
Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.
Sumario: 51- Desempleo y solidaridad. 52- Detalles amables. 53- Diálogo. 54- La madre de Díaz Vega. 55- Peras a un
olmo.
En una fecha muy reciente, último día de 1994, un conocido me felicitaba , como si de la autoría de una novela se tratara, por unas opiniones publicadas en una modesta revista comarcal. Acepto la felicitación como un gesto de amabilidad. Esa clase de felicitaciones, una vez reconocida mi escasa calidad literaria, más que un halago personal, las interpreto como un producto de la buena educación. ¡No van a decirme que está mal escrito! Pues entonces, ¡apaga, y vámonos! Sería como llamarte tonto a la mismísima cara.
La felicitación aludida sólo fue el inicio de un diálogo posterior que finalizó con otra felicitación mutua: la de "feliz año nuevo".
- A mí también me gusta escribir -me dijo a la vez que elogiaba el contenido de mi texto-. Pero ahora no tengo tiempo. Tengo en mente un proyecto. Ya veremos algún día...
- ¡Hombre! ¡No me digas que tú tienes vocación de novelista! -contesté equivocando la dirección en mis palabras.
- No. No es eso. No tengo vocación literaria. Tengo un proyecto... -dudó un momento antes de decírmelo- sobre cómo acabar con el desempleo en España.
Siguiendo sus palabras, recordamos juntos el artículo treinta y cinco de la Constitución española: "Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo". Ambos coincidíamos el las opiniones al respecto. Tal artículo parece un sarcasmo a la vista de cuanto sucede en torno al nivel actual de desempleo. Antes de seguir, aclararé que tal pretensión no era ningún farol del dialogante. Aunque sólo fuera teoría, ideas no le faltaban, ni palabras para exponerlas. Por avatares de la vida y por puestos de responsabilidad desempeñados, estaba en condiciones para aportar opiniones conocedoras e interesantes sobre el mundo del trabajo. Por mi parte, siguiendo el ritmo de la conversación, donde no puedes pararte a pensar, di una respuesta poco meditada. ¿Acertada, o no? No lo sé. Tampoco puedo ser juez para juzgar el acierto de mi propia opinión. Sería un juicio interesado.
- Para acabar con el desempleo -afirme yo- no hace falta ninguna clase de proyectos. Hace falta solidaridad, de verdad, no de cuento. Es necesario que quienes tienen agarradas las sardinas, las suelten para que coman todos.
Seguidamente, sin mediar con mis palabras intervalo alguno de tiempo, me pregunté ante él:
- ¿El enriquecimiento rápido es ético?
- No -me contestó con rotundidad-. Pones el dedo en la llaga con lo de la solidaridad y la ética del enriquecimiento. Ocurre que, por desgracia, en cuestiones de dinero, muy pocos quieren saber de moral o de ética. Esos son valores para quienes no tienen nada. Quienes tienen algo, si viven la ética, son tratados por tontos por la sociedad. Hasta se confunde la legalidad con la ética. Grave error. Es decir, se piensa: "Mis ideales ya no pintan nada, puedo llegar hasta donde no me castiguen". Esa es una posición malísima, porque el siguiente paso sería: "Bueno, haré las trampas bien hechas para que no me pillen". Ahí está la diferencia entre ética y legalidad. En la ética somos jueces de nosotros mismos según nuestros ideales, y, cualquiera puede callarse, pero nadie puede engañarse a sí mismo. En la legalidad se pueden hacer infinidad de trampas sin que sean castigadas porque no te pilla la justicia, ya no se trata de engañarse a sí mismo, sino de engañar a otros. No es cierto el dicho: "Quien la hace, la paga". Sería mucho más cierto: "Quien sabe hacerla bien hecha, no la paga".
Yo me avergoncé de mi osadía. Sin mala intención, había reducido a cuatro líneas todo su proyecto, lleno de ilusión, de cómo acabar con el desempleo en España. Tuve esa impresión. Sin embargo, no tuvo reparos en darme la razón. Sin duda, su proyecto era más técnico. Lo uno no quita a lo otro.
Con demasiada frecuencia vamos por el mundo tan concentrados en nosotros mismos que no vemos los detalles amables de los demás. Aunque el tema abordado aquí es muy serio, intentaré tratarlo a través de una historieta con unas gotas de humor:
Nuestro protagonista es un chico joven y enamorado. ¡Ah el amor!, da alas. Había propuesto a su novia una gira de una semana de duración para visitar distintas ciudades del país. El viaje lo realizarían a bordo de su propio automóvil. La chica había dicho que sí. Con la afirmación de su amada, era el hombre más feliz del mundo.
Partieron de excursión. Circulaban por una carretera de tercer orden llena de gravilla. Al cruzarse con otro usuario de la calzada, la rueda de éste les lanzó una chinita contra la luna delantera del automóvil. El cristal, sin desprenderse de su sitio, se dividió en infinitos pedacitos impidiendo la visibilidad del conductor. Unos gritos, un par de frenazos, un bandazo de izquierda a derecha, un susto fenomenal y algunos tacos malsonantes, fueron todo el balance del pequeño accidente. Cosas sin importancia.
Cuando por fin se detuvo el automóvil, el chófer se limpió el sudor con el pañuelo y respiró tranquilo. Ella estaba tan cortada que no supo pronunciar palabra. Acto seguido, el conductor retiró la infinidad de cristalitos de la ventanilla y continuaron el camino en busca de un taller mecánico donde reponer la pieza fallida.
- Mira, ahí a la derecha hay un taller -observo la chica cuando estaban recorriendo las calles de la primera población.
Descendió nuestro protagonista, se dirigió al mostrador y pidió al encargado una luna delantera para un Citröen ZX.
- Sin factura, por favor. No es necesaria.
- Perdone, el jefe nos tiene prohibido despachar piezas sin realizar factura. ¿Cómo quiere usted abonar el importe?.
- Al contado.
- Son 11.000 pesetas. ¿Quiere que se la instalemos nosotros?.
- No, gracias, no -respondió nuestro chico que pretendía lucirse haciendo de manitas ante su novia.
La puerta estaba cerrada. Sujetó la luna con la izquierda para echar la derecha al picaporte para poder abrir. De repente, el cristal resbaló entre sus dedos, y ¡zas!, mil pedazos.
En el taller, todo fue mutismo tras el incidente. Por fin, se decidió a romper el silencio.
- Otra luna delantera para un Citröen ZX -pidió de nuevo nuestro protagonista al dependiente.
Sin palabras, el encargado le suministró la luna y, después de rellenar la factura, se la entregó en espera del dinero.
- Yo pensé que, al ser la segunda vez, iba usted a tener alguna consideración conmigo -dijo el joven al no apreciar ninguna rebaja en las 11.000 pesetas de la factura.
- ¡Sí ya la he tenido!
- ¡Ya se ve...! ¡Con estos precios...!
- Mire señor, habrá usted observado que no me he reído.
Aunque pudiera parecer poco creíble, las palabras también se ponen de moda, como los pantalones vaqueros o la minifalda. En la actualidad está en la picota de la ola el vocablo diálogo. Si conectamos los noticiarios televisivos, la palabreja se puede encontrar varias veces. Si sintonizamos la radio, tampoco escaparemos a percibir ese sonido. Y si abrimos cualquier periódico, podremos comprobar como hay un acento gráfico en la letra "a" de esa palabreja. Y si no creen cuanto digo, para comprobar que es así, puede hacerse la prueba en cualquier medio de comunicación.
Se recomienda diálogo como una receta mágica que lo soluciona todo. Efectivamente, el diálogo es una práctica muy buena. Eso yo no lo discuto, pues estoy convencido de que es así. "Hablando, de entiende la gente", afirma el dicho. Sin embargo, no estoy de acuerdo con la abusiva utilización de la palabra. Parece una moda sacada de la manga por algún ingenuo, o, por el contrario, por alguien cuya mala fe consiste en vernos cara de ingenuos a los demás. Como por hilo se saca el ovillo, eso afirma un dicho, me he cogido el diccionario para poder verificar cuanto ya sospechaba de antemano: el mal uso de la palabra.
Diálogo: "Plática entre dos o más". Plática: "Conversación". Conversación: "Acción de conversar". Conversar: "Hablar familiarmente". Por fin, tras cuatro búsquedas, llegué a donde quería llegar. O sea, diálogo es lo practicado en muchísimas ocasiones en la vida diaria y sin darnos cuenta. Dialogamos en casa, en la calle, en el bar, con los compañeros de trabajo, o en la solana con el vecino. Diálogo es cuando nos referimos a una charla distendida y sin intereses de por medio. Y, por supuesto, no es esa la interpretación que se puede extraer del contexto de la pronunciación en los noticiarios por los político que se autocalifican de dialogantes. Pues, en las noticias hablan de diálogo como el tira y afloja de los acuerdos. Eso, en nuestro idioma tiene una denominación muy clara y expresiva. Se llama negociar. Según el diccionario el significado de negociar es: "Tratar, gestionar, conducir, ventilar algún asunto".
Ya metidos en la dinámica del actual uso de la palabra, a mí me hace gracia cuando se elige un Ministro nuevo. Inmediatamente y como si fuera una condición imprescindible para ponerle al frente del Ministerio en cuestión, le colocan la virtud de ser dialogante. A mí me hace gracia, repito, porque el ser o no ser dialogante, según mis teorías, no pasaría de ser simpático con la familia, los amigos y cuantos halle en su camino sin asuntos que ventilar. Lo que realmente haría falta en un Ministro es tener voluntad para llegar a acuerdos cuando sí hay intereses de por medio. Pues, no en vano, el Ministro va a gestionar los recursos administrativos del Pueblo en lugar de meterse en una charla de amiguetes.
Interpretando la palabra tal y como se nos expresa, se podrían hacer múltiples divisiones de ese diálogo de las noticias: Existe el llamado diálogo de sordos. Contra cuanto se diga, se usa muchísimo en política. Este diálogo, nada tiene que ver con las personas que padecen dificultades en los órganos auditivos. Al rival jamás se le da la razón, ha de descalificarse su opinión como sea y por lo que sea. Se llama así, porque se asemeja a una hipotética conversación entre sordos. El uno propone una cosa y el otro responde por los cerros de Ubeda. Ejemplo:
- Buenos días.
- Las once y media.
Esto pasa cuando no hay ninguna voluntad de llegar a acuerdos. Ya lo decía el escritor Baltasar Gracián en un dicho muy elocuente: "No hay peor sordo que el que no quiere oír".
También está el diálogo del ordeno y mando. Podría servir como ejemplo la conversación entre un empresario y un trabajador de la empresa para convencerlo de la conveniencia de realizar un trabajo de una determinada forma. Indirectamente, le está imponiendo esa forma de hacer defendida por él, porque no se dice, pero se sobrentiende el: "¡Y si no, a la calle!".
Otra fórmula es el diálogo del miedo. Un ejemplo de este proceder, podría ser nuestra conversación con un Inspector de Hacienda que ha detectado un error real, o irreal, en nuestra Declaración de la Renta: "Sí señor. Como usted diga". La verdad de la utilización de tal expresión no es estar de acuerdo con sus palabras: es que tendríamos miedo a que se nos exigiera una ración doble.
Existe el diálogo de las lentejas en honor al viejo dicho
castellano: "Si quieres las comes y si no las dejas, que son
lentejas". Este tipo de negociación es el clásico ofrecido desde
la prepotencia. Aunque no se dice, se puede entender: "Si lo
quieres lo coges, y si no, no hay más".
Luego está el diálogo que yo llamaría del absurdo. Es cuando en una conversación un interlocutor habla por los codos sin dejar pronunciarse a la otra parte.
También hay un diálogo del "llámame perro y échame pan". Este modelo es el seguido por los políticos: "Insúltame si quieres, pero vótame".
Otra técnica de diálogo es la de dar largas, propio de la bur-r-ocracia. Don Mariano José de Larra inmortalizó la frase en el artículo: "Vuelva usted mañana". La administración sabe mucho de esto: Siempre faltará algún requisito, para volver mañana, y mañana otra vez, para, con el tiempo, convertirse en el cuento de nunca acabar.
Otro diálogo es el de las buenas palabras. Dejan contento al importuno peticionario de momento. Pero, ahí se queda todo, los hechos nunca llegan.
Otra clase de diálogo es la de los que siempre están ocupados en no sé qué. Y cuando, al fin, se les encuentra, andan con prisas, miran insistentemente el reloj y se buscan excusas tontas para deshacerse del solicitante.
No me olvido del llamado diálogo "del palo y de la zanahoria". Lo dicen en una alusión a las trampas para conejos. Consiste en hacer una oferta dulce, y cuando el conejo (individuo) sale de la madriguera, ¡zas!, palancazo y al capazo.
Hay muchísimas otras clases de diálogo. Por ejemplo el de cuantos vivimos en soledad: Nosotros nos preguntamos, y nosotros mismos tenemos que contestarnos. Ejemplo: lo que yo hago ahora.
Pero, el dialogo más concurrido de todos los del negocio es el practicado por los simpáticos marroquíes cuando van, de casa en casa, vendiendo alfombras. Consiste en solicitar un precio alto. Y, si por casualidad ofreces la mitad, ¡zas!, te pegan un alfombrazo. Y, aunque sólo sea por seguir siendo persona de palabra, has de quedarte con la mercancía. En serio, esta clase de diálogo es muy practicada. Ambas partes se posicionan muy lejos de la línea de acuerdo y, poco a poco, van cediendo. De esta forma se les cataloga como dialogantes. Sinceramente, a mí, esa postura me parece una tremenda falta de honradez. Quienes tratábamos con el ganado, lo sabemos bien. Había compradores cuya banda de negociación era muy amplia y no eran de fiar: Ofrecían un precio bajísimo para ir subiendo paulatinamente. Venderles una vaca llevaba dos horas y siempre acababas engañado. En cambio, otros compradores, sabiendo sus ganancias, peseta arriba o peseta abajo, preferían decirte sin perder el tiempo lo que ya sabías por conocer a la persona: "Esa operación no puedo hacerla yo". Con estas palabras reafirmaban su honradez. Por tanto, la posición correcta de este dialogar, negociar para mí, no sería poner el listón muy alto para después ir rebajando las exigencias poco a poco, para así ganarse la catalogación de dialogante y flexible. Eso, es pura pamema propia de personas poco formales. Lo correcto, sería tener una formalidad en la negociación. Es escuchar y luego decir: "Esto hay y, poquito arriba o poquito abajo, ligero cambio aquí o ligero cambio allá, vamos a intentar ponernos de acuerdo enseguida en lugar de eternizarnos negociando".
En resumen, diálogo es lo que se hace de tú a tú entre personas iguales de categoría y sin intereses de por medio. Lo demás es negociar, y que nos dejen de cuentos chinos.
(Publicado en la revista Regañón).
Darío Pérez escribió: [[Darío, que espera que su Madrid del alma le meta siete al Barça el próximo miércoles, pero que también se contentaría con un 0-5. ¡Hala Madrid!]].
Miguel-A. Cibrián escribió: De eso estoy seguro, gane quien gane, la madre del árbitro va a salir ciscada :-)))).
Darío Pérez escribió: Las cosas como son, aquí has cantado bingo. Por respeto a Cristina, que es paisana suya, no voy a decir más.
Cristina Fernández escribió: Ya sé que el partido fue un robo, pues hubo una mano muy clara que el árbitro no vio (aunque sea paisano mío, no tiene disculpa). La verdad, yo no miraba mucho, pero me lo dijo mi hermano. ¡Qué se le va a hacer!.
Miguel-A. Cibrián escribió: Como no soy forofo empedernido, excusaré al Sr. Díaz Vega. ¿Y por qué se le va a exigir que vea si puede ser imposible?. Ni tiene el mismo ángulo de visión que nosotros (podía estar tapado) ni dispone de repeticiones GAA :-DD. Y en cualquier caso, ¿qué culpa tiene su Sra. madre?.
Cristina Fernández escribió: Miguel-A. tiene razón: Sí, Díaz Vega tiene pocos tripletes. Darío no debiera insultarlo.
Miguel-A. Cibrián escribió: Dicen los informes médicos que padezco FA de 800 repeticiones... ¡tantas como para no haber visto la mano de Sergi! :-)).
No hace mucho tiempo, conocí a un Sr. mayor, casi de unos 80 años, que durante su vida ha hecho grandes cosas por la cultura, folclore, asociacionismo, e incluso trabajos benéficos, de la ciudad de Burgos. Es una persona muy importante. Tras su jubilación como trabajador activo, se retiró a una pequeña población llamada Sordillos [ninguna relación con los sordos :-)]. Sordillos es un pueblecito aún más pequeño que el mío que dista tan sólo dos kilómetros del pueblo natal del difunto padre de Darío. Este Sr. hace dos años adquirió un ordenador y nos conocimos por Internet.
No es Billy Gates con ordenador, ni mucho menos, pero es asombrosa su adaptación a estás técnicas modernas. Supongo que le ha ayudado a adaptarse su alto nivel cultural. Cuando la edad nos hace entrar en el normal declive de la vejez, no es fácil adaptarse a unos métodos inexistentes en nuestra juventud. La mente difícilmente puede comprender. A mi abuela paterna le gustaba mucho cantar y tenía un largo repertorio de canciones aprendidas de las antiguas coplas, vendidas de pueblo en pueblo por los ciegos. Ella las había repetido miles de veces desde su memoria. Yo había tenido la precaución de tomar una copia en el disco duro de mi ordenador de algunas de esas canciones. En sus últimos años, sin ser obstáculo de significar un rollo archisabido, nosotros le pedíamos que cantará para darle un sentimiento de importancia y de ser escuchada. Entonces, ya había perdido un poco de memoria y se atrancaba cantando o se pasaba de una canción a otra. Normalmente, le ayudábamos a retomar el hilo intentando no dar importancia a sus despistes. Alguna vez, yo le decía:
- Abuela, que eso no es así.
Si ella se resistía a creerme, iba al ordenador y sacaba una copia por la impresora. Así zanjábamos la discusión. Lo gracioso es que ella decía a los vecinos:
- Éste tiene una máquina que se lo sabe todo.
Retomo otra vez mi historia. Este Sr. me envió una página web de un solo archivo con la primera parte de sus memorias. Le respondí por el correo electrónico que gracias... que me habían gustado... y que, como suponía que iba añadir mucho más, me tomaba la libertad de indicarle que debía dividirlo en archivos pequeños con una página principal donde poner varios enlaces para no alargar demasiado los tiempos de conexión. A los dos días vino a visitarme.
Hablamos de muchas cosas, entre ellas de sus memorias. Me dijo que ya tenía hecho el prólogo del libro. Se lo había escrito una amistad Francesa que conoció en las charlas del Liceo Hispano-Francés. Me explicó que, como se apellidaba Marrón [yo ya lo sabía], el autor del prólogo había hecho un juego de palabras entre su apellido y la dulzura de su carácter en base a la expresión Francesa "marron glacé".
- ¿No habrá trabajado usted en la Dirección General de Tráfico como examinador del permiso de conducción -aproveché para preguntarle.
- No. Ese era mi hermano -respondió.
- Bueno -añadí casi en tono de disculpa-, yo no conocí personalmente a su hermano. Sin embargo, recuerdo que cuando estuve preparándome para sacar el permiso de conducir los compañeros de la autoescuela decían: "Como te toque el examen con Marrón, te cagas".
. ¡Sí, ya lo sé! -replicó con una sonrisa-. Aunque tuviese fama de duro, mi hermano era un buenazo como examinador, pero que te suspendan siempre duele. Ya se lo he dicho muchas veces: "Tú eres el culpable de que hayan ensuciado el nombre de nuestra madre".
(Publicado en Diario de Burgos el 3 de agosto de 1995).
Nunca me he creído el contenido total de la frase anticapitalista que algunos jóvenes contestatarios pintaban no hace mucho por las paredes. Me refiero a lo de "la propiedad privada es un robo". Esa fórmula de protesta ya ha caído en desuso. Buena parte de quienes en su juventud hacían tales pintadas, hoy se codean entre los nuevos ricos sin hacer ningún asco a las posesiones. Y es una pena. Nunca me atrajeron sus tesis, pero sí su inconformismo. Y no cambiaron el mundo, el mundo les cambió a ellos. Supongo que también a mí me habrá cambiado, aunque de otra manera, porque no partí de esos principios. ¿El mundo me ha cambiado a mejor, o a peor? Yo no soy quién para juzgar mis cambios.
La propiedad es necesaria vista como un aliciente para la vida. Sin embargo, acaba siendo nefasta cuando se convierte en razón de la existencia. Una cosa es tener para vivir, y, otra, distinta, vivir para tener. Tampoco estoy en contra de la riqueza. La riqueza es necesaria para crear prosperidad. Y es positiva cuando se pone al servicio del bien común. No obstante, resulta negativa cuando sólo se emplea con fines personales a costa de quien sea. No es lo mismo crear riqueza, que acaparar riqueza.
Tampoco tengo nada contra el dinero. Es necesario desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Sin dinero para vivir, yo no habría podido dedicarme a escribir estas líneas ni, por supuesto, enviar esta carta, ni tampoco el periódico imprimirla. Elemental. No sólo es el gasto empleado, sino también "digno es el obrero de su salario". Sí estoy en contra del dinero, no material, sino como símbolo de una sociedad excesivamente consumista, donde el dicho que se impone como hecho suele ser "vales lo que tienes". Ya satirizaba Quevedo en unos versos: "Poderoso caballero / es D. Dinero".
Escribo estas letras el 21 de julio. Ayer, en Diario de Burgos, página 9, comentaban las características del nuevo billete de diez mil pesetas. ¡Qué detalles! Se han pasado a la hora de dotar a este papelito de peculiaridades. Una cosa es buscar la seguridad para toda clase de posibles usuarios (marcas para ciegos incluidas para evitarles ser objeto de una estafa) y poner dificultades para la falsificación, y, otra, hacer encaje de bolillos. Y es que incluir mediante la técnica una, digamos, especie de sonajero para hacer que un billete emita un sonido metálico al agitarlo, me parece una sofisticación fuera de lugar. Me recuerda a las máquinas tragaperras que intentan cautivar al cliente con sonidos metálicos. ¿Se tratará de eso?.
Puestos a introducir modalidades, recomendaría incluir un sensor que queme nuestras manos para recordarnos lo negativo de nuestro afán excesivo de posesión y, de paso, deshiele la indiferencia de nuestro corazón a cuanto sucede a nuestro alrededor. Y como no sé si la técnica da de sí para mi invento, propondré algo más sencillo. Propongo la impresión en el billete de una frase de letras chiquititas que, a modo de aviso, intente movernos a la solidaridad. Para ello, esta frase podría recordarnos la existencia de ocho millones de pobres en España y las necesidades elementales sin cubrir de los semejantes de medio mundo. Y para que la inscripción llevara un toque de elegancia, propondría un dicho: "El que cierra sus oídos al clamor del pobre, tampoco cuando el clame hallará respuesta". (Proverbios, 21, 13). Y aunque el fondo de ese proverbio es válido para todos los seres humanos, si, por su procedencia bíblica y por aquello de la aconfesionalidad, no sirviera, siempre habría algún refrán español o alguna frase de Séneca, de Ghandi, o de Tagore para producir un efecto similar.
No sé, no sé. La economía suele andar reñida con la solidaridad. ¡No seas ingenuo, Miguel, estás pidiendo peras a un olmo!.