
Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.
Sumario: 91- La necesidad agudiza el ingenio. 92- El espíritu de las leyes. 93- Política y
desbarajuste. 94- "Las delicias". 95- Prohibiciones provechosas.
En su manía de la puntualidad, los ingleses se aferran a la sentencia: "el tiempo es oro". Los españoles aprovechamos el dicho y añadimos unas palabras con gran sentido del humor: "el tiempo es oro... y el que lo pierde es bobo". Nuestro añadido es muy ingenioso, pero poco caso hacemos a esas palabras. Ya sería bueno tener para nosotros al menos la décima parte de la precisión en el tiempo que utilizan los ingleses.
Cuenta un chascarrillo que un turista británico, en su visita a nuestro país, estaba de paseo por el campo. En lugar de disfrutar a tope del sol y del verdor primaveral, andaba obsesionado con la puntualidad para una cita que tendría lugar tres horas más tarde. En vez de complacerse en el bello paisaje, estaba todo preocupado porque su reloj de pulsera se retrasaba cinco minutos diarios. Cuestión de minucias diríamos nosotros los españoles, pero cada uno es cada uno. Y este señor de nuestra historia era inglés de pura cepa y, por tanto, tenía mentalidad inglesa. Nuestro turista andaba embebido en sus pensamientos. Reloj, tiempo, puntualidad, cita, ocupaban todo su pensar. En esas cosas tenía entretenida su cabeza, cuando se encontró con un granjero que estaba pastando sus vacas.
- What time is it? -demandó el turista en su lengua natal.
- ¡Pero qué coño dice este tío colorado, como un cangrejo guisado! -replicó en voz alta el granjero-. A ver, poco a poco, despacito y buena letra, como dice el Matías. A ver si me entero de lo que dice. Si no parlare usted cristiano, yo no capiscar.
- Ah, yes! -dijo al momento en su tonillo particular el inglés que además de ser un perfecto caballero, también sabía hacer sus pinitos en nuestro idioma castellano-. Mí pedir-r perdón por no hablar-r idioma de usted, yo preguntar-r qué hora ser-r.
- ¡Ya!. ¡Eso ya es otra cosa!. Pues hombre, haber empezado por ahí y no por esos parloteos suyos. ¡Espere un momento!, que ahora mismo se lo digo.
El granjero corrió una docena de metros, hacia la vaca más cercana, la tocó las tetas, y, al instante, respondió:
- La una menos cuarto.
- ¡Mer-r-villoso! -exclamó el turista después de comprobar que su reloj de pulsera marcaba la una menos veinte y añadir mentalmente los cinco minutos que atrasaba-. Cuando yo contar-r a mi mujer-r y a mis amigos inglés que en España tocar-r teta a una vaca y saber-r hora exacta, no creer-r historia. ¿Usted poder-r decir-r mí cómo hacer-r lo?.
- Sí señor. Es muy sencillo de saber. Esto no tiene ningún secreto. Acérquese p'acá y verá que fácil es.
Se acercaron a la vaca en cuestión, el granjero hincó la rodilla en tierra y con la mano hizo un gesto al inglés para que se agachase también. Luego, continuó con las explicaciones:
- Mire, ¿sabe usted?, desde este mismo punto, si nos agachamos y elevamos ligeramente la ubre de la vaca, se ve el reloj de la torre. Lo ve usted allí debajo de las campanas: La una menos cuarto, exactamente.
Bueno, esta clase de historietas va encaminada a buscar una sonrisa más que a darnos una moraleja. No obstante, aunque no se trata de extraer conclusiones, según los entendidos en la materia, la necesidad agudiza el ingenio. ¿Será eso?.
Un amigo mío culpa de todos los males de España al Ministerio de Justicia. Le llama, sin reparos, Ministerio de Injusticia. No lo afirma de una forma gratuita: Tiene sus motivos, más, o menos, válidos. La validez o no, hoy no voy a discutirla, porque cada cual tiene sus propias razones o sinrazones. Yo no sabría muy bien tomar partido escuchando sus exposiciones. Estoy indeciso. Las afirmaciones de mi amigo me parecen muy fuertes. Por un lado, me parece un Ministerio de no mucha importancia para achacarle tanto mal. Claro, jamás he tenido problemas a resolver por la Justicia. Tampoco mis familiares cercanos. Por otra parte, según veo por las noticias, algunas personas, sin trabajar en ellos, no salen de los Juzgados. Unas veces son los acusados y otras, los acusadores. La cosa es armar pleitos, sea como fuere. ¿Será por figurar? A mi juicio, más de la mitad de las veces, la auténtica causa de estar en los tribunales de justicia es la pura y simple cabezonería de no querer ceder ni un milímetro..
Hace unos diez días, una persona, familiar lejano, venida desde el extranjero precisamente para un juicio, nos hizo una corta visita a nuestra familia. Le saludé y le hice la misma pregunta que, sin indicar afanes de curiosidad, se hace siempre, con ligeros variantes.
- ¡Hombre! ¿Cómo por aquí?.
Nos contó íntegramente el rollo de su visita. Cierto que el relato del asunto resultaba embarazoso de oír pues conocíamos a la parte contraria (que también eran de nuestra familia), pero como parecía estar desahogandose, le dejamos hablar sin interrupción. El motivo del viaje desde su domicilio en el extranjero era un litigio con un hermano por la propiedad de una casa vieja, sin apenas valor. En las pasadas vacaciones de agosto, la parte contraria le amenazó con haber puesto el caso en manos de un abogado del que muy pronto tendría noticias. A lo que nuestro hombre contestó:
- Ya me buscaré yo otro abogado mejor. A ver cuál de los dos se da más prisa por llamar, el tuyo en llamarme a mí, o el mío en llamarte a ti.
Cuando la citada visita terminó de exponer todo el caso, no me pude callar y, por otra parte, me creí obligado a calmar la fogosidad de sus palabras ida a más durante el relato y a darle un consejo que a mí me parecía muy sensato:
- Si a ti, como estás diciendo, no te interesa la casa por su escaso valor, y a él tampoco le interesa, ¿para qué os metéis en berenjenales?.
- Sí -me respondió-, pero los hijos dicen que me gaste cuanto haga falta, pero ése no se lleva la razón.
"Si es así... sólo por eso" -pensé- "¡allá vosotros!. Yo no tengo nada que añadir".
Nunca me atrevería a ser juez o a formar parte de un jurado. Lo he reconocido alguna vez. Es realmente difícil. Aunque no pretendo darlo una lectura textual, "no juzguéis y no seréis juzgados" dice el evangelio. Lo que ocurre es que juzgar no es tan sencillo como fiarse de una opinión y lanzar un veredicto a la ligera. Ni siquiera habría de juzgarse un hecho aislado, sino con todas las circunstancias anteriores al suceso. Ya se hace en forma de atenuantes, se podrá decir. No exactamente. Si pudiéramos intercambiar todas y cada una de la circunstancias de la vida entre el mismísimo Sr. Juez y el delincuente hasta los momentos anteriores al caso juzgado, ¿se habría producido el hecho?, ¿quién de los dos hubiera sido más honrado? Esa apreciación es imposible matizarla para los hombres.
Según mi amigo, el mal funcionamiento de la Justicia no depende de la interpretación de las leyes, sino de la elaboración de las mismas. Es decir, no es un problema jurídico, sino legislativo. Yo, por el contrario, no concedo tanto valor a la letra de la ley como a su espíritu. Personalmente, creo que se debiera prestar más atención a la intención del delincuente y menos a las letras del código jurídico. Por eso, me sorprendo, me irrito y me sonrío con ironía, se me escapa un gruñido de risa, cuando, porque no lo contempla en sus líneas la ley, oigo algo muy común en la actualidad: "No. Eso no está tipificado como delito". Un ejemplo:
Cuando se editó el nuevo catecismo, que aún no me he molestado ni creo que me moleste en leer, quienes no saben de ese asunto y se confiesan no creyentes, con el único afán de criticar, enumeraban pecados contemplados en el texto, calificándolos de nuevos, y de no figurar otros antes existentes. El catecismo es orientativo. Y lo de menos es que los autores se acordaran de incluir en el texto esta falta o se les olvidara contemplar la otra. Todos sabemos lo que está bien o está mal, digalo, o no lo diga, la letra del nuevo catecismo: Porque esa ley se reduce a dos cosas: Amar a Dios y amar al prójimo. Luego se puede reducir más aún si se escucha a San Pablo: "Quien dice amar a Dios, y no ama a su hermano, es un mentiroso".
Hoy, 23 de noviembre de 1994, fijándome en un caso venido en la prensa, voy a dar la razón a mi amigo. Se trata de la detención en Madrid del presunto asesino de dos taxistas madrileños. Es un inmigrante ilegal, de nacionalidad marroquí, con una orden de expulsión y, además, 17 antecedentes. Para mí, lo de menos es que sea inmigrante ilegal. Tampoco tiene importancia la nacionalidad marroquí. ¡Todos somos hijos de Dios y tenemos igual derecho a vivir bajo el sol! Pero... me lleno de preguntas: ¿Cómo se puede matar a dos personas por 25.000 pesetas, que ese fue el móvil, el robo, cuando otro Sr. por su cara bonita estafa 2.000 millones y se los lleva a Suiza? ¿Cómo puede estar por la calle un Sr. con 17 antecedentes penales y una orden de expulsión?.
Para contestar a la primera pregunta habría de buscarse respuesta entre las injusticias sociales y la degradación moral de la persona. Pero... para buscar una causa a la degradación moral de la persona, habría de buscarse otra vez entre las injusticias sociales. Es un círculo vicioso. En definitiva, todos somos un poco culpables. Ahora se entenderá mejor el párrafo de este mismo escrito, donde reconocí mi falta de atrevimiento a juzgar.
En respuesta a mi segundo interrogante habría preguntado a la policía. Pero... hubiera sido inútil, ya lo ha hecho por mí el periodista que, a través de la prensa, informaba de la noticia.
- La policía -dice el Delegado del Gobierno- apresa delincuentes, pero la libertad, o no, la conceden los jueces.
Entonces, preguntaría a los jueces, pero ya lo han hecho también por mí los reporteros de televisión.
- Los jueces -afirma un Sr. Juez- sólo aplican la ley.
Entonces, ¿qué pasa?, ¿la ley es mala?.
¡Asombrese ustedes, esto funciona así!: La policía apresa a un inmigrante ilegal. Un Juez dicta una orden de expulsión, señala un plazo, y hasta ese día señalado le concede la libertad. Antes de que se acabe el tiempo, el inmigrante, que no es tonto, comete un delito. Otra vez es apresado. Otro Juez, distinto del primero, señala al inmigrante una fecha para presentarse ante el Juzgado... mientras llega el día del juicio, le deja en libertad y, lo más grave, queda aplazada la fecha de expulsión hasta después de la de presentación a juicio. O sea, que el inmigrante, si no quiere que le echen del país, esta abocado a cometer una cadena de delitos menores que aplacen la resolución de expulsión. ¡Delitos menores... hasta que se canse y les cometa mayores o hasta que entre en un camino de delincuencia sin retorno!.
Si la ley incita al delito, ni es ley ni es nada. Es una chapuza. Quien dijo que "el que hizo la ley... hizo la trampa", no estaba del todo desencaminado.
He tomado mucho el sol este verano, pero confío en la protección de la bisera para no acabar con la sesera frita. Por tanto, no creo que el excesivo calor me haya atontado la cabeza como para ver rollos donde no existen. Sin embargo, por estas fechas ando muy confuso don los acontecimientos de la actualidad. Cada día entiendo menos la política y oyendo las noticias de corte político siento como si me diera asco y hasta me mancharan. Es cierto que me siento pequeño, solo y olvidado. Sin embargo, no soy ningún anarquista que quiera ir por libre por la vida. En realidad, sólo me pasa que no entiendo el poder y me resulta imposible comprenderlo.
Esta incomprensión mía debe de ser muy grave, pues no veo la diferencia entre poder democrático y poder dictatorial. Veo únicamente una distinción a la hora de llegar al poder: Los unos llegan por las urnas, los otros por gracia de no sé qué revoluciones. Mi visión está confusa no en la forma de llegar al poder, sino en la manera de ejercerlo. El hecho de pasar por las urnas no debiera justificar del todo un proceder gobernando. No vale llegar a un Gobierno y dedicarse a asegurar el voto para otras elecciones para sí o para el partido, en lugar de buscar el bien común como sería lo ideal.
Para comparar poderes, yo, casi con total seguridad, imagino que un dictador ganaría unas elecciones en su país si se presentara como candidato, pues, no en vano, tienen un poder de caudillaje. Tampoco existe diferencia en un control del poder. Todos los países democráticos o no, tienen un parlamento, un congreso, un foro, un soviet, o un sanedrín, un sitio donde debatir cuyo nombre depende del lugar donde se encuentre. ¿Pero eso funciona...? Pues no lo sé. Lo cierto es que por llegar al poder se pierde el culo, incluso en los países democráticos, y cuando se llega al sillón de mando se pierde el sentido común: Se vive prisionero de partido, de revoluciones, de ideales, de resultados de próximas elecciones, de encuestas de votos, de asegurarse una permanencia en el poder, de qué sé yo, pero se deja de ser individuo que razona por sí mismo en beneficio de una cosa impersonal llamada partido
Todos estos razonamientos contados aquí pueden parecer excesivos y descabellados. Tampoco son fruto de una locura del momento. Están respaldados por las últimas noticias internacionales. En política se suele dar la razón a la parte donde se va el corazón. Es decir: se crítica a quien no caiga bien, y se alaba a quien se tenga más cerca de las ideas, el sentido común para enjuiciar cuenta muy poco tratándose de estos temas. Para mirar la política se suelen usar gafas de colores partidistas.
La primera noticia para respaldar cuanto digo, trata de la polémica surgida en torno a Cuba. Y yo trato y trataré de adoptar una posición neutral en este lío.
Por un lado tenemos al poderoso Clinton, abanderado de la democracia, en el país de la democracia, eso dicen los entendidos. Por otro el barbudo Fidel, abanderado de la revolución, de un país con dictadura, eso dicen las plumas de los periodistas cuando escriben sobre este país del Caribe. Por un tercer lugar van cincuenta mil balseros cruzando el océano sobre unas tablas y unos viejos neumáticos de camión hacia no sé dónde, eso si no les comen los tiburones en la travesía. El "hacia no sé donde" esta dicho porque cuando llegan a un sitio los devuelven al origen.
Entretanto, el demócrata Clinton y el dictador Fidel siguen con su partidita de cartas sin importarles un bledo los cincuenta mil seres humanos que se juegan la vida entre las olas y los tiburones del Caribe. Y, aunque parezca de risa, juegan en serio, a todo... o nada, pero juegan con el futuro de los cubanos.
- Esta partida no te la llevas Fidel.
- Da otra mano y ya veremos. ¡Por mis barbas que no me ganas! La baraja da gusto a todos.
- ¡Qué manía tienes con los puros, Fidel! No hagas tanto humo, así no hay quien respire a pesar del aire acondicionado. ¿Cómo quieres que me concentre?
- Precisamente es eso lo que no quiero que hagas. Es mi baza psicológica. Pero, callate y no te quejes, ¿me meto yo, acaso, con tu wisky? Ni siquiera es tuyo: es Escocés. Da otra mano y calla.
- Envido a grande.
- Cuatro más, y van seis.
- Las veo.
Así estábamos (yo era una araña que colgaba del techo del salón de juego enmoquetado en rojo por capricho de Fidel que apuraba un sorbo de "cuba-libre"), cuando entró bruscamente un subsecretario y arrojó sobre la mesa el ejemplar de un ABC donde se podía leer en portada: "Cuatro cubanos muertos al intentar traspasar el campo de minas de la base de Guantánamo".
- ¡Joder! -gritó Fidel dando un fuerte puñetazo en la mesa-. ¡Cuántas veces he de decirte que no molestes cuando estamos reunidos!
- ¿Ves, Fidel?: si esto aquí en Cuba es normal. En democracia. Como la de USA, no pueden interrumpir una reunión, todo se hace siguiendo un protocolo. Allí, el personal de seguridad tiene orden de no dejar pasar a nadie. En democracia los subsecretarios siempre tienen obligación de decir que los políticos estamos de reunión. Trae acá ese periódico. ¿A ver quién ha ganado la liga de la NBA?.
- ¡Menos mal que este gilipollas no sabe Español y no se ha enterado del titular de la portada! -dijo Fidel en Castellano con acento Caribeño, para después continuar con su macarrónico Inglés.. Quita ese puñetero periódico fascista Español de la mesa y da otra cartada.
- ¿Decías? -preguntó Clinton.
- No. Nada. Es que cuando lanzo juramentos no doy con las palabras adecuadas en idioma yankee.
Ellos siguieron jugando a las cartas, yo seguí pacientemente tejiendo mi tela de araña, y los cubanos siguieron pisando minas en Guantánamo y buscando una falsa tierra prometida navegando en sus "suntuosos yates" hechos con tablas y viejos neumáticos de camión y "dando de comer" a los hambrientos tiburones con su propia carne.
Se me podrá decir que Fidel es un testarudo. Se me podrá añadir que el Clinton se cree el amo del mundo. Ambas cosas son muy ciertas. Sin embargo, es más cierto que ninguno de los dos dará su brazo a torcer. Ambos se creen en posesión de la razón. Los balseros son juguetes en manos de dos locos. ¿Quién estará más...? Citaré una frase del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro: "La locura no consiste en carecer de razón, sino en querer llevar la razón que uno tiene hasta las últimas consecuencias". ¿Será los casos de Fidel y Clinton...? ¡Pobres cubanos!.
No he contado un hecho aislado. Según el refrán: "en todas las partes cuecen habas, y donde no... a calderadas". Para justificar mis confusiones en materia política, contaré otra historia sucedida este mismo verano en otro país pionero en esto de la democracia. Me refiero a Francia, el país vecino, el de la "liberté, egalité, fraternité". Se trata de la extradición desde Sudán a bombo y platillo del venezolano Carlos, alias Ilich no sé qué, extremista y revolucionario de izquierdas acusado de varios asesinatos. Hasta aquí todo correcto.
Lo que ocurre es que el tal Carlos está jubilado y hace más de diez años no ha cometido ningún delito. Para colmo, le han vendido, como a Nuestro Señor Jesucristo (sin ánimo de comparación), le han cogido cuando estaba anestesiado esperando una operación quirúrgica y extraditado a Francia. Uno, que no es del todo tonto, aunque lo parezca, se pone a jugar a los detectives. Busca un móvil para esta pintoresca operación. Sólo hay uno: mejorar la imagen de la Justicia francesa. ¿Y el precio...? ¡Ah, eso puede ser cualquier cosa! Caso cerrado.
Pero no. No está cerrado. Resulta que aparece en escena INTERMON que es una ONG (organización no gubernamental). Esta ONG me ha echado una mano dándome pistas en mi caso detectivesco. Parece ser que el precio por extraditar al inactivo Carlos es ayuda al Gobierno de Sudán en la lucha contra los rebeldes guerrilleros del sur del país, lo que, según la ONG, provocará más muertes en seres humanos y más hambre. ¡Pobres sudaneses! Eso dice INTERMON... A mí me encaja perfectamente. ¿Otra película de detectives...? No, gracias, prefiero las del oeste... pero, si no hay ninguna... deme una de romanos...
28 de septiembre de 1994.
Sr. Juan Esteban:
No nos conocemos de nada. Con fecha de hoy, miércoles, 28/9/1994, aparece en el periódico Diario de Burgos una breve carta firmada con su nombre. El texto de mi alusión, lo titula usted: "Las delicias...". No estoy totalmente de acuerdo con el contenido de su escrito. En realidad no es mucha la diferencia existente respecto a nuestras ideas. Me parece muy bien cuanto cuenta en sus líneas, pero no encuentro justa la forma de exponerlo.
El hecho de no conocernos en absoluto, no quita nada para existir entre nosotros pequeñas discrepancias y exponerlas sin gritos como personas civilizadas. Yo, como lector del periódico, ya me he leído su artículo. Ahora, le correspondería a usted leer mi opinión al respecto de su texto. Gustosamente me dirigiría a usted en privado, pero no será posible por faltarme una dirección adonde dirigir mi carta. No siendo posible esta correspondencia íntima, como no tengo ningún afán de protagonismo y ni siquiera defiendo ninguna ideología, evitaré la comunicación a través de las páginas del periódico. Por ello, utilizaré su nombre para lanzar mi opinión al viento en un comentario que usted ha iniciado. Ya sé que hacer esto no es frecuente, pero de todo ha de haber en el jardín de la vida. Y no, no estoy mal de la cabeza.
En verdad y como a usted, me resulta patético el "espectáculo de los balseros (cubanos) que huyen de su patria a riesgo de tormentas y tiburones". Y lo digo sin ninguna parcialidad política y con la sola pasión de ver a unos seres humanos luchando contra las olas en presencia de esos voraces "pececitos" esperando su naufragio. Ningún ser humano puede desentenderse de cuanto le pase a su prójimo por lejano que sea el suceso. Y, como la verdad no se puede decir sólo a medias, yo me pregunto: ¿esos seres humanos encontrarán la libertad que creen van a hallar al final de su aventura marítima, o también son engañados por falsas ilusiones?.
De la misma forma y siguiendo su relación, resultó conmovedora la huida de: "vietnamitas en frágiles botes de los que la mitad no llegaban a su destino", y de los "albaneses buscando la costa italiana", y de los chinos huyendo, "incluso a nado, hacia el puerto de Hong Kong", y, entre alambradas y minas a "los ciudadanos de la Alemania Oriental cuando huían hacia Occidente". Aun reconociendo estas grandes verdades suyas -y las reconozco- y confesando -y también lo confieso- mis nulas simpatías por el comunismo, a mi juicio, usted no cuenta en su carta más que una cara de la moneda. ¿Por qué? Me explico: Para empezar, en su relación se olvida usted de un caso muy similar a todos los contados en su texto y, además, mucho más cercano. No son comunistas. Son los africanos que cruzan, cuando pueden llegar, el estrecho de Gibraltar en débiles pateras.
El comunismo sólo ha generado hambre y desesperación a partir del cambio de la situación económica del mundo entero. Sin embargo, no es bueno olvidar que no es ni mucho menos el único causante del hambre y de la desesperación del planeta. Hay muchísimos países en completa pobreza cuya causa es más achacable al capitalismo que al comunismo. Y no hace falta salir al exterior para comprobar el hambre y la desesperación del Tercer Mundo mientras se pudren nuestros excedentes. Además, la injusticia del capitalismo también se ve al lado nuestro: Junto a nosotros camina el llamado Cuarto Mundo, es decir pobres extremos junto a ricos. No llevaba razón Pío XI al definir al comunismo como "intrínsecamente perverso". Y por supuesto, como cualquier otra ideología, el comunismo tiene sus partes positivas y sus partes negativas.
Ocurre que los hombres somos imperfectos a la hora de poner en marcha cualquier régimen político. Nadie habla de sistemas mejores, sino de menos malos. Cualquier método de gobierno es mejorable y, al contrario, puede caer en el vacío debido a un vicio o mala utilización del poder. Sin embargo y como utopía, la parte del comunismo donde todos los hombres son iguales es mucho más bonita que la del capitalismo donde unos pueden poseer todo y otros nada. Sin embargo, la puesta en práctica mediante imposición y terror es una barbaridad. No obstante, ese mismo objetivo es el ideal de los cristianos. La diferencia es que nosotros quisiéramos esa igualdad por una hermandad. Y también fallamos, fallamos muchísimo. Y mientras el capitalismo vea al hambre con indiferencia, no se podrá afirmar que es mejor que el comunismo.
Usted afirma: "Es decir, los que han experimentado las delicias del comunismo, lo detestan". Es verdad. Pero, como en toda su carta, no cuenta más que una cara de la moneda, es mentira También se hartarán un día quienes viven al lado del capitalismo sin participar de sus "delicias". La caída del muro de Berlín no ha supuesto el entierro del comunismo. El comunismo, o cualquier otro régimen semejante, puede volver cualquier día. Sólo hace falta que quiebre un poco el capitalismo y los oprimidos del mundo se tomen la revancha. En resumen, no ha fallado el comunismo, sino la forma de ponerlo en práctica.
No siempre en la vida avanzamos en línea recta. Las más de las veces caminamos en zig-zag, de extremo a extremo. La historia ha sido injusta con el comunismo. Por esa inercia de cambiar al cabo opuesto, parte de los desmanes cometidos por el comunismo, se deben a los extremos adoptados por el régimen inmediato anterior. No es justo cargar las penas exclusivamente sobre Fidel, olvidándose de Batista, ni culpar sólo a comunistas rusos y olvidarse de la desigualdad del régimen de los Zares, o culpar a la revolución comunista china olvidándose de las condiciones anteriores del Imperio.
En esta línea aludida de zig-zag, hoy parece imposible, pero no sería descabellado, pensar en un fracaso del capitalismo donde los pobres se tomasen la justicia por su mano acudiendo al extremo opuesto. Entonces, serían tan culpables, o tal vez menos, los pobres de su extremismo como el capitalismo del suyo por abuso. Y este abuso no es ciencia ficción, sucede ya, las dos terceras partes de la población del mundo no poseen casi nada, ni comida suficiente. No se rebelan porque las armas las poseen los ricos. Es por tanto una tiranía a la fuerza. Posiblemente, algún día del hambre hagan su mejor arma: no les quedará nada por perder.
En historia, con respecto al futuro, no hay nada escrito. Es difícil acertar con análisis el porvenir. Uno a uno, han caído todos los grandes imperios de la tierra sin poderse prever su caída un siglo antes. Uno de los riesgos bélicos actuales está en los nacionalismos exaltados. Si alguien, hace un siglo lo hubiera advertido en un pronóstico de los nacionalismos al estilo actual, le habrían tratado de loco. Igualmente, hace un centenar de años hubiera resultado una aventura de locos hablar de integrismo islámico. Hoy resulta un acto de soberbia creer que la paz mundial es cosa hecha. Porque la paz se basa en la justicia, algo que falta. Cualquier orden internacional que no tenga a la justicia por principio, resulta una imposición.
Hace algún tiempo en una conversación con un misionero en el Zaire, me decía lo siguiente: "Hace poco me decía un anciano nativo que cuánto mejor estaban con los belgas, aunque andaba el látigo listo, por lo menos sobraba comida". No voy a justificar el látigo de los belgas, nada más lejos. Es sólo un síntoma de añoranza que voy a utilizar como comparación: Contra cuanto usted da a entender en su texto, no creo que en la antigua URSS estén mejor con el capitalismo actual que con el antiguo comunismo. Es cierto que la mala situación se hereda de la anterior, al igual que la precedente se heredó de otra primera. Las noticias de allí y eso es comprobable en cualquier periódico, hablan de un deterioro económico y moral superior a la etapa comunista. Por tanto, el capitalismo no es superior al comunismo. La superioridad no está en la ideología, sino en la forma de llevarla a cabo. Quizás, muchos de los ciudadanos de la antigua URSS ya exclamen como el nativo zaireño: "¡Qué bien estábamos con el comunismo, comíamos todos y todos los días!".
Quede bien claro que a mí el comunismo me cae gordo, pero a cada quien se le debe dar lo suyo. De la lectura de su artículo y por comparación, se puede extraer la conclusión de que el capitalismo es el ideal perfecto. De eso nada: La bondad o maldad de las ideologías no reside en sí mismas, sino en la forma de llevarlas a la práctica y hasta ese detalle dependería del extremismo de la ideología inmediata anterior.
23 de abril de 1995.
Sr. Javier Marías:
Un saludo.
No nos conocemos personalmente. A usted no le es posible estar enterado de la existencia de mi persona. Nada se pierde, dicho así casi entre paréntesis. Yo, hasta hace bien poco, lo confundía con un tal Julián Marías, filósofo y escritor. Por fin me he enterado de que usted es ganador de no sé qué premio literario de novela, y Julián Marías es su padre. Disculpe mis malentendidos.
Hace tiempo que tenía ganas de responder, para mí mismo, a uno de sus artículos del Suplemento Semanal". No era fácil encontrar un tema entre sus escritos para contestar, y menos citando frases textuales, como acostumbro. A pesar de su edad juvenil, parece "perro viejo" escribiendo: sabe muy bien eludir comprometerse. ¡Qué diferencia con su vecino de página, Arturo Pérez Reverte! Ése sí va directo al grano, arriesgándose con sus palabras, sin ningún miedo. Usted utiliza un lenguaje ambiguo, como diciendo: ¡A mí que no me pidan cuentas! Por fin, elegí para contestarle el artículo sobre la prohibición de las drogas del 19 de marzo de 1995. Por entonces, yo estaba liado con otras actividades. Por tanto, guarde la página en un cajón para mejor ocasión.
Posteriormente, también a través de la revista "Suplemento Semanal" en el artículo, 9/4/95, titulado "Máquinas del tiempo", me he enterado de su preferencia por la máquina de escribir sobre el ordenador. ¡Usted se lo pierde! Quienes no tenemos demasiadas ideas, preferimos a la cantidad, dar al escrito a base de corregir cuanta calidad, más bien escasa la mía, nos permite nuestra cultura. El ordenador nos es imprescindible para modificar y modificar. Introducimos cambios constantemente. Unas veces, para bien y otras para mal. "A mí me gusta que las piezas encajen a la primera", me decía un maestro ebanista. "Usted es un genio en lo suyo", respondí. ¿Lo es usted? Yo no, por eso prefiero el ordenador.
Sinceramente y sin ánimo de molestar, no me gusta su estilo de escribir. Las frases me parecen excesivamente largas. A veces, en sus escritos, he contado hasta cinco "que" entre punto y punto. Yo me pongo malo cuando introduzco dos frases seguidas conteniendo la partícula "que". Mi crítica no quiere decir nada. Para gustos pintan colores. Otros lectores pueden estar encantados con su estilo de escritura. De todas formas, si usted se siente a gusto, los demás estamos pagados. Porque, eso es lo importante: sentirse cómodo en la propia piel. Y si prefiere la máquina de escribir pues siga utilizándola. ¡Por mí!.
Ya en contestación al articulo "Prohibiciones provechosas", en mi modesta opinión, no sé si es usted un idealista ingenuo y desconoce el problema de la droga. Dice verdades a medias. Y cuando las verdades no son completas acaban siendo mentiras. Por tanto, no digo aquí que usted mienta. ¡Allá usted con su verdad! Pero, la suya, no es mi verdad. Y, por supuesto, en eso sí estoy de acuerdo con usted: en calificar de dañinos al alcohol y al tabaco. Si se cayesen esos dos cielos, a mí, al menos de momento, no me pillarían debajo: Vamos, no soy adicto a ninguna de esas dos drogas, ni olerlas.
En su escrito, parte usted de un dicho muy bonito, pero del todo irreal: "Cada cual tiene derecho a hacer con su salud lo que le parezca". Esa expresión de aparente libertad sólo sería media verdad. Eso no es real en ningún campo de la vida. El hombre, quiera o no, es un ser social. En cuanto a la droga, también es así. Ya se trate de droga legal o ilegal, nadie es independiente para sólo perjudicarse a sí mismo. Por ejemplo, un alcohólico: destruye su hogar, es un riesgo conduciendo, pronto o tarde habrá de tratársele médicamente siendo un peso para la sociedad. Por ejemplo, un heroinómano: dañará gravemente a cuanta familia conserve con él unos lazos de cariño, será un peligro en la calle, pues necesita un dinero para pagar su adicción y no reparará en la manera de conseguirlo, sea como sea, y la sociedad ha de preocuparse por él y por su salud, y si no lo hiciera, mal hecho. Déjese usted de frases bonitas que, en la realidad, nunca son verídicas. Parece como si quisiera hacer un canto a la libertad. Y, se equivoca. Porque, jamás puede haber libertad si no hay responsabilidad. Es así de sencillo. No llamará responsables a quienes se dañan a sí mismos y dañan a los demás. En su artículo, ni siquiera comprende que la droga, por naturaleza, nunca podrá entrar a contabilizar dentro de la libertad. Pues, uno de los efectos es anular la personalidad y dejar enganchado. Por tanto, quien caiga en ella, dejará de ser libre para convertirse en cautivo de su adicción.
Desde luego, la prohibición no
resuelve el problema. Pero, ¿lo
resolvería la legalización? No. Al
contrario. No sea ingenuo. La gente
tenemos tendencia a confundir legal
con bueno. Además, usted tiene una
visión falsa de la droga. Cae en un
error muy usual: considera la droga
como un vicio a secas. Y no, no es
eso. En el noventa por ciento de los
casos la droga es una enfermedad.
Existen una serie de antecedentes
que no es posible ignorar: pérdida de
valores, ausencia de cariño,
procedencia de barrios marginales
deficiente educación, futuro negro, etc. Esas son las verdaderas causas y no las enumeradas por
usted: querer probar lo prohibido y buscar la emoción de la clandestinidad. ¿La solución sería
legalizar? ¡Que va! La única solución contra la droga es ofrecer, con hechos, auténticos valores,
horizontes más limpios, y un futuro más claro. La comparación que hace con la Ley Seca de
Estados Unidos no se ajusta a la realidad. No es comparable. Usted quiere comparar los efectos
de prohibición de una materia permitida de toda la vida y prohibida circunstancialmente con
sustancias prohibidas desde que han entrado en la sociedad.
Legalizando, en contra de cuanto dice usted, no se haría ningún daño al narcotráfico. Les dañaría mientras los narcotraficantes hicieran un reajuste. Pero, nada más. "...el producto bajaría de precio, cuenta usted en su artículo, y las organizaciones clandestinas tendrían mala supervivencia. Es lo último que éstas querrían. ¿Por qué, entonces, se sigue haciendo precisamente lo que ellas quieren?". Al contrario, de cuanto usted dice. ¡Qué más quisieran ellos! Tras una liberalización, se les convertiría en honrados importadores. Después, con su escasa moralidad, ya se encargarían ellos de reorganizar un monopolio poniendo y quitando droga a su antojo hasta que alcanzase los precios deseados.
"Si los ciudadanos, dice usted, piden algo, la solución no es nunca negarles la posibilidad de tenerlo, porque eso lo logran sólo las dictaduras brutales y no enteramente". Otra vez dice una verdad a medias al relacionar deseos del pueblo con forma de hacer política. Siempre existen limites. La bondad de una cosa no está en función de ser deseada por el pueblo. En la Revolución Francesa, el pueblo deseaba sangre humana. ¿Era, por ello, bueno matar a todo quisque? En el nacismo alemán el pueblo quería una raza pura. ¿Era por ello bueno esterilizar disminuidos, o matar judíos? En ninguna democracia podrá identificarse lo bueno con los deseos del pueblo aunque sea votado por mayoría. Imagínese que mañana en España, el pueblo vota en mayoría a un partido racista empeñado en eliminar extranjeros. ¿Sería por ello bueno cazar negritos como si fuesen liebres? Pues, no, no sería bueno.
También dice: "Si las drogas fueran legalizadas, podría informarse con más libertad y credibilidad acerca de ellas; quienes quisieran desengancharse no tendrían que arrostrar el elemento de vergüenza social que a veces dificulta su decisión". En lo de la información no veo diferencia para poder realizarse y en lo de arrostrar la vergüenza no lleva razón. Y, para demostrarle que no es la ilegalidad la causa de la vergüenza, le pondré por ejemplo una droga del todo legal, el alcohol. El alcohólico difícilmente admite su adicción. Por tanto, la vergüenza no reside en la legalidad o la ilegalidad de una sustancia, sino en saber que se está obrando mal y perjudicando a los demás. La vergüenza sólo se evitaría haciendo creer que drogarse es bueno. Y entonces, ¡que Dios nos coja confesados! Porque, ¿sabe?, si algún día, yo llegase a la conclusión de que la droga es buena, hasta yo mismo me haría adicto a la cocaína o a la heroína. Y para que no cite la clandestinidad como la causa de la drogadicción, le daré mis motivos: Mi vida no es un lecho de rosas.
Como ve, apenas hemos estado de acuerdo. Pero, discrepar no es discutir. Su verdad no es la mía, nada más. Yo he matado mi tiempo en contradecirle. No tengo ninguna intención de enviarle mi carta. Pero, aunque la leyese, no existiría ninguna razón para ofenderse. No obstante, le pido perdón por utilizar sus palabras para hablarme a mí mismo sobre el tema de la droga.