Negros nubarrones en el horizonte.



Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Sumario: 156- Pensamientos 92. 157- Perdóname. 158- La prueba de la cartera. 159- La política en los tribunales. 160- Crítica política.



156- PENSAMIENTOS 92

La guerra: Reconozco conocer solamente una mínima parte de la crueldad de estos conflictos bélicos desgraciadamente frecuentes en la tierra y en algunos puntos concretos tan largos que hasta dejaron de concederles el carácter de noticia. A quienes, aparentemente, no tenemos parte en ninguna de estas disputas armadas, la guerra nos parece horrible y monstruosa, y en la realidad es así. He dicho antes "aparentemente", porque no sólo padecen estos choques violentos quienes los ejecutan, también sufren las consecuencias muchos inocentes cuyo único delito es haber nacido en la zona donde tienen lugar las disputas. Y en cierta forma, también nos afecta, sin excepción, a la larga familia humana, que, a la vez, es capaz de amar y de odiar, de la mejor de la solidaridades y de la mayor de las indiferencias.

Aunque posiblemente hayamos contribuido indirectamente a la confrontación bélica, nunca comprendemos los motivos de una lucha encarnizada... tal vez porque no es nuestra guerra, al menos eso pensamos... tal vez porque ponemos la razón de nuestra parte y la sinrazón al lado del enemigo. Tampoco la guerra necesita ser comprendida, porque está en el extremo opuesto de la comprensión. Después de transcurrido un tiempo, tal vez una generación, siempre decimos que la guerra fue inútil... no hay vencedores... no ganó nadie... perdimos todos. Sin embargo, de nada nos sirven estas conclusiones y buenos propósitos hechos en los tiempos de calma, volveremos a las andadas de buscar situaciones prebélicas a las primeras de cambio. Más tarde buscaremos culpables para justificar lo injustificable. Esa es la eterna manía del ser humano: intentar descargar de responsabilidades nuestra conciencia en perjuicio de la de los demás.

Aun sin tener conflictos armados, es muy fácil culpar a otros y decirnos en nuestro interior que esa actitud guerrera no tiene cabida en nuestra brillante mente. Y, sin embargo, nuestro entorno más cercano, al nivel de las personas con quienes diariamente convivimos, está lleno de odios y pequeñas guerras sin armas.

Todos los pasos para buscar salidas pacíficas a un determinado conflicto o para ayudar solidariamente en los difíciles momentos del mismo, están muy bien y son necesarios. Pero, ¿por qué no tratamos, a la vez, sin olvidarnos de las medidas anteriores, de eliminar nuestras pequeñas luchas que son la antesala de guerras mayores para contribuir de verdad con nuestro amor a la hermandad de la especie humana?.

Ecologistas: De verdad que siento admiración por la mayoría de los ecologistas, no por todos: a algunos creo que no les asiste la razón. Tengo puntos de vista diferentes. Para mí, la frontera entre lo que yo entiendo y lo que algunos entienden por ecología está en saber ponerla al servicio del hombre. Por tanto, pretender poner la naturaleza en un estrato superior a la persona me parece un absurdo disparate. Los ecologistas defensores en la práctica de esta última tesis, serían felices de volvernos a todos a las cavernas con tal de mantener un medio ambiente puro... y se dedican a buscar culpables al deterioro medioambiental sin detenerse nunca a razonar alternativas.

Ecologistas debiéramos ser todos. No obstante, cada problema requiere un razonamiento distinto, en el cual, la solución exige una buena dosis de comprensión y solidaridad. No es posible clamar, sin más ni más, contra la deforestación de la Amazonia, cuando hace muchos años que acabamos con nuestros bosques en el mundo desarrollado. No es posible, sin más ni más, pedir al Tercer Mundo colaboración en el problema del agujero de ozono, cuando hemos sido los países desarrollados quienes le originamos. Tampoco es una medida razonable, sin más ni más, exigir a los más débiles económicamente, medidas de protección para el medio ambiente que nosotros en su tiempo no adoptamos y nos produjeron el nivel de desarrollo que hoy tenemos. En definitiva no es posible despegar la ecología de ayudas solidarias al desarrollo.

Aparte de unas buenas dosis de comprensión, que falta a algunos ecologistas, para distinguir entre contaminación relativamente necesaria y contaminación innecesaria y, como he dicho mucha solidaridad, para refrenar esta marcha destructiva del planeta es necesaria la responsabilidad de cada uno en los pequeños actos de nuestra vida diaria: Acciones aparentemente insignificantes, pero que contribuyen al cuidado o no, del medio ambiente.

Esta pequeña responsabilidad, además de conveniente y necesaria, debiera exigible a toda persona. Es decir, es preciso colaborar individualmente, según las posibilidades de cada persona, con unas leyes gubernamentales en la conservación de la naturaleza. Y por supuesto sería totalmente absurdo marcharse a la Amazonia y pretender que las naciones de aquella zona geográfica arreglen el mundo que hemos estropeado en los países desarrollados, si olvidamos los nuestros pequeños cuidados medioambientales de cada día.

Nacionalismos: Como muchas cosas de este planeta tierra que habitamos los hombres, el nacionalismo es un arma de doble filo: Cultivar la conciencia como pueblo es un sentimiento maravilloso, pero cuando es llevado al extremo llega a ser destructivo.

El nacionalismo es admirable entendido como el amor o apego a una nación y a sus gentes en el respeto a otras naciones y a otras gentes. Sin embargo, cuando por exceso se ahonda en la exaltación del propio país con el desprecio hacia todo/s lo/s de fuera, se habría entrado en el aberrante camino de la intolerancia y aversión hacia todo lo extranjero: Eso se llama xenofobia y racismo.

El secreto para mantener las buenas cualidades del nacionalismo es sentirse diferente a los habitantes de los demás pueblos, pero nunca superior a nadie. Lo cual, ineludiblemente, lleva a mantener siempre el respeto hacia todos y cada uno de los hombres sin distinción de pueblos.



157- PERDÓNAME

Hemos entrado en la recta final de este "febrerillo el mocho, el de los ventyocho", alias "el loco". Hoy voy a comentar un programa nuevo de televisión. Cualquiera que lea mis escritos, por la reiteración de mis comentarios, creerá una mentira la repetición de mi escaso interés por la programación televisiva. Pues así es: me gusta muy poco. Mi seguimiento de la pantalla proviene casi siempre del compromiso y del aburrimiento a combatir. Mal que nos pese, normalmente existe una relación muy estrecha entre el aturdimiento y el tiempo pasado frente al televisor. Yo soy la excepción que confirma la regla: No soy aficionado al aparato, y sin embargo tengo casi todos los pelos de tonto. Y, lo peor, ya no espabilo.

En esta autopromoción llevada a cabo por las cadenas televisivas, estaba ya harto de ver en los anuncios a una señora llamada María Teresa Campos buscando participantes para un programa nuevo llamado "Perdóname". El inicio de este espacio televisivo se retrasó dos semanas por ajustes de programación. Por ello, la presentadora siguió catorce días más soltándonos su rollo junto a los vendedores de cola-cao y a los de "preservativos control para gente muy enamorada".

Tengo la mala costumbre de pensar mucho. Deberían de meterme a Ministro del Gobierno. No lo digo porque me valoré en demasía. Lo digo con un toque de ironía, porque, como los políticos son tan cortos pensando, a lo mejor me servía de santo remedio y me curaba del mal hábito de darle a la cabeza. Bueno, el fundamento del nuevo programa televisivo, adelantado en los anuncios, se convirtió en el objetivo de mis pensamientos. Por más vueltas que di al asunto no lo encontré ni pies ni cabeza. Se trataba de buscarse un tonto dispuesto a pedir perdón ante las cámaras de televisión y otro tonto en disposición de aceptarlo. Ese era el problema: no basta una primer persona que presentara sus disculpas, hacía falta una segunda que, cuando menos, diera su autorización para hacer pública la ofensa.

Cuando se lleva mucho tiempo en una situación muy mala, si alguno quedaba en la cabeza, se bajan hasta los zapatos los malos humos que nos hacen creernos algo y nos impiden pedir disculpas. Pedir perdón es magnífico. Es lo mismo que dar las gracias. A veces puede parecer innecesario, pero nunca está demás. No hace mucho existía un diálogo de esos de frases hechas que van por la vida a piñón fijo y se nos inculcaba desde niños. Por desgracia, costumbres como está han desaparecido y sólo quedan en boca de los mayores:

- Gracias.

- De nada.

"¿Para qué dar las gracias, pensaba yo de pequeño, si te contestan de nada?". El tiempo me ha dado a entender la conveniencia de dar esas gracias y la necesidad de recibirlas. Con el perdón sucede lo mismo: Pedirlo y también darlo es un signo de disposición y de humildad. Mi anterior calificativo de tonto a quien pide perdón en el programa no es por el hecho de pedirlo. ¡Dios me libre de afirmar tal cosa!! Es por hacerlo en público. Puesto que en el programa se necesita la colaboración de ofendido, ¿no sería más bonito disculparse en la intimidad privada? ¡Qué coño importa a los demás los avatares de determinadas personas!.

Se la tenía guardada al invento. Era la hora de la cena y alterné el cubierto para extraer del plato el pescado con el bolígrafo para tomar apuntes. Como soy duro de oído, a veces mi hermana hacía de interprete:

El primer caso en la pantalla fue el de una mujer gallega y, más concretamente, de ambiente rural. Carmen era su nombre. Se separó de su marido y dejo sus cuatro hijos al cuidado de su madre. Se volvió a casar y a separar. Y en unos problemas económicos se la ocurrió vender los terrenos de una herencia del pueblo. Esta fue la chispa del incidente que durante tres años la tenía enfrentada con su madre y con su abuela. Hasta aquí es "reality-show". A partir de ahora sólo "show":

Se presentaron unos reporteros, cámara en ristre y con un ramo de flores rojas, en el domicilio de la madre presuntamente ofendida con la siguiente pregunta:

- ¿Perdona usted a su hija Carmen?.

A continuación rodaron un sí, como el de una boda, pactado con anterioridad, y todos felices. Siguió el montaje. Sucedió lo mismo en el domicilio de la abuela. Sólo aprecié una única diferencia: las flores del ramo eran blancas. Continuó el espectáculo en el plató: Besos y abrazos entre ofensores y ofendidos. Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.

La presentadora aún dio un apunte:

- El resto se queda para la intimidad.

"¡Caray!, pensé, si todo hubiera sido para quedarse en la intimidad".

El segundo suceso es un intento claro de promocionar el programa. Los protagonistas son dos famosos. Ella es Marujita Díaz, la cantante de los ojos juguetones, y él, el actor Pepe Rubio. La causa del enojo fue que él, años ha, se enamoró e hizo regalos a su amada, pero ella se hizo la desentendida, y él lo tomó como un desprecio. Hubo flores.. asentimiento... besos. "Total, pensé, si una simple llamada telefónica hubiera tenido el mismo efecto entre ambos sin necesidad de chupar cámara".

El tercer caso era más discreto. Un joven pedía perdón a una señorita porque hace diez años, a la edad de catorce, no contestó a una de sus cartas. Hubo flores. Sí perdono. Besos y lágrimas. El dejó escapar dos lagrimones. Se adivinaba un enamoramiento en su persona. Un "love story". Ella anunció su próxima boda con otra persona. ¡Qué lástima!. Hubiera querido tener una varita mágica para cambiar el final del cuento. Pero no soy mago y el cuento era "reality" adornada con un "show". ¿Pero por qué aquel pobre infeliz se había prestado, sin posibilidades de conseguir a su amor, a exponer sus más íntimos sentimientos y a llorar ante millones de telespectadores?.

El último caso fue el más complicado de los cuatro del programa. Era una madre que "abandonó" (entrecomillado) a su hija. Ella fue adoptada. Y quería recuperarla, no como hija, sino como una amistad. La presentadora invadió nuestra mente a través de las ondas con dos preguntas:

- ¿Cómo puede una madre dejar a una hija así? ¿Puede una hija abandonada perdonar a su madre?.

La historia es la siguiente: La madre dejó la niña con su abuela. Ésta, sin la firma de autorización de la madre, la dio en adopción. No existían documentos de que la madre hubiera dado su consentimiento. Cuando volvió a buscar a su hija, no la encontró. La abuela no quiso darle detalles de la adopción. La madre puso una denuncia en el juzgado, pero no le hicieron caso. Se volvió a casar. Enviudo. Ahora tenía dos hijos de su segundo matrimonio. Por fin, tras insistir, una tía de la niña le había que residía en Puertollano. Como no dio más señas, la busco en el Instituto. A sus 18 años la hija buscada, no quería tratos con su madre natural.

El trato de este caso, por la negativa, difería de los anteriores. Abordaron a la joven para entregarla el ramo de flores en plena calle. Ella se negó a aceptarlo como señal de no conceder perdón. A continuación la pantalla nos introdujo en el plato. Primero llegó la madre. Después entró la hija. Ni un beso, ni un contacto, ni un roce. Se sentaron separadas en un banco corrido.

- No se ha acordado de mi en 18 años -dijo la muchacha utilizando los verbos como si estuviera hablando con los telespectadores en lugar de con su madre situada en la otra punta del banco-. No es mi madre. No la quiero. La perdono si me deja en paz.

¡Pero el colmo!: A continuación metieron en el plató a la madre adoptiva. Se sentó entre las dos anteriores. Y, lejos de perdonar, se recrudeció la discusión.

- Del odio y el rencor no sale nada -fueron las palabras con que la presentadora cerró el caso evitando que los telespectadores fuésemos testigos de la batalla campal que se avecinaba.

"¿A qué habrán venido?", me pregunté yo. Si la gente pierde el culo por aparecer en televisión, algún día hasta los protagonistas se inventarán enfados y perdones para salir en la caja tonta. ¿Quiénes seremos los tontos que nos traguemos los anzuelos?.



158- LA PRUEBA DE LA CARTERA

Luis era un pintor de los llamados de bocha fina: de caballete, pincel y paleta, en una pequeña ciudad. ¿Bueno? ¿Malo? ¡Qué más da! (aprovecho para meter mi fase favorita): "Un héroe es quien hace lo que puede". (Romain Rolland). No debía vender muchos cuadros, porque su estudio (taller como él lo llamaba), estaba lleno de pinturas: En las paredes no cabían ya y en pequeño trastero contiguo al estudio se apilaban en montones tan altos que llegaban hasta el techo. No importaba: "Vincent Van Gogh vendió un sólo cuadro en su vida y hoy por sus obras pagan miles de millones", pensaba él.

Por su taller todos los días pasaban muchas personas. Tal vez no lo fuera en pintar ni a admirarlo como pintor: Simplemente, Luis era un maestro en escuchar. Tampoco le importaba retirar su pipa de la boca, dejar momentáneamente su trabajo, y mirar a la cara a sus contertulios mientras hablaba. Era aficionado a la magia. Por ello, unos de sus visitantes eran los niños, porque sacaba caramelos para ellos de sus pequeñas orejas. También acudían a su taller cuatro vecinos jubilados. Estos preferían los caramelos de menta, buenos contra la tos. Pero, sobre todo, buscaban su compañía y su conversación. Estos amigos de avanzada edad iban por el taller por la mañana individualmente, o los cuatro juntos por la tarde antes de acudir al Centro de jubilados a jugar su partida habitual de mus. Eran:

1- El Sr. Paco, que hablaba por los codos, solía decir: "A los demás es preciso llevarles la contraria, porque si no se acaba la conversación". 2- El Sr. Pepe, que asentía con la cabeza a todo cuanto se dijera y apenas empleaba la boca para hablar. 3- El Sr. Anastasio, que de sentado colocaba la mano encima de la cachava y sobre ella su cabeza, como si le pesara, y sólo la levantaba cuando hablaba. 4- Y por último, el Sr. Fortunato, que llevaba unos lentes en la punta de la nariz y nadie sabía la auténtica razón de llevarlos: porque siempre miraba por encima.

- ¿Te acuerdas, Pepe, de la gran sequía del año 24 (1924 se entendía)? Estuvo siete meses seguidos sin llover -dijo el Sr. Paco que siempre recordaba todas las fechas.

El Sr. Pepe asentía a todo con la cabeza, aunque no recordara si la sequía fue en el 24, o en el 33. En realidad no sabía si tardó tanto en llover, o llovió todos los meses.

- Eran tiempos mejores -dijo el Sr. Fortunato.

- Que no volverán, que no volverán -repitió el Sr. Anastasio.

Entonces intervino el pintor:

- ¡Bah!, ustedes siempre tan pesimistas. ¡Miren la vida, hombre!, párense a mirar la vida.

- ¡Está usted listo! -añadió el Sr. Paco, que siempre llevaba la voz cantante del grupo-. Si precisamente estamos haciendo eso. ¿No es así Fortunato?.

- ¡Claro! ¡Esta juventud está loca!.

- ¡Que me lo digan a mí! -abrió la boca, cosa rara, el Sr. Pepe-. Mi nieto se levanta cuando los demás nos acostamos, y cuando nos levantamos chilla, porque no le dejamos dormir.

- Nada. ¡No hay ningún respeto! -apuntó el Sr. Fortunato, levantando la vista por encima de los lentes.

- ¿Pero qué les pasa a ustedes hoy? -preguntó el pintor con un pincel en la mano derecha y la pipa en la izquierda-. A ver si me entero.

- ¡Casi nada! -dijo el Sr. Paco-. Que ayer cuando salíamos del Centro de Jubilados, un mocoso, navaja en mano, nos exigió los cuatro duros que llevábamos encima.

- ¿Y qué hicieron? -preguntó el pintor.

- ¡Y qué íbamos a hacer! -respondió el Sr. Anastasio-. ¿Usted qué cree? De buena gana le hubiera arreado un cachavazo si no me sujeta Paco. Así, más calmados, uno por uno le entregamos la poca calderilla que llevábamos en el bolso. ¡Pero qué pueden llevar cuatro jubilados que sólo juegan cinco duros al mus!.

- Y les asustó -replicó el pintor sin dejar claro si era pregunta o afirmación.

- ¡Asustarme a mí, que estuve tres años en la guerra! -dijo el señor Fortunato-. Pero como esto no lo he visto en mi vida. Y creía haberlo visto todo. ¡Que no, y que no!. No cabe en mi imaginación que un mozalbete aún sin barba le amenace con una navaja a un anciano de ochentaytantos años.

Iba a hablar el pintor, pero hizo mención de intervenir el Sr. Pepe, y le cedió amablemente la palabra con un gesto con la mano y en ella el pincel.

- Nada. ¡Que no hay respeto!.

- ¡Cosas de la droga, Sr Pepe! -exclamó el pintor.

- ¡Qué droga ni qué cuernos! -volvió a la carga completamente irritado el Sr. Fortunato-. ¡Falta de respeto como dice Pepe!.

Y el Sr. Pepe, como era su costumbre, asentía con la cabeza.

- ¡Cálmese!, Sr. Fortunato -solicitó el pintor.

- ¡Déjele echar el genio de encima! -dijo el Sr. Paco que había permanecido casi al margen de la polémica, cosa rara, pues era un maestro charlatán-. Aún hay más de por contar.

- Pues, a ver -solicitó el pintor-. ¡Que me entere! ¿Quién me lo explica? ¿Qué ha pasado? Me tenéis en ascuas.

- ¡El colmo! -volvió a tomar la voz el Sr. Paco-. Que venimos del parque y no hay donde sentarse. Los gamberros esta noche han destrozado todos los bancos. Y...

- Hasta han partido cuatro arbolitos -se adelantó el Sr. Anastasio- No han dejado ni papeleras.

- Esta juventud está loca -aseguró el señor Paco-. ¿No es así Pepe?

Pero el Sr. Pepe se había adelantado y movía repetidamente su cabeza en sentido afirmativo ya antes de la pregunta.

- ¿No irá ahora también a defenderlos? -preguntó el Sr. Paco dirigiéndose al pintor. Aunque en realidad no era una pregunta, sino un "tiene que darnos la razón".

- ¡Hombre! Así, abiertamente, no, no podría defenderlos. Pero... uno tiene sus teorías.

- Cuente, cuente -pidió el Sr. Paco, como portavoz del grupo.

- En mi pueblo pillaron a un gitano, con las manos en la masa, robando una gallina, y le llevaron ante la autoridad. El juez le reprochó: "¡Sois unos ladrones!". Y el pobre gitano, aunque no supiera mucho de tiempos verbales, se atrevió a corregirle: "¡Semos, semos, Sr. juez!".

Se hizo un corto silencio, porque los jubilados no habían entendido nada de nada... Por fin, el Sr. Anastasio se atrevió a preguntar:

- ¿Y qué tiene que ver su pobre gitano con nosotros?.

- Muy sencillo -explico el pintor-. "Semos, semos". El culpable no es ese chiquillo de la navaja, ni el o los gamberros que han inutilizado los bancos del parque, sino toda la sociedad.

- No, si ahora resulta que la culpa es mía -dijo en tono más que irritado el Sr. Fortunato.

- ¡Déjale!, déjale que se explique, Fortunato -intervino el Sr. Paco-. No entiendo nada de lo que dice, pero suele hablar muy bien.

- Es la sociedad. Hemos erigido un dios nuevo y...

- ¡A Dios déjelo en su sitio! -cortó el Sr. Anastasio-. En mi presencia no se juega con las cosas espirituales. ¡Un respeto!.

- No se preocupe, Sr. Anastasio. Yo no falto a nadie, y menos a Dios. Al contrario. Digo que, por desgracia, en esta sociedad materialista nuestra adoramos a un dios, con minúsculas, nuevo. Nos inclinamos ante el dios dinero...

Aunque no entendieran casi nada, la conversación les pareció sumamente interesante. Nadie osó interrumpir con un sonido las palabras del pintor. Sólo el Sr. Pepe, como era su costumbre, daba la razón con su cabeza a aquellas palabras. Pero esto no era un corte, sino una animación a seguir.

- Les propongo un juego destinado a conocer la actuación de la sociedad en este aspecto -añadió el pintor.

Y hablando de juegos, a aquellos hombres que se pasaban la tarde envidando a la chica, se les encendía una luz en la cabeza. No pestañearon siquiera, porque eran todo oídos. Ni hace falta decir que ahora los cuatro asentían con la cabeza mientras esperaban escuchar la proposición.

- Consiste en lo siguiente -explicó-: Vamos a aportar mil duros cada uno de los cinco. Yo además contribuiré con mi cartera, el carnet de identidad, y un deseo. Ustedes, además de dinero, tendrán que colaborar con su trabajo.

- ¡Si no se explica mejor...! -pidió el Sr. Paco.

- Es una especie de apuesta. Consistiría en conocer el comportamiento de las personas ante el hallazgo de una cartera ajena.

- ¡Eso está hecho! -apuntó de nuevo el señor Paco.

Para aquellos humildes jubilados acostumbrados a jugarse veinticinco pesetas por partida, mil duros eran muchos duros. Pero si el Sr. Paco, el portavoz del grupo, había dicho que estaba hecho, y estaba hecho. Sólo hubo un reticente entre los cuatro, el Sr. Anastasio:

- ¿Y qué ganamos con eso?.

- ¡Deja ya las ganancias para la economía! -le increpó el Sr. Paco.

- ¿Ganar? Nada. No ganaremos nada -dijo el pintor-. Podremos saber la actuación de al menos cinco personas distintas.

- Se va a quedar usted sin carteras -afirmó con pesimismo el señor Paco haciendo honor a su locuacidad.

- No importa, tengo varias.

- ¿Y lo del carnet es necesario? -preguntó el Sr. Fortunato, dándose perfecta cuenta de la peligrosidad de la jugada..

- Imprescindible. Si no, ¿cómo podremos saber si alguien tuvo voluntad de devolver la cartera?.

- ¿Y lo del trabajo? -interpeló el Sr. Anastasio que estaba para pocos trotes.

- Es muy sencillo, pero les corresponde a ustedes. Colocan en el suelo del parque la cartera con sus documentos dentro y cinco mil pesetas tal y como si estuviera perdida, y desde un banco la vigilan procurando que nadie se dé cuenta de ello.

- Todo está muy claro, menos eso del deseo -demandó una respuesta el Sr. Paco que había dejado esta cuestión incomprensible para el final.

- Cosa de poco -explicó el pintor-. Puede servir para saber si a alguien, por casualidad, le interesa un vale por un deseo más que cinco mil pesetas.

Y sacando su pluma escribió en una libreta de notas: "Vale por un deseo". Arrancó la hoja, la plegó por la mitad y la metió en su cartera. Junto a ella, puso el carnet de identidad y un billete de cinco mil pesetas. Al final, pronunció dos palabras:

- ¿De acuerdo?.

- ¿Cuándo empezamos? -preguntó el Sr Paco entusiasmado por completo con la idea.

- Cuando quieran. El resto es suyo... Mañana mismo si les parece.

A la mañana siguiente, a las diez, los cuatro jubilados se dirigieron al parque más contentos que un chiquillo con zapatillas nuevas. La discusión se centraba en el lugar donde debían realizar la primera prueba. Pero, como siempre, se imponía la opinión del Sr. Paco.

- Sólo hace falta un banco. Sólo hace falta un banco -repetía el Sr. Anastasio que en realidad estaba con ganas de sentarse.

Por fin hallaron el sitio adecuado y arrojaron la cartera al suelo. Mientras, sentados en un banco, como les dijo el pintor, se parapetaban tras dos periódicos esperando con inquietud y curiosidad al primer transeúnte.

- ¡Oye Fortunato! -se quejó el Sr. Pepe-. Tienes el periódico al revés.

- Yo creía que lo importante era la cartera y las letras sólo eran una tapadera. Pero si quieres...

- Ahí viene el primero -señaló exultante el Sr. Anastasio.

Pero el caminante venía completamente ensimismado leyendo un libro y ni siquiera vio la cartera colocada en el suelo para ser probado.

- Para esto va a hacer falta tanta paciencia como para pescar -fue la sentencia del Sr. Paco.

Llegó el segundo viandante, tomó la cartera y miro cuidadosamente a su alrededor. Como apreció que nadie lo observaba, la abrió, tomó solamente el dinero y lo demás lo arrojó otra vez al suelo un par de metros delante de él. Pero el colmo fue que de un puntapié lanzó la cartera entre unos arbustos del jardín.

- ¡Vaya gol nos ha metido este tipo! -exclamó el Sr. Paco cuando el individuo desapareció-. Este para futbolista no tiene precio.

El mismo Sr. Paco, por ser el mas ágil de los cuatro, corrió a por la cartera. De vuelta, sacó del bolsillo su billete, al tiempo dijo:

- El primero ya voló.

Llegó la segunda prueba. Pasó otro transeúnte, vio la cartera y la cogió. Sin abrirla, miró cuidadosamente en torno suyo. Sólo vio a los cuatro ancianos leyendo unos periódicos y le pareció no se había percatado de lo sucedido. Por ello, guardó la cartera en un bolsillo y siguió su camino. Mientras, los cuatro, abiertamente y sin periódico, contemplaban atónitos como se alejaba.

- Éste nos ha dejado sin dinero y hasta sin cartera -comentó el Sr. Fortunato.

Era sábado, y este día de la semana el pintor acudía al pueblo a cultivar su huerta. Por ello, sentenció el Sr. Anastasio:

- Queda suspendido el caso hasta el lunes que nos den una nueva cartera. Apenas media hora de pruebas. A este paso no habrá harto dinero con las reservas del Banco de España.

El lunes, se reunieron otra vez en el estudio. Entre todas las quejas, destacaba por su dureza la del Sr. Fortunato:

- ¡Será sinvergüenza, se llevó hasta la cartera!.

- ¡Déjelo!. Era medio honrado. En estos tiempos actuales ya es algo -intervino el pintor-. Ha depositado la cartera en un buzón de correos. Y ha llegado esta mañana a mis manos. Aquí está, con documentos pero sin dinero.

Al tiempo, el Sr. Pepe sacaba sus cinco mil y dejaba en el aire unas palabras:

- A ver hoy que pasa...

Se dirigieron al mismo puesto de pruebas de la vez anterior y colocaron la cartera en el suelo.

- Ahí llega uno -anunció el Sr. Anastasio-. Es una mujer.

Pero venía tan deprisa con su carrito de la compra y tal vez pensando en el alto precio de las lechugas que no vio nada y pasó de largo.

Venía otro viandante detrás, muy cerca. Pudo perfectamente pensar que la cartera pertenecía a la mujer que le precedía. Pero, como los anteriores, miró y remiró en torno suyo. No sintiéndose observado, cogió el dinero y arrojó la cartera a una papelera distante veinte metros.

Mientras el Sr. Paco iba a recoger a la papelera la cartera, el Sr. Anastasio preparaba sus mil duros, y al tiempo decía:

- Si esto es pesca, no sé si pescamos o somos pescados.

Para la cuarta prueba, siguieron el mismo procedimiento. Pero hubo inconvenientes.

- ¡Vienen cuatro juntos! -anunció el Sr Paco-. Ahora, ¿qué hacemos?

- ¡Quita la cartera! -ordenó el Sr. Fortunato.

- Y el charlatán, pero bueno del Sr. Paco soltó rápidamente el periódico y, casi sin tiempo, se lanzó a por la cartera. Los cuatro transeúntes se quedaron totalmente sorprendidos sin encontrar explicación al hecho, pues prácticamente se había lanzado a sus pies.

- ¡Vaya patinazo! -comentó ante sus compañeros-. Yo no hago más el ridículo.

Depositaron otra vez la cartera.

- Se acercan dos chicas jóvenes -señaló el Sr. Pepe que hablaba poco, pero observaba mucho.

- ¡Si son dos como si son dos docenas! -dijo el Sr. Paco, como adelantándose por si le mandaban retirar la cartera-. Conmigo no contéis.

- Las chicas vieron y recogieron la cartera. No se molestaron en mirar en torno suyo y se apresuraron a mirar el contenido. Después se consultaron en voz baja el modo a proceder. Por fin, se quedaron con el dinero y tiraron la cartera.

- Fortunato, tus cinco mil. ¡Esto va rapidísimo! -reclamó el Sr. Paco mientras recogía la cartera del suelo después de alejarse las dos jóvenes-. ¡Esto va que vuela!.

En la quinta prueba, se acercaba un hombre leyendo el periódico.

- Este despistado ni se entera -dijo en voz baja y en tono jocoso el Sr. Paco.

Pero por casualidad, se enteró. Tomó la cartera y la examinó cuidadosamente por fuera y por dentro. A continuación, sin perder la tranquilidad, como si fuera algo natural, la introdujo en un bolsillo, y se alejó de allí leyendo el periódico con la misma naturalidad que había llegado.

- ¡Visto para sentencia!, como en los juicios -comentó el Sr. Anastasio dando por perdida la cartera con todo su contenido cuando desapareció de la vista el viandante lector.

En el taller del pintor estaban comentando apasionadamente el resultado negativo de las pruebas realizadas cuando llamaron a la puerta. Era aquel transeúnte, a quien el Sr. Paco, que luego se retractaría, calificó la víspera de despistado. Venía a devolver la cartera.

Todos enmudecieron, porque por fin aparecía el hombre honrado que habían creído no haber hallado. El pintor reconoció la cartera y la recibió en sus manos. La abrió y, mientras comprobaba que no faltaba nada extrajo el vale por un deseo y se lo entregó como gratificación a aquel buen hombre.

- ¡Gracias!, infinitas gracias -le dijo-. Acepte este vale simplemente como un detalle.

- De nada. Para eso estamos -respondió el caballero recogiendo aquella escueta nota.

Cuando salió por la puerta, todos se acercaron a la ventana con suma admiración para ver alejarse a un hombre honrado.

- Esto no se ve todos los días -reconoció el pintor.

El buen hombre leyó el apunte y lo dio por una tomadura de pelo. Desde la ventana vieron con tristeza, porque hubieran querido que el deseo fuera real, como arrojaba la nota a la papelera de la esquina.

- Aún tenemos los mil duros que nos ha devuelto para hacer otra prueba -dijo El Sr. Paco, sacudiéndose la emoción.

- ¡Basta ya! -cortó el pintor-. Tenemos suficientes elementos de juicio para sacar conclusiones. ¿Qué les parece si nos gastamos este dinero sobrante en una cena a la noche? ¿De acuerdo?

Todos dijeron que sí, menos el Sr. Pepe, que movía repetidamente la cabeza en sentido afirmativo.

Pero hubo algo más que ninguno de los cinco vio. Cuando el hombre honrado llegó a su casa encontró cumplido el mayor de sus deseos: Su hijo había encontrado trabajo. Tampoco llegó a conocimiento de los probantes que aquel hombre volvió a buscar su deseo a la papelera: Fue inútil, porque habían pasado antes los encargados de recoger la basura. Ni saben que volvió a dar las gracias, pero no halló a nadie, porque habían salido a cenar. También ignoran que volvió al día siguiente y levantó repetidamente la mirada hacia la ventana, sin ver a nadie. Es más, se acercó hasta la puerta, pero no se atrevió a llamar por miedo a que su hermosa intención de acción de gracias fuese tomada por una nueva petición.



159- LA POLÍTICA EN LOS TRIBUNALES

Actualmente no existe ninguna fecha sin cinco o seis noticias alusivas a la política metida en asuntos judiciales. Hay media docena de Jueces con el nombre desgastado de tanto pronunciarlo y escribirlo en los medios de comunicación. Es tan repetitivo, que cualquier español medio sacaría de su memoria el nombre de cuatro o cinco Magistrados sin necesidad de descabezarse. Las noticias han hecho más populares a los titulares de los Juzgados, que a los encargados de los Ministerios.

A los términos judiciales les pasa lo mismo, ya, de tanto oírlos, nos resultan expresiones familiares: "querella admitida a trámite... querella archivada... el fiscal solicita una condena de... a <X> se le condena a... a <Y> se llama a declarar en calidad de testigo y a <B> en calidad de inculpado... hoy se ve en la Sala II de la Audiencia Nacional el suceso <J>... mañana se emite la sentencia del caso <H>...". Y, ¿total para qué? Sesiones y más sesiones, magistrados y más magistrados, folios y más folios. ¿Para qué? Eso me pregunto yo al no hallarlo ninguna utilidad. Por el resultado, para nada, pues nunca se decide nada, o casi nada en estos casos judiciales de materia política que pueblan las noticias. ¿Nos toman el pelo a los ciudadanos de a pie?.

En realidad la causa de que esto pase se ve muy clara. A la par que valerles todo a estos señores de la política, es un afán suyo querer dañar al rival. Esas malas artes utilizadas por nuestros representantes públicos, dicen muy poco en favor de esa clase política que pretende arreglar el mundo. A propósito de esto, citaré una frase de Bossuet. Advertiré primero que el defecto al que alude el dicho, está más arraigado en unas personas que en otras, aunque sólo sea en razón de su cargo. Evidentemente, hay quienes no se arreglan ellos mismos, pero tampoco pretenden arreglar nada ajeno: "El gran defecto de los hombres es querer arreglarlo todo sin arreglarse a sí mismos". Casi siempre, el auténtico motivo de plantear un conflicto político en los Juzgados, aparte de denunciar un posible abuso, es dejar ciego al adversario, aunque ellos se queden tuertos. Para los ajenos a la política, el rollo que los políticos se traen con la judicatura, nos resulta inaguantable.

Los políticos son como unos niños peleándose entre sí, y por cualquier nimiedad que acuden a molestar al maestro (Justicia) para marearle con sus problemas. Y la más de las veces el maestro (Justicia) debiera dar a los políticos un pescozón diciendo: "Dejazme en paz que tengo cosas más importantes para dedicar mi tiempo".

Y lo del tiempo es verdad. Que haya un juicio esperando siete, o nueve, años donde los civiles se jueguen su porvenir, mientras en la sala contigua se dirime un litigio político basado en si me llamaste, o no, gilipollas, es de auténtica vergüenza. Y que se estén cinco años en juicios políticos revolviendo Roma con Santiago y emborronando centenares de kilos de folios para al final decir que aquí no ha pasado nada o casi nada y que la actuación causante del juicio no es constitutiva de delito, es de cachondeo. Y se dice que la Justicia está colapsada. ¡Cómo no! A mi entender, la sentencia más apropiada para estos casos sería meter en la cárcel juntos y en la misma celda al querellante y al inculpado. Cumpliendo condena juntos tendrían la pena de aguantarse mutuamente los insultos. Por otra parte, tal vez este encierro en compañía del enemigo, fuese una buena técnica curativa y a los tres días se hicieran auténticos amigos.

Es bueno que los servicios de la Justicia sean gratuitos para dar acceso a todos los ciudadanos. Pero sólo debiera existir gratuidad cuando no existan medios para pagar. A mi juicio, en los casos políticos la Justicia no debiera funcionar gratis ni dejar las sentencias en tablas como si de un juego de damas se tratara. Si al inculpado no se le encuentra materia para condenarlo, habría de cargarse al querellante con el pago de las costas. Con estas medidas se evitaría tanto juicio político innecesario. Esta disminución de pleitos políticos dejaría las Audiencias menos saturadas en beneficio de una mejor atención a las personas corrientes.

En Diario de Burgos, hoy 26 de octubre de 1994, he hallado una crónica que parece de ciencia ficción protagonizada por extraterrestres. O si no, parece inventada por alguien, como yo, que se aburre y no sabe cómo dar la nota más alta del grupo de cantores para llamar la atención sobre su existencia. Visto lo visto en materia de pleitos políticos, claro que me la creo en su totalidad. Aunque no sin exclamar: ¡Y que estos señores se llamen, o se les llame, padres de la patria! La noticia está titulada así: "Un juicio de faltas contra una vecina acaba en disputa política entre el PSOE y el PP". Proviene de la ciudad burgalesa de Aranda de Duero y, en síntesis, dice lo siguiente:

Lo que era en principio una simple vista oral celebrada en el Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número 2 se convirtió en una disputa política. La denunciada era una señora de 82 años. Los delitos juzgados eran haber llamado al final de un pleno "sinvergüenza e indeseable" a un concejal por asuntos de la comunidad de vecinos de domicilio que nada tenían que ver con el control y normas del Ayuntamiento. Los testigos de la acusación, del mismo partido político del presunto insultado, ratificaron haber escuchado los insultos antes aludidos. Sin embargo, los testigos de la defensa, pertenecientes al partido contrario, no oyeron las palabras, o no se acuerdan de nada. Y el letrado de la acusación, para poner la última nota de color a esta historia, pide una multa de 100.000 pesetas para la presunta autora de la falta.

Total: de película. ¿Pero es que estos señores han tenido juicio en la cabeza alguna vez? Yo lo dudo. ¿Pero es que en sus manos se puede dejar la administración de un Ayuntamiento? Éstos no son capaces ni de administrar su casa. ¡Cuantos locos hay en los manicomios con más sensatez que estos señores!.

Reconozco no servir para Juez, pero hoy en este caso me hubiera gustado serlo para enfrentarme a estos politiquillos de tres al cuarto y poder decirles: "¡Anda, anda, no me toquéis las narices que tengo otras cosas más importantes para solucionar! Tomad cinco mil pesetas, por si vosotros no las tenéis, e iros juntos a tomar unas copas, y si así no se os pasa el enfado, es que sois idiotas y, además, sin ninguna clase de remedio. Y me temo que si os mandan a cuidar ovejas, se van a sentir menospreciadas las ovejas".



160- CRÍTICA POLÍTICA

Hay una opinión generalizada según la cual en España existen demasiados políticos. Yo afirmaría que tal cosa es una falsedad. Y explicaré mis palabras antes de que me apaleen los antipolíticos, porque quienes lo afirman llevan toda la razón. La polémica es cuestión de matizaciones: No se trata del número, sino del sistema: Hay pocos políticos, pero demasiados politicuchos.

Ahora, para aderezar mi gráfico con un poco de humor, contaré una broma o anécdota: Cuando con razón, pues es bueno el asociacionismo, a principio de la década de los sesenta, se insistía a los agricultores sobre la conveniencia del cooperativismo en el campo, estos, reacios a las cooperativas, contaban un chiste:

- ¿En qué se parece una cooperativa a un muerto...?.

La respuesta jocosa a tal pregunta era la siguiente:

- En que a los dos les llevan cuatro "vivos".

Así es el Estado, lo llevan cuatro "vivos" del partido gobernante con el culo pegado al asiento del poder. Hay otros cuatro "vivos" del partido de la oposición que quieren levantar a los gobernantes para sentarse ellos. Podríamos contar otros cuatro "vivos", dos por cada partido nacionalista, que sólo pretenden tirar de la manta para cubrirse mejor, pero si se la llevan entera para su territorio y otro se queda destapado, no importa. Para finalizar quedan los "vivos" de la izquierda, unida o menos unida, están demasiado equivocados, para mí, pero son los más honrados de todos, es una pena, sólo son dos.

¿El resto de los Srs. Diputados? Sólo son acompañantes en este entierro. Ni pinchan ni cortan. El pueblo les dio vela en las votaciones, y la llevan, aunque sea apagada. Los "vivos" hicieron las listas donde ellos mandan. El resto de los componentes de esas listas cuanto más tontos sean, mejor, así no darán problemas. No necesitan pensar. El que se mueva no sale en la foto. Solamente deben votar sí o no, y eso lo indica el jefe "vivo" de filas. Para eso, vale hasta un niño. Claro, el hipotético pequeño iba a tener un problemón: ¿qué hacer con el supersueldo? Por eso, no valen las manos inocentes en este tinglado. Y, si el incluido en la lista no es tonto, y le da por pensar, ya saben lo de "el que se mueve no sale en la foto", y adiós titulo de Señoría y adiós supersueldo.

¿Listas abiertas o cerradas? ¿Por qué hay que votar a quien no se traga? Son buenas preguntas, pero no es sólo ese el problema. Se podrían abrir las listas sin solucionar nada con esa medida. La cuestión es que hemos contado catorce "vivos" en el Congreso de Diputados, ¿y los demás qué? Habría que darles participación, ¿no? Es corriente ver en las trasmisiones televisivas la Cámara semivacía. Ahora, que les van a poner un circuito cerrado de televisión para seguir los plenos desde los despachos del Congreso, tendrán un pretexto añadido para eludir su presencia. En realidad también ellos pueden preguntarse: ¿para qué voy a asistir si hoy no se vota?, para dormir, lo hago en mi casa.

Me emociona ver al Sr. González Lizondo, soy admirador incondicional suyo, a pesar de no ser valenciano, subir a la tribuna de oradores, naranja en mano, para defender los derechos de sus electores. Si algún día subiese alguien de los "vivos" o de los "muertos", para el caso es lo mismo, con una espiga en la mano para proteger los intereses de la olvidada Castilla agrícola, merecería que en su honor torneasen las campanas de media España. Pero, ¡no caerá esa breva!.

Lo de la disciplina de voto, me parece bien. Si no fuese así, las Cortes serían un partido por Diputado. Y ese extremo es poco aconsejable. Pero participación es lo adecuado, lo actual es sumisión. Han de portarse con el jefe de filas como los negritos del África hace años con los blancos: ¡Sí "Buana", votaré como me mande! Y si no, ya se sabe, a la próxima legislatura no hay pesebre. Ellos, los "vivos", los dirigentes, lo dicen más fino: "¡El que se mueve, no sale en la foto!".

No me gusta el transfuguismo. Eso, es traición. Pero me sorprende ver la excesiva sumisión y el poco valor de los Diputados para decir al jefe "vivo" de filas de vez en cuando:

- Ahí te quedas, yo no estoy de acuerdo con tus ideas.

Marcharse no es romper ninguna disciplina, y me asombra no ver seis u ocho casos de abandono por legislatura. Eso, se llama dimisión y honradez.

Cada día estoy más convencido de que los jefes "vivos" buscan para las candidaturas acompañantes lo suficientemente tontos para acatar ordenes sin preguntar. Y, si en el Congreso de Diputados, sobran muchos políticos por no darles vela en el entierro, nadie sabe para qué sirve el Senado. "¿Para qué sirve?", me pregunto. Todavía no he encontrado nadie que lo sepa. No servirá de mucho porque las noticias de cuanto allí sucede brillan por su ausencia.

Y no hablemos de la función de las Autonomías. Multiplican los gastos de la Administración. Dividen la nación en regiones ricas y regiones pobres. Los de siempre, arriman el ascua a su sardina y a los demás nos dejan con el culo al aire. ¿Y al ciudadano que más le daría que le tramitasen tal documento en la Delegación de la Administración Central de su ciudad, o en la Autonómica? No, el impreso ha de ser por duplicado, así lleva más tiempo resolverlo: Las cosas de palacio, van despacio.

¿Y en los Ayuntamientos qué? Un grupo político, se dedica a gobernar, y otro, a "desgobernar" (acepción en doble sentido).

A lo dicho me remito: políticos hay pocos, politicuchos, demasiados.



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