
Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.
Sumario: 86- Adopción de niños por homosexuales. 87- Honradez. 88- Huelga. 89- "¡Olé por la
solidaridad!". 90- Increíble... pero cierto.
Yo no sé si algunos de los llamados progresistas habrán perdido el norte en su brújula. Porque progresar queremos todos, pero hace falta saber adónde vamos. No basta caminar a ciegas. Si vamos con los ojos cerrados, el porrazo será mayúsculo. Estos líderes del llamado progreso, intentan lavar todo su fracaso de gobierno con medidas estridentes: Cuanto más llamativas, mejor. ¿Pero han perdido el juicio? Puestos a hacer el tonto, les daré una idea para sus leyes: Propongo la obligación de celebrar en el Parlamento una sesión al mes en ropa interior. Por lo menos, el pueblo español se divertiría comparando los calzoncillos de Felipe González con los de José María Aznar. Tampoco es de olvidar la alternativa del modelo izquierdista de Julio Anguita, ni, por supuesto, la suave lencería de los modelitos femeninos de las señoras diputadas.
A lo que iba: Tengo todo mi respeto por los homosexuales. Esa tendencia a la hora de buscar afecto puede resultar inevitable para determinadas personas. Quien esto suscribe utiliza una silla de ruedas. Si los marginados no somos solidarios entre sí, ¿quién va a serlo con nosotros? No se me ocurriría oponerme a la convivencia entre personas de mismo sexo si les une el amor. A mí no me hacen ningún daño. Ni siquiera me podría colorado por ver besarse en público a dos seres humanos del mismo género.
¿Pueden los homosexuales formar una familia? ¿Y por qué no? Familia, según el diccionario, es "un conjunto de gente que vive en una casa bajo una misma autoridad". ¡Visto así...! Ahora bien, una cosa es que Papá Estado legalice esa unión entre homosexuales concediéndoles iguales derechos a los de otras parejas que no han tenido o podido tener hijos, eso es comprensible, y otra, bien distinta, es concederles el derecho de adoptar niños.
Esto último me parece una barbaridad. Es querer enmendar la plana a las leyes de la naturaleza que dicen que los niños vienen de la unión de dos personas de distinto sexo. ¿O eso era antes de la llegada de esta clase de leyes? Así ha sido y así será. Las cosas naturales no se pueden cambiar. Y si se cambian, no podemos implicar a un niño en los experimentos.
Hay noticias de risa. Son como si quisieran rellenar con ellas el tiempo de un noticiario. Son reseñas ridículas, como si su contenido fuera destinado a hacer menos indigesto el bocadillo de las crónicas de sangre y terror. Son como si los informadores necesitaran meter un poco de falsa lechuga entre guerra y guerra. De esta clase es este breve comentario que anoté en mis apuntes oído en el informativo nocturno de la televisión el día 27 de enero de 1994:
"En Inglaterra, se niega la adopción a una pareja solicitante porque la mujer fuma cinco cigarrillos diarios. Lo primero, aducen los responsables, es la salud del niño, y el humo puede producir asma". Se queda uno perplejo al oír estas cosas. Y el comentarista explicaba así las palabras anteriores: "Como hay tantas parejas en espera de adoptar hay que elegir con sumo cuidado". "¡Cuántas cosas ridículas hay que oír!", pensé.
No soy fumador. Y, aunque, a la hora de la verdad, me calle por respeto, como enfermo que soy me molesta físicamente el humo del tabaco. Aun así, no puedo condenar al infierno a quienes fuman. Pero por esa absurda regla de tres aducida por los responsables ingleses de adopción, invalidarían a más de la mitad de la población femenina para ser madre. No obstante, algo hay muy cierto en esta noticia ridícula, es la explicación del comentarista.
Es insultante negarle ese derecho de adoptar a un niño a una pareja normal porque ella fume cinco cigarrillos y concedérselo a una pareja homosexual. Como si convivir con unos padres homosexuales no pudiera hacer más daño a un niño que el hecho de fumarse la madre cinco unidades de tabaco. El daño psicológico en el niño producido por la relación anormal de los padres puede ser evidente. ¿Cómo va a reaccionar el niño cuando se dé cuenta de que sus padres no son iguales a los de los demás compañeros? ¿Cómo encajará las risitas de los otros niños cuando sus padres del mismo género vayan a buscarle al colegio de la mano? Y eso, sin contar el posible efecto psicológico causado por la relación día a día de sus padres.
Uno cree en el amor. Uno cree que en esta vida lo importante es el amor. Uno cree que el Amor lo justifica todo, porque el Amor es la Ley, pero uno no cree que el amor lo justifique todo. Explico la aparente contradicción de mi juego de palabras: Una cosa es el Amor perfecto, y otra, el amor imperfecto. Y somos humanos. Si el amor imperfecto lo justificara todo, ¡a la calle todos los autores de crímenes pasionales! Ellos mataron por amor.
A todo esto me pregunto: ¿y los derechos del niño qué? Como decía el comentarista del telediario, y además es constatable por las listas de espera tan largas que algunas parejas solicitantes de adopción, tras cinco años de impaciencia, se cansan de esperar y dan marcha atrás: "Hay tantas parejas en espera de adoptar, que hay que elegir con sumo cuidado", ¿qué pintan aquí las parejas de homosexuales?.
Yo no puedo asegurar nada con garantías de llevarme la razón. Cada caso puede ser totalmente diferente e imprevisible: cada hombre es un mundo aparte. Nadie puede prever la reacción de una persona como para generalizar. Es posible que el niño adoptado por homosexuales sufra alteraciones psicológicas, o no. Como es posible que el niño adoptado por la madre fumadora sufra de asma, o no. Sin embargo, lo segundo me parece un riesgo muy escaso. Lo primero me parece un riesgo mucho mas real. De todas formas, yo jamás negaría el cariño a ningún niño. Si hubiera más niños en adopción que parejas dispuestas a adoptar, no negaría ese derecho a los homosexuales. ¡Pero las cosas eran como están!.
¡Vaya usted a saber! En este cúmulo de despropósitos y loca carrera por tomar medidas cuanto más llamativas, mejor, hasta pueden conceder prioridades de adopción a las parejas homosexuales. ¡Vaya usted a saber, repito! ¿Dónde estarán en este asunto los derechos del niño?.
(Publicado en Diario de Burgos el 26 de abril de 1995).
En el número del mes de julio, la revista "Reader's Digest" daba a sus lectores un artículo interesante sobre la honradez de los europeos. Muy ingenioso. Consistía en la narración en torno a lo sucedido con 200 carteras abandonadas (hipotéticamente perdidas) en veinte ciudades europeas. Las billeteras, aparte de una cantidad de dinero, contenían fotos e identidad y número de teléfono del propietario. El juego se fundamentaba en comprobar la conciencia de los ciudadanos siguiendo la pista del monedero hasta saber si existía, o no, devolución del hallazgo.
La ciudad de Burgos ha sido la única representante de nuestra España en la citada prueba europea. Los burgaleses hemos dejado en buen lugar la honradez de los españoles. Siete carteras devueltas de diez pruebas no es mal bagaje. Es un notable. Un pleno de diez es muy difícil de conseguir. Un ocho, o un nueve, hubieran estado mejor. Pero en un país donde la corrupción es noticia diaria y parece que quien no roba es porque no puede, devolver siete carteras de in total de diez es todo un éxito.
Los números del desenlace de la prueba, además de ser procedentes de una estadística muy corta, no parecen muy de fiar. Cada persona es un mundo. Si se repitiera la prueba en la mismas ciudades sometidas a comprobación, seguro que no saldrían los mismos resultados. Por tanto, queda muy bien como un juego, pero no como prueba sociológica con resultados a tener en cuenta. Sea como fuere, los burgaleses hemos salido bastante airosos de esta pequeña trampa.
En este juego, los países nórdicos han sido los más honrados. En Oslo (Noruega) y Odense (Dinamarca), restituyeron diez de diez. En Lathi (Finlandia) devolvieron ocho de diez. En Leeuwarden (Holanda), en Estocolmo (Suecia), en Stuttgart (Alemania), y en Viena (Austria), obtuvieron los mismos resultados que nosotros los burgaleses: siete carteras devueltas. Por contra, hubo resultados muy deficientes: En Weimar (Alemania) y en Lausanne (Suiza), sólo reintegraron a su dueño dos de diez. En Ravena (Italia) tres de diez. Y en Milán (Italia) y en Viseau (Portugal), sólo devolvieron cuatro de diez. En general, hubo devolución en el 58 por ciento de los casos.
De las palabras de los honrados ciudadanos que se tomaron la molestia de devolver el hallazgo se llega a la conclusión de que su honradez ha sido un valor inculcado en su familia, y además, con buenos ejemplos. Tras la lectura de los resultados de este divertido juego podemos hacernos algunas preguntas personales: ¿Qué educación verbal y ejemplar hemos recibido de nuestros mayores para comportarnos con honradez? ¿Qué valores trasmitimos de palabra y qué ejemplo damos a los menores cercanos a nosotros? ¿Cuál sería nuestra actitud si cualquier día halláramos una cartera de este tipo? ¿La devolveríamos o nos quedaríamos con ella?.
Tampoco puede ser representativo el resultado, ni mucho menos puede serlo por la módica cuantía incluida en las billeteras (aproximadamente 5.000 pesetas en moneda nacional). Eso está bien claro, a mayor cantidad, mayor tentación. Sin embargo, en el texto se llega a la conclusión de que es más honrada la gente sencilla. Así se cita a dos inmigrantes en Suiza y a dos extranjeros (oriundos de Zambia y de Somalia) en Londres. De estos últimos se dice textualmente: "dos africanos que encontraron y devolvieron inmediatamente las carteras dieron a los ingleses una lección de honradez". Y no cito esto como replica a quienes como estrategia desmoralizante futbolera dicen que los españoles llevamos bigote para parecernos a nuestras madres, ni tampoco como venganza por la derrota de fútbol ya consumada. Lo digo por romper una lanza en favor de quienes son marginados por llevar distintos rasgos físicos a los nuestros.
El 1 de mayo, en Madrid, un argelino de 29 años, Miloud Khedari, nos daba a los españoles lecciones de honradez y humanitarismo. Por socorrer a una joven maltratada con violencia en un anden del Metro, fue arrojado a la vía al paso del convoy. Como consecuencia, hubo de sufrir la pérdida de un ojo y la amputación de una pierna. Llevemos, o no, bigote, ganemos o perdamos en el mítico estadio de Wembley de Londres, también a los españoles nos dan lecciones de honradez los inmigrantes extranjeros.
Uno nunca ha tratado con abogados. Tampoco ha pisado jamás en ningún juzgado. Ni ha estado en comisarías de policía, ni en cárceles, ni en aeropuertos, ni en notarías... Pero, de acudir a despachos de médicos, por desgracia, sabe un montón. Los médicos generalmente me han tratado con suma amabilidad. Conmigo, han ido más allá de cuanto supone realizar un trabajo a secas. En el trato han aportado una gran dosis de humanidad. Y, si se han equivocado en diagnósticos o en tratamientos, porque errar es de humanos, lo han hecho con toda la buena voluntad del mundo. Por lo tanto, no se malinterpreten mis palabras vertidas a continuación: no podría decir nada en contra de quienes ejercen esta profesión en cualquier puesto. Y como también he pasado por hospitales, hago extensivo mi elogio a todos los demás encargados de velar por nuestra salud.
Nada tengo, pues, contra la actual huelga de médicos del Insalud. Nada tengo, tampoco, contra su petición de incremento salarial. Digno es el obrero de su salario. Y probablemente, se merecen la mejora solicitada. Se podría poner en tela de juicio el método para revindicar ese incremento. Y más, cuando somos los pacientes los perjudicados en este conflicto. No obstante, el derecho de huelga está recogido en nuestra Constitución. Y, si los médicos cumplen todos los servicios mínimos exigidos por la ley, están en su perfecto derecho a manifestarse, y los demás, salvo resignación, no tenemos nada que alegar.
Yo no discuto el derecho a
reclamar una mejora. Tal y como
está montado este tinglado
(sociedad), pedir es casi una
obligación. Ya saben: "niño que
no llora, no mama". Y el dicho
se cumple con todas sus letras: si
no lloras, te ignoran, como si
fueras tonto o no existieras. Y lo
malo es que en este rollo, la
madre nunca sale beneficiada
cuando hay hijos sufridos. ¡Si así
fuera! Aquí, siempre hay
mamoncetes mangantes que se
llevan lo que sobra y lo que falta, o, mejor dicho, lo que falta, y por eso, nunca sobra. Tampoco
discuto la forma de realizar la petición. Al contrario. Es duro reconocer que se pongan
reivindicaciones materiales por encima del dolor de las personas. Pero, por el sistema de atar a
los médicos al deber con el enfermo, estarían siempre a merced de cuanto quisiera disponer la
Administración para ellos. En cambio, sí discuto la razón aludida para solicitar esa mejora: que
existe un agravio comparativo con los profesionales residentes en otras Comunidades
Autónomas. Creo que un colectivo culto, como los médicos, debiera tener a menos esgrimir ese
motivo. La razón puede ser de justicia, pero, a la hora de la verdad, es tan pobre como absurda,
porque siempre habría personas tanto arriba como abajo para buscar comparaciones.
Ayer, se conocieron los datos, sobre el primer trimestre de 1995, de la Encuesta de Población Activa (EPA), a mí de siglas no me hablen: 3.647.580 desempleados, 983.800 hogares con todos los miembros de la familia desempleados, un 23,52 por ciento de la población activa en el paro. Si fuera por agravio comparativo, estos trabajadores en paro forzoso tendrían razones más que suficientes para montar una huelga (manifestación) de las de mearse la perra, por no decir de echarse a temblar todo quisque, sin excepción. ¿Para hacer huelga es necesario tener la sartén por el mango? Como lo médicos, o los pilotos de Iberia, por ejemplo. ¿O los parados no tienen representación sindical? Pues no... a na nadie le importan un pimiento.
A mí ya no me extraña nada en este mundo. Hace algún tiempo que me plantee la existencia de la solidaridad, y llegué a la conclusión de que no existe. Sí, hay que reconocerlo, existen al respecto algunas pinceladas de gran belleza, pero esa existencia es una excepción para confirmar la regla de la inexistencia.
Iberia durante los años pasados ha sido la niña bonita de las empresas españolas. Era una empresa boyante donde sus trabajadores eran seres privilegiados en cuestiones de salarios en España. Aparte de la buena marcha del negocio, sabían montarse los conflictos y tenían la sartén por el mango. Cada Semana Santa, aprovechando la mayor afluencia de viajeros en los transportes por aire, había huelga de controladores aéreos, pilotos o azafatas. Mientras en otras empresas, a nivel económico, había vacas flacas, en Iberia aún había pastos para alimento del ganado. Y, sin embargo, ahora que se anuncia una recuperación económica en todas las empresas, en Iberia se han secado los prados que mantenían gordas a las vacas. ¿Qué ha pasado para que de la noche a la mañana se produzca este cambio repentino contrario a la marcha de la economía?.
Pues yo no sé de dónde viene ese cambio en la marcha económica de Iberia. No soy entendido en la materia. Hay quien acusa a la dirección de la empresa de mala gestión. Hay quien achaca la mala situación de la empresa a haber efectuado en el extranjero inversiones poco rentables hechas por motivos políticos. Sea como fuere, ahí está la amenaza de quiebra de Iberia. Lo único cierto es que, aunque hubiera sido la causante de los errores, la dirección no va a pagar los platos rotos. Como siempre, serán los trabajadores quienes paguen la pena. Para la reflotación de la empresa se amenaza con el despido de 5.200 trabajadores. ¡Casi nada!. Como solución, los Sindicatos de los trabajadores, o mejor dicho los trabajadores a través de sus Sindicatos, en acuerdo con la dirección de la empresa, han decidido acortarse el salario un 15 por ciento para sanear la empresa a cambio de que ésta sustituya los despidos anunciados por un número menor de bajas incentivadas. ¡Bien por los trabajadores de Iberia!.
La solución no sería del todo justa. Reducir salarios en un único tanto por ciento no parece una medida del todo equilibrada. Quitarle un 15 por ciento al escaso sueldo de una limpiadora (poco más o menos, 1.500.000 anuales) puede causarle muchas dificultades para llegar a fin de mes, mientras ese mismo tanto por ciento restado al salario de un controlador aéreo, mermaría sus ingresos, pero nunca produciría en él una penuria económica del tamaño de la de su compañero/a de trabajo.
Pero llegó el colmo solidario. "¡Olé por la solidaridad". Llega el colectivo de pilotos de Iberia (un escaso 7 por ciento del personal de la compañía) y dice que ellos no aceptan esa reducción del 15 por ciento que han pactado el grueso de sus compañeros trabajadores horas antes (1/12/1994). Dicho así, puede parecer una opinión diferente hecha desde puntos de vista distintos. Pero, comparen cifras. ¿Saben cuánto cobra un piloto? Pues 19.700.000 pesetas anuales. Y, si el piloto tiene el grado de comandante, puede alcanzar los 28 millones, e, incluso, los 32. "¡Olé por la solidaridad".
Cuento otra historia distinta para reforzar mi tesis de la inexistencia de la solidaridad. Hace muy pocos días en el telediario TVE-1 de las tres de la tarde, mientras comíamos, dieron en la tele como noticia la victoria de la selección española de hockey sobre patines sobre la selección de Rusia por un tanteo de 72 goles a 0. Sin ser muy entendido en materia de deportes, me di enseguida cuenta de tamaña barbaridad en cuanto a cantidad, pues es un tanteo escandaloso. "¡Bah!, se habrán equivocado al dar la noticia", pensé. Pues no, no se habían equivocado. El locutor televisivo, como siendo consciente de haber dicho algo increíble, aclaró y desmintió mi pensamiento añadiendo nuevos datos. Y, hablando de la consecución de un récord, dejaba clara la inexistencia de error en la emisión de tal noticia deportiva.
- ¡Jo! -exclamé yo ante mi padre-. ¿Pues quiénes eran esos rusos? ¿Eran ciegos, estaban dormidos, o no sabían de qué iba eso del hockey?.
El 3, o el 4 de diciembre, por una carta de un particular publicada en el diario ABC me enteré de todo lo sucedido en aquel partido de hockey: Al parecer, los jugadores rusos no tenían más que tres pares de patines. Y por tanto, sólo podían permanecer en el campo un equipo ruso de tres hombres. A mí, como al informador en ABC, se me ocurre haberles prestado los patines de repuesto de los jugadores españoles para que los rusos pudieran haber mantenido en pista un equipo completo de hombres. Pero no. Ya no era sólo un deporte, un juego. Ya ni siquiera se trataba de conseguir una victoria, o, por el contrario, encajar una derrota. El auténtico objetivo era apabullar al adversario y, de paso, conseguir un tanteo para figurar entre los récords del famoso libro ese, Guiness, o como se llame. ¡A mí me daría vergüenza! "¡Olé por la solidaridad!".
Relataré otra historia más a favor de la inexistencia de la solidaridad: Hace unos días llegó a mi casa de visita un matrimonio con un objetivo concreto. La visita no era para mí, sino para mi hermana, pero ello no es motivo para desentenderse. En una familia todos los miembros han de atender a los visitantes con corrección sin hacer distinción según quien sea el visitado. Las mujeres se dedicaron a los asuntos objeto de la visita: revisar las fotografías de una boda. Mientras, él se quedó charlando conmigo.
Yo conocía a este Sr. de vista y siempre habíamos tenido un trato amable y muy familiar, pero desconocía por completo su ideología política. Sacamos a conversación el tema de la cultura del pelotazo (que no es ningún juego de pelota moderno, sino un enriquecimiento rápido). Yo hacía una clara diferenciación entre legalidad y ética. El pelotazo, aun siendo legal, no es ético. Mi interlocutor ignoró por completo mis matizaciones. No quiso entrar en mi campo de la ética. Explicaba así el enriquecimiento rápido:
- Mira, en la construcción y en otras actividades empresariales es fácil enriquecerse. Nosotros (un colectivo que no quiero detallar) estamos vendiendo la pieza X que vale 60 pesetas a 1.200 pesetas.
Al no querer ver el tema desde mi punto de vista, prescindiendo totalmente de si es o no ético, no insistí más. Pasamos a otro tema de los que se hablan cuando no hay otra cosa de qué hablar: la economía en general.
- En España -afirmó él- en la actualidad se vive muy bien.
- Oye -le advertí yo, en buenos modos-, ¡que hay tres millones de parados!.
- Sí, ya -me contestó-. Pero hay solidaridad. Existe la subvención por desempleo y la subvención por ayuda familiar...
Entonces me cabreé, lo confieso. Comencé a hablar antes de que él hubiera acabado su frase.
- Calla -me dijo aludiendo a mi interrupción.
- ¡Cómo que calla! Cállate tú -dije yo-. Acabas de decirme que cobráis la pieza X que vale 60 pesetas a 1.200 y luego, para presumir de solidarios, le dais a un joven en paro un limosnita de ayuda familiar. ¿Para qué? ¿Para que no diga nada? ¿Y a eso lo llamas tú solidaridad?.
"¡Olé por la solidaridad!".
A mí, el haber sido brusco con un invitado, me costó una reprimenda por parte de la familia. Pero hay cosas por las que no se pueden pasar por alto.
La televisión suele ser un buen entretenimiento para quienes tienen o tenemos un exceso de tiempo libre. Sin embargo, sólo tiene efectos de pasatiempo cuando uno se deja llevar como un tonto sin opinión propia o se decide prescindir del propio criterio y aceptar el que impongan desde el aparato colocado en un ángulo del salón. Si no es así, y uno no se deja llevar, en muy pocas ocasiones se siente comodidad ante el televisor. Yo, que sin el menor inconveniente, me defino como un bicho raro, lo tengo claro con la televisión: Pocas veces me siento a gusto con la programación. A veces, las más, no pasan cinco minutos sin que la caja tonta me recuerde algo desagradable. Me recuerda, además de mis circunstancias físicas, eso que he dicho antes: que soy un bicho raro. Ante el televisor, me siento como un extraterrestre venido de otro planeta lejano y olvidado aquí en la tierra por los tripulantes de la nave espacial en la que vino. Lo encuentro todo extraño: ¿A eso lo llaman humor? ¿De qué demonios se ríen? ¿De qué mundo hablan éstos? ¿Serán más raros que yo?.
Todo se mueve por el dinero en este cochino mundo. Y no es negativo moverse por el dinero cuando es un aliciente. Lo malo es que el dinero sea en la vida el único motor.
Moviéndose por el dinero, el mayor anunciante publicitario televisivo es la programación de la propia cadena. Pero no se anuncian con la buena intención de mantener informado al espectador de cuanto podrá visionar para su entretenimiento. No, no se tratar de ese noble fin, con estos anuncios se intenta conseguir la captura de la recepción del telespectador. Esta captura irreverente, simplemente para hacer del espectador un número, tiene la única pretensión de convertir a los telespectadores en cifras para ascender la cuota de audiencia. A su vez, éstos guarismos se convierten en una mejora monetaria de las condiciones de los contratos publicitarios que nutrirán la base presupuestaria de la cadena televisiva.
Yo, escuchando algunos anuncios me parto de risa: entre otros productos anuncian adelgazantes, champúes personalizados (¿qué será eso?, ¿será alguna persona que te lava la cabeza) crecepelos, remedios para curarlo todo, almohadas antirronquidos (será un antídoto contra el divorcio), etc. Los anuncios cierran el círculo convirtiéndose en poder económico, dinero al fin y al cabo.
En estos anuncios publicitarios de autopromoción de la programación había oído la existencia de un nuevo programa: "No me lo puedo creer". El spot acompañado de imágenes decía entre otras cosas: "Si este hombre de la cámara te hace una foto, la fortuna está cambiando en tu vida". Para más chunga y escarnio ajeno, el tal hombre de la cámara era un enano. A continuación, en breves palabras se hacía una síntesis del contenido del programa: Se trataba de una broma gastada a alguien con la colaboración de un amigo o familiar, y es captada por las cámaras para luego ser trasmitida a los telespectadores.
"¡Bah", me dije, "un tonto que hará el ridículo para entretener a otros tontos!". Y, como siempre, pasé por alto fijarme en el horario de emisión y, por tanto, no permanecí atento al reloj para conectar con el programa anunciado, eché el anuncio en saco roto.
En mi libreta de notas no tengo apuntada la fecha correspondiente al día del suceso. Sin embargo, por la fecha de notas anteriores y de las posteriores podría ubicarla, sin apenas margen de error, en la segunda quincena del mes de Julio. Me había pasado toda la tarde dibujando. Había mirado repetidamente el reloj de pared, y en mis cálculos entraba acabar la lámina antes de cenar. Estaba trabajando un poco, como los ciclistas, contrareloj. Pero... surgió un imprevisto: Llegó mi padre a casa, dijo estar muy cansado y pidió la cena para acostarse enseguida. Era una hora menos del horario habitual de la cena. Mi madre improvisó unos huevos fritos y unas salchichas y puso la mesa. Ante la llegada de los platos, hube de recoger mis utensilios de dibujo. No dejé ver mi contrariedad por no poder lograr mi propósito de acabar la lámina de dibujo y me puse a cenar con los demás. Como de costumbre, mientras la cena, mi padre encendió el televisor.
Allí en pantalla estaba el famoso "No me lo puedo creer" con su broma. ¡Pero, qué broma! Ni los demonios del infierno las gastan tan pesadas: La supuesta victima de la broma acudió a un bar en compañía de su hermano, previsible cómplice de la bufonada. Todo normal. Pidieron una consumición y se enrollaron con la camarera. Al poco tiempo entra en el local una pareja de presuntos atracadores con sendas escopetas de cañones recortados. Después de algunos gritos de intimidación, el varón de los atracadores se quita una cazadora de colorines y ordena ponérsela al bromeado al tiempo que le coloca su gorra.
- ¡Ponte esto!
- ¿Pero, por qué he de ponerme yo esto? -protesta la persona objeto de la broma.
- Tú calla y póntelo, porque si no te pega un tiro el policía cuando entré, te lo voy a pegar yo si no te lo pones -le responde el atracador.
Entra en el local un policía, pistola en mano, y pregunta por el último en entrar en el establecimiento.
- Éste ha sido-afirma el atracador señalando con el dedo al bromeado.
Entra una señora, la supuestamente atracada, y sentencia señalando a la persona objeto de la broma:
- Éste ha sido, lo conozco por la chaqueta de colores.
Entonces sale el enano ataviado con una gabardina ridícula y portando una cámara de fotos antigua, para más inri, y anuncia que se trata de una broma. Y todos los presentes se parten de risa, también el hermano cooperador de la bufonada. Todos, menos la persona objeto de la broma que se queda más blanco que una patata por dentro y aún tengo la duda de si estará asustado todavía cuando escribo estas líneas. También es mala leche colocar a un enano con la cámara de fotos como si también los espectadores hubiéramos de reírnos de los defectos ajenos. ¿Se ríen los telespectadores...? Creo que sí. Eso es lo malo.
Al final del concurso, cada broma está pagada con un importe fijo de cien mil pesetas y opta a un premio entre tres bufonadas de un millón de pesetas.
Me hacen esta broma a mí, y no acaban todos, hasta el director del programa, en el juzgado porque como dice el refrán castellano: "no hay mejor desprecio, que no hacer aprecio". Sobre el importe en metálico, la mía sería una respuesta despectiva. No escribo la contestación completa por no manchar mi escrito. Sería algo de "os lo podéis meter por...". Se puede adivinar: "A buen entendedor pocas palabras le bastan".
¿Pero aquí quién es el raro? ¿Seguiré siendo yo? ¿Es que este mundo se ha vuelto loco...? ¿O es todo entero un montaje simulando una broma y nos toman el pelo, o pueden cargarse de un infarto a la supuesta víctima?. Ambas cosas serían inadmisibles.
Para finalizar con unas gotas de humor mi comentario, contaré un chiste relacionado con la ¿aparente? locura:
"Érase un inspector médico que fue a cumplir con su trabajo de inspección a un manicomio. Encontró a un loco que llevaba una carretilla arrastrando. Es decir: llevaba la rueda hacia arriba. Y se decidió a llamarle la atención:
- Oye, tú. Llevas la carretilla al revés. La rueda se debe llevar abajo, en el suelo.
- ¡Sí, sí! -le contesto- ¡Que se cree usted eso! Así la llevaba yo cuando estaba afuera. ¿Y sabe qué hacían...? ...Me la cargaban de ladrillos y luego me decían: ¡anda, tira...!. Ahora por lo meno, así, nadie puede cargarme ladrillos".
Eso pasa aquí: nunca se sabe si los locos son los de dentro o los de fuera... nunca se sabe si los locos son los que montan el circo, o los locos somos los que no pasamos por el aro.