Negros nubarrones en el horizonte.



Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Sumario: 126- Ayúdale a pintar... 127- El retrato de una madre. 128- ¡Quién manda en el matrimonio?. 129- La muerte. 130- El otro muro de la vergüenza.



126- AYÚDALE A PINTAR...

Hay quien piensa que la religión es una manía. Es una necesidad. Si buscamos en la historia del hombre, en cualquier tiempo conocido, todos los pueblos, sin excepción, tienen su mitología. A través de todas las etapas históricas y en las distintas naciones, Dios ha recibido diferentes nombres y ha adoptado diversas representaciones. Sin embargo, no ha existido ningún pueblo sin una divinidad. Aun hoy se pueden hallar pueblos en África y en las selvas sudamericanas donde apenas ha pisado nuestra civilización occidental, pues también ellos tienen su Dios o sus dioses a su manera. Tal vez sus divinidades a nuestra cultura puedan parecerle irrisorias, pero no más que a ellos nuestras divinidades y costumbres. Lo cierto del caso es que también ellos, como nosotros, han sentido esa necesidad de fiarse de algo sobrenatural. No es posible achacar el hecho de la busca de divinidades a cuestiones de ignorancia o tildarlas como cosas del pasado. Los avances científicos de nuestra sociedad son enormes, pero no han resuelto nada en ese aspecto. La necesidad sigue existiendo. La clave está en sentirla o en no sentirla.

No hace mucho tiempo, leí un artículo donde se cantaba las excelencias del neo-paganismo. La doctrina en cuestión, se basa en disfrutar de las bellezas y placeres de la vida. ¿Es una doctrina para cuatro privilegiados? Porque, ¿cómo encajo yo, con mi enfermedad progresiva ese dicho de disfrutar?, ¿y millones y millones, tal vez cientos de miles de millones de individuos cuya existencia es oscura y más bien penosa?. Me recuerda la letra de una canción de los años sesenta: "que se mueran los feos / que se mueran los feos / que no quede ninguno". Porque la doctrina sólo sería válida hasta el momento en que palideciera la buena estrella de cada uno. Y esto, más pronto o más tarde, sucede siempre, o casi siempre. ¿Y llegada la apreciación en mente de ese momento qué podría hacerse? ¿Suicidarse?.

Sea cierta o no sea cierta, prefiero creer en la inmortalidad del alma. "Si no creemos en la resurrección, comamos y bebamos, que mañana moriremos" (San Pablo). Y moriremos, sí, pero prefiero creer que no en la parte espiritual. No soy contrario al disfrute de la vida, harto difícil es para no intentar endulzarla cuando sea posible, soy contrario a basar la vida en un disfrute, porque, con un enfermedad degenerativa tal creencia me condenaría automáticamente a negros pensamientos suicidas o de eutanasia.

Cualquier religión me es válida y respetable. Todas se basan en la existencia de una razón por encima de la mente humana. Soy católico. No importa tanto la religión, en el fondo todas son iguales. Difieren en cuanto a la forma. No importa el camino, sino el punto de llegada. Llámese como se llame en las diferentes religiones, ese final es el mismo para todas. Lo importante, a pesar de debilidades y caídas propias de la imperfección del ser humano, es vivir las creencias, sí también increencias, con la mayor fidelidad posible que nos ayuden a buscar un mundo más humano para todos.

Siendo consecuente con mi fe, el domingo, como no puedo ir a la iglesia, me puse ante el televisor para seguir la Santa Misa. En realidad no sé con exactitud de que domingo hablo. Por un despiste al tomar apuntes, no puse la fecha en mi bloc de notas. Calculo que fue el mes de junio de 1994.

Un mandamiento se refería a "oír" Misa todos los domingos y fiestas de guardar. No me extraña que lo dijeran así: eran en latín y sólo las entendía el cura. Hoy resulta un error semántico. Sería más adecuado decir seguir, o mejor, participar. Yo, oírla, la oigo, pero confieso perderme en muchísimas ocasiones. No sé si soy un bicho raro, y mi mente anda mariposeando de flor en flor sin quedarse fija en ningún sitio. Tal vez, yo no sea tan raro, y sea el mismo caso de los apóstoles en Getsemaní: "El espíritu es fuerte, pero la carne es débil". Me gustaría una Santa Misa televisiva más íntima, dirigida a quien va dirigida, enfermos. Se me diría que no consiste en aislar y he de participar con el pueblo. Sin embargo, en una mente enferma no está el horno para bollos y sobran reportajes y solemnidades (misas papales de dos horas en idiomas extranjeros). Reconozco que el mal está en mí, no en la retransmisión: me podrían dar la Misa a la carta, y yo seguiría molesto.

Este día citado, a través de la televisión, asistíamos a Misa en un Centro de Almendralejo donde unos minusválidos, apoyados por monitores, estaban integrados en un grupo de trabajo. Una cosa insignificante llamó mi atención. La monjita directora, tenía en la pared un letrero que decía así: "Pinta tu vida de colores y verás que la vida es bella". No dudo de la buena intención de la directora, pero al momento pensé en la inexactitud de aquel cartel, al menos en una parte. Debió haber sido más comprometido, así: "Ayúdale a pintar su vida de colores para que vea que la vida es bella". En ocasiones, el propio interesado lo ve todo negro, como un pozo sin salida: imposible pintar nada. Es como un drogodependiente, incapaz de salir de la droga sin ayuda. Después de pintada la vida de colores, cuando el interesado aprecie que la vida es bella, tal vez ya no necesite ayuda para pintar. Mientras tanto, ayúdale.



127- EL RETRATO DE UNA MADRE

Amigos lectores del Regañón, dentro de unos días: primer domingo de mayo, se celebrará en toda España el día de la madre. Desde estas páginas, he querido sumarme a esta conmemoración festiva y hacer un homenaje a todas y cada una de las madres de nuestra comarca Odra-Pisuerga.. Ellas se merecen nuestra veneración y respeto, y mucho más. Pese a mis buenas intenciones, no tengo rollo (ni bueno ni malo) para cumplir con este menester de homenajear a las madres. Me explico: Quienes somos escribientes ocasionales, cuando tenemos que tratar temas tan serios y de tanta importancia en la vida del hombre, sale a relucir nuestra ignorancia literaria. Nos quedamos sin palabras para definir tanta grandeza. Uno se da cuenta de que sus conocimientos son muy limitados. Y, en su impotencia por crear un texto adecuado al objetivo marcado, se acuerda del filósofo griego Sócrates para identificarse con su frase de humildad: "Sólo sé que no sé nada".

La explicación de la dificultad para hilvanar unas ideas en concordancia con la importancia del tema, es así de sencilla: Cuando uno se acuerda de su propia madre para cantar a la misión de madre, quisiera que las palabras fueran tan altas y brillantes como para estar escritas con luz de estrella en la bóveda celeste. Y, a pesar de tan buenos deseos, sólo se le ocurren chorraditas aisladas: ¡Qué sonrisa!, ¡qué buen saber estar!, ¡qué abnegación!, ¡cuánto sacrificio!, ¡cuánto cariño!, ¡qué valentía!, ¡cuánta constancia!, ¡qué intuición!, etc. etc. ¡Ah!, se me olvidaba -o pretendía dejármelo por no parecer egoísta, que es otra cosa-: ¡Qué bien cocina/cocinaba! .

Aunque aún poseo la dicha de tener madre, amigos lectores, en mi alusión culinaria, me he visto obligado a utilizar el pretérito en combinación con el presente. Me explico: Cada lector es el destinatario de mis palabras y tal vez algunos ya no tengan la dicha de poseer madre aquí abajo. Si, por desgracia, fuera así, os animo a que cerréis los ojos y veáis a la madre a través de la fantasía. No tengáis miedo a soltar una lágrima con ese recuerdo Al revés, ofreced a la madre ese suspiro como un homenaje póstumo y os sentiréis aliviados, porque os sigue cuidando desde el cielo con el mismo cariño que ponía aquí en la tierra.

Como he reconocido no tener palabras de mi propia cosecha para homenajear a la madre, las he tomado prestadas. El autor de cuanto voy a transcribir es Monseñor Jara, Obispo de la Serena-Chile. He copiado el texto de la revista "El Promotor" número de mayo de 1996. Va por todas las madres de la comarca Odra-Pisuerga:

"Hay una mujer en la vida que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor y algo de ángel por nuestra incansable solicitud de sus cuidados. Es una mujer que siendo joven, tiene reflexiones de una anciana, y ya en su vejez, sigue trabajando con el vigor de la juventud. Es una mujer que siendo ignorante, descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio, y si es instruida, se acomoda a la simplicidad de los niños. Es una mujer que siendo pobre se satisface de la sencillez de quienes ama, y siendo rica daría con gusto su tesoro por no sufrir en su corazón las heridas de la ingratitud. Es una mujer que siendo vigorosa, se estremece con el quejido de un niño, y siendo débil, se reviste a veces con la bravura de un león. Es una mujer que mientras vive, no la sabemos apreciar porque a su lado todos los dolores se nos olvidan, pero, después de muerta, daríamos todo lo que tenemos y todo lo que somos por mirarla un momento, recibir de ella un solo abrazo, o un solo acento de sus labios... De esta mujer no me exijáis su nombre si no queréis que empape de lágrimas vuestro álbum, porque yo la vi pasar por mi camino.

Cuando crezcan vuestro hijos, leedles esta página, y ellos os dirán que un humilde viajero, ha dejado aquí el retrato de su madre". (Monseñor Jara, Obispo de la Serena-Chile).

Esta descripción literaria, amigos lectores, no es el retrato personal de mi madre, ni tampoco de la madre del Sr. Obispo autor del texto que he tomado prestado, es un retrato común válido para todas y cada una de las madres.



128- ¿QUIÉN MANDA EN EL MATRIMONIO?

En una ocasión, tenía que hablar de un tema muy importante con cierto matrimonio. Era una cuestión de esas que se debaten en familia y (con acierto o desacierto) se toma una resolución por unanimidad. Más menos, el padre no me consideraba válido para tener una relación con su hija. Por ello, escribí a esa familia una carta anunciando una llamada telefónica para 15 días más tarde. Yo había considerado oportuno dejar pasar la cantidad citada de espacio de tiempo para que el matrimonio acordará una contestación pues sabía que no coincidía la opinión de ambos conyugues.

En la fecha indicada, llamé por teléfono. Me contestó la esposa: era una señora muy amable y educada. Hablamos. Sus puntos de vista eran casi coincidentes con lo míos. En todo momento pensé que aquella opinión era la acordada por los dos componentes del matrimonio. Tras un largo rato de conversación telefónica y después de haber contrastado opiniones, ya iba a despedirme, cuando la señora me anunció la llegada de su esposo a casa.

Durante dos minutos, no oí nada a través del teléfono, y creí que un fallo técnico había cortado la línea telefónica: Evidentemente, la señora había tapado con la mano el receptor de voz del teléfono. Pasados esos minutos, sin saludarme y en tono muy descortés, el esposo me gritó una opinión totalmente opuesta a la de su esposa. Yo estaba totalmente desconcertado y sólo acerté a decir:

- Señor, usted me está diciendo lo contrario de lo que acaba de decirme su esposa.

Él dejó claro su autoritarismo con dos frases que descalifican a quien las dice:

- Mi esposa no tiene que hablar contigo: Sólo está autorizada a hablar por teléfono cuando yo no estoy en casa.

Luego añadió otras cuatro tonterías mayúsculas y me dejó más tambaleante que un boxeador tras un golpe letal. No podía replicar, porque aquel tipo se creía poseedor de la razón absoluta y estaba actuando con total desprecio hacia mi persona y su situación física... hacia su hija... hacia su esposa... y hacia todo lo que no fuese él mismo. Me despedí y, aguantando las lágrimas que ya rodaban por mis mejillas, me dije: "Pero bueno, ¿de qué jaula del zoológico se habrá escapado este tipo ?. Yo estoy seguro que los leones y los tigres son menos fieros, más educados y más sensatos".

En el sentido contrario del autoritarismo dentro del matrimonio, también hay mujeres empeñadas en llevar siempre la batuta de directoras de la orquesta. Para esta clase de mujeres, el esposo es un simple títere que baila al sonido musical que ellas deseen en cada momento.

Broma, broma, broma:

Aquel matrimonio estaba pasando las vacaciones de verano en una ciudad de la costa. El dolor de una muela había estropeado una previsible noche de diversión. Había resultado un derroche inútil tener dos entradas para el mejor espectáculo del lugar. El dolor no había cedido ni al enjuague de la muela con un par de copas de ginebra, ni a los efectos de la mágica aspirina que proporcionó el encargado del hotel. Ya por la mañana y camino de la playa, dijo la esposa:

- Mira Pepe, en ese letrero dice: "dentista". Vamos a entrar.

Ya dentro de la consulta, llegado su turno, la señora dijo al odontólogo:

- Queremos la extracción de una muela, pero tenemos mucha prisa. Por favor, no pierda usted el tiempo en poner anestesia.

- Señora, es usted muy valiente -replicó el Doctor-. En veinte años que llevo en esta profesión, jamás me han pedido la extracción de una muela sin aplicar anestesia. Pero siéntese ahí y enséñeme esa muela.

- Anda, Pepe - dijo la mujer dirigiéndose a su esposo -, siéntate ahí y enseña la muela al Doctor.



129- LA MUERTE

La muerte es un fenómeno seguro para todo ser humano. Nadie se ha escapado de ella y nadie podrá jamás escaparse a tal final. Aunque sea lo contrario de ella, forma parte de la vida. La Iglesia Católica recuerda esa seguridad de la muerte de una forma peculiar el miércoles de ceniza: "Polvo eres y en polvo te convertirás". A algunas personas la muerte les causa verdadero pánico: una angustia atroz. En ocasiones, afortunadamente las menos, es deseada. Malo es este último extremo, es una gran depresión, pero la situación anterior de olvidarla por completo teniéndola por irreal, viviendo como si fuéramos aquí eternos, tampoco es saludable. Casi siempre ignoramos la muerte, como si con nuestra ignorancia pudiéramos aplazarla o evitarla. Es la actitud más sana de las tres relatadas, pero no conviene perder de vista la sentencia de que hemos de morir, o convertirnos en polvo.

Alguna vez, y simplemente por pensar, he pensado en la hipótesis de una vida sin fallecimiento. Esa suposición termina por no caber en mi pensamiento. Sin ese final a la vida pendiente sobre nuestras cabezas como espada de Damocles, los hombres nos dedicaríamos a acumular riquezas a costa de quitárselas a otro ser humano. Ya lo hacemos, eso es muy cierto, pero entonces lo haríamos con más descaro y el problema llegaría hasta el infinito, haciendo inviable la existencia en el planeta. Sinceramente, ¿cuánto nos duraría de esa manera el mundo?.

No sé por que motivo, de siempre se ha pintado a la muerte esquelética y con una guadaña al hombro. El mayor desacierto en su descripción es ponerle género femenino. La pintan fría, trabajadora sin descanso, y hasta sorprendente: cuando menos se espera te suelta un "¡ven!".

Soy creyente. Desde ese punto se ve sentido a la vida y a la muerte. Las dos cosas van unidas. Ya lo dice Octavio Paz: "Si la muerte no tiene sentido tampoco lo tuvo nuestra vida". Es absurdo y hasta irreal buscar un sentido a la vida prescindiendo de la muerte. El cristianismo enseña que estamos en este mundo de paso hacia una morada definitiva. ¡Pero ah!, esta enseñanza no nos resuelve el problema de la incertidumbre. No lo evita porque la fe no es certeza, sino confianza. De todas formas, hoy creo ver la muerte con la serenidad dada por esa confianza de creer lo que dice la Iglesia en los funerales: "la vida no termina, se transforma".

Hace aproximadamente seis meses me encontré en una revista religiosa con un soneto de José Luis Martín Descalzo. Lo había escrito poco antes de morir. Encontré los versos tan expresivos que los anoté. Transcrito alguno: "Morir sólo es morir. Morir se acaba. / Morir es una hoguera fugitiva. / Es cruzar una puerta a la deriva / y encontrar lo que tanto se buscaba. // Acabar de llorar y hacer preguntas; / ver al AMOR sin enigmas ni espejos; / descansar de vivir en la ternura; / tener la paz, la luz, la casa juntas / y hallar, dejando los dolores lejos, / la Noche-luz tras tanta noche oscura".

He hablado antes de ver la muerte con serenidad. Eso es hoy. Mañana no sé cómo voy a verla. Probablemente, nadie lo sepa. Conozco a una persona que en tono jocoso suelta un pareado cada dos por tres: "Cuantos se mueren sin tener tos / y yo que la tengo no me lleva Dios". Sin embargo, es muy probable que a la hora de la verdad, cuando se acerque la expiración, todos temblemos ante la incertidumbre de lo que viene. Es que la fe ayuda a morir en la esperanza de una transformación maravillosa, pero no da seguridad completa sobre el más allá.

Confieso que los cementerios siempre me han sobrecogido y puesto la piel de gallina y los cabellos erizados. Recuerdo los entierros de mi pueblo. No asistíamos a ellos más de un centenar escaso de personas. El oficio de enterrador no existía. La fosa la cavaban los familiares. Pero, respetando el dolor de la familia, la tierra la echaban encima tres o cuatro voluntarios de forma que cuando el cura acababa los responsos por el descanso del difunto, la tarea estaba casi finalizada. Pues bien, esta misma labor muchas veces la han practicado amigos de mi edad entonces (adolescentes y jóvenes), pero yo nunca me encontrado con la fuerza suficiente de coger una pala. ¡Que no!.

A causa de las limitaciones de mi enfermedad, hace mucho tiempo que no acudo al cementerio a acompañar en el acto de dar sepultura a un difunto. Sin embargo, últimamente percibo un cambio en las costumbres. La asistencia a estos actos se ha incrementado. Sin duda, la principal causa del incremento es la facilidad para viajar concedida por el automóvil. Ya no son los entierros íntimos del centenar escaso de asistentes como en el pasado. El número puede llegar hasta el millar, además de los vecinos, los llegados desde otros puntos geográficos. Por contra a la mayor asistencia de personal, el acto pierde en sentimiento: La gente se saluda, se besa, se grita en el mismo camposanto. Da la sensación de no estarse a lo que se celebra. Es un cementerio católico, pero muchos asistentes se irán a su casa sin haber rezado un Padrenuestro completo por el eterno descanso del alma del difunto. A veces, esto me suena a hipocresía y a modas tontas. De verdad, da la impresión de querer reparar de muerto el olvido a que se ha sometido a una persona en vida.

Hace días, con la ingenuidad de los niños: "los niños y los tontos dicen las verdades", mi sobrina de nueve años hacía una pregunta relacionada con el tema tratado en el final del párrafo anterior:

- ¿Por qué todos cuando se mueren son buenos?.

Eso mismo me pregunto yo, aunque lo haga de otra manera: ¿Es necesario morirse para que a uno le reconozcan la valía?.

Cuando vivía mi difunta abuela materna, a menudo se reunían en casa varías señoras de edad avanzada. Yo siempre estaba ocupado en otras cosas y no participaba en los coloquios. Hablaba con las acompañantes de mi abuela lo normal: un saludo, una broma, un escuchar si se dirigían a mí, un responder con cortesía, pero nada más. Así recuerdo una conversación donde yo era un mero oyente:

En primer lugar, explicaré los antecedentes: La señora que hablaba, a la muerte de su marido, había renunciado a sus bienes en favor de sus hijos, y se sentía incómoda porque cada mes tenía que estar en la casa de un hijo. ¡Pobre señora, nuevas caras, nuevas costumbres, nuevos domicilios, nuevas poblaciones! Lanzaba una queja en forma de dicho asumiendo su responsabilidad en las consecuencias del hecho:

- Quien larga sus bienes antes de la muerte, merece que le den con un canto en los dientes.

Ignoro si las palabras, aunque lo parezcan, son un dicho. Tampoco sé si la respuesta que recibió de otra señora también lo es. De todas formas, es bastante rara, pero es muy expresiva:

- ¡Ah!, yo mientras viva lo mío es mío. Cuando me muera si quieren que me echen sopas en el culo.

No alcanzo a entender la respuesta en un sentido literal, sólo la encuentro razón de ser en un sentido figurado. Pero, cuando me muera, a mí lo mismo me da, pueden incinerarme, pueden tirar mis cenizas al mar o a la montaña, pueden sepultarme bajo tierra, o tienen mi permiso para repartir todos mis miembros para efectuar trasplantes. En sentido figurado, también pueden echarme sopas en el culo.

Para finalizar el tema de la muerte, añadiré una anécdota graciosa que me contó el cura del pueblo. Este señor cura estuvo aquí ejerciendo de párroco más de cuarenta años seguidos. ¡Casi nada! Estuvo desde que llegó aquí para ejercer su ministerio, hasta que dejó su actividad para ingresar en una residencia sacerdotal:

Por causas de trabajo de sus hijos, una feligresa en edad bastante avanzada procedente de este pueblo se trasladó a residir a otra población cercana que también estaba entre sus parroquias a asistir. Un día que visitó este cura a dicha feligresa, le dijo lo siguiente:

- Cuando me muera, no quiero que me entierren aquí, quiero que lo hagan en Villanueva.

- ¿Pero por qué señora "X"?.

- ¿Por qué? Porque yo no quiero que tiren mi cadáver a un charco.

La respuesta tiene su miga: El cementerio de aquel pueblo está ubicado en un lugar donde se filtra el agua. Cuando llegan las lluvias los huecos para las tumbas, si están abiertos, se llenan de este líquido.

Nadie sabemos el lugar de nuestra muerte. La señora "X" luego murió a 300 kilómetros de aquí.



130- EL OTRO MURO DE LA VERGÜENZA

(Publicado en Diario de Burgos el 25 ge agosto de 1996).

Cuando cayó el muro divisor de Alemania, algunos se las prometieron muy felices. Y sí, el suceso era importante. Fue un acontecimiento histórico, pero se pasaron al darlo dimensiones. Creyeron que con él, todas las murallas de la tierra habían caído. Y no. De eso nada. Y no me refiero en mi negación a la existencia de la gran muralla china, de 6.000 kilómetros de longitud, levantada en el siglo III a. C.. Al fin y al cabo, este monumento chino no separa a nadie. Todos los restos del pasado han de cuidarse y conservarse en memoria de cuantos pusieron allí su esfuerzo y su arte. Tampoco hablo en mi negativa de las murallas de la ciudad de Santa Teresa. Los monumentos son la historia viva de un pueblo. ¿Qué sería de Avila sin Murallas, de Segovia sin Acueducto, y de Burgos sin Catedral?.

Como estas murallas de hoy ya no separan a los hombres, tenían razón quienes magnificaron la importancia de la caída del muro de Berlín. Pues, no, no la tenían. Las murallas siguen existiendo: Porque existen muros físicos y barreras psíquicas. ¿No canta la simpática Ana Belén así?: " ¡Tum, tum! / ¿Quién es? / ... / Al corazón del amigo, / abre la muralla. /... / Al veneno y al puñal, / cierra la muralla".

Entre nosotros siguen presentes las murallas del odio y, sobre todo, de la indiferencia. Aseguramos sus puertas con siete llaves. ¿Paro? Cada quién que se las arregle como pueda. ¿Droga? Ese no es mi problema. ¿Hambre? Eso está muy lejos. ¿Guerra? ¡Allá ellos, que no se gasten el dinero en armamento! ¿Inmigración? Cada uno en su casa y Dios en la de todos. ¿Ancianidad? ¡A la residencia, que allí les atienden mejor! ¿Enfermedad? Mientras no nos toque... ¿Pobreza? ¡Qué trabajen! ¿Racismo? Yo no soy racista, pero si se acercan a mí, me tiznan. ¿Mendigos? Afean el panorama turístico.

Sí, hay algunas personas generosas, siempre abiertas al corazón del prójimo, para quienes no existen las murallas. ¿Y los demás? Nos lavamos las manos como Pilatos y de vez en cuando tenemos algún gesto positivo. Y sí está muy bien nuestro ademán, pero, ¿podría ser la verdadera intención tranquilizar nuestra conciencia?.

Aún así, las barreras materiales siguen existiendo. A veces, sirven como obstáculos de separación accidentes naturales. Por ejemplo, el estrecho de Gibraltar. A diario, los africanos arriesgan su vida para cruzar esta muralla de agua en débiles pateras huyendo de la miseria de sus países de origen en busca de los trabajos despreciados por los europeos. Lo mismo ocurre en la muralla del Caribe con tiburones incluidos. Algunos cubanos, en busca de una nueva tierra prometida, intentan saltar esta muralla arriesgándose a servir de alimento a los voraces peces.

No estoy loco, romper esas murallas no significaría allanar los océanos. Supondría luchar por un mundo de hermanos para que no exista la necesidad de saltar los mares.

Otras veces, las murallas están a nuestro lado y son más sutiles y hasta estéticas. Me refiero a los cristales de los escaparates de los comercios o al incesante bombardeo de los anuncios publicitarios. El consumismo no nos hace felices, sino prisioneros del deseo. Lo anunciado sirve para encender la mecha del antojo. ¿Y la parte de población cuyo nivel de vida no da para gastos superfluos, qué...? Y éstas no son murallas baladíes. En el salto por querer superar estas barreras del consumo se quedan millones de personas atrapadas en la delincuencia. ¿Pero son nuestros verdugos, o nuestras víctimas?.

Y tampoco se han acabado las barreras físicas. El muro de la vergüenza sigue existiendo. Yo le llamo de la vergüenza porque debe producir sonrojo hablar de él. Hace muy poco me enteré de su existencia. ¡Asómbrense!:

En la frontera que separa México de los Estados Unidos, de vigilancia, hay un policía por cada 60 metros a lo largo de los 285 kilómetros fronterizos. Además, a la altura del Estado de California, hay una barrera de acero de tres metros de alta y 24 kilómetros de larga. Éstas son las últimas medidas de Estados Unidos para frenar la inmigración ilegal mexicana a su país.

¿Creían ustedes que el muro de la vergüenza ya no existía? Ahora no son separaciones de ideologías, como el ex-muro alemán, existen barreras anti-pobres.



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