Negros nubarrones en el horizonte.



Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Sumario: 61- La mala educación. 62- El empleo. 63- Enamorarse. 64- De presuntos y otras cosas. 65- La estatua del General Martínez.



61- LA MALA EDUCACIÓN

No es lo mismo una mala educación que una educación mala. Es evidente. Del mismo modo, tampoco es lo mismo un pobre hombre que un hombre pobre. Un pobre hombre es un hombre insignificante. Mientras, un hombre pobre es quien carece de medios económicos suficientes para vivir con desahogo. No es igual colocar el adjetivo delante del sustantivo que ponerlo detrás.

Volviendo al tema de la educación, se puede ser un mal educado con tres carreras universitarias. Sin embargo, se puede tener una educación exquisita siendo un analfabeto. Entonces, ¿la mala o la buena educación es hereditaria como los genes? ¡No hombre! Tampoco es eso. La buena o la mala educación es un conjunto de medidas aprendidas de cara a comportarse ante los demás: Por ejemplo, decir un gracias a tiempo. Y la educación buena o mala es una cantidad de cosas aprendidas para ocupar un puesto en la vida: Por ejemplo, saber ecuaciones aritméticas. Lo primero se aprende en cualquier contacto con los demás, desde muy niño. Lo segundo se aprende en las clases del colegio o de la escuela. Los entendidos llaman a esta clase de educación, enseñanza. Pero, es un error, que pagaremos muy caro, desligar de la enseñanza el enseñar a comportarse ante los demás. O, de lo contrario, estaríamos haciendo hombres-máquinas.

En los momentos actuales estamos haciendo uso de una pésima educación. Expresarme así no son cosas de mí pesimismo. Lo dicen todos. Además, salta a la vista. Expresiones como "gracias", "perdone", "disculpe", o "por favor", han caído en un desuso total. Y no hablemos del tratamiento de usted, ese no ha caído en favor de íntimo tuteo. Eso, en ocasiones, sería bueno. No, no se trata de tuteo: Como si fuese lo más normal del mundo, te pueden llamar "viejo", "carroza", "tronco», o "tío", sin ser ningún título de parentesco.

Contaré algunas anécdotas de mi vida:

Desde que apenas tuve cuatro años, cuando le contestaba a mi abuelo con un "sí", a secas, me decía lo siguiente:

- Cuando vaya a Villadiego, te voy a comprar un "síseñor" con las patas coloradas.

Yo, como era tan pequeño, no comprendía. No podía comprender. Creía que un "síseñor" era algún animal: Porque, lo de patas coloradas me recordaba a las perdices. Hubieron de pasar un par de años y escuchado lo mismo muchas veces, para poder entenderlo. No se trataba de ninguna oferta de regalo. No era ningún "síseñor". Era una contestación "sí-señor" lo estaba echando en cara no haber dado. ¿Y lo de patas coloradas? Era puro adorno.

Hoy, al abuelo los nietos le tratan de tonto y de bobo como si fuera lo más natural del mundo.

En 1981 pasé un mes internado en un hospital de la Seguridad Social. Allí me encontré con un anciano. Este amable señor me contó, en plan de queja, algo, aparentemente absurdo, pero con mucha miga:

- Yo -me decía él-, antes, cuando me levantaba por la mañana, daba los buenos días a los nietos. Como a mi pregunta "¿has descansado?", me contestaban nada más "yo, bien", sin interesarse por mí, dejé de preguntarles nada.

De verdad, es decepcionante interesarte por alguien, y que ese alguien no se interese por ti. El cuestionario completo, invariable a lo largo de los tiempos, ya no creo que siga vigente era como sigue:

- Buenos días. ¿Has descansado?

- Bien. ¿Y tú?

- Bien. Gracias a Dios.

Son puros formularios, pero denotan un interés mutuo.

A mí, me pasan más gordas que al viejecito. Si doy los buenos días a los sobrinos, ni me contestan. Me ignoran por completo. Es como si hubieras hablado a una pared. ¿Y ya para qué voy a seguir con la costumbre?.

Hace algunos días, en una carta a Diario de Burgos un señor mayor se quejaba de esta manera:

Por algunas circunstancias me veo obligado a tomar el autobús en el horario de acudir los niños a los colegios. Cuando abren el autobús, si no me aparto, los chicos me atropellan. Cuando, al fin, subo, los asientos están todos ocupados. Me sujeto con el bastón a la barra del autobús. Pero, jamás nadie se ha levantado para cederme el asiento.

Tal vez, ceder un asiento parezca una cuestión sin importancia, pero deja ver bien a las claras la existencia, o no, de una buena educación.

De mis anécdotas se puede extraer que estoy acusando a los niños de la mala educación. Nada más lejos de mi intención. Nadie nace ya educado. Si se trata de un conjunto de medidas de aprender a comportarse ante los demás, será que no sabemos enseñar. ¿Será que no servimos de ejemplo?.

Se suele caer en el error de creer que toda educación corresponde a los colegios escolares. Y no. No es eso. El niño va aprendiendo desde que tiene capacidad de fijarse. Y si la educación falla en el niño, es que falla en nosotros los mayores. Y si el niño no utiliza el "gracias", el "perdone", el "disculpe" y el "por favor", es porque no ha visto utilizar esas expresiones con suficiente frecuencia. Y si el niño no cede el asiento del autobús a una persona mayor, es porque no lo ha visto practicar con asiduidad.

Lo cierto de todo esto es que, por múltiples circunstancias, estamos cambiando las costumbres. Y no para bien.



62- EL EMPLEO

Sin duda alguna, el problema más grave de los países occidentales es la escasez de empleo. El paro es un fantasma para todos, pero sobre todo su miedo crea en la juventud un alto grado de frustración. Por un lado, en la sociedad vendemos a los jóvenes un consumismo exagerado que jamás podrán catar sin las remuneraciones por un trabajo cuya consecución no es fácil. Las pocas expectativas de conseguir empleo tienen consecuencias caóticas en la moral de la juventud. Por una parte, les exigimos preparaciones de estudios más intensas y más largas sin ofrecerles un horizonte halagüeño para el futuro. Así, el joven no puede encontrar alicientes. "¿Estudiar para qué?", podría preguntarse el adolescente un tanto deprimido viéndose en la cola del paro al final de sus estudios.

Por otra parte, este fenómeno de desesperanza favorece tendencias donde el objetivo puede ser la diversión solamente a corto plazo, como la utilización y posterior caída en drogas, el alcohol, o el sexo sin ton ni son. Como también favorece la aparición y proliferación de movimientos y sectas que ofrecen una falsa esperanza para convertir al individuo en esclavo al servicio de esperpénticos ideales. Y en el cualquier caso, la ausencia de expectativas de futuro económico formulará en los jóvenes una duda a la hora de plantearse los nobles ideales de otras generaciones anteriores, como son el matrimonio y los hijos.

Nuestro sistema económico de esta forma es la pescadilla que se muerde la cola. Los cadáveres vivientes se quedan por el camino. Lo peor de todo esto, es que gobierna el bienestar de la economía en general, y la persona humana ya no importa. Y tal vez sería hora de plantearnos si los pretendidos avances de nuestro siglo están bien repartidos o estamos engordando unos números macroeconómicos que maquillan la verdad en perjuicio de la persona individual humana. O en otras palabras, podríamos plantearnos en serio: ¿Qué es el bienestar? Para obtener una respuesta completa no sólo habríamos de atender a las necesidades materiales de la persona, sino también a sus sentimientos. Está muy claro que pensar en una definición de una vida de bienestar únicamente a base de bienes materiales, aparte de incompleta, a la larga, resultaría el más estrepitoso de los fracasos.

Bueno, yo hablando y hablando no voy a solucionar nada en este aspecto. Así que abandono mis reflexiones para contar una historieta de humor para poner un parche en el agujero de este fenómeno llamado bienestar:

Cuentan... que un joven acudió a solicitar su primer empleo a una famosa y exitosa empresa que estaba realizando entrevistas para cubrir una vacante en su plantilla de trabajadores.

- ¿Tiene usted alguna experiencia de trabajo? -preguntó el empresario.

- No -respondió el joven-. Pero tengo el título de ingeniero químico...

- ¿Y para qué queremos un ingeniero químico en una empresa de fabricación y venta de materiales de cerámica para construcciones de salas de baño? -cuestiono el empresario-. ¿Le importaría a usted barrer?.

- Si hay que barrer... barreré, aunque no es esa mi profesión.

- ¿Y cuáles son sus pretensiones económicas?.

- ¿Mis pre... qué?.

- ¿Que cuánto quiere usted ganar anualmente?.

El joven se quedó pensativo un rato... Por fin, dijo:

- Cinco millones de pesetas.

- Bien, anoto su cifra -continuó diciendo el empresario-, cinco millones. ¿Y las vacaciones en verano o las prefiere en otra época del año?.

- Mejor en verano -contestó.

- Bien anoto sus preferencias vacacionales. ¿Pero también querrá quince días en Navidad?.

- ¡Si es posible...!.

- Bien anoto en esa sección: además de un mes de vacaciones en verano desea quince días en Navidad. ¿Y tiene automóvil propio o prefiere uno de la empresa?.

- No, de momento no tengo. Prefiero uno de la empresa.

- Bien anoto: coche a cargo de la empresa. ¿Y quiere usted una vivienda proporcionada por la empresa o prefiere vivir en su domicilio actual?.

- Actualmente vivo con mis padres. Preferiría una vivienda de la empresa.

- ¿Cuántos metros cuadrados necesita? ¿100? ¿150? ¿O 200?.

Ya el joven se da cuenta de la tomadura de pelo:

- Pero oiga, ¿usted me está tomando el pelo?.

- ¡Sí, claro! -respondió el empresario-. Pero le advierto que usted empezó primero a tomármelo a mí cuando le pregunté sobre sus pretensiones económicas y me respondió querer ganar cinco millones.



63- ENAMORARSE

(Publicado en la revista Regañón en el número de julio de 1995).

Hace un mes aproximadamente, se unieron en matrimonio dos personas muy queridas por todos cuantos tenemos contacto con la revista el Regañón. Son Jesús y Carmen. En honor a este acontecimiento y para desearles toda la felicidad del mundo, he pensado dedicarles un escrito. ¿Pero qué? No lo sé. ¿Un delicado poema de amor, por ejemplo? Eso es imposible ¡Qué más quisiera yo, que ser poeta! No tengo poesía en mi cabeza. ¿Y en prosa? Lo siento, pero tampoco puede ser. En este momento no tengo el corazón inspirado como para atreverme a hacer un canto donde representar con dignidad la belleza del amor.

En primer lugar reconozco mis carencias para cumplir con mis deseos de hablar del amor. No obstante, en atención a estos recién casados intentaré componer algo. Para ello, he decidido desempolvar uno de mis viejos textos para retocarlo un poco. Le adaptaré a las circunstancias que persigo. Por lo menos ahora mi texto dejará de encontrarse perdido para pasar a estar dedicado a alguien. Lo escribí, por pasar el tiempo, hace casi dos años. Eran otros tiempos, entonces me sentía más capacitado para desmenuzar el tema del amor, aunque fuera a mi manera. El escrito estaba extraviado y sin sentido en la memoria de mi ordenador. Precisamente, lo recupero porque su título: "Enamorarse", está en consonancia con el amor. Más adelante se comprenderá por qué está titulado así. Posiblemente, el lector considere el escrito poco idóneo para rememorar una unión matrimonial. Tal vez. No lo discuto. Pero, ¿saben?: cada cual hace lo que puede y, como sigue afirmando el dicho, no está obligado a más.

Era sábado, 9 de octubre de 1993. Habíamos acabado de cenar. Mi madre retiró los platos. Como todos los días, antes de acostarnos nos quedamos un ratito de sobremesa. Aquella noche la primera cadena de televisión española retransmitía el festival de la OTI. La representante española era Ana Reverte. Yo creí que para oír y visualizar la actuación de esta cantante portavoz de España habría de esperar unos minutos nada más. Y, bueno, como no tenía nada para hacer, esperé.

Retransmitían el espectáculo en directo desde el Teatro Principal de Valencia. Por un momento, las cámaras de televisión enfocaron el palco presidencial.

- ¡Ahí va! -exclamé sorprendido-, si está ahí el Ministro de Agricultura.

- Tú ves visiones -me contestó mi padre.

Pero no. No alucinaba. Era él, el Ministro, en persona. Y mi padre, después de darme la razón, hizo un chiste sobre la presencia ministerial usando palabras de parecido sonido:

- Se habrán equivocado. El Gobierno en vez de mandar al Ministro de "Cultura", habrá mandado al de Agri-"cultura".

Reímos la ocurrencia.

"¡Si lo sé no vengo!", me dije yo, un tiempo después. De verdad, tenía la paciencia a punto de estallar. No era para menos. El reloj pasaba ampliamente de la una de la madrugada, y la representante española seguía sin aparecer. Su intervención no llegó hasta casi el final de la velada. Fue como si los demás cantantes hispanoamericanos hubieran ejercido de teloneros para la española. Sospechoso. Ni adrede.

Por fin, apareció en pantalla la sonriente Ana Reverte. Su actuación, cualidades musicales aparte, consistía en dar patadas al diccionario y a todos cuantos aún guardamos un mínimo de sensibilidad. La letra de su canción repetía con insistencia: "Enamorarse es jugar con tu cuerpo desnudo... practicar lo prohibido... eso es, enamorarse".

¡No, Señora, no!. Eso que canta usted no es enamorarse. Tal vez sea apasionarse. Pasión, según el diccionario, es "afecto desordenado". Eso es precisamente lo que usted cuenta en su canción. Diga apasionarse y no manche la bella expresión enamorarse. Las relaciones íntimas sexuales, de común acuerdo y dentro del sentimiento amor, no suponen desordenar nada. Enamorarse, también según el diccionario, es "prendarse de amor por alguien". Y el amor es infinitamente más grande que todo lo expresado por sus palabras. Es normal tener sentimientos sensuales al entrar en contacto, aunque sea de pensamiento, con la persona amada. No es practicar lo prohibido como dice usted, es lícito desarrollar esos sentimientos en actos donde el cuerpo sirve para la expresión del amor. Y si existiera alguna razón para estar prohibido, probablemente no sea amor, sino un afecto desordenado. Pero eso solo no es el amor. Eso sólo es una parte complementaria del amor. El amor es un sentimiento espiritual. El amor es el afecto hacia una persona desnuda y sin desnudar. Si vive el amor como lo canta, va usted apañada. ¿Qué pasaría si, por circunstancias de la vida, su enamorado algún día ya no le sirviera para jugar con su cuerpo desnudo? ¿Le dejaría y se buscaría otro pretendiente más apto para ese fin?.

Esta sociedad todo lo confunde, amor, sexo, relaciones íntimas sexuales, pasión... El amor se siente, no se hace. ¡Qué vergüenza! En un festival de la canción, donde el idioma castellano es el principal protagonista, se comete tal error de expresión. Pero ese no es el final de esta historia de despropósitos. La balada era melódica y con buen ritmo, pero una chapuza como letra. El colmo llegó cuando el jurado le concedió el primer premio del concurso a esta misma canción rechazada por mí.

- ¡Anda ya! ¡Que os zurzan con hilo negro! -estallé abochornado por el tamaño del disparate. Y en prueba de mi desaprobación e irritación, expresé en voz alta mi pensamiento.

Ahora en España, seguí pensando, sale alguien diciendo estupideces, y, encima, le dan un premio. ¡Así nos va!.

Enamorarse es un intento por unir dos personalidades para aceptar juntos lo que venga: risas o llantos, riqueza o pobreza, éxitos o fracasos. Como dijera la señora Radis de Padilla de Arriba, en estas mismas páginas de Regañón, (número 14), en unos versos sobre el matrimonio: Es "dos corazones que laten / mezclándose los latidos / cuatro brazos que combaten / codo a codo siempre unidos". Es dejar el tú y el yo, para ser un nosotros. Es intentar que el afecto supere en todo momento al egoísmo. Enamorarse es también dolor, lucha, abnegación y sacrificio. Eso sí, de buen grado. Algunos se creen que el amor es una perpetua luna de miel. ¡Así les va a ellos! Porque los tiempos difíciles siempre llegan. Y, al menor contratiempo, salen corriendo. Sus sentimientos no dan de sí para aguantar las dificultades de la vida. Ellos sólo saben de disfrutar. Y así... normal... algunos tienen más divorcios que dedos en la mano.

No, no he pretendido asustar a nadie ante el amor. Al revés. Es conveniente buscar en el amor la compañía, la fuerza y la alegría que nos ayuden en las dificultades de la vida. No se puede renunciar al sentimiento amor en aras de la comodidad. Parafraseando un dicho: sentarse en un queso y morder en otro, no nos engañemos, no es vivir.

En una revista escolar de la comarca "Campos de Amaya", chicos de catorce años daban sus opiniones sobre el amor. Entre muchas tonterías propias de la edad, encontré la siguiente perla: "El amor es una fuerza interior que nos ayuda a hacer con ganas y alegría los trabajos más difíciles".

Tampoco me he subido al púlpito para sermonear. Cada cual, mire su vida y percibirá su propia realidad. Y verá como la letra de esa canción no es objetiva. No lo es, porque no cuenta la verdad: El amor es mucho más grande que lo contado. ¿No es así? El amor puede aceptar con resignación una contrariedad grave, como por ejemplo una enfermedad permanente de un miembro de la pareja o de los hijos. La pasión (amor desordenado), eso que canta Ana Reverte, no es capaz de admitir disgustos. El amor crea: dos personalidades y una familia. La pasión (de la letra de la canción), cuando se confunde con el amor o no está apoyada por él, también crea. Cuando el amor, o la pasión (aludida), se acaba, destruye cuanto ha creado. La pasión (a secas), de por sí, está muerta, deja a su paso toda clase de destrucción... El amor, si se cuida, nunca finaliza. Al contrario, se refuerza día a día con la convivencia. Como sentimiento, el amor va incluso más allá de la muerte. ¡Cuánto amor en forma de lágrimas se ve en los cementerios!.

Hay quien vive el amor, y quien cree que vive el amor hasta que se acabe eso que él llama amor. Esa es la diferencia: Como dice San Pablo (primera carta a los Corintios, 13, 8): "El amor no falla nunca".



64- DE PRESUNTOS Y OTRAS COSAS

En esta sociedad de hoy, donde manda el dinero y la apariencia, muy a nuestro pesar, nos hemos acostumbrado a convivir con los atracos, a mano armada y de guante blanco. Hago mía una pregunta que hace tiempo oí a una señora: "¿De dónde ha salido tanto ladrón?".

Si tomamos cualquier periódico, hasta podemos quedar asustados ante tanto delito. Hay pequeños robos en todas partes. Pero lo más sorprendente es que se puede leer la existencia de numerosas presuntas estafas (subrayo lo de presuntas) cuya cuantía se mide en cientos de millones o en miles de millones... hasta hay un alcalde glotón que come dos veces el mismo día y se ha gastado nueve millones en un año en banquetes a costa del presupuesto municipal. ¿Es posible lo de este edil? Son presuntos, claro.

Presuntos, porque luego viene la Justicia, y dice que aquí no ha pasado nada. Eso es lo malo, que nunca pasa nada cuando todos sabemos que sí. ¡Nunca pasa nada! Sólo los pequeños chapuceros pagan sus nimiedades. Pero, a los ciudadanos de a pie, no nos la dan con queso. Lo sabemos. Dícese de la Justicia que es como las telarañas: atrapa a los pequeños insectos, pero los grandes superan la tela.

Repito mi pregunta, ¿de dónde ha salido tanto ladrón? No me digan que antes ya existían, que es cosa de la libertad de prensa que los saca a la luz. ¿Son los periódicos culpables cuando dicen las verdades? Sería una barbaridad si les achacáramos la culpa. Es verdad, hay más delincuentes, muchos, demasiados. Algunos días leyendo el periódico tiene uno la sensación de hallarse en una cueva de ladrones parecida a la de Alí Babá. Ha de salirse uno de las noticias y mirar en su rededor para convencerse de que existe la gente honrada. Los estafadores pertenecen a otro mundo, pero es real, no es ningún cuento de "Las mil y una noches". ¡Ojalá lo fuera! "Yo no creo en las meigas, pero haberlas, haylas".

No estoy de acuerdo con un vecino que hace días opinaba lo siguiente:

- En España, quien no roba es porque no puede.

Somos muchos los que no robamos por convicción. A pesar de ello, podemos hacerlo algún día por ser blandos ante la tentación. Somos humanos. Pero hay un diferencia sensible entre quien roba ocasionalmente, y quien hace de ello norma de su vida.

¿De dónde ha salido tanto ladrón?, repito. ¿Qué diferencia hay entre quien es capaz de sacar los ojos por cinco mil pesetas y quien estafa cientos de millones cual si hiciera colección? Los dos son amigos de lo ajeno, pero sí existe diferencia. El primero, puede verter la sangre de una sola vez, el segundo, la chupa poco a poco como un vampiro de Transilvania. La auténtica desigualdad está en que el primero, actúa bajo el síndrome "de un mono", el otro, lo hace con premeditación y toma a su víctima por un mono. Condeno la muerte violenta. Pero, por si no hubiera quedado suficientemente claro con mi alusión a los monos y su doble sentido, considero al drogadicto como un enfermo.

Hoy he dejado para el final la historia a donde iba dirigido mi comentario. Como labrador que fui, me ha llegado al corazón: "Presunta estafa a agricultores de la Ribera al adquirir maquinaria". (Diario de Burgos, 26/8/93, primera página). La noticia, más o menos, es así: Una empresa concesionaria dedicada a la venta de maquinaria agrícola es causante de una presunta estafa a varios agricultores. El montante de la presunta estafa asciende a una cifra cercana a los 200 millones de pesetas. Los agricultores afirman estar ahora recibiendo letras por cantidades ya pagadas. Los dos socios de la empresa han desaparecido. Los Bancos dicen que las letras son letras, y se ven en una disyuntiva entre la moralidad y la legalidad. Y el fabricante de esta maquinaria, dice que lo siente mucho, pero que a ellos los presuntos estafadores también les han dejado una buena deuda. ¿Embargo a los agricultores a la vista?.

Diario de Burgos muestra fotocopia de un documento correspondiente a la compra por parte de un agricultor de una máquina por un total de 5,5 millones de pesetas. Ese importe fue satisfecho como reza el documento por la Caja Rural, el 1 de octubre de 1992. Muestra también dos letras a nombre del mismo agricultor, con vencimiento al pasado 8 de julio de 1993, por valor de 4 y 1,5 millones, respectivamente. Si ya había pagado, ¿por qué entonces le vuelven a reclamar las letras de su compra? Eso quisieran saber los interesados. Pero tú, lo digo por mí, no preguntes... ten cuidado, que sólo son presuntos.



65- LA ESTATUA DEL GENERAL MARTÍNEZ

Yo no sé si el pecado, cuestión religiosa, existe en esta sociedad nuestra donde todo es aconfesional. No obstante, ya hablemos de ética o de moral, parece claro que la falta sí existe. Y, aunque podamos clasificar con distinta palabra el salto de las normas según nuestras increencias o creencias, su existencia es indiscutible. Por tanto, la diferencia, aparte, claro está, de la naturaleza de las normas que sirvan de referencia, es una simple nominación. La infracción a la ley de Dios se llamaría pecado. Y la infracción a las pautas de una buena convivencia se denominaría falta a secas. Al fin y al cabo, ambas cosas no se diferencian prácticamente en nada. Nuestra religión Cristiana se basa en un amor al prójimo, y un buen comportamiento humanista en un respeto a los demás. O sea, lo mismo con diferentes letras. Como yo soy creyente, les hablaré de pecado en mi comentario (quien lo desee puede leer falta donde dice pecado).

Comprender el pecado es fácil desde el punto de vista de nuestras endebleces humanas. Todos estamos propensos a caer en esas debilidades clasificadas en siete grupos, antes llamados pecados capitales. Yo comprendo que Fulanito y la Menganita sean débiles y se líen entre ellos a pesar de estar casados con otras dos personas. Lo cual también es una falta ética hacia el respeto debido hacia sus respectivos conyugues. Yo comprendo que al Perantano se le ocurra buscarse una pistola y meterse a atracador de bancos. Que evidentemente es un delito contra la ley. Yo comprendo que el Citano tenga un pronto repentino y suelte un retorneado de los de caerse el cielo cuando le ocurre un contratiempo grave como darse un martillazo en el dedo al poner el colgadero de un cuadro. Lo cual podría ser muy humano. Pero miren ustedes, yo no paso a comprender la blasfemia reiterada. Y es que algunos se creen más hombres porque cada media docena de palabras, metan un hacerse las necesidades de palabra en ese Sr. de arriba. Y (según las creencias o increencias) sea pecado, o no lo sea, sea falta, o no lo sea, es una estupidez mayúscula con la que, a mi juicio, se descalifica quien la comete. Esa actitud es absurda sean cuales sean las creencias o increencias del sujeto. Si el individuo en cuestión es creyente, poco juicio tiene metiéndose insistentemente con tan poderoso Sr. como él cree. Y si es ateo, me parece incoherente acordarse de alguien que no existe para él. Y, al menos, por asepsia en la forma de hablar y por respeto a las creencias de los demás interlocutores, debiera reprimirse.

Me he enrollado en cosas serias cuando mi intención era acudir al humor y compaginar unas ideas con un chascarrillo relacionado con lo hasta aquí dicho. Allá va:

Cuentan que en una bella alameda de una populosa ciudad había una estatua del General Martínez. La arboleda hacía del lugar un primor como paseo: bellos árboles, arbustos ornamentales, verdes céspedes, jardines floreados, bancos para reposar, palomitas de compañía revoloteando por todas partes, etc. En el centro del paseo y dando nombre al parque se erguía la estatua del General Martínez. Dicho militar mostraba un genio de mil diablos. O el escultor fue muy bueno y reflejó al General Martínez tal y como era, o fue un desastre en su oficio y le salió como le salió. Nadie en la ciudad sabía la razón de la expresión de mala leche de aquella talla de piedra.

Un ciudadano, científico de profesión, tenía por costumbre fumarse un purito todos los días después de comer, relajado, sentado en el banco frente a la estatua. Y de tanto mirarlo, acabó por intrigarle la expresión del rostro del militar. Ideo un plan para salir de dudas: buscaría en su laboratorio una fórmula mágica para devolverlo a la vida y poder preguntarle por el motivo de su mal genio.

Por fin, dio con la fórmula buscada y allá se fue con el mejunje inventado y una escalera de mano dispuesto a devolver a la vida al ilustre militar. Apenas le vertió el líquido sobre la cabeza, el General comenzó a moverse acarreando el correspondiente riesgo al científico de dar con sus huesos en el suelo si no se hubiera dado prisa por descender de la escalera.

El militar, recobrada la vida, bajó de su pedestal gritando:

- ¡Dónde está el fusil que me las cargo! ¡Dónde está el fusil que me las cargo!

- ¿Cargarse?, ¿a quién mi General? -preguntó el científico arrepentido por haber devuelto a la vida a un sujeto que ya comenzaba su nueva existencia hablando de cargarse a alguien.

- ¡A quien va a ser! -respondió el General-. A las miles de palomas que se han cagado encima de mí.



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