Negros nubarrones en el horizonte.



Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Sumario: 136- No te rías que es peor. 137- Los ricos no tiran nada. 138- Fechorías. 139- Por la libertad de expresión. 140- ONGs.



136- NO TE RÍAS, QUE ES PEOR

¡Cuántas veces me he preguntado lo mismo! Miles. Es una pregunta poco tranquilizadora: "¿Estaré loco?". No es que esté mal de la cabeza. No. No es eso. Es que hay circunstancias, como una enfermedad crónica, que nos hacen más propensos a plantearnos interrogantes. Mi problema no es una salud mental deficiente. Solamente lo normal de estos casos de enfermedades de tipo progresivo. Existe un dicho en latín: "Mens sana in corpore sano" (mente sana en cuerpo sano). Por eso mismo, aunque vuelto del revés, cuando el cuerpo no funciona bien, la mente se resiente. Si bien, dentro de la normalidad de tener en cuenta lo aquí afirmado, tengo añadido un problema que empeora la situación: Me parece que soy un bicho raro distinto de los demás individuos de la especie humana. Me explicaré:

Los días que, por alguna circunstancia, adelantamos el horario de comida me encuentro en televisión con un programa humorístico: "No te rías que es peor". "¿Pero eso es humor?, me pregunto yo. ¡Ahí va, si se ríen los espectadores! ¿Pero de qué?".

¡Eso me digo yo! Salen en pantalla cuatro o cinco humoristas y en sus chistes siempre hablan de lo mismo: Pedo, caca, culo, pito, teta y otras groserías mayores. Y, si no, elaboran sus ¿chistes? sobre desgracias ajenas. Aprovechan para contar sus ¿gracias? historias sobre tartamudos, cojos, invertidos sexuales, o pobres amantes burlados. ¡Qué desfachatez! Claro, como oigo las risas del público a través de la televisión y a mí esas memeces no me hacen la más mínima gracia por estimarlas de mal gusto, empiezo a sospechar que no estoy bien de la cabeza o soy un espécimen raro de esta raza humana.

Pero como los males nunca vienen solos, eso se dice, seguimos: En televisión acaba el citado programa y comienza el telediario. El presentador se pone muy serio y emite las noticias. Pues nada, yo siempre al revés: Él se pone serio a hablar, y yo me río. "¡Lo que no me pase a mí, no le pasa a nadie!", pienso. De vez en cuando lanzo alguna sonrisa irónica de desaprobación, pues yo tendría una posición muy contraria, o, más aún, de vez en cuando emito una sonora carcajada. De verdad que ya es para exclamar para sí: "¡Miguel, tú no tienes arreglo!".

Seguidamente voy a contar algunas noticias relacionadas con mi actitud de sarcasmo:

En el telediario hablaban del caso del cuñado del presidente, el conocido Sr. Palomino. Algunos grupos políticos habían pedido en la Cámara la creación de una comisión de investigación para aclarar los pormenores de este caso. Fue denegada la propuesta: aduciendo por parte del portavoz parlamentario de grupo mayoritario que "ningún inocente ha de demostrar su inocencia". ¡Caray!, es para mearse de risas.

Esbocé una sonrisa irónica de oreja a oreja. Hasta entonces no había sabido si tal Sr. Palomino había utilizado para su enriquecimiento artes poco éticas o era un invento de los periódicos para desprestigiar al Presidente, pero desde aquel momento ya me quedaban pocas dudas de su culpabilidad. Esa era una reacción totalmente opuesta a la mía en su lugar si hubiera sido inocente: "Venga acá, habría dicho yo, comisiones de investigación y lo que queráis. Aquí me tenéis. Adelante, preguntad, y que resplandezca pronto la verdad. Yo soy el primer interesado en dejar las cosas claras cuanto antes". Porque si no hay juicio, de la especie que sea, ¿cómo se puede afirmar la inocencia?. Lo que sí se puede decir es que no hay pruebas suficientes para iniciar un proceso, pero nunca tan rocambolesca frasecita.

Claro, se pasa la sonrisa del momento y vuelvo a quedarme a solas con mi pensamiento y a exclamar para mí de una manera similar a la de otras ocasiones: "¡Miguel si es que tú eres un bicho raro que ni siquiera se comportaría como los demás!".

Otra: En el telediario, el presentador de las noticias, todo serio, como siempre, se refería al prófugo más famoso de la historia de España, el Sr. Roldán, huido con 700 mil millones de pesetas en metálico además de cheques de viaje. Afirmaba que, según el Ministro del Interior y el Jefe de Policía, era difícil la búsqueda de Roldán porque "le ayudaba una mafia de delincuentes". Ante estas palabras, yo lancé una sonora carcajada. Menos mal que las alubias estaban todavía en el plato. Aún no habían llegado a la boca. De haber llegado, habrían salido disparadas hasta la pantalla del televisor. "¿Pero, este Ministro es tonto o nos toma por tontos?, pensé. Todos conocemos muy bien la catadura moral de los delincuentes. A Roldán los 2000 millones le durarían en sus manos en compañía de los delincuentes menos que un pastel a la puerta de un colegio. Al segundo día le quitarían la pasta, le darían dos tortas y le dirían lo siguiente: Anda, vete y cuéntaselo a la policía, que ya hemos oído por la radio que te andan buscando".

Me reí entonces, y el dicho, por muy Ministro que sea quien lo diga, me sigue pareciendo de risa. Pero, claro, si cuando los demás se ríen, tú no ves la gracia, y cuando se ponen serios, tú te ríes, has de pensar que algo no va bien. Si, para colmo, hay una enfermedad y tienes todo el tiempo libre del mundo para sugerirte interrogantes, no es extraño poner en tu mente la pregunta: "¿Estaré loco o lo estarán ellos".

¿Sigo? El día 26 de diciembre en el informativo de TV1 de las 9 de la noche el presentador, hablando de Mario Conde, decía lo siguiente: "Los presos de Alcalá-Meco han pedido a Mario Conde que les dé clases de matématicas y derecho". Y pensé: "No será que lo que quieren saber los presos es cómo da un "pelotazo" y ganar mil millones de pesetas con media docena de llamadas telefónicas?".

Por contra a esta actitud, me ocurrió otra de signo opuesto la misma noche de la anterior. En TV1 dos humoristas tenían los micrófonos y las cámaras de televisión para ellos. El programa me pareció de mal gusto. Bochornoso. No tuve más remedio que aguantar las gilipolleces de estos señores. Estábamos cenando, y mi sitio en la mesa está frente al televisor. De no haberse dado esta situación de la cena, me habría dedicado a otras tareas más nobles. Para mi interior estaba calificando el programa como un espectáculo vergonzoso. Pero, hete aquí que se acabo el programa, y los espectadores, in situ, corearon con insistencia un apelativo que sólo se concede a los grandes: "¡Torero!, ¡torero!, ¡torero!". ¿Cómo podía sentirme ante la contradicción de los gritos del público y mis pensamientos? Pues me sentí como un bicho raro cuya especie está en peligro de extinción y está metido en la jaula de algún zoológico para disfrute de las miradas de curiosos.

¿Más? No habían pasado 24 horas de lo anterior cuando me sonreí irónicamente por dos veces ante las noticias serias del telediario TV1 de las tres de la tarde. En la primera hablaban del personaje de moda, Mario Conde: "Dedica su tiempo en la cárcel a jugar al mús con los demás presos. Según su forma de ser, también jugando al mus apuesta a lo grande", dijo el presentador. "¡Sería gorda que quien da pelotazos de mil millones se ande con chiquitas para jugarse cinco duros como los jubilados de mi pueblo", pensé yo..

La segunda noticia anunciada guardaba relación con la negociación para establecer el salario mínimo para 1995. Los Sindicatos pedían un incremento del seis por ciento. Los representantes del Gobierno ofrecían una subida del tres y medio por ciento. Ambas partes se expresaban así:

- Esto demuestra -decía un representante sindical- la insensibilidad del Gobierno con las clases más desfavorecidas de la sociedad. En un termómetro que indicase esa medida darían cero.

- Cada décima que subiéramos del tres y medio por ciento -decía un Secretario de Estado- nos costaría mil millones de pesetas. Y nosotros no tenemos ese dinero.

Tras estas palabras vino a mi mente un comentario jocoso con la velocidad de un relámpago: "¡Claro, se lo lleva Roldán y otros roldanes!".

"¿Seré un homo raris?".



137- LOS RICOS NO TIRAN NADA

Hace algunos meses, un telediario televisivo nos sorprendía metiendo una curiosa anécdota entre las noticias: En Italia un taxista de profesión tenía como afición pasar sus ratos libres rebuscando libros entre los desperdicios de la basura. Con tal excéntrico jovi había juntado ta una biblioteca de 4.000 volúmenes. Al sujeto en cuestión, por cuestión de lenguas, le habían doblado la voz en el reportaje y en un lenguaje castellano claro sobre su idioma italiano, el doblador decía con mucha gracia:

- Para encontrar libros es preciso rebuscar entre la basura de los barrios de clase media. En los barrios de clase alta no merece la pena buscar. Los ricos no tiran nada.

¿Qué quieren ustedes?, a mí el tipo me parecía un chalado. Para rebuscar entre la asquerosa y maloliente basura sólo hallo dos motivos razonables: o se hace por estar muy necesitado, o no se está en sus cabales. Y el cultural italiano con su oficio de taxista, su impecable vestir, su barba bien arreglada y su manía de coleccionar los hallazgos, no tenía pinta de pasar necesidad: Entonces, quédome con que está tocado. Ya lo afirma el dicho castellano, además con mucha razón: "de músicos poetas y locos todos tenemos un poco". Y bendita sea la locura de este señor. No hace mal a nadie con sus manías.

Hace un par de años, un día, cumpliendo dos de las afirmaciones del citado dicho, me dio la locura de meterme a poeta circunstancial. ¡Ahí es nada! El poema constaba de 18 versos donde ponía en tela de juicio la locura de los llamados locos y la cordura de los llamados cuerdos. Los seis primeros versos decían así: "Porque en noches estrelladas / cuenta estrellas en el cielo / le llaman loco, sin ver / la actitud que tienen ellos: / ellos pasan media vida / en la cuenta de dinero". Y miren ustedes, yo al afán excesivo por el dinero lo puedo comprender desde el punto de vista de tener para luego poder disfrutarlo, pero me parece una majadería de órdago el tener sólo por el placer de tener. Y me temo que el tener es una droga que requiere más y más, así lo explica en una frase O. S. Marden: «Cuanto más se tiene, más se desea, y en vez de llenar, abrimos un vacío". Por tanto, nuestro buen taxista italiano puede tener más razón que un santo: "Los ricos no tiran nada". Y aunque yo me haya referido a él como tocado, habría de verse si está más loco que los que van por la vida de cuerdos. Al fin y al cabo es de mi gremio, de quienes no presumimos de cuerdos.

¡Ah, sí!, la frase clave es "Los ricos no tiran nada". Y ahora voy a contarles un chascarrillo relacionado con las ideas hasta aquí vertidas:

Cuentan que en cierta Institución benéfica en una inspección rutinaria hicieron una relación exhaustiva de todos los beneficiados. En la investigación apareció un individuo que tenía posesiones suficientes para no tener necesidad de requerir los servicios de la Institución. Como consecuencia de aquella revisión, le llamó el Director a su despacho y le habló así:

- Mire usted, Sr. Mateo, nuestro ordenador dice que tiene usted cuatro pisos alquilados. Con la renta procedente del alquiler, no me parece correcto que ocupe usted un sitio aquí que está destinado a otras personas más necesitadas. En honor a esos diez años que ha estado usted sirviéndose de nuestro comedor y nuestro albergue, no vamos a echarlo. Comprendemos que usted tendrá aquí sus amistades y no querrá abandonarlas. Por tanto, quédese si es ese su parecer, pero a cambio le rogamos que tenga a bien contribuir con un donativo al sostenimiento económico de esta Institución benéfica.

El Sr. Mateo, que había permanecido hasta entonces callado escuchando las exposiciones del Director, saltó indignado:

- ¡Su ordenador está loco!. ¡Está como una cabra! ¡Claro que tengo tres pisos alquilados! Pero su ordenador no sabe de la misa la mitad. ¿Dice acaso, que tengo una madre, a quien mi padre dejó al morir en la miseria, internada en una Residencia? ¿Dice que tengo un hermano paralítico que no puede trabajar? ¿Dice que tengo una hermana viuda con cinco hijos? ¿Dice acaso, que tengo otros siete sobrinos, huérfanos de madre, y cuyo padre es alcohólico y no sale del bar? ¡Claro, su ordenador no sabe nada de eso!.

- Usted perdone, Sr. Mateo -dijo avergonzado el Director-. Nosotros no sabíamos esa patética situación de su familia. Le rogamos humildemente nos disculpe. Comprendemos perfectamente que a pesar de sus ingresos por los alquileres, aún tenga necesidad de recurrir a nuestros servicios benéficos.

- Y bien -añadió el Sr. Mateo-, ahora voy con lo del donativo: Si a mi madre anciana, si a mi hermano paralítico, si a mi hermana viuda y a sus cinco hijos, y si a mi cuñado alcohólico y a los otros siete sobrinos huérfanos, no les doy ni un duro, ¿por qué habría de dárselo a ustedes?.



138- FECHORÍAS

De niños todos hemos cometido travesuras. Y si alguien dijera no haberlas cometido, probablemente estaría mintiendo. La niñez es la edad de cometerlas. Es un tiempo en que aún no se distingue en plenitud el bien del mal. Nunca fui un niño excesivamente travieso, sino dócil. Tal vez ni siquiera sea normal ser a esa edad tan disciplinado como fui: seguramente fueron complejos de una ataxia incipiente. Ni es malo ser travieso ni forma una regla para el comportamiento futuro. Recuerdo compañeros que de pequeños parecían hechos de la piel del mismísimo Satanás, y de mayores son todo un ejemplo. Y viene a mi memoria cuando a un compañero en la escuela del pueblo se le ocurrió introducir un canto en la cerradura para que el maestro, tras pelear con la llave, nos diese vacaciones. No nos libramos de clase. Tras romper un cristal, nos hizo pasar por una ventana. Después de varias amenazas, hubo de confesar la autoría. Me he encontrado varias veces en la vida con este compañero. Hoy resulta una persona excelente.

Podría contar muchas tonterías de las cometidas por mí a esa edad de la niñez. Pero todo cuanto pudiera relatar, carece de sentido mirado desde el punto de vista de adultos. De niños tenemos tendencia a ridiculizar el mal, o lo que nuestra mente, poco desarrollada, cree que es el mal. En relación con esta manía tonta vienen a mi memoria las burlas irrisorias a dos personas con poca suerte en la vida. ¡Lamentable! Pero tal tratamiento es normal realizarlo a esa edad de la infancia cuando en el ambiente libre de los pueblos formábamos las primeras cuadrillas (así llamábamos a las pandillas). A esa edad no se puede imputar una responsabilidad, pero estos hechos son para avergonzarse de adultos y cuyo único atenuante para justificarlos es precisamente que éramos niños al realizarlos. Ahora más vale olvidarlos

Contaré una historia de las numerosas acaecidas en mi época de infancia, pero sólo tiene sentido mirada desde la niñez. Para mí no es difícil entenderla pues no tengo ninguna dificultad para dar marcha atrás en mi propio tiempo:

He vivido en un ambiente rural, donde pasábamos los veranos cuidando vacas. Alternábamos la responsabilidad con la irresponsabilidad y, en ocasiones, el guarda se encargaba de enseñarnos la obligación vía denuncia monetaria. No podíamos escapar a la pequeña sanción económica y lo que suponía, pues el aguacil se la presentaba a cobro a nuestro propio padre. Un día lo comprendía, pero al segundo tenías la bronca encima. A pesar de multas y broncas, lo mismo cumplíamos perfectamente con nuestro trabajo de impedir que las vacas invadiesen los sembrados, que, abandonando la vigilancia, nos bañábamos en el río. En esta tarea de pastorear las vacas no existía árbol que se resistiera a nuestras subidas ni nido que quedase sin inspeccionar a nuestros ojos.

- ¿Qué tiene?

- Huevos todavía.

Nos habíamos propuesto hacer una merienda para el domingo. Sacamos seis pichones de tres nidos de unas palomas que anidaban en los huecos de los troncos de los olmos. ¡Pobrecillos, casi no tenían plumas! Y es que si los dejábamos crecer nos los birlaba otro grupo. Sabíamos un nido más, pero la paloma estaba huera. ¿Y por qué no cogerla también a ella?. Nos acercamos al árbol sin hacer ruido. Subí con cuidado. Allí estaba en la oquedad del olmo. La toqué en su revoloteo con la punta de los dedos, pero no llegaba mi mano al fondo para poder atraparla. Tapé el agujero con mi chaqueta. Volvimos a casa a buscar un hacha para agrandar el boquete de entrada. Por fin, capturamos la paloma. Era preciosa. ¡Pero, tontos! No sabíamos que las aves apresadas durante la incubación se mueren al permanecer en cautividad. Los pichones tampoco fueron capaces de alimentarse por sí solos y también murieron. ¡Cosas de niños!.

Después viene la adolescencia. Esa línea que separa el bien del mal, aunque sea relativa, se va haciendo más clara. Pero me atrevería a decir que en tal época aún son normales ciertas travesuras. Aunque se comienza a hacer gala de nervios templados, pero aún no se guarda una conciencia clara de hacer daño a terceros.

A los doce años ya entré en régimen interno en un colegio. Mi docilidad se vio incrementada por la timidez derivada de unos síntomas físicos de ataxia, que yo no sabía qué eran, pero me hacían diferente a los demás. Fuera de nuestro ambiente siempre somos más tímidos. Creo que mi comportamiento fue bastante bueno. Experimenté la llamada morriña o añoranza de casa y sobre todo de los seres queridos. Poco a poco, los amigos suplían este afecto. ¡Ah los amigos! Y es que cuando el hombre se convierte en masa, todo cambia. Individualmente éramos unos corderitos, pero en grupo éramos totalmente distintos. Para nosotros no existía profesor sin apodo ni voz de educador sin caricaturizar. Aquí recuerdo el primer y único cero que me han puesto en la vida:

Fue D. Alejandro, profesor de religión. Se acercaban las vacaciones de Navidad. Nos mandó realizar un difícil trabajo para los días que habríamos de permanecer lejos de colegio. La tarea consistía en escribir seis folios sobre un determinado tema relacionado con la asignatura.

- A la vuelta a clase -afirmó el profesor- llamaré a cinco alumnos para que suban aquí al estrado y sentados en mi mesa, nos lean su trabajo.

- Sí, con un vaso de agua... ¡No te fastidia...! -salté yo molesto por que nos pusiera tanto trabajo para vacaciones.

- ¿Quién ha sido? -preguntó al momento el profesor muy irritado.

Me puse de pie, y no me dijo ni una palabra. Cogió la lista que siempre ponía sobre la mesa y me colocó un cero que hasta yo adiviné el giro redondo de su mano.

Vamos saliendo de la adolescencia para convertirnos en adultos. Nos conceden la mayoría de edad en esos años, pero yo creo que aún no se ha llegado a la madurez. Ya no tenemos tanta excusa para nuestros actos. No se puede hablar de travesuras, sino de gamberradas. En esta etapa de la vida se debe tener mucho cuidado con el alcohol. He visto algunos compañeros transformados por esta droga: Modificaba su carácter pacífico en otro violento y pendenciero que acababa involucrándonos a los amigos, más por compañerismo que por darle la razón.. Hay quien se cree adulto, y sin embargo, se siente tan inseguro que tiene que demostrarse a cada paso su grado de madurez a fuerza de cometer continuamente errores. La masa es el auténtico refugio para cometer barbaridades. Un individuo ni dos, no son nada, ¡pero ay un grupo! En esta etapa de mi vida he sentido la enfermedad. Este hecho me creó un complejo que ni siquiera quería hablar aunque quien tuviera enfrente dijera las mayores tonterías. Recuerdo que un día mi interlocutor afirmó:

- El petróleo no puede acabarse, pues sale de manantiales como el agua.

Lo único que yo deseaba era pasar desapercibido. "Por mí, como si dices que el petróleo lo extraen del aire", pensé.

La historia de esta etapa que narraré está ambientada en la osadía de la colectividad. Veníamos en tres turismos completos de pasar la tarde/noche del domingo en una discoteca de Aguilar de Campo (población al norte de la provincia de Palencia). Al menos éramos doce jóvenes del mismo pueblo. Eran las dos de la madrugada. Yo venía en el primero de los coches. Me pareció ver una luz que a larga distancia yo situaba en la ermita de mi pueblo, y así se lo dije a mis acompañantes.

- Estás loco -respondieron-. ¡Cómo vas a saber que la luz está allí si estamos a más de diez kilómetros de distancia.

Pasamos cerca de la ermita que está a 300 metros de la carretera y nada vimos. La luz estaba apagada, y la oscuridad de la noche era total. Cuando bajamos al valle, estaba tan seguro de mis palabras que miré hacia atrás: allí estaba la luz, encendida otra vez.

Dimos la vuelta en la carretera y entramos en el camino de la ermita. De pronto, el automóvil de nuestras miras arrancó y a través de una finca regreso al camino y salió a la carretera antes que nosotros. Eran un hombre y una mujer.

- Hay que conocerlos -gritó el conductor de nuestro coche.

A continuación vino la persecución y un adelantamiento difícil. Los otros dos automóviles de nuestro grupo le cortaron la retirada. Sacamos los bancos de un bar para hacerlo detener cortando la carretera. Paró un automovilista:

- ¿Qué pasa? Ahí detrás vienen tres coches al paso de la gallina.

- Pasa, tú no eres a quien queremos parar.

Llegó el conductor de nuestro interés. Insultos graves. Amenazas de llamar a la Guardia Civil. Por fin, se fue llevándose un banco por delante con el parachoques de su vehículo. Y cumplimos nuestro tonto interés: conocerlos. ¡Gamberradas de juventud!.

Viene toda esta larga introducción a cuento de una gamberrada que ha costado la vida a un hombre en una calle de Barcelona. Tres jóvenes han atado una cinta de nylon de una farola a una tubería de desagüe, de forma que cruzaba la calle a la altura de un metro. Era la una de la madrugada. La victima fue un motorista. El accidente se produjo ante los ojos de los gamberros expectantes por ver las consecuencias de su mala hazaña. Los delincuentes se dieron inmediatamente a la fuga.

¿Eran gamberros ocasionales como nosotros? Parece que no: según los vecinos era en ellos habitual cometer fechorías. Es curioso... debiera suponer una llamada de atención: casi todo los delincuentes de este tipo provienen de familias con dificultades de convivencia.



139- POR LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

(Publicado en Diario de Burgos el 16 de noviembre de 1996).

Amigo J.L.B., aunque no te conozca, ¿me permites tutearte?.

He leído en esta misma sección, 3/11/96, tu carta titulada "Al Cesar lo que es del Cesar" referente a las críticas pronunciadas por algunos Obispos sobre la boda del Sr. Vice-Presidente del Gobierno. Discrepo de tu escrito. Todos tenemos opiniones y derecho a expresarlas con el deber de no faltar al respeto al criticado y a su colectivo y con la única consecuencia de ser responsables de las palabras. Ese es un principio de la democracia. Y sólo hay una vara de medir con total independencia de la profesión del ciudadano. Con mis palabras, no salgo en defensa de los Srs. Obispos, sino de la libertad de expresión.

"Zapatero a tus zapatos, dices en tu escrito, y dejen por favor de meter ya las narices donde no les incumbe". Aquí, los "zapateros" ni se habrían salido de sus zapatos ni habrían metido las narices en ningún sitio. Aunque la ley del divorcio lleve 15 años aprobada, es normal que un Sr. Obispo no la encuentre ajustada a la moral católica y lo exprese cuando se dé la oportunidad. En cuanto a lo del boato, también resulta normal que a un Sr. Obispo le salga a relucir su vena de defensa de los pobres (hipotética si quieres). Cuando día a día desde la Administración nos repiten lo de apretarse el cinturón, yo mismo hubiera preferido el ejemplo de una boda más silenciosa (en total intimidad y con independencia del gasto).

Comprendo al Sr. Vice-Presidente y su, hasta entonces, novia en su libre opción de seguir las normas civiles y no las eclesiásticas. Comprendo a los contrayentes en su legítimo deseo de quedarse con un recuerdo montando una boda acorde con sus posibilidades económicas. Comprendo que los Srs. Ministros del Gobierno, incluido el Presidente, pongan la amistad por encima de los prejuicios religiosos si los hubiere. Comprendo que los Srs. Obispos hayan podido utilizar expresiones a su modo, que a algunos de nosotros pueden parecernos pasadas de moda. Comprendo la crítica de los Srs. Obispos y las críticas a la crítica por parte de quien lo haya considerado conveniente. Pero no comprendo que se les mande callar con lo de lo de zapatero a tus zapatos y lo de no meter las narices.

En mi pueblo dicen: "a Misa tocan... y va el que quiere". Eso: tenemos derecho a ir a Misa, o no ir. Incluso, tenemos derecho a considerar el sonido de la campana estridente e inoportuno y a hacer críticas con esas consideraciones nuestras de estridencia e inoportunidad. Pero no tenemos ningún derecho a mandar callar a la campana.



140- ONGs

(Publicado en Diario de Burgos el ?? de febrero, o de marzo de 1998).

Voy a responder a la carta titulada "Promoción de los Pueblos" editada en estas páginas Diario de Burgos en fecha 10/2/98.

Amigos Marta y Diego:

El 0,7 por ciento no es ningún ideal: es una aportación mínima. Quienes clamamos por el 0,7 desearíamos una Justicia donde no hicieran falta porcentajes. Pero para aspirar al ideal no es aconsejable prescindir del mínimo. Toda crítica a la utilización del discurso del 0,7 es bienvenida, pues, como decís, todos sabemos que se utiliza para acallar conciencias. Sin embargo, criticar la labor global de las ONGs (sin citar casos concretos), no parece prudente. El 99 por ciento de quienes colaboramos con las ONGs: directamente, con aportaciones económicas, o en los Grupos de Voluntariado, no renunciamos a la promoción de los pueblos. Tampoco tenemos ningún afán de protagonismo: Estamos deseando ver que ya no existe necesidad de nosotros para dedicarnos enteramente a nuestras tareas. Mientras tanto.. "Rara vez se equivocará quien se pone como deber quitarle un sufrimiento al más débil para cargarlo sobre sí mismo". (Maeterlink).

Atentamente...



NÚMERO SIGUIENTE &&&&&& Ir al índice. &&&&&& Ir a la introducción. &&&&&& Volver a la portada.