente estos delincuentes profanadores de la libertad son pobres locos que la sociedad considera cuerdos.
Pero, ahora voy a explicar lo de mi anterior alusión a los verbos en pretérito, porque no parece razonable puesto que el programa aún sigue en antena: Poco a poco, me he ido dando cuenta de que estaba siendo engañado. Que sí, las historias siguen siendo humanas, pero se las manipula para conseguir el éxito de audiencia del programa, aunque hayan de cobrar un precio en intimidad o en dolor, según el final del caso. No les interesa encontrar desaparecidos por el drama humano que conlleva, sino encontrarlos para autodarse publicidad y colocarse la medalla del "¡Caso resuelto!". Y pasa lo que pasa con tales pretensiones, si no hay caso, se inventa. Y, para muestra, basta un botón. No es el único, pero sí el más claro. Tan sencillo que no lo entiendo. Es la historia de Teresa Antolí. No es que no la entienda a ella. Al contrario. Es que el relato que expone televisión sobre ella lo encuentro totalmente incomprensible. Me parece, sin paliativos, un montaje de caso rebuscado para lucirse, de tomadura de pelo.
Esta persona estaba recogida en una
residencia de ancianos. La atropelló un
coche. Lleva siete meses internada en
el hospital Valle de Hebrón de
Barcelona. Sospechaban su nombre por
unas palabras de la anciana. Y, el
colmo: Nadie sabe quién es y dan el
caso al programa televisivo para que
ponga en marcha sus poderosos hilos
de investigación y lo encuentre.
Ante este caso yo me lleno de preguntas: ¿Denunció la desaparición la residencia donde estaba asilada? ¿Hizo algo el hospital en esos siete meses por intentar identificarla? Si existió la denuncia, ¿cómo es que la policía, no descubrió relación entre accidente de tráfico y aviso de desaparición? Inexplicable. ¿Por qué, si sospechaban su nombre, en siete meses no se pasó nadie por el Registro Civil para comprobar el nombre? Así de sencillo. Este caso lo hubiera resuelto yo con cuatro llamadas telefónicas... el más tonto de los tontos y sin medios a mi alcance.
Si todo lo que se dijo en el programa es cierto, demuestra que, por desgracia, para esta sociedad nuestra, solamente somos números. Hay mucho de cierto en eso de ser tomados por números, pero como no concibo que entre tantísimas personas y en tantísimo tiempo no hubiera un alma noble para pasar por la Oficina del Documento Nacional de Identidad para comprobar que la anciana era Teresa Antolí, tengo que creerme que lo de televisión fue un montaje para autopromocionarse y decir implícitamente "que buenos somos y que magnífica labor social cumplimos" y explícitamente: "¡Caso resuelto!. Por fin hemos hallado la identidad que una persona humana tuvo perdida durante siete meses". Esto de las manipulaciones sí es grave.
(Publicado en Diario de Burgos el ?? de abril de 1997).
Soy ecologista como el que más y doy la bienvenida a todas las acciones encaminadas a preservar el Medio Ambiente y a salvaguardar todas las especies vivientes en nuestra Naturaleza. La tierra y cuanto en ella existe no nos pertenece a los actuales moradores: hemos de pasarla a generaciones venideras al igual que la recibimos de las anteriores. Disfrutamos de ella en calidad de préstamo. Tenemos la obligación de dejar a nuestros descendientes las mismas maravillas heredadas de nuestros antepasados.
Dicho esto, matizaré mi posición: Pueden existir puntos donde se enfrenten el bien común de toda la humanidad con una ecologismo a ultranza y sin demasiada reflexión. En esa encrucijada no podemos ser extremistas. La opción parece bastante clara: Cualquier medida ecológica ha de estar al servicio de la humanidad, pero nunca el bien común de toda la humanidad, actual y venidera, puede ponerse por debajo de las normas ecológicas.
Estas reflexiones aquí anotadas, las considero un preámbulo necesario para el fin de mi escrito. Se trata de realizar un comentario a unas palabras textuales del la revista "El Suplemento Semanal" distribuida los fines de semana con Diario de Burgos. Se pueden hallar en el número 30/3/97 y en la página número 38. Son unas líneas referidas a la obra casi faraónica y costosísima (23.000 millones) del un túnel en el Pirineo aragonés, en Somport, de 8 kilómetros y medio de largo, 4,55 metros de altura y 10,50 de anchura. Se dice así: "En este lugar enorme como la bóveda de una catedral hay un silencio casi místico. Desde el mes de diciembre hasta el mes de abril las obras en esta zona deben estar paralizadas. Es la época en que nidifica el quebrantahuesos -una especie de buitre en peligro de extinción de la que hay tres ejemplares en Rioseta- y no se les puede perturbar".
Hombre, personalmente ni me parece bien, ni me parece mal que por respetar la intimidad necesaria para la nidificación de tres aves en peligro de extinción, haya de paralizarse unas obras gigantescas durante cuatro meses. No es esa norma ni ningún otro criterio ecológico (bienvenido sean todos) lo que aquí se discute. Sucede que tanto miramiento habido con esos tres buitres, contrasta con la pasividad con que la Comunidad Internacional: pasa de cuanto suceda con algunos seres humanos. Ante los cuidados adoptados en esta historia con tres buitres, uno se sonroja de vergüenza si, por ejemplo, la pone en comparación con la pasividad adoptada en la región africana de Los Grandes Lagos.
De verdad que ante este contraste, uno no sabe qué hacer. No sabe si ponerse a reír irónicamente de la hipocresía de un mundo moderno que presumimos de humanidad y se nos llena la boca con la palabra solidaridad cuando en realidad casi todo se queda en nada. O, por el contrario, ponerse a llorar por haber nacido ser humano en lugar de ser un quebrantahuesos. Y es que hablamos sin parar de sentimientos humanitarios y luego nos comportamos como si tuviéramos los hombres repetidos, como los niños cuando hacen colección de cromos. ¡100.000 de hombres por uno de quebrantahuesos! ¿Hay quién dé más?.