
Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.
Sumario: 16- Respeto. 17- ¡Eso es amor!. 18- Sociedad del bienestar. 19- El cuento de Blancanieves. 20- El bombero torero.
29 de septiembre de 1994.
Sr Bernabé Tierno:
No nos conocemos personalmente. Aunque, es difícil no tener idea de la existencia de su persona: A su importancia como psicólogo, se han de añadir las facetas de escritor, articulista y conferenciante. Es usted un hombre con popularidad, pero no famoso. Estas dos alusiones mías a aspectos aparentemente relativos a la fama pueden parecer una contradicción. Sin embargo, a mi juicio, existe una connotación para diferenciarlas: El famoso es el sr./sra. que aparece en las pantallas televisivas con dos kilos de maquillaje para disimular sus faltas exteriores e interiores. Al lado de este famoso, aunque medie la distancia, te sientes tan pequeño e imperfecto como una mierda y con ganas de seguir guardando la separación. Sin embargo, a usted me atrevería a contarle mi vida entera, de pe a pa, además con la seguridad de ser escuchado y comprendido.
Entiendo muy poco de psicología, no obstante, la primera y más importante regla de un psicólogo, me parece saber escuchar. Y usted sabe de la existencia de esa norma y de llevarla a la práctica en bien de su ocupación. Y, también sabe, por ser persona y por profesión, que todos, unos más y otros menos, tenemos la necesidad de ser escuchados y comprendidos. Y sólo con saber, aunque nunca lo sabrá, que hay un tonto contestando a su escrito para matar el tiempo y sin ninguna intención de trasmitirle la carta, se interesaría por él.
Sus artículos de "El Suplemento Semanal" me entusiasman. En realidad, como son tan interesantes de contenido, nunca me he parado a pensar en la existencia o no de calidad literaria. En sus textos busco lo que comunican sin importarme lo más mínimo las formas. Sus escritos me agradan por el tema tratado en ellos: esa lucha entre vicios y virtudes que todos los seres humanos llevamos dentro. Y como humanos que somos y nos sentimos, de inmediato nos vemos reflejados en el demandante de ayuda, o por el contrario, nos sentimos entre los acusados como infractores. Y en cualquiera de las dos posiciones nos hacemos receptores de los consejos del psicólogo. Y hasta podemos jugar a enjuiciar el grado de acierto del profesional. Gracias.
Los consejos de sus artículos me parecen excelentes. A veces, yo aplicaría distintos matices respetando su línea general como entendido en la materia. Es normal que desde distintos puntos de vista haya diferentes opiniones. De todas formas, la vida no es solamente blanca o negra: Es de todos los colores. Me explicaré: No sólo existen dos posturas: Hay infinidad de posiciones intermedias. El proceder del ser humano no es ninguna ciencia exacta como son las matemáticas. Además, dar lecciones teóricas no es lo mismo que llevarlas a la práctica. No ignoro que esto lo sabe usted muy bien. Se preguntará: ¿y qué puedo hacer yo por escrito aparte de dar consejos? Nada, claro. Pero ahí queda mi apunte: las personas con problemas necesitamos mucho más que consejos.
Hace algún tiempo coleccionaba sus artículos, pero abandoné esa costumbre. No me parecía correcto mutilar la revista antes de ser leída por los demás miembros de la familia. Y después, cuando volvía a buscar mi página, la habían utilizado para envolver bocadillos, o los sobrinos se habían entretenido haciendo con la revista barquitos de papel.
El motivo de mi carta es no estar de acuerdo con el artículo de "El Suplemento Semanal" del 25/9/1994, titulado "Respeto". Ya sé que pretendo pasar de alumno a maestro y pretendo dar lecciones al profesor. Aun así, conociendo su persona a través de sus artículos, me parece que no estoy en contra de su línea de ideas. Siento, como si a usted le hubiera dado miedo contradecir esa serie de ideas que invaden la sociedad actual. En mi opinión, hoy debiera usted haberse mojado más.
Textualmente dice:"Suele ocurrir con frecuencia que cuando en mis charlas y conferencias antepongo el respeto al amor en las relaciones matrimoniales y de pareja, no pocas personas me corrigen recordándome que lo verdaderamente importante es casarse por amor. Entonces yo respondo: Siempre que se haya llegado al amor hacia la otra persona con respeto. Respeto antes que amor".
El auténtico dilema del caso no está en si es primero respeto y después amor, o se puede invertir el orden. Para mí personalmente, este orden no existe: el respeto forma parte del amor. ¿Acaso puede existir el amor sin el respeto? Yo lo considero imposible. Puede existir eso que dicen que se hace, (mal llamado amor), pero el amor auténtico, el que se siente, no puede existir sin el respeto. Usted haría bien en anteponer respeto a amor, pero, siento decírselo, hacer eso me parece innecesario, pues no son cosas distintas para poder separarlas: no puede existir amor sin respeto.
Usted, sin entrar a discutir el orden entre respeto y amor, pienso que debió decir con toda claridad que sin respeto no puede haber amor. Y, si nos empeñamos en ver amor donde no hay respeto, estamos condenados al fracaso. Ciertamente afirmar mi posición es ir contra la corriente de los tiempos actuales. Lo sé. Pero, tampoco escribir y defender los valores humanos está de moda, y usted, con mi admiración, sigue fiel a sus principios aunque haya de nadar contra corriente.
Aunque es fácil hallarla, (Carta de San Pablo a los Corintios, 13, 4-9), le remitiré la definición más bella del amor hallada en mis 40 años de existencia: "El amor es paciente, es afable; el amor no tiene envidia, no se burla, ni se engríe, no es grosero, ni busca lo suyo. El amor no se desespera, ni lleva cuentas del mal, no simpatiza con la injusticia, simpatiza con la verdad; disculpa siempre, se fía siempre, espera siempre, aguanta siempre. El amor no falla nunca".
Puede pensar que el amor de San Pablo nada tiene que ver con el amor hombre/mujer. Se equivocaría si pensara así. Todo amor son ramas. Somos seres humanos, y como tal, sujetos a fallos, pero nuestro deber es intentar hacerlo bien, aunque consigamos muy poco.
No enviaré mi carta haciendo caso al recuadro azul de la página: "Muy a nuestro pesar, Bernabé Tierno no puede contestar personalmente a todas las cartas de sus lectores debido al volumen de correspondencia que recibe. Busque respuesta a sus dudas entre las cartas publicadas en esta sección". Sin más, un lector que le admira...
(Enviado por fax a Diario de Burgos el 7/1/1997. No se recuerda la fecha de edición).
En primer lugar, amigo lector, permíteme ocultar mi nombre. Algunas cosas es mejor decirlas desde el anonimato. Firmar mis palabras sería restar mérito al auténtico héroe de esta historia, cuyo nombre ignoro, buscándome un protagonismo que ni quiero ni pretendo.
Intencionadamente he buscado esta fecha, 7 de enero, para escribir mi relato: Ha concluido ya la Navidad. Algunos de nosotros hoy hemos recogido nuestros árboles, bombillas y nacimientos... y no volveremos a desempolvarlos hasta dentro de casi un año. Se acabó. Por no dejar, de la Navidad no hemos dejado ni la estrella en el firmamento para iluminar en la oscuridad: La noche será otra vez noche oscura. ¿Qué fue de esos buenos deseos de nuestras felicitaciones...? ¿Y de esas campañas solidarias prenavideñas...? ¿Y de las velitas de paz en la ventana...? ¿Y de las sonrisas extra...? Nada quedaría si ahora volviéramos a lo mismo. ¿La Navidad es un paréntesis...?.
Amigo lector, con mi relato busco
romper ese paréntesis aludido en
mi pregunta y que la Navidad siga
presente a lo largo de todo el año.
Antes de comenzar a contar los
hechos concretos, voy a ponerte en
antecedentes. Quien esto escribe y
se niega a firmarlo, es un enfermo
crónico con silla de ruedas y larga
experiencia en salas de espera de
médicos y hospitales:
No importa el día en que sucedió... era un día cualquiera. Gris, como son los días de todo enfermo. Sí, lluvioso, pero eso es lo de menos. Tenía una cita para realizarme una larga colección de radiografías y allá me fui, dispuesto a lo que hiciese falta. La silla de ruedas no entraba por la estrecha portezuela de la cabina,¡qué lo vamos a hacer!, y hubieron de meterme entre dos personas. Y no doy este dato como queja, sino como una circunstancia necesaria para entender lo sucedido posteriormente: Allí, al verme solo, semidesnudo, en penumbra, sobre aquella extraña mesa, bajo aquellas cámaras parecidas al ojo de un extraterrestre... al recordar la forma de la que me habían metido allí... me llevé una mala impresión y no pude resistir las lágrimas.
Al verme limpiándome con el dorso de la mano, la enfermera, sin palabras, me secó las lágrimas con un pañuelo de papel y me dio un beso. ¡Eso es amor!
No amigo lector, no te he contado un cuento de Navidad, sino una historia real. Para algunas personas la Navidad es siempre, cada instante. Es una pena que, tras estas fechas, la mayoría de nosotros volvamos otra vez a las malas noticias y sucesos como éste nos parezcan solamente cuentos navideños.
¡Gracias A.E. (esas iniciales pude leer bordadas en tu bata) si leyeras este escrito!. La vida no se escribe con grandes letras, sino con pequeños detalles. Y los pequeños detalles cotidianos existen en número infinito, pero, por desgracia, no suelen llegar a historias.
(Publicado en Diario de Burgos el 14 de Abril de 1996).
Recientemente, según un informe de "Castilla Samaritana" hemos conocido porcentajes relacionados con la pobreza en la región. Son datos para dejarnos el alma helada: un 27,6 por ciento está viviendo bajo el umbral de la pobreza, y el 16,1 por ciento en una indigencia muy acentuada. Lo peor de todo es la afirmación de que estos porcentajes de pobreza se han incrementado en los últimos años. Ante estos datos, la alusión política "sociedad del bienestar" queda en entredicho.
Desde luego, "sociedad del bienestar" es una bonita forma de expresarse desde los poderes políticos. Acertada o no, la expresión ha terminado por tener un significado entre nosotros. Por tanto, no aceptarla como forma de expresar un concepto sería ir en contra de nuestro idioma. Una vez aceptada la forma de decir, no me parece correcto afirmar (Quisicosas 8/3/96) que: "La llamada sociedad del bienestar no es más que... la gran mentira...". Es evidente que en España existe mayor cobertura de necesidades primarias que en ninguna otra época de nuestra historia (subsidios a distintos colectivos necesitados, pensiones a quienes no tuvieron la fortuna de poder contribuir, asistencia médica sin excepciones, etc.). Justo es reconocerlo.
No obstante, habría distintas
opciones de entender la forma de
desarrollar la llamada sociedad del
bienestar dependiendo de nuestra
ideología política. De la lectura de
los números del informe citado, se
puede extraer que lo conseguido
puede ser muy bueno,
indudablemente lo es, pero algo
falla cuando, en contraste con
nuestros avances, el porcentaje de
pobres crece en lugar de decrecer.
Probablemente no sea ya tanto un
problema de ayudas metálicas como
de hacer sentirse personas a los
pobres. Es decir, aparte de no marginar, además de un subsidio para remediar sus males, darles
un aliciente para que puedan abandonar su posible pasotismo utilizado para defenderse de una
sociedad donde ellos no tienen horizontes. Abrirles un futuro más esperanzador sería función de
todos, cada uno según sus posibilidades. ¿Cómo...? Todo es posible. ¿Pero qué demonios es eso
de la solidaridad...? ¿Una palabra bonita en los discursos...? Nuestro error puede ser creer que la
solidaridad es exclusivamente una moneda o un puñado de monedas.
El 2/1/95 en el popular programa televisivo "¿Quién sabe dónde?", una trabajadora de los Servicios Sociales que acompañaba a un enfermo de SIDA en la búsqueda de su padre, nos planteo una pregunta muy interesante: "¿Por qué en la sociedad nos mostramos tan generosos cuando se habla de una campaña de ayuda a un punto concreto del Tercer Mundo y nos desentendemos cuando se trata de ayudar al Cuarto Mundo que tenemos junto a nosotros...?". Esta señora, o señorita, muy comprometida con el sufrimiento del ser humano sin ninguna distinción (reconoció haber participado en la campaña del 0,7 %), afirmo saber la respuesta por haber reflexionado mucho sobre el tema. Hubieran sido muy interesantes sus reflexiones, pero no era ese el motivo de su presencia ante las cámaras, y nos quedamos sin saberlas. La pregunta quedó en el aire. Por mi parte, ya he respondido a este interrogante en la última frase del párrafo anterior:
Mientras las ayudas al Tercer Mundo requieren por parte del ciudadano de pie un alto componente económico, nuestros problemas de pobreza en el cuarto mundo precisarían de algo más que dinero. Nos es más fácil sacar la cartera y soltar 5.000 pesetas para contribuir a la ayuda humanitaria en un país "X", que ceder en nuestros derechos a percibir nuestro supersueldo para que esos parados de larga duración puedan tener puestos de trabajo. Nos es más fácil sacar la cartera y soltar 5.000 pesetas para comprar un equipo para un hospital en "Z" que dialogar con el chico, presunto drogadicto, de nuestro bloque de viviendas. Nos es más fácil sacar la cartera y soltar 5.000 pesetas para construir un pozo en "Y", que ayudar a un alcohólico a cuyo lado pasamos a diario. Nos es más fácil sacar la cartera y soltar 5.000 pesetas para comprar una ambulancia para "W", que visitar a los residentes en, un hospital, un asilo, un albergue, un centro para disminuidos físicos o psíquicos, una cárcel, un local de inmigrantes, un lugar de rehabilitación de drogodependientes, un barrio marginal, etc ¿Nos manchamos...? ¿Cuál es el precio del cariño...? ¿O el subsidio es una limosna para que todas esas personas nos dejen en paz...?.
Y sí, toda ayuda está muy bien. Como todos los seres humanos somos iguales en dignidad, no hay, ni debe de haber, fronteras para la solidaridad (¡claro!, también me sumo al 0,7 y lo que haga falta). Pero... hay que mojarse más... Mientras pensemos en la solidaridad como una moneda a secas, la dejaremos vacía de contenido.
(Publicado en Diario de Burgos el 27 de enero de 1996).
En el diálogo con los amigos se utiliza una forma de hablar directa y desenfadada, muy distinta de la empleada con desconocidos. Para dialogar con los amigos no es necesario encorsetarse en las normas rígidas de un lenguaje educado. Porque no ofenden las palabras, sino la intención. Sin ánimo de ofender, no puede existir ofensa. Y entre los amigos, se puede uno permitir el lujo de emplear dichos aparentemente ligeros, porque se puede estar seguro de que esa forma de decir no va a ser interpretada como si hubiera voluntad de agravio.
Así por ejemplo, si, en una conversación, yo le dijese a cualquier viandante:
- Tú eres tonto.
Una de dos, o me mira de arriba a abajo y, a continuación, se va y me ignora como si yo no estuviera en mis cabales, o le da un acceso de ira y me manda al hospital de un gancho de derecha.
En cambio, entre amigos, la respuesta a esa afirmación, hágala mi amigo o hágala yo, eso es lo mismo, podría ser más o menos la siguiente:
- No, si eso de ser tonto ya lo sabía yo.
Todo lo anterior está dicho como una explicación previa para aclarar un trozo de una conversación que voy a transmitirles. Pertenece a una charla mantenida con un amigo en un encuentro tras una separación de algún tiempo impuesta por las circunstancias. Ahora, he recordado este trozo de diálogo a cuento del cuento (nunca mejor dicho y valga la redundancia de cuentos) de esas personas, que debiendo estar enteradas por su cargo, se enteran de todo por la prensa.
La conversación es la siguiente:
- ¿Cómo estás?.
- Bien..., ¿y tú? A ti ya te veo que te cuida bien tu mujer, vas echando buena barriga.
- No me digas eso, que me siento mal.
- Pues, ¿qué demonios te pasa?.
- Nada, que cuando me miro al espejo, me siento mal porque me veo gordo.
- ¡Hombre!, pues no te mires al espejo y todo arreglado.
La ocurrencia de solución la festejamos los dos con una carcajada al unísono.
Las personas aludidas al inicio del comentario, esas que se llevan los disgustos por la lectura de las noticias de la prensa, lo tienen tan fácil como mi amigo con el espejo. ¡Que no lean la prensa!.
- ¡Bah, qué estás diciendo! Pero... ¿qué tiene que ver esto con el cuento de Blancanieves del título...?..
- Amigo lector, ¿aún no te has dado cuenta de la coincidencia...? En dicho cuento también había un espejo que respondía a la pregunta: "Espejo, espejito, ¿hay otra más linda que yo...?". Así pasa aquí, y, como en el cuento, si la respuesta de la prensa no es favorable, ¡zas!, se acusa a la prensa de manipuladora, chantajista y desestabilizadora.
- Ahora entiendo. Y siguiendo la representación del cuento, ¿qué papel tenemos los ciudadanos de a pie...?.
- ¡Elemental, querido Watson! Eres un ingenuo. Eso, ni se pregunta... Los enanitos. Además seguro.
- Y... ¿quién es Blancanieves...?.
- ¡Qué pregunta más tonta! Hoy, amigo lector, no estás al loro, ¡eh! En política, las Blancanieves son efímeras y con el tiempo se convierten en madrastras...
- ¿Y quién es la madrastra...?.
- ¿Sabes qué te digo...? Por mí, que se la coma el lobo...
- ¡Huy!, te has ido al cuento de Caperucita.
- ¡Es igual, porque como iba de cuento...!.
- ¡Oye, tú te pasas!.
- No. Se pasan los políticos que nos cuentan el cuento de enterarse por la prensa.
(Publicado en la revista Regañón).
"Solamente hace falta ir por la plaza a la hora y fecha del espectáculo y preguntar por Carlos Celis, el Bombero Torero. En invierno irá a Quito y me ha prometido visitar a Luis Felipe. Decía que esto era sólo para Miguel, pero vale para todos, si va a vuestra ciudad el Bombero Torero, decídmelo, o buscadle en la plaza el día del festejo y decidle: "Soy amigo de Darío". Os aseguro que para él será una gran alegría saludaros e invitaros". (Darío -*-).
-*- Darío es hijo del difunto Darío Pérez (q.e.p.d.), natural de Villahizán de Treviño.
En esta zona rural donde siempre he vivido y en mis tiempos de niñez, los niños colaborábamos en las tareas de la recolección casi desde nuestros primeros pasos: arrastrando los rastrojos, recogiendo algunas espigas, llevando agua fresca a los trabajadores, o aguantando el tórrido sol como un espantapájaros sobre un trillo para que las parejas de vacas o de mulas no cesasen en su rutinario dar vueltas trillando. Cuando yo tenía diez o doce años, para que sirviese de aliciente a mi colaboración, mis padres me hicieron una promesa sujeta a varias condiciones:
- Si la cosecha viene buena, si trabajas bien, y si acabamos para "La Piedad", te llevamos a los toros.
Demasiados "si's". La cosecha casi siempre era buena. La tierra y el clima no eran aptos para buenas cosechas... ni siquiera medianas, pero siempre existía conformidad. No obstante, recuerdo de mi niñez cuando tocaban las campanas a "tentenublo", y el cura vestido con el alba y el hisopo en la mano decía unas oraciones llamadas conjuros. Esto desapareció poco después. No sé si la desaparición se debió a la ineficacia de los conjuros para ahuyentar a los nublos o fue debida a un cambio de mentalidad en la gente. También recuerdo que, mientras los nublos, mi madre encendía los restos de la vela que en Jueves Santo había puesto para velar al Santísimo. Y no puedo olvidar cuando los granizos golpeaban en los cristales de la ventana. Entonces mi madre no paraba de llorar. Mi padre con pretendida voz de serenidad decía:
- ¡Cállate ya de una vez!. No ha pasado nada. Ya nos arreglaremos como podamos.
Yo no entendía nada de aquello de "ya nos arreglaremos como podamos". Al día siguiente veía como todos los vecinos comentaban el caso y observaban, juntos, las espigas maltrechas de los sembrados cercanos al pueblo. Sin embargo, esto que hoy puede resultarme tan evidente, significaba muy poco para un niño: Tras la honda impresión de un día solamente, volvíamos a enfrascarnos en los juegos de la niñez sin importarnos el mañana ni sus posibles estrecheces.
La segunda condición era fácil de cumplir, aunque sólo fuese por la tremenda ilusión de nuestros progenitores. ¡Y como casi todos los niños hacíamos lo mismo, cada uno en su casa, no había peligro de realizar comparaciones!.
El tercer "si" era más difícil de cumplirse. Ellos llamaban "acabar" o "barrer la era" a dejarlo todo completamente concluido. Hasta que esto no sucedía, no se guardaba ni el descanso dominical. Acabar o no acabar, en cierta forma dependía del tiempo atmosférico. Dícese en un refrán que "Septiembre seca las fuentes o tira los puentes". Las lluvias entorpecían y retrasaban la labor. La Piedad era la festividad en la población
Palentina de Herrera de Pisuerga. La fiesta coincidía con el tercer domingo del mes de Septiembre.
Y acabamos... aquel año acabamos. Pero no me llevaron a los toros, sino a la "charlotada" el miércoles siguiente. Yo supongo que esta palabreja era un derivado de la comicidad de Charlot. La "charlotada" era el espectáculo del Bombero Torero. Resulta fácil imaginarme que en aquellos tiempos Carlos Celis no se vestía aún de luces.
Fui con mi padre. Mi madre se quedó en casa. Nos embarcamos en una furgoneta cuyo propietario utilizaba para transportes. Por tanto, ni siquiera tenía asientos ni ventanillas. La gente iba de pie y se agarraba a cualquier sitio para no perder el equilibrio en las curvas de la carretera. Yo utilicé como asiento el entrante que había en el espacio de carga para que pudiese girar una de las dos ruedas traseras de la furgoneta. Sí, nos bajamos a la entrada de la población para que no nos multasen los guardias civiles, pues el conductor no tenía permiso para transportar personal en su vehículo.
Poco después de comenzar el espectáculo, las nubes comenzaron a llorar y la tarde resultó deslucida y pasada por agua, como dirían los taurinos. Mi padre me puso su chaqueta por la cabeza y fue a buscar refugio a la furgoneta después de advertirme el lugar donde debía buscarlo cuando acabara el espectáculo. Allí, arriba en las gradas, solamente aguantamos algunos niños a quienes la risa hacia olvidar la lluvia. Abajo, en la plaza, aguantaron el chaparrón unos "enanitos" haciendo su gracietas ante los becerros para cumplir con su deber de divertir al público. Era el mundo del color de la ilusión de la niñez, y probablemente no me enteré de que tendría el culo calado debido al la impermeabilidad del cemento de las gradas de la plaza.
Pasaron aproximadamente 20 años desde lo narrado cuando televisión anunció que iban a retransmitir un espectáculo del Bombero Torero. Yo ya tenía enormes dificultades para caminar por el avance progresivo de mi ataxia de Friedreich y estaba a las mismísimas puertas de la utilización de la silla de ruedas. Posiblemente, si aún no la utilizaba era por pánico y por obsesión con el pundonor personal. Me prohibí a mí mismo conectar el televisor con ese espectáculo al considerarlo contribuir a la explotación de la desgracia ajena.
Hoy sé que estaba muy equivocado. La aberración no está en lo que se hace, sino en cómo se mira. La aberración no es que yo le plante cara a la vida, y escriba cuatro jilipolladas para VIVIR y poner buena cara a mal tiempo y, si fuese posible, haceros esbozar una sonrisa a vosotros. La aberración tampoco es reírse de las jilipolladas escritas por mí, sino simplemente sería reírse y burlarse del jilipollas que las escribe. Ese es el mismo caso de los enanitos. Ellos plantan cara a la vida, VIVEN, intentan divertirse y que el público esboce su sonrisa.
Un día me enamoré de una frase de autor de Romain Rolland [que dicho sea de paso, aparte de parecer un nombre Francés, no sé quién es]: "Quien hace lo que puede... ya es un héroe". Eso son los "enanitos".... y tantas... y tantas... y tantas personas como PASAMOS por la vida. Recordando unos versos de Antonio Machado que dedica a mis paisanos labradores Castellanos: "Donde hay vino, beben vino / donde no hay vino, agua fresca. / Son buenas gentes que viven, / laboran, pasan, y sueñan". No, no nos sonrió la fortuna en nuestra vida y, a falta de vino, tomamos agua fresca que era lo único que teníamos... pero a nuestro modo, laboramos, soñamos, y pasamos... pasamos camino de una eternidad o de no sé dónde, pero pasamos sin ruido... fuimos héroes por hacer cuanto pudimos. Nada importará si hubo, o no hubo, coronas de flores en nuestro funeral.
Mi padre tiene la costumbre, por las mañanas cuando se levanta, de encender una radio que hay permanentemente sobre nuestra mesa de la cocina. Soy ligeramente sordo, pero el otro día, mientras desayunaba, pude oír a una señora que pedía un monumento para las madres y suegras que han criado a sus hijos y a sus nietos, y decía (sic): "¡De esas personas sencillas hay que hablar y no del Conde Lecquio y la madre que lo parió!".