
Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.
Sumario: 41- Comparaciones. 42- Encima de apaleado, cornudo. 43- La corbata. 44- ¡Qué cosas pasan!. 45- A vueltas con el tiempo.
Publicado en la revista "En camino hacia Villamar" (agosto de 1995).
De política no entiendo gran cosa. Mejor dicho, no quiero saber. Para mí es algo muy serio, pero desgraciadamente está tomada a cachondeo por los propios políticos. Ya no impera el sentido común de las personas: Mandan las ansias de poder del partido. Al respecto de esto, hace unos días un compañero con mucho carácter, pero poco enterado del asunto me decía lo siguiente:
- Si me hicieran alcalde o concejal, lo primero seguiría siendo Luis.
- Te equivocas -le contesté teniendo en cuenta su personalidad y su fortaleza de carácter-. Ya sabes el dicho: "Quien se mueva, no sale en la foto". O te pliegas a las exigencias del partido, o a la calle.
La política es (debiera ser) algo serio, muy serio. A mí me saldría úlcera de estómago si tuviera que responder, de cualquier forma, de millones de parados. Pero ya se sabe la cantinela: "Estamos saliendo a flote". Nadie responde de nada.
Lo dicho hasta aquí es un mero preámbulo. Sólo tiene como objetivo dejar claro que al redactar este texto no ha habido ánimos partidistas. No ha sido esa mi intención. Cualquier partido político, sea del signo que sea, aplíquese mis anteriores palabras.
Escribo estas líneas el día 6/4/1995. Esta mañana leyendo en el periódico, "Diario de Burgos", página 33, me he topado con una cónica curiosa. No me ha sorprendido, porque uno ya está curado de espantos: La agencia Colpisa distribuye una noticia informando de que a determinada Administración le ha salido a 37.500 pesetas el cubierto en determinada comida. ¡Sopla!. ¿Pero qué se han comido éstos? ¿Un ternero entero cada uno? No sé cómo pueden existir personas a quienes no se les cae la cara de vergüenza por organizar tales comilonas con dineros públicos. ¿Pero la tienen? ¿Cuál? ¿Cara o vergüenza? Vergüenza, porque cara tienen mucha, cuando, a renglón seguido nos repiten lo de "apríetese el cinturón". ¡Toma del frasco, Carrasco!.
Haciendo cuentas con las cantidades de dicha comida me salen barbaridades. Porque 37.500 pesetas puede ser lo mismo que lo que cobra al mes de ayuda familiar un parado con cinco hijos. Cinco, más dos padres, son siete, multiplicado por dos comidas diarias (¡qué menos!), sale 420. Es decir, un solo comensal se comió como entre 420. ¿Y no reventó? ¡Bicho malo nunca muere!.
Paso página: ahora estoy en la número 34 del mismo periódico. Sigo leyendo. Y ahora sí, después de haber leído lo anterior, me irrito. En el titular se puede leer: "X confirma el recorte de 29,5 por ciento de presupuesto del Plan Nacional de Drogas". Ese recorte son 1.530 millones menos de gasto. Y en la letra menuda se añade poniéndolo en boca del alto cargo de la Administración: "X" adujo que el departamento ha tenido que ajustarse al rigor presupuestario en aras de contener el déficit público".
¿Es que no hay otros sitios para recortar? ¿O son más importantes las comilonas, como la aludida anteriormente, que tratar de evitar que la juventud caiga en las garras de la droga? ¿O son más importantes los sobresueldos de los mandamases que evitar la destrucción de las familias por el azote de la droga? ¿O es más importante hacer una piscina en el Senado que procurar una juventud sana? ¿O es más importante construir un búnker en la Moncloa que la vida o la muerte de muchos jóvenes? ¿O comprar un F15...? ¿O gastarse una pasta gansa en decir mentiras en los mítines? No debiera seguir dando la lata con preguntas, pero ¿por qué siempre pagarán los platos rotos los más débiles? Ya se sabe: la juventud no vota. ¡Ah!, tampoco paga impuestos que permitan construir búnkers, o piscinas, y posteriormente inaugurarlos con comilonas.
Los hombres, cuando se enfadan con sus parejas, a veces, dicen: "Encima de apaleado, cornudo". La frase más o menos equivalente en caso de hablar las féminas es más mordaz y difícil de transcribir por llevar cierta palabra grosera: "Después de puta, poner la cama". Eso mismo le pasó al protagonista de nuestra historieta. Y recuerdo ambas frases, porque pudiera cambiarse el género de cualquiera de ambos participantes sin que variara el resultado más allá de una de las dos expresiones: llámese propiedad conmutativa de ciertos chistes: el orden de los géneros no altera el producto.
Nuestro buen hombre (o mujer) había sentido necesidad de realizar unas gestiones en la oficina postal. La estafeta de correos era una sala muy amplia, rodeada de ventanillas y con una mesa de gran extensión en el centro. Los clientes aguardaban pacientemente en largas colas y deambulaban por doquier en busca de un bolígrafo para terminar en la mesa central rellenando sus escritos. Nuestro protagonista estaba enfadado por la actitud poco amable de los funcionarios: "Aquí no es, vaya usted a la ventanilla número 8". "Esa clase de documentos se tramitan en la ventanilla 6". "Aquí no gestionamos esos impresos, pregunte en la ventanilla 11".
- ¡La madre que los parió! -murmuró enojado.
Por fin, en la ventanilla 3 le dieron un impreso y se fue a la mesa a rellenarlo. Ya relleno, lo releyó. Respiró tranquilo. Ahora se preguntaba cuantas ventanillas habría de recorrer para que le recogieran el impreso. Llenó a tope sus pulmones de aire y se decidió a coger al toro por los cuernos. En ese momento, se le acercó un caballero ( o dama) con la mano derecha escayolada y un bolígrafo y una tarjeta postal en la izquierda y le dijo:
- Oiga, buen hombre (buena mujer) [mujer buena es otra cosa], perdone mi molestia, no sé escribir con la zurda, ¿podría hacerme el favor de ponerme aquí la dirección?.
- Sí, hombre (mujer), lo que quiera. ¡Para eso estamos!.
- La dirección es: Lo-la (o) Pé-rez. Calle de San Pa-blo, 25.
- ¿Ha dicho usted número 25?
- Sí, número 25. Ahora: Ma-drid, 28080.
- El código postal es el 28080, ¿no?.
- Sí señor, 28080. Así está bien. ¡Gracias!.
- De nada. No tiene importancia.
- ¡Ah!, perdone usted las molestias. Ya sé que abuso de su amabilidad, pero, ¿podría ponerme en la postal un texto cortito?.
- Sí, hombre (mujer). ¡Cómo no! Un favor lo hace cualquiera.
- Que-ri-da Lo-la (o). Lola (o) es mi novia (o), ¿sabe usted? Dos puntos. Otra línea. Te e-cho mu-cho de me-nos. Punto. Nos ve-re-mos la pró-xi-ma se-ma-na. Punto y aparte. Pepe (a). Pepe (a) es la firma. Haga usted una rúbrica como sea. Una raya debajo vale.
- Ya está. La raya debajo y vale. ¿Está bien así?.
- Sí. Ok. Está muy bien. ¡Gracias! Muchas gracias.
- No hay de qué. No hace falta darlas.
- Bueno, usted perdone que abuse de su paciencia una vez más, pero, ¿podría añadirme al escrito una pequeña posdata?.
- Sí, hombre. ¡Faltaría más! Lo que usted mande.
- Pe, punto, de, punto, ambas mayúsculas.
- Sí. P. D. ¿Qué más?.
- Lola (o), perdona por la mala letra y por las faltas de ortografía.
Soy una persona bastante rara. Quienes me conocen personalmente saben de mis rarezas. Aun sabiendo de mi predisposición a incidir en errores, tengo derecho a equivocarme. Yo nunca he tenido una corbata. Bueno, sí, miento, tuve dos. La una, hacía los 19 años, era una perra negra con la pechuga blanca. Los colores de su piel eran el motivo para llamarle Corbata. La otra, siendo niño, era una corbata auténtica, aunque algo singular. Era bastante chillona, con rayas negras y amarillas. ¡Vaya pinta...! Por entonces yo tenía unos ocho años aproximadamente. Me la ponía mi madre los días de fiesta gorda en el pueblo. Y, después de colocarme la corbata con la mejor intención, aunque resultaba pesada, aún daba media docena de retoques a la postura de aquella prenda de adorno antes de acudir a Misa.
Esta prenda de mi relato carecía de nudo como llevan las corbatas para adultos. Se sujetaba al pescuezo con una goma por detrás del cuello de la camisa: Camisa blanca y de cuello duro o almidonado, claro, como mandaban los cánones de aquellos tiempos. Ignoro el motivo de aquel modelito tan raro para darte pinta por un día de banquerito en ciernes con cara de paleto. No sé si la goma era por la comodidad de no perder el tiempo haciendo nudos o se trataba de una estratagema para hacer un ahorro económico al llevar casi la mitad de material textil que una corbata normal. ¡Así eran aquellos tiempos! No sobraba nada y faltaba de todo. Desde luego, llevar esta prenda era una lata. Con ese sistema de sujeción, no nos podíamos aflojar el cuello de la camisa para darnos un respiro en medio del bochorno veraniego. Y quitársela, para meterla al bolso, era una aventura que podía costarnos cuatro cachetes. Merecido castigo ese por arrugar la mejor prenda de las superfiestas.
En mi época de colegio, nunca tuve ni me puse corbata. ¿Y para qué la iba a tener, si no la usaba? ¡Sálvese quién pueda...! Colocarse una corbata allí hubiera estado peor visto que poner polvos de pica-pica en la cama del Rector. A quien hubiese osado ponerse semejante adorno, lo habrían señalado con el dedo y lanzado contra él calificativos poco amables. Se hubiera convertido en el hazmereír del colegio. Hasta los compañeros le habrían retirado toda amistad. Una corbata era símbolo de clase: Prenda de pudientes. "Hijo de mamá y de papá" hubiera sido el primer insulto para el atrevido a presumir de corbata.
Aunque estuve en un Seminario, también tratábamos de seguir la moda, entonces, impuesta por los Beattles. Nos pasábamos los tres meses de vacaciones de verano sudando por los rastrojos, pero sin querer cortarnos el pelo. Ni a tiros. Volver al colegio con el pelo largo era tenido a gala. Allí, en el Seminario aquel punto era distinto. Por eso, cogíamos fenomenales cabreos cuando cada mes venía el peluquero a raparnos. De nada servía inventarse catarros. El rapado iba por riguroso orden de lista. A razón de cinco minutos por cabeza. No se perdía más tiempo en reparar posibles escaleras. Y cosas de la vida, con la rabia que nos daba entonces, hoy visto desde la mente de adulto, la medida me parece razonable: Aunque sólo sea por higiene. La verdad sea dicha, en mi vida había visto un piojo, hasta que el año pasado mi sobrina los trajo del colegio. Hay que ver... ¿será ese el progreso...?.
Vistiendo, también queríamos ir a la moda. Recuerdo aquella maxi-gabardina, copiada de los Beattles, larga, hasta la suela de los zapatos, como la sotana de un cura o un poco más. Al llevarse abierta, sin abotonar, parecía una escoba: Iba barriéndolo todo por donde pasaba.
También entonces éramos inconformistas y contestatarios, como los demás jóvenes. En una ocasión recuerdo haber hecho un escrito republicano. ¡Qué demonios de tontería! ¡Ah!, por aquellos tiempos (año 1972) se celebraba el famoso juicio de Burgos contra activistas de ETA. Pues aquellos pájaros de mal agüero nos caían simpáticos: gente que era capaz de luchar y de morir por unos ideales. ¡Son cosas de juventud! En la juventud, todos somos un poco revolucionarios. Queremos cambiar la humanidad. Me parece normal que de mayores pongamos a funcionar el sentido común. Pero, no nos engañemos, una cosa es el sentido común y otra, bien distinta, es instalarse en la comodidad de la injusticia. Curiosamente quienes hace treinta años queríamos arreglar el mundo, hoy nos hemos instalado en la comodidad haciendo oídos sordos a la injusticia. Y sí, seguimos con el mismo discurso de antes, pero ahora de mentirijillas, sola y únicamente por un puñado de votos que mantenga nuestro propio status. Eso sí, nos hemos colocado la corbata que antes tanto odiábamos. ¿Será la corbata el símbolo de nuestro actual conformismo desde las altas esferas del poder? Yo, por si acaso, he decidido no llevar corbata nunca.
Llamó mi atención Nicolás Redondo cuando en una ocasión fue al palacio de la Zarzuela invitado a visitar a Su Majestad el Rey (lo mío de republicano fue una calentura de temporada propia de juventud). Este sindicalista se puso una corbata para la visita. Pero, eso se vio claramente por televisión, a la salida, en las mismas escaleras de la Zarzuela, se quitó la corbata y la guardó en el bolso. "¡He ahí un hombre!", me dije.
(Publicado en la revista Regañón en el número de octubre de 1996).
Una tarde calurosa de verano tuve una agradable conversación al aire libre con tres contertulios. Un edificio nos servía de protección de los rayos solares. La pereza por encajar los rigores climáticos de las cinco de la tarde se encargó de alargar más de lo normal la charla en aquella placentera sombra. Siempre ocurre lo mismo: donde se está bien, se aguanta mucho tiempo. Y como sucede en estos casos donde se tratan cosas sin importancia, el tema de los comentarios fue muy variado. Ora, se habla de una cosa y ora de otra. Así, salió a escena el asunto de los curas y de las confesiones. Ante aquel tema, yo me callé por tratarse de una materia cuyas opiniones son muy personales y, además, son pertenecientes a los sentimientos privados de cada uno. Cualquier crítica al respecto, en apariencia insulsa, puede herir la sensibilidad de los oyentes. Por tanto, uno ha de tener el máximo cuidado al pronunciarse.
Uno de los dialogantes había pasado una temporada en casa de sus hijos en la ciudad de Vitoria y estaba relatando algunos de los sucesos allí acaecidos. A propósito del tema aludido, contaba que había ido a confesarse y el cura le había dado la absolución sin escuchar siquiera los pecados. ¿Tendría prisa? ¿Será verdad? No lo sé, pero, así como lo oí, se lo cuento:
- Me echó la bendición sin más -afirmó el vecino- y me dijo: "Váyase, usted tiene cara de bueno".
- Sí, sí, de bueno -dijo una vecina guiñándome un ojo-, de buena pieza.
Con su guiño hacia mí, la señora no cuestionaba la veracidad de las palabras del relato, sino más bien, aunque fuera totalmente en bromas, con su gesto se refería a la moralidad del interlocutor.
Recuerdo este trozo de conversación a cuento de una noticia aparecida en Diario de Burgos el martes 31 de octubre de 1995, página 26. El titular de la crónica, referida al uso y abuso de los fondos reservados, decía así: "La defensa de Corcuera pide el archivo de las diligencias porque actuó de buena fe". Curiosamente, junto a este texto, el periódico inserta una fotografía del citado ex-ministro. ¡Y caray!, a mi juicio, como el vecino de la historieta, también tiene cara de bueno. ¿Será suficiente la bondad expresiva del rostro del inculpado para justificar su proceder de regalar joyas a las esposas de los altos cargos del Ministerio de Interior a cuenta de los fondos reservados? Me temo que no. Tal vez sea arreglado a las leyes, pero ético, jamás. Pero, ¿será el juez encargado del proceso de la misma condición que el cura de Vitoria? Por la regla de tres de dicho sacerdote de juzgar por la bondad que dé a entender la cara, este inculpado saldría absuelto.
Este ex-ministro no lleva
razón al comparar el regalo
de joyas con el obsequio de
una cesta de Navidad. Una
cosa es tener una atención
navideña con los operarios
en una empresa privada
como un amable gesto para
incentivar su trabajo, y otra,
gastarse en regalos los
dineros públicos. ¡Así,
regala cualquiera! ¡Qué
dadivoso! De todas formas,
habría de verse qué regaló y
a quién se lo regaló. No
sería lo mismo regalar un
jamón y cuatro botellas de vino al portero o al jardinero del Ministerio por Navidad, que un
collar de un millón de pesetas a la esposa del subsecretario. Porque, díganme ustedes, ¿con qué
cara se le puede regalar una quincalla de tres mil duros a la mujer de alguien cuyo sueldo
asciende al millón mensual? Más bien se presupone que dichas joyas regaladas tenían un valor
cuya cifra llevaba seis ceros.
Y ahora, ¿cómo se le dice a un parado de cuantos difícilmente llegan a fin de mes con una birria de prestación familiar, que a cada esposa de los subsecretarios se le hace desde la Administración un regalo en joyas similar en valor a lo que él y su familia han de gastar en comer, vestir y colegio para los niños, en todo el año? ¿Lo entenderá? No lo creo. ¡Conmigo que no cuenten para explicárselo!.
Pero es que, comparando situaciones, llega uno a echarse las manos a la cabeza... ¿pero qué mundo es éste? Les hablo de la noticia oída en el noticiario de TVE1 de las tres de la tarde dos días antes. Es lo sucedido en Asturias, a un señor de 69 años, sin más profesión que la indigencia y arreglárselas para vivir como el pobre hombre puede, y sin más bienes que una mísera pensión de 34.000 pesetas mensuales. Debido a una multa de 703.270 pesetas por pescar truchas en el río, como no dispone de otras posesiones, el juez encargado del proceso ha dictaminado embargarle la pensión para poder cobrar la multa. ¡Anda ya...! ¿Es que este señor no tendrá cara de bueno? ¿O tendrá cara de pobre? ¡Ojo a la diferencia entre cara de bueno y cara de pobre! Si pescar en el río para poder comer no es actuar de buena fe, es que esto es un cachondeo. Pero, ¡ah!, ¿lo es? Respóndase usted mismo...
(Publicado en la revista Regañón, número de octubre de 1996).
En nuestra comarca Odra-Pisuerga el peso de la economía está marcado por la agricultura. Mirado desde el punto de vista agrario, bien podría decirse que nuestro año, al igual que el eclesiástico, no coincide en el calendario con el civil. Nuestro ciclo comienza con el preparativo de las sementeras otoñales y concluye con el almacenamiento de las cosechas en los graneros. Al momento de entregar este escrito al coordinador de la revista, los agricultores ya pensarán más en abrir los surcos para la nueva campaña que en la benevolencia o tacañería de la anterior.
Sin embargo, una vez concluida la recolección del cereal, es el momento de evaluar la cuantía de la cosecha. Me parecía de mal agüero hacerlo en el número anterior, cuando las cosechadoras aún rodaban por nuestros rastrojos. En el computo global, en nuestra comarca el rendimiento por hectárea ha sido bastante escaso comparado con años anteriores. Pero no quiero asumir el riesgo de ser vapuleado por meterme a generalizar. Dentro de nuestra comarca existen diversas clases de terrenos. Ya habrán oído ustedes el dicho "cada uno cuenta la feria según le va en ella". Por tanto, siguiendo el refrán, sea cada uno quien, a la vista de su propio trojero, califique su cosecha. Por mi parte voy a limitarme a hacer en primer lugar una reflexión medianamente seria, seguida de una jocosa caricatura de un año agrícola atípico por el volumen de lluvias.
En un año en el que hasta las
vacas inglesas se han vuelto
locas, no es de extrañar la
locura de este toro, loco por
naturaleza, llamado tiempo. La
excesiva humedad invernal no
es buena para terrenos con
capas impermeables en el
subsuelo: delgadillos, dicen en
mi pueblo. Para colmo de
males, los meses de febrero,
marzo y abril no colaboraron al
oreo de la tierra. Salvo en
vegas y páramos, la sementera
de la cebada no se pudo realizar
a su debido tiempo. Algunas
fincas de las previstas realizar en ellas una sementera de cereal tardío se sembraron demasiado
tarde, otras, hubieron de quedarse para barbecho o girasol. Hubiesen tenido arreglo nuestros
males si mayo y junio habrían colaborado a una mejora del estado de los sembrados con su
lluvia. Pero para colmo de desgracias, las canículas de Santiago no esperaron a la festividad del
santo y se adelantaron un mes perjudicando una normal granazón. La cosecha se presentó
prematura. Lo ideal para el buen dar de estas tierras sería una recolección de finales de julio y
primera quincena de agosto. En fin, como se dice cuando no nos sonríe la fortuna tras el sorteo
de la lotería: "Lo importante es la salud". ¿Quién, tras el invierno y principios de primavera
pasados por agua, podía esperarse un mayo y junio tan secos? Pues escuchen:
Y ya va la anunciada caricatura jocosa del análisis climático: Según el refranero, la culpa del desmadre del tiempo la tuvo Santa Bibiana (primeros días de diciembre): "Si llueve por Santa Bibiana, llueve un mes y una semana", dice el refranero. Y agua y agua, tanto tiempo como el diluvio. Cuarenta días y cuarenta noches. Bueno, casi, de vez en cuando paraba para descansar.
A esta Santa tan influyente en temas de lluvia, le ayudaron Jesús Gil y Jesulín de Ubrique ofreciéndose a cantores altruistas en un benéfico festival navideño. Las melodías desentonadas de estos voluntariosos caballeros fueron más efectivas que unas buenas rogativas y movieron a llorar al cielo de manera desorbitada. El llanto de las alturas fue tan grande que, por Navidad, casi se anegaron los ojos del puente de Melgar sobre el Pisuerga. Me atrevería a recomendar al Gobierno la contratación de estos dos señores para dar conciertos en tiempos de sequía. Me supongo que estos personajes tendrán un caché muy alto, pero en asuntos de interés general bien se podría echar una manita por la cara.
¿Y saben ustedes el porqué de este tramo final primaveral seco? Sencillo. Era de obligado cumplimiento otro conocido refrán: "Días de mucho, vísperas de nada".
Pero sigan ustedes soñando con una nueva campaña. Soñar no cuesta nada. Sueñen con granos de cebada tan grandes y rellenos como garbanzos o, mejor, como huevos de codorniz. Pues, según un dicho, "tras una gran sequía, viene una gran mojada". Posiblemente en este momento ustedes piensen en un buen tempero para comenzar la arada y me pregunten: ¿cuándo?. Eso no lo puedo saber, el dicho aludido sólo afirma tras.