Negros nubarrones en el horizonte.



Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Sumario: 141- Sobre el funcionariado. 142- Cuentos y cuentas. 143- Waldi y la televisión. 144- "La cacha". 145- Campo y Política Agraria Comunitaria (PAC).



141- SOBRE EL FUNCIONARIADO

Miguel-A. escribió: "Es posible que el buen tiempo nos aleje del ordenador. A mí sí me pasa: Si se puede, salgo por las mañanas y "trabajo" por las tardes... al revés que los empleados de Estado :-)". (Miguel-A).

Darío escribió:"No, los empleados del Estado, por la tarde libran, es por la mañana cuando no van al trabajo :-)". (Darío).

A mí, que por residir en un pequeño pueblecito he vivido en constante contacto con la naturaleza, siempre me han llamado la atención los hormigueros. Es sumamente hermoso quedarse ensimismado contemplando la boca de un hormiguero: Las hormigas, unas van llevando un grano y otras salen a buscarlo, sin pararse nunca ni discutir jamás... todas colaboran de una forma perfecta al bien de la comunidad. Es como si fueran dirigidas por control remoto o cada hormiga supiera perfectamente de antemano cuál es su misión en cada momento y trabajara a destajo.

Salvando las distancias en contra o a favor, yo comparo las hormigas con el ejercito de Funcionarios de la Administración. De ahí parece venir la palabra funcionario: de saber cada uno cuál es su función, como las hormigas. Y efectivamente, todos colaboran... unos van y otros vienen: véase los pasillos. Y la Administración funciona... mal, pero funciona. Y todos trabajan... sí, aunque en función inversa al salario percibido. Y espero que no me quemen vivo por decir esto. ¡Bah!, tampoco quemaron vivo a Mariano José de Larra por su irónico "Vuelva usted mañana" en alusión a la clásica respuesta de los encargados de los despachos administrativos.

¡Ah sí!, ya me había perdido, estábamos hablando de la relación inversa del trabajo con el salario. Veamos una oficina de funcionarios: Está primero la señora de la limpieza que madruga antes de la llegada de los señoritos y trabaja "como una negra" a cambio de cuatro perras para dejar todo listo por si a alguien se le ocurre hacer la prueba del algodón. Luego está el conserje que no tiene función propia: su función es todas las que no sean funciones de los demás, no se para nada porque hace los encargos de todos, incluidos los de tipo personal... cobra cinco pesetas. Más tarde está la secretaria, cuya función oficial, insisto en lo de oficial, es escribir cartas y buscar y archivar dossieres... la pobrecita está negra por dentro de aguantar lo inaguantable y chupada como un pirulí por fuera de tanto darle a la tecla... total por seis cochinos duros. A continuación viene el subdirector cuya función es llevar el recuento de las cartas escritas y hacer crucigramas entre cuenta y cuenta (los sellos los pega el conserje)... cobra como entre los tres anteriores. Finalmente está el Director que cobra como entre los cuatro antes aludidos y apenas va por la oficina, porque la secretaria le ha dicho:

- Como te vea por aquí, le chivo a tu mujer que no te estás quieto con las manos".

¡Y yo creía que no hacía nada! Pues al contrario "el pobre hombre" no para con las manos...

Aunque la verdad, no va a la oficina porque no le da la gana, pues ha respondido a la secretaria:

- ¡Menos lobos! Como te chives, te hago la vida imposible.

A todo esto, el subdirector calla... hace crucigramas... y espera pacientemente a que el director se jubile para ocupar su puesto. Por el contrario, el conserje repite:

- Calla, que yo estoy esperando que me toque la lotería para mandarles "a tomar p'ol culo".

Bueno... yo no he dicho nada... he hablado en tono de humor y cada cual puede sacar sus propias interpretaciones. Tengo amigos funcionarios, y era necesaria esta advertencia para que mis palabras no interfieran en la amistad. Y sigo hablando en tono de humor en conexión con lo hasta aquí dicho:

Cuentan que un señor de cara larga y con bigote, para dar más seriedad a su persona, circulaba por una carretera a bordo de un coche de color oscuro. El automóvil pillo un bache de esos inesperados que se hallan en las carreteras secundarias y, perdida su estabilidad, comenzó a hacer eses. El conductor, cuando pudo, se detuvo junto al arcén y descendió del vehículo. Era lo que nuestro hombre se temía: una rueda reventada. Golpeó el suelo con el pie derecho como diciendo: "¡Hombre, qué mala pata! A continuación se introdujo en el coche, realizó una llamada telefónica con el teléfono móvil, tomo un periódico y se puso a leerlo mientras por encima del diario observaba de vez en cuando cuanto sucedía a su alrededor.

Por la cuneta de la carretera venían trabajando dos obreros ataviados con mono y casco amarillo trabajando. El primero traía el mono reatado a la cintura con las mangas y la espalda negra por el aguante de los rayos del tórrido sol de mediados del mes de julio. Con una azada hacía hoyos de unos 40 cm. de diámetro y otros tantos de hondura. Y otro... y otro... no se paraba nada. El segundo operario llevaba un pañuelo blanco en la cabeza que sobresalía por debajo del casco con el fin de retener el sudor, y provisto de una pala, a un ritmo impresionante tapaba los hoyos que realizaba su compañero. Repetían la operación cada cinco metros. Y otro... y otro hoyo... y otro más.

El hombre del periódico se desesperaba al ver el sinsentido de aquel trabajo. Por fin se decidió a descender del automóvil para reprenderlos:

- ¿Pero qué hacen ustedes?.

- Ya lo ve -contestó el de la espalda desnuda con voz de chulapo madrileño-. Yo hago hoyos... y aquí mi compañero... los tapa.

- Bien, hombre, ¡y por hacer eso les pagan a ustedes!.

- Sí señor... -respondió el mismo operario-, nos pagan por eso... Normalmente somos tres en el equipo. Yo hago los hoyos... Pepe planta los árboles... y Manolo los tapa.... Pero hoy Pepe está enfermo... y Manolo y yo igual tenemos que ganarnos las alubias.

- ¡Pero hombre! -replicó el del periódico-, ¿no ven que así es inútil su trabajo? ¿No sería mejor que entre los dos plantaran el árbol antes de tapar el hoyo?.

- No señor... -respondió el operario-. Ni Manolo ni yo tenemos el título de ingeniero de repoblación forestal... y tampoco nos abonan un plus por restauración mediambiental.

- ¡Plus, plus, plus! -repitió irritado el conductor.

- ¿Pero usted por qué no cambia la rueda del automóvil y se larga de una puta vez? - preguntó el trabajador ya harto de tanta monserga.

El del periódico entendió al instante la indirecta, agachó las orejas y se fue hacia su automóvil sin pronunciar palabra.

Entonces llegó un todoterreno en cuyo letrero decía: "Parque Móvil del Ministerio". Descendieron dos operarios de mono azul, cambiaron la rueda en un santiamén, y el del periódico continuo su camino.

- ¡No te jode! -dijo a su compañero el del torso desnudo mientras tiraba la azada y se tumbaba en el suelo-. Si te lo decía yo: "Trabaja, Manolo, trabaja... que ese tiene pinta de Inspector de Trabajo".

- Sí -contestó-. Hemos trabajado más que entre dos días. ¡Hasta nos hemos olvidado de que teníamos una bota de vino!.



142- CUENTOS Y CUENTAS

Hay tres anuncios en el periódico que no entiendo. Tres, como el número de diestros de las corridas de toros, tres. Y no caben en mi cabeza, porque soy creyente. Puede parecer una paradoja, pues giran en torno a la religión, pero precisamente no los entiendo por creer. Mis creencias no alcanzan a comprender la razón de estos anuncios supuestamente religiosos, porque ni sé bien lo que se anuncia en ellos ni mi fe daría para otorgarles la más mínima eficacia.

El primero de los tres anuncios de mi relación, está encabezado con un título donde se puede leer: "Oración a la Virgen Purísima". Sigue en letra muy pequeña con una oración fenomenal. Yo atribuyo el origen de esta plegaria (no sé si me equivoco) a San Bernardo. Como rezo, hasta donde nos dejó escrito el Santo, el texto es una verdadera joya. Pero... de repente, el anunciante mezcla con la plegaria otros asuntos ajenos a la oración y, en este caso sucede como afirma el dicho: "todo lo rezado perdido".

Antes me he confesado creyente. Suscribo y afirmo cuanto dice la primera parte de la súplica cuyo texto ha sido repetido durante generaciones. La Virgen María es toda una garantía como vía de petición, pues se tata de una madre. Todos sabemos el significado de una madre. Para mí, como creyente, la oración nunca vuelve de vacío a nuestras manos. Eso sí, no puedo creer que se nos conceda precisamente aquello que pedimos. Se nos puede otorgar mucho más de lo pretendido, pero no tal y como lo hemos suplicado. Sencillamente, porque, en dicho popular, Dios es el único que escribe derecho con lineas torcidas. Nosotros eso nunca lo podremos comprender. Pues, aun cuando el objetivo final de nuestras peticiones coincidiera con los deseos de Dios, pediríamos unos renglones derechos. Por tanto, es muy posible que nuestros deseos no coincidan con su "forma de escribir". Por ello, no entiendo que se pueda conseguir exactamente lo solicitado.

Sigo. La plegaria en cuestión llega a un punto y entre paréntesis dice: "(aquí indica tu petición)". Eso está muy bien. Tampoco tengo nada contra su afirmación siguiente: "Reza esta oración con toda devoción y fe, ten plena seguridad que tus problemas serán resueltos favorablemente para ti y tus familiares". No alego nada, porque el texto no afirma que la resolución de esas dificultades, coincida con los deseos expresados en la petición. Lo que no encajo, son las palabras de la continuación: "Logrado tu pedido, publica esta oración tres días...". Eso ya me parece un chantaje puramente material.

El segundo anuncio tiene un cierto parecido con el anterior. El destinatario de la petición también es la Virgen María. Lleva por titulo: "Reza nueve avemarías durante nueve días". El anuncio parece a primera vista similar al anterior. Aunque, si lo observamos detenidamente, vemos muy poca, o ninguna, similitud. El primero, apenas tiene nada censurable, salvo esa sugerencia de publicación donde sí coinciden los dos. Este último, por el contrario, parece un chantaje abierto: "Te rezo, para que Tú me des", y esto ya no tiene nada que no pase por concepto absurdo de la religión. El inicio, con letra más grande, dice así: "Reza nueve avemarías durante nueve días". Añade: "Pide tres deseos: uno de negocios y dos imposibles". Y finaliza: "Al noveno día publica este aviso. Se cumplirán, aunque no lo creas". Y, claro está, firman unas iniciales. Es el nombre de quien paga. Esto de los anuncios en los periódicos no va gratis. Y, visto así, el anunciante parece, más que un creyente, un pobre crédulo ignorante a quien le están timando.

El tercero de los anuncios, en una primera parte, es una bella oración al Espíritu Santo. Concluye con idéntico final que los anteriores: "Rezar esta oración por tres días consecutivos, pidiéndole un favor y publicar la oración, después de conseguido". O sea... lo mismo de antes.

Por dos veces ha llegado a mi casa una carta tonta. No sé de dónde habrán sacado los remitentes mí nombre. Ya es difícil, porque soy tan poca cosa que no figuro en ningún sitio. Y, además, me parece indigno de la amistad el hecho de que un amigo se hubiera acordado de mí para esta tontería que puede resultar inquietante. En cierta medida, el contenido de la misiva guarda similitud con los anuncios mencionados anteriormente.

La carta en cuestión, promete suerte a montones con un sólo requisito. ¡Pero ojo!, si no cumples esa exigencia, te augura todos los males y desgracias de la tierra. Todo lo afirma con un sin fin de ejemplos de Fulanos que no sé si existieron: Se dice allí que a no sé quién, por cumplir con las peticiones de la carta, le tocó la lotería. A no sé cuál, por tomarla a tontería y echar la carta a la papelera, se le murió la familia en un acidente de tráfico. Así sigue con un largo historial de ejemplos positivos y negativos. La orden (con tantas amenazas no se puede llamar de otra manera) es hacer diez copias y enviárselas a otras tantas personas. Huelga decir que tales misivas nunca llevan firma ni remite: son sucios anónimos. "¡Tonterías!", pienso. No me ha ido muy bien en la vida. Pero no culpo de ello al olvido de la carta. Aunque la verdad, tomar una decisión te crea inquietud, por eso me parece indigno si viniera de un amigo. Se podría pensar: "¡Maldita la gracia que me ha hecho este tipo anónimo con acordarse de mí!".

Nada tiene que ver esta tontería contada, que no me hizo ninguna gracia, con un bonito juego de niños de características similares. Es la típica cadena del juego de la postal de la amistad. Una de las diferencias es la no existencia de amenazas, en su lugar hay un simple ruego o sugerencia de no romper la cadena. Y, por supuesto, se da la cara, hay remites con nombre, apellidos, y domicilio. Hace unos meses he visto de nuevo llegar una misiva de esas a mi sobrina. Debido al tiempo transcurrido desde mi niñez, no puedo recordar con precisión todas sus reglas.

Este juego consistía en enviar una tarjeta postal a quien iba el tercero en el remite. Y mandar nueve copias de la carta a otros tantos amigos. En el remite de estas cartas, tu nombre ocuparía el primer lugar. Los anteriores remitentes descenderían un puesto, menos el tercero a quien debías enviar una postal y con eso ya quedaba fuera de la lista de remitentes.

En aquel tiempo, tuve un problema para calcular cuántas postales recibiría al cabo de algún tiempo. Me emocioné haciendo cuentas. Si yo escribo a 9 amigos, y esos 9 a otros, y esos 81 a otros 9, cuando figure el tercero en el remite, habrán recibido carta y deberían mandarme una postal 729 personas. En cambio sólo fueron dos quienes se acordaron de mí. "¡Bah, habré pillado con perezosos!", hube de decirme.

Pero... el envío mereció la pena. Supongo que al menos, aprendí a poner un sobre y a pegar un sello.



143- WALDI Y LA TELEVISIÓN

Érase un gran osito de peluche llamado Waldi. Su propietario Carlos había dejado de ser niño y no necesitaba muñecos para dormirse. Lo conservaba mitad porque servía de adorno en aquel enorme salón, y mitad porque fue un regalo en su sexto cumpleaños de tía Amelia, fallecida en accidente de tráfico. Por ello, en alguna ocasión lo había visto con la misma ternura que hubiera mirado a su propia tía recordando momentos de su niñez.

Waldi estaba situado sobre una butaca para él solo en el enorme cuarto de estar frente al televisor. Muchos ositos lo hubieran envidiado por su suerte, pero se habrían equivocado por completo. Carlos, liado con sus negocios, ya jamás tenía un recuerdo del osito, y sólo se acordaba de él la criada: Todos los días, sin pronunciar palabra, le pasaba el plumero de limpiar el polvo. ¡Qué gustirrinín cuando pasaba por los hocicos! Y todos los miércoles, la sirvienta rociaba los muebles con el líquido maloliente de un espray, para luego restregarlos una y otra vez con un paño. Waldi se libraba de esta vejación, y pensaba: "¡Menos mal, que no soy de piel o de madera!".

Sin embargo, la auténtica molestia para él, era la televisión. Todos los días tenía que soportarla encendida durante diez o doce horas: O era la sirvienta quien la mantenía encendida, aunque ella estuviera en la cocina, o era Carlitos, o el propio Carlos, o su mujer, Doña Julia, o todos la vez, quienes se apoltronaba en el sofá y en el butacón de al lado con un mando a distancia a la mano para hacer zaping. No le dejaban ni tiempo para dormir. Menos mal, que se acostumbró a dormirse mientras la programación.

Aunque, el colmo de todo era el contenido televisivo: Dibujos animados aburridos e insulsos que mantenían a Carlitos sin pestañear, como si fuera un retrato de niño, clavado en asiento de posaderas de la gran butaca de al lado a medio rellenar por la pequeñez del usuario. Y, lo peor era el sonido estridente de tales dibujos, como si estuvieran destinados para niños con deficiencias auditivas.

Waldi estaba harto de tanta publicidad. "Si yo no tengo dinero", se decía. Probablemente por eso le molestaba más. ¿El "compre", "compre", no es una desconsideración hiriente para quienes apenas tienen dinero para cubrir necesidades elementales?.

¿Y los concursos qué? "Culto al dinero", eran para Waldi. Algunos concursos no pasaban de ser anuncios solapados para volver a la tediosa publicidad. "¡Gástese hasta lo que no tiene!", podría ser una frase reflejo de lo que de forma machacona y disimulada se intentaba decir. Otros concursos consistían en que los concursantes hicieran el ridículo por un premio, como siempre consistente en coches, casas o dinero. "¡Vale usted, cuanto tiene!", venían a decir a bombo y platillo para el osito. Sólo unos poquitos se dedicaban limpiamente a entretener.

Estaba hasta la coronilla de culebrones tontos y vacíos de contenido. En el fondo no eran malos, aunque el guión y la interpretación no estuvieran muy cuidados. No obstante, su larguísima duración era su principal defecto, porque a veces para rellenar el tiempo recurrían a situaciones grotescas. Eso sí, Waldi reconocía que si alguien se descuidaba terminaban enganchándolo, como la droga. "¿No será eso lo que pretenden?", se preguntaba. Algún día hasta le sacaron alguna lágrima. Sobre todo, se ponía tierno cuando miraba hacia atrás y veía a Doña Julia limpiar sus ojos llorosos con el pañuelo. "¡Si sólo fuera por la lágrima!, ¡bienvenida!", pensaba. Lo malo de los culebrones es que él se sentía manipulado y tratado como un tonto que debía de creerse que la vida estaba llena de situaciones ridículas como en esta clase de seriales.

El humor le pareció de mal gusto, cínico y grosero, y hasta las carcajadas acompañantes de la emisión, ni parecían, ni eran naturales. "¡Imposible reírse! ¿Este humor no será apto para ositos?", se preguntaba. Pero miraba de reojo a D. Carlos, recostado en el diván, y nada: Tampoco a él le hacía ninguna gracia y no hacía ni el más mínimo gesto con su boca que pudiera parecerse a una sonrisa.

¿Y los políticos? Se pasaban el día insultándose en vez de dedicarse a gobernar. ¡Vaya espectáculo con sus malos modales daban los padres de la patria! A unos se les había pegado el culo al asiento de la autoridad. Otros, gritaban y gritaban. Y su grito podía entenderse como un quítate tú, que me pongo yo. "¡Bochornoso! ¡De escándalo!", calificaba en su interior Waldi. La actuación de los políticos era, sin remilgos, una clara lucha por el poder, una carrera por querer mandar. Unos y otros hablaban de haber hecho esfuerzos -?- y prometían para el futuro el oro y el moro. Con su conducta venían a afirmar la más grave de las mentiras: ¡todo vale!.

Las noticias parecían serias, y precisamente eso era lo malo. La violencia y la mentira eran siempre la protagonistas. Se pintaba un mundo de color negro donde el hombre era un perro rabioso que terminaba mordiendo a otros hombre o a otros perros de apariencia humana. "¿Será tan negro el mundo?", se preguntaba Waldi. Las buenas noticias no se ofrecían, o se daban una vez al año, según el dicho: "para que no hagan daño". ¡Era el colmo de la desinformación! ¿O hacían la información abiertamente manipulada y a la medida? ¿De quien?.

¿Y las películas qué? Unas, llenas de violencia verbal, se pasaban el tiempo entre gritos, como si todos los individuos reflejados en ellas esperasen una oportunidad para morderse las narices. Otras, estaban plagadas de brutalidad física, y al final, no quedaba ni el apuntador para contarlo, pero, a pesar de ello, sí había quedado alguno para filmarlo. Unas terceras, llamadas de terror, con sus escenas horribles y espeluznantes, quitaban el sueño a cualquiera. Menos mal, que Waldi había cogido el truco de dormirse antes de que empezaran. Unas últimas, estaban totalmente vacías de amor y, si embargo, la pornografía no cabía en la pantalla. También había films buenos, pero en la mayoría de las ocasiones, los valores humanos se daban con cuentagotas.

Sin lugar a dudas había cosas muy buenas en la programación de televisión. No obstante, la proporción no guardaba correlación de la realidad de la vida, Waldi, en tono irónico, se decía: "¡Se les habrá pasado por alto este dato a los programadores!".

Para colmo, un día escuchó a uno de los dirigentes de una cadena televisiva:

- Una sociedad tiene la televisión que se merece.

"¡De risa! ¿Quién irá delante?", pensó.

Ante tanta programación deprimente, Waldi se dijo: "¡Si el mundo es así de feo, yo me voy!". Pero los ositos, al igual que las personas, tienen un afán de supervivencia. No quería irse. Y, aunque fuera por conveniencia, dudó de que el mundo fuera tan negro como lo hacían ver a través de aquella ridícula ventana. Por ello, quiso comprobarlo y se fue de casa.

En la calle todo era distinto. La tele le había hecho creer que la vida era un comercio. Vio escaparates, pero la gente pasaba o se detenía a mirar, sólo algunos compraban lo necesario. Y se dio cuenta que, como él, la mayoría de los hombres eran víctimas de unos pocos.

Vio que la gente hablaba y sonreía, y sólo en ocasiones se gritaba. En el televisor, salvo excepciones, unas veces hablan, las más se gritan, y las sonrisas casi nunca son sinceras, sino completamente forzadas para dar una buena imagen. Sin embargo, tales sonrisas no pasaba de se una mueca engañosa: solamente se enseñaban los dientes.

No vio metralletas ni oyó tiros por ninguna parte. Leyó en un periódico que existía la guerra. Pero el mundo no era la guerra. Leyó que había violencia, pero el mundo no era violencia.

Vio la sonrisa de los niños y la cara serena de los ancianos. Nunca vio los rostros de pánico de las películas de terror.

Vio que las mujeres y los hombres se amaban. Paseaban cogidos de la mano, o conversaban en un banco del parque con las cabezas apoyadas el uno contra el otro. Mostraban su cariño besándose. Pero, sólo halló pornografía en los cartelones de los cines.

Volvió a casa convencido de que la televisión contaba un mundo irreal. A él no le había parecido tan mala la realidad de la vida, y quería vivir. "¡Allá ellos con su cochino mundo!", se dijo. Y le pidió a su dueño que lo colocara donde fuera, en cualquier parte, pero lejos del televisor. Lo metieron en el trastero. Allí sólo barría la sirvienta una vez al año y se almacenaban los objetos sin ningún orden. Jamás vio en aquel sitio un plumero que sacudiera el polvo ni le hiciera cosquillas al pasar por su hocico, ni el espray maloliente de sacar el brillo a los muebles. Apenas entraban por un ventanucho los rayos del sol. Nadie se preocupó nunca de abrir el ventanuco para que se ventilara y renovara el aire de la estancia. Pero, a pesar de todo, halló menos suciedad que en la televisión.



144- "LA CACHA"

Este relato, que no simplemente cuento, ocurrió hace algunos años. Historias como ésta sucedían a montones hace bien poco: cuando los hombres aún no teníamos la manía de dividir todas las actividades en rentables y no rentables. En casa de mi padre teníamos una treintena de ovejas. Aunque en nuestra granja había animales domésticos de todas las especies, después del perro, las ovejas y sus crías gozaban de mi preferencia.

En los días de invierno, cuando por la lluvia o por la nieve las ovejas no podían salir a pastar, les echábamos de comer dos veces diarias. Desde muy niño, yo gustaba de ir con mi padre para efectuar esta labor para mí tan agradable. Abríamos la puerta de la tenada, y todas las ovejas salían lentamente, como desganadas, al corral. A continuación, limpiaba con mi mano las canales, que estaban situadas contra las paredes del establo. De ellas, retiraba los restos de anteriores piensos y las suciedades fecales de alguna oveja que, emulando a las cabras, gustaba de rumiar en pinganitos. Mi padre, para este trabajo, tenía colgada en una viga, lejos de mi alcance por mi corta estatura, una escobilla hecha de brezos. Por ello, al verme utilizar la mano, siempre me hacía la misma advertencia:

- Coge la escoba, ¿no ves que te vas a clavar alguna espina de la madera de las tablas de las canales?

Pero, casi antes de que él descolgase su escobilla de brezos, yo ya había finalizado la limpieza. Seguidamente, mi padre vaciaba en las canales un saco de paja negra, de leguminosas. Mientras, detrás yo iba extendiendo la paja desmenuzada en verano por el trillo. "¡Caray!", pensaba cuando se clavaba en mi mano la espina de algún cardo. "Ahora, no vale la escobilla". Luego, puño a puño, mi padre vaciaba sobre la paja un caldero de comuña. Apenas tres minutos escasos nos llevaba la operación. Tiempo que, a veces, las ovejas habían de permanecer en el corral bajo la lluvia. Finalmente mi padre abría la puerta no sin antes advertirme lo mismo todos los días:

- ¡Apártate!, que te atropellan.

Las ovejas querían entrar todas a la vez. Después en las canales, bien aplicadas en su pienso, se apretaban unas contra otras, hasta hacer salir a las más débiles. Pero, inmediatamente las expulsadas encontraban otro sitio libre para comer. Aunque no solían balar, se hacía honor al refrán: "Oveja que bala, bocado que pierde". Y digo "no solían", porque las pocas veces que lo hicieron, con la boca llena, parecía un berrido en vez de un balido.

En tiempos de paridera, todos los anocheceres, el pastor traía corderitos del campo. La madre venía al lado lamiendo a los recién nacidos y amenazando continuamente a los perros con darles un topetazo de cabeza. A mí me encantaba cada mañana, temprano antes de que las ovejas salieran al campo, acudir a la tenada para comprobar cuántos corderitos habían nacido durante la noche. ¡Es tan tierno contemplarlos tan blanquitos moviendo el rabo para mamar! "¡Como si para mamar fuera preciso mover el rabo!", pensaba.

Las ovejas en un alto tanto por ciento tienen mellizos. Mi padre decía:

- Es mejor uno bueno que dos malos.

Él quería decir que los mellizos eran menores de tamaño que la cría única, y su desarrollo también menor al tener que compartir la leche de la madre con su hermano. Yo no entendía nada de negocios. "¡Cómo pueden ser los corderos malos!", pensaba. ¡Les quería tanto! Cuando llegaba el cortador a buscar corderos lechales les ataba tres patas, dos traseras y una delantera. Seguidamente, los pesaban con aquella romana de pilón en un colgadero del portal. Una vez, en un descuido suyo, después de pesados, se los escondí. Pero los corderitos, pobres inocentes, balaron y se delataron. Me llené de miedo por la acción, pero el cortador me enmarañó el cabello y lanzó una sonora carcajada. Entonces, no lo comprendí. Hoy estimo que su risa fue de comprensión hacia mi inocencia. Sí, le insulté al tiempo que gritaba y lloraba:

- ¡Patorra, más que Patorra!

Aclaro que aquel buen señor usaba un zapato ortopédico con una suela de casi diez centímetros para suplir un acortamiento de su pierna. Le apodaban "Pata", pero su nombre de pila era Benigno.

Aunque muy pocas, algunas de las ovejas churras tienen cuernos. En nuestra casa había una con ellos. Mi padre le llamaba "la cacha". También había una oveja de color negro. El dicho "oveja negra", es sólo una forma de expresar una idea que nada tiene que ver con estos simpáticos animales. Parece ser una raza castellana de ovejas quizás anterior a la churra cuyo mayor enemigo fuel el color de su lana en los tiempos en que la producción de esta materia prima tuvo una importancia relevante.

"La cacha" parió, como todas las ovejas. Tenía un corderito blanco, con pintas negras en las patas y en la cara, como casi todos. Todos parecía iguales, menos la cría de la oveja negra que siempre era de ese color, pero no: Cada uno tiene unas características diferentes en forma de lunares en la cara y en las patas. Le palpé la cabeza, y me pareció que apuntaban dos cuernos como los de su madre. Por ello, le llamé "cachito".

"Cachito" murió a los dos días de haber nacido. ¿Por qué? Los científicos podrán dar a la muerte una respuesta más o menos convincente. Nosotros, los creyentes, podemos invertir la pregunta para buscar una respuesta a nuestra medida: ¿Por qué se vive?.

Mi padre enseguida optó por una operación laboriosa que todos los años se realizaba alguna vez, "arrimar" un mellizo de otra madre a la oveja cuya cría acababa de fallecer. Consistía en meter a ambos en un apartado sumamente estrecho, situado en el establo de las vacas. Esta misma actuación, se llevaba a cabo, cuando muy raramente, por alguna razón totalmente desconocida, una oveja no quería a su propio hijo.

Los primeros días "la cacha" habría matado de un cabezazo al nuevo corderito si la escasa anchura del apartado le hubiera permitido revolverse. Y pataleaba furiosa cuando el pequeñín, hambriento, buscaba la teta. Por ello, era preciso que mi padre la sujetara para que el corderito pudiera mamar durante los primeros días. A la operación le llamaban atetar. Al principio, yo, buen observador, meneaba la cabeza como diciendo: "¡Esto no marcha!". Y, aunque no hubiera pregunta directa, mi padre, con más paciencia y, sobre todo, con más experiencia, contestaba:

- Déjala. Ya se dará.

Y se daba. A la semana ya dejaban a "la cacha" salir a pastar al campo con las demás ovejas del rebaño con la completa seguridad de que a la vuelta iba a buscar a su cría. Al anochecer, cuando volvían las ovejas del campo, todo era un balido ensordecedor en el corral. Las ovejas balaban, y los corderitos, con voz más fina también. Por fin, abríamos la puerta de la tenada, y los corderos salían en tropel. Cada uno buscaba a su madre. El encuentro era muy rápido, porque ellas buscaban igualmente a su, o a sus crías. "La cacha" también lo hacía. Y su cordero, ya crecido, que no cabía debajo para mamar, doblaba ambas patas delanteras e hincaba sus rodillas en el suelo para chupar de las tetas de la madre con más comodidad.

Hay quien dice que los animales no pueden amar, porque carecen de voluntad para hacer, o no hacer, y determinan sus actos por el instinto. Aunque pudiera ser totalmente cierta la afirmación, no es tan conocido que el instinto pueda cambiarse. Pero el amor, todos lo sabemos, es un sentimiento noble que se siente, no "se hace", como pretenden hacernos creer algunos necios. Nuestros antepasados, no sabrían leer, pero en amar les daban cien vueltas. ¡Pobrecillos! "La cacha" a su lado, probablemente fuera "una auténtica señora".



145- CAMPO Y POLÍTICA AGRARIA COMUNITARIA (PAC)

(Editado en la revista Regañón).

Con el Tratado de Roma los seis primeros socios fundaron el Mercado Común Europeo. Entre otras cosas tenía como objetivo satisfacer las necesidades alimenticias de la población europea no muy bien abastecida tras el desastre de la segunda guerra mundial. En este punto la unión ha tenido un gran éxito: Tanto, que el coste de almacenamiento de sus excedentes agrícolas, incomprensible cuando en el mundo se muere de hambre, amenazan la economía de la Organización. En estas condiciones España se subió al carro de la Comunidad Europea. ¿Bien? ¿Mal? No lo sé. La agricultura es sólo un pequeño sector de la economía. Sería injusto tomarla como único elemento de referencia para juzgar el total de la adhesión a la Organización. Sí puede decirse que la agricultura ha sido el gran perdedor de la unión. Y, si ha sido el sector sacrificado en favor de la industria, justo es que ahora se sea solidario con ella. ¿Pero quién se acuerda ya?.

Las siglas PAC son las iniciales de Política Agraria Comunitaria. Pero, actualmente, vamos por su reforma que va del blanco al negro. Y vendrán más reformas de reformas. Así que el pobre agricultor nunca sabe dónde está ni por dónde van a salirle desde Bruselas, capital de la Unión. No hace mucho el objetivo de inicio era producir y darle rentabilidad al terreno, seleccionar variedades de semillas más productivas, plantar viñedo, incrementar la cabaña ganadera, buscar razas selectas, introducir mejoras genéticas. Ya dese hace tiempo de eso nada de nada, sino todo lo contrario. Se quiere reducir la superficie cultivable, que el viñedo se arranque, y que el número de cabezas de ganado, sea cual sea su especie, sea sensiblemente inferior. Y, lo que es más grave, se quiere reducir el número de la población agraria. ¿Dónde querrán meterla teniendo en cuenta los índices de paro actuales?.

Está claro cuál es el objetivo de la PAC: limitar la producción agraria. Pero, ¿cómo?, ¿a costa de quién? No es fácil hacer una reglamentación que satisfaga a todos los países, ya que dentro de estos existen múltiples regiones totalmente diferentes. La producción de algunas zonas incluso puede beneficiarse. ¿Cuáles? Ese es el mismo cuento de siempre. Sobra la pregunta. Sucede lo mismo en todos los sectores. Siempre se perjudica al pobre. La tan cacareada solidaridad de la Comunidad es un cuento chino. ¿Hay algún mercado solidario? Lo suyo es la compra y la venta. Estos dirigentes políticos españoles se ufanan de lo que reciben. No quieren ver que es a cuenta de algo. De todas formas, es ridículo que los políticos busquen solidaridad en el exterior cuando no son capaces de mantenerla entre las distintas regiones de España. Está muy bien lo de europeísmo, pero ha de empezarse desde la propia casa.

Lo cierto es que desde Bruselas con la colaboración del Gobierno Central Español y la de las distintas Comunidades Autonómicas han convertido la PAC en una inmensa bur-r-ocracia. Ir de ventanilla en ventanilla pidiendo subvenciones lo han convertido en una actividad alternativa a la agricultura.

"De poco me sirvió la escuela -decía un agricultor haciendo juegos de palabras- no supe de letras hasta que no compré el tractor". (Se refería a las letras que emiten las entidades bancarias con fecha de vencimiento). El agricultor no es instruido, pero sí inteligente. Se da perfecta cuenta de que le están tomando el pelo. Todo es bur-r-ocracia y más bur-r-ocracia: Ya no le vale la cultura a medias tintas. Tanto papeleo exige nivel de estudios universitario o similar. Recuerdo el chiste de un matrimonio de labradores que tenían cinco hijas y por fin tuvieron un hijo.

- ¡Huy que feo es! -dijo una vecina.

-¡Bah! -contestó la madre-, ¡como lo queremos para arar...!.

Es sólo un chiste tonto cuyo humor nada quiere decir en contra de la profesión de labrador que fue la mía y la quiero. Dice en contra de quienes quieren aburrir exigiendo requisitos. "La experiencia demuestra, a lo largo de los siglos, que en la profesión de agricultor, el hombre conserva un espíritu más sencillo, más puro, más bello y más noble". (N. Gogol,1809-1852).

Uno de lo métodos de la PAC para cumplir el objetivo señalado actualmente es una sensible reducción del precio de los cereales que son el primer producto excedentario en la Comunidad. Se pretende competir en la exportación en precios con los principales países cerealísticos, Estados Unidos, Canadá, Australia, Argentina, etc. La reducción es substancial, casi a la mitad. Esto se pretende llevarlo a cabo sin perjudicar a la población agraria con la ayuda de medidas compensatorias y complementarias. Medidas que vistas desde aquí, con un pie en los rastrojos, parecen un cuento de hadas relatado desde los despachos de Bruselas y que va en contra de la nobleza del agricultor primando las labores mal hechas. La subvención metálica por hectárea ni siquiera es correcta, pues prima el sembrar por sembrar sin demasiada ilusión por la cosecha con la vista puesta en la subvención. No puede fomentarse la baja productividad y el mal cultivo. Una Política Agraria no puede pretender que los labradores abandonen por ver destruida su ilusión. ¿Se busca eso?.

Otros ejemplos en negativo de esta absurda política de subvenciones por hectárea cultivada han sido algunos productos, llamados alternativos, como el lino y el girasol. Algunos listillos han cultivado tales productos por la subvención, no por la cosecha. La Administración se ha visto desbordada y toma sus medidas: dícese que a veces es peor el remedio que la enfermedad: y pagan justos por pecadores.

Las subvenciones, aun siendo la más convincente de todas las medidas compensatorias, son sólo un parche momentáneo. Los planes son limitados respecto al tiempo. ¿Qué sucederá después? ¿Estados Unidos seguirá imponiendo sus normas en los acuerdos agrícolas? ¿Pondrán un techo de producción similar al implantado para el girasol que excluya a las regiones menos productivas? ¿Quedará dinero para los pobres? ¿Se seguirá con la política de subvenciones? ¿Volverán los precios donde estaban? ¿Darán por enterrada a la agricultura? ¿Qué aspecto tendrán las comarcas de menos producción? ¿Será su campo un lugar para el recuerdo? ¿Se convertirán en un parque, por si quiere venir alguna avutarda? ¿Se dejarán sus municipios para residencias veraniegas? La solución habrá de verse por capítulos con un ojo mirando al cielo (clima) y el otro ojo apuntando hacia Bruselas, cuando no sean tengan ambos ojos puestos rellenando impresos para solicitar subvenciones.



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