Negros nubarrones en el horizonte.

Por Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.

Sumario: 11- El derecho de nacer. 12- Jovencitos sin piedad. 13- ¡A las diez en casa!. 14- "El barbechazo". 15- El barco de la vida.



11- EL DERECHO DE NACER

El derecho de nacer no es un título original mío: Lo he tomado prestado del nombre de una vieja película ambientada en La Habana. Les recomiendo la visión de este film. De vez en cuando viene bien una dosis de sentimentalismo. Y si se ha de pagar una lágrima, pues se paga, sin necesidad de avergonzarse. Después de mi alusión al cine me referiré a un tema de actualidad.

Por estas fechas, se oye la expresión: cuarto supuesto de la interrupción legal del embarazo. Se trata de una ley de aborto que permitirá deshacerse del feto durante las doce primeras semanas del embarazo en función de la situación familiar, personal y socio-económica de la mujer.

Personalmente, el aborto me parece antihumano. Ante el aborto, todos los valores del hombre se quedan reducidos a la nada. ¿Amor? Sobra la pregunta. ¿Solidaridad? ¡Ja, qué chiste! ¿Puede ser solidario con los demás alguien que no es capaz de serlo con su propio hijo? El aborto está presentado como un signo de progreso que pretende liberar a la mujer. ¿De la maternidad? ¡Si es el don más grande del sexo femenino! ¿Y a costa de qué? ¿Acaso una madre podrá mirar a los ojos a un niño de la edad del feto abortado sin que le diga nada el recuerdo? ¿Se atreverá a mirarlo sin acordarse de compararlo con el hijo de quien ella se deshizo? Si la ley consigue imprimir en las madres esa indiferencia, se habrá cargado del mismo plumazo al niño y a la madre. Al niño físicamente. A la madre moralmente: será de por vida una mujer insensible.

Contra el aborto, voy a contarles una historia muy antigua. Para algunas cosas, la vejez no es obstáculo. Al revés. Como al vino añejo, el tiempo les da solera. Tal vez, ya conozcan este relato de cuando estudiaron en la escuela la Historia Sagrada. A pesar de su procedencia bíblica, no es una narración religiosa. Más bien, en ella se hace alusión al comportamiento humano frente a los sentimientos. Y eso no cambia con el paso de los tiempos. Por mucho progreso que haya, los hombres seguiremos teniendo un corazón y un lugar en él para los sentimientos. Esta crónica pertenece al libro de los Reyes, capítulo IV, 16-28. Para abreviar, se la contaré con mis palabras:

"En una misma casa, convivían dos matrimonios sin parentesco. Las dos mujeres dieron a luz con tres días de diferencia. Una noche, mientras dormían, falleció el niño de una de ellas. La madre del fallecido se acercó a la otra cuna y cambió el cadáver de su hijo por el pequeño vivo. A la mañana siguiente, ambas madres armaron un guirigay. Las dos decían que el niño vivo era el suyo. Por eso, las llevaron ante el Rey Salomón, que era famoso por su sabiduría, para que dictara sentencia.

Salomón escucho las confusas explicaciones de las dos mujeres. Y, en su sabiduría, ideo un plan infalible. No necesitó de la moderna prueba del ADN para descubrir la verdad. Puso a las madres una sabia trampa. Pidió una espada. Y con el arma en la mano derecha y el niño cogido por un pie con su otra mano, dijo lo siguiente:

- Bueno, dividámosle por la mitad. Daremos una parte a cada una, y así dejaremos a las dos madres contentas.

Al momento, las dos mujeres expresaron sus sentimientos respecto al pequeño. Eso buscaba y esperaba el sabio Salomón.

- ¡Sí! ¡Buena idea! ¡Eso es lo mejor! Que nos den la mitad a cada una -dijo la falsa madre.

- ¡No! -dijo la auténtica-. Que se lo den entero a ella, pero que no lo maten.

Así es como Salomón supo quién de las dos era la verdadera madre. Y, una vez más, dicto sentencia con toda justicia".

El fondo esta historia en cuanto a los sentimientos, ha sido, es, y será, válida, ayer, hoy y mañana. ¿Qué pasará en este mundo cuando las madres ya no quieran a sus hijos? Y si, dado el caso, existen madres que prefieren matar a sus hijos antes que dárselos enteros a otra mujer, ¿qué nos estará pasando? ¿Nos estaremos deshumanizando?.



12- JOVENCITOS SIN PIEDAD

16 de septiembre de 1994.

Sr. Arturo Pérez Reverte:

No tenemos el gusto de conocernos personalmente. Sin embargo, es usted un reportero y escritor demasiado famoso como para no saber a quién me dirijo en mi carta. Recordando su imagen televisiva de periodista destinado en frías guerras y sintiendo gran simpatía por usted, me sentí decepcionado cuando se hizo cargo de presentar en televisión el bochornoso programa "Código 1". Y, por el mismo motivo de mi decepción, me alegre cuando dejó plantados a los realizadores con su programa.

A su fama de intrépido periodista que se juega el pellejo para contarnos, in situ, los follones de cualquier guerra perdida por el mundo, he de añadir su valía, demostrada, como escritor de artículos y novelas. Algunos lectores le ponen un pequeño reparo por su lenguaje descarado. Para mí, no tiene importancia el uso de los tacos en el lenguaje escrito, siempre que no se utilicen sin ton ni son. Sus tacos no suelen entrar en el campo de la grosería. No es lo mismo un lenguaje fuerte y con carácter que grosero. No obstante, le recriminaría, con la suavidad de un consejo, el abuso en sus textos del término "hijo-puta". Sr. Reverte, con este taco, usted está insultando a dos personas. Una de las dos agraviadas es totalmente inocente del delito provocante del insulto. A mi juicio, habría usted de guardar un respeto al don de la maternidad. Y debería buscar en su mente otro taco más adecuado para aludir a alguien a quien desprecia sin necesidad de acordarse de su madre.

No ignoro el riesgo de dirigirme a usted haciendo crítica. Es usted una persona de mucha cultura y de gran calidad escribiendo. Si quisiera, podría barrerme a mí y a mis comentarios de un sólo plumazo. No por ello voy a achicarme ante usted, ni siquiera voy a moderar mi crítica. Entre otras cosas, porque sé que mi carta nunca va a llegar a su persona. Y, puesto que, según mi intención, mi escrito no verá la luz, ni siquiera entendería usted mis razones para escribir. En un lenguaje propio de su estilo, se preguntaría: "Si no tienes ningún interés por enviar la carta, ¿para qué coño pierdes el tiempo escribiendo?". Lo dejaremos sin explicar. Pero, no me crea ningún loco. No lo estoy. ¡Cosas de la vida, Sr. Reverte, cosas de la vida!.

El artículo objetivo de mi réplica es el publicado en "El Suplemento Semanal", hoy día 16/9/1994. Lo titula: "Jovencitos sin piedad". En él, habla de que los delitos llevados a cabo por los jóvenes son cada vez más violentos. Y a una edad cada vez más prematura, añadiría yo. La razón de efectuar mi comentario está en que usted indirectamente me ha llamado meapilas cuando afirma lo siguiente: "Durante mucho tiempo, los meapilas de alma cándida nos han estado vendiendo la moto de que el hombre es bueno y después llega la sociedad y lo estropicia. Y nada más lejos de la verdad".

Se preguntará mi razón para sentirme aludido por su frase. Tengo una colección de escritos inéditos en la línea de esas mismas ideas de quienes usted llama meapilas. He buscado la palabra meapilas en mi modesto diccionario, y no viene en él dicho vocablo, pero me parece un despectivo. El calificativo "de alma cándida" lo entiendo mejor y lo tomo por un cumplido, no por un insulto. ¡Ojalá en el mundo hubiese más almas cándidas de cuantas hay!. Para llamar la atención de su error en ese "nada más lejos de la verdad" con que usted concluye el párrafo de nuestra polémica, le citaré una frase de autor. Se trata de un pensamiento de la jurista Concepción Arenal, que (digo yo) no era precisamente meapilas: "El delincuente no nace, se hace".

Usted en su escrito lo confunde todo. No sólo los niños, sino también los hombres adultos, podemos ejercer, casi a la vez, de "doctor Jeckill y míster Hyde". Podemos ejercer la caridad con una mano y dar puñetazos con la otra. Es la eterna lucha en el corazón del ser humano entre el bien y el mal. Aparte de eso, el hombre al nacer es bueno, pero no perfecto. Todo hombre lleva eso que los creyentes llamamos pecados capitales. En todo caso, créase o no se crea, son unas debilidades humanas cuya presencia es indiscutible. El factor más importante para controlar esas debilidades, para mal o para bien, es la libertad humana para desarrollar un tipo de moralidad acumulado durante la vida. En el caso del niño, no sólo podemos incidir en la formación de su tipo de moralidad pues aún no está del todo constituida, sino además, al no tener totalmente formada la personalidad, la sociedad influirá, positiva o negativamente, en la formación (fortaleza o debilidad) de la persona que, en el futuro, habría de poner en marcha su libertad para controlar su moral.

Estaba leyendo su artículo y, créame, Sr Reverte, me irrité moderadamente al llegar a las frases aludidas anteriormente. Pero luego, llego con mi lectura a la tercera columna del escrito, y ¡vaya sorpresa!, me he quedado desconcertado. Me da la razón. En tres líneas, contradice totalmente cuanto antes ha dicho antes en setenta. Cito textualmente: "Esta sociedad desquiciada e infame, sus equívocos valores y sus mitos, moldea monstruos a su imagen y semejanza". Pero, ¿no había dicho antes que no era verdad que el hombre fuera bueno, y la sociedad lo estropeara? ¿En qué quedamos?. Sr. Reverte, no se contradiga en sus artículos. Lo blanco puede ser negro desde otra perspectiva distinta, pero no puede verse de un color opuesto sin cambiar el punto de mira.

Al finalizar su artículo, me he encontrado con una estupidez mayúscula. Me parece una frase de esas que soltó un oportunista, y usted arregla a su manera: "A fin de cuentas, dice, cada cual tiene los gobiernos, la televisión y los hijos que se merece". Es de las tonterías de: "Díjolo Blas, punto redondo". Esa sentencia quedaría muy bien para final del artículo si fuera cierta, pero no lo es. No es cierto ese dicho: que diga que " cada cual... tiene los hijos que se merece", es el colmo. ¡Cuántos padres tienen hijos de signos casi opuestos sin poder darse una explicación! Vamos, un matrimonio con diez hijos, puede tenerlos de todos los estilos de vida. Se merecerá todos los hijos, ¿pero todos los estilos? ¿Qué habrán hecho para merecer un vago de no dar golpe, un empollón de dar lecciones al profesor, un religioso de clausura, un drogadicto sin remedio, un diablo incorregible, un enamorado y responsable padre de familia, un amigo de lo ajeno, un trabajador empedernido, un juerguista con dos copas de más y un minusválido psíquico para quererle como a un niño? ¿Han cambiado esos padres? No, y sí. Han realizado el cambio producido en la sociedad y la educación que, acertada o desacertadamente, premeditada o miméticamente, salió para cada uno de ellos. La sociedad somos todos, con una serie de circunstancias (le doy la razón, televisión incluida), pero algunos, por su cargo, son más responsables. Los padres tienen un gran peso en la formación de la manera de ser de los hijos, pero no son los únicos ni su poder está por encima de la libertad de sus vástagos.

En mi relación de los estilos de vida de esa hipotética familia, he actuado al azar. Sin embargo, le invitaría a realizar un estudio en familias especialmente numerosas. Podría comprobar como con el paso de los años se ha producido un deterioro: los estilos de vida menos deseables, casi siempre, corresponden a los hermanos menores. Casi siempre y no siempre, porque se ha de tener en cuenta la libertad personal a la hora de ser más o menos moldeable. Pero, se podrá extraer de esta comprobación que la sociedad con el paso del tiempo se ha portado cada vez más negativamente a la hora de moldear a los niños. ¿Por qué será? Para responder a la pregunta estarían los psicólogos y sociólogos. Es inútil mi propuesta de consulta: Me temo, que desde altas instancias no se tiene interés en preguntar a los entendidos.

Usted con la rotundidad de su frase de fin del artículo, culpa a los padres exclusivamente de influir en los hijos: "Cada cual... tiene... los hijos que se merece". ¡Curioso!: ¡Y me llama a mí "meapilas de alma cándida" por achacar a la sociedad, padres incluidos, el influir, positiva o negativamente, en el comportamiento y formación de la personalidad de los niños!.

Tiene usted razón cuando, en parte, culpa a la televisión. De ese invento mágico que nos permite viajar sin salir de nuestra casa, en demasiadas ocasiones hemos hecho un asqueroso electrodoméstico que, a la vez nos entretiene, nos embrutece. Y, claro, el daño es mayor para quienes todavía están formando su personalidad.

Disculpe el atreverme a realizar un comentario a su texto. Sin más...



13- ¡A LAS DIEZ EN CASA!

Publicado en Diario de Burgos el 17 de septiembre de 1995.

"¡A las diez en casa!". No, no estoy tratando de poner orden en mi domicilio. Desgraciadamente, a mis 41 años, no tengo hijos ni, siquiera, casa propia. Me refiero al programa de TVE1 emitido con ese nombre por título. Aunque... mirándolo bien... alguien habría de hacer una llamada de atención para poner normas horarias en la casa de la tele española. No es de recibo que un programa, destinado a suscitar el debate entre padres e hijos, comience en horas de madrugada y finalice a las dos menos veinte. Por lo menos, los responsables de situar los programas en la franja de horarios debieran de hacer honor al título elegido por los programadores: A las diez. Pero... a estos Srs. igual les da jabón que hilo negro... ¡como las dos cosas son para la ropa...! ¿La programación de televisión española estará dirigida por ineptos? De otra forma, para mí, no tiene explicación.

Concretamente me refiero en mi escrito al capítulo emitido el jueves 31/8/95, y subtitulado: "Discapacitados". Abrió brillantemente su intervención el actor José Sacristán. Lanzó la acusación de vivir en un mundo de discapacitados mentales donde falta la comprensión. Se explicó llamando discapacitado al intransigente, al intolerante y al insolidario. Hasta aquí, el Sr. Sacristán tenía más razón que un santo. Pero... como afirma el dicho: "en la medida está la virtud". Y es una pena, opino que el citado Sr. no supo callarse a tiempo. Calificó de discapacitados a los intransigentes con el aborto y continuó haciendo publicidad gratuita del llamado cuarto supuesto para abortar. Esto último ni siquiera venía a cuento, pero quedó dicho.

El actor se había metido en un lío del que, en mi opinión, salió malparado. Un matrimonio -ella estaba embarazada de ocho meses- a pesar de la advertencia médica de la posible discapacidad del niño, seguían con sus planes de tener a su hijo. La razón aludida por él fue la del amor: "Cuando se quiere a un hijo, ha de querérsele con todas las consecuencias", dijo. E hizo una alusión a las palabras del actor: "Aunque usted nos llame discapacitados por no plegarnos al aborto".

El actor en su replica dijo una verdad como una catedral. Sin embargo, sus palabras no pasaron de ser un parche para una salida de emergencia: Pues, sin quitarlas la categoría de verdad, estaban fuera de lugar. Dijo más o menos: "No sólo hay que buscar el interés de los padres, sino buscar una vida digna para el hijo". Exacto. ¿Pero cómo se hace eso? ¿Con el aborto? No, porque con el aborto ni habrá vida, ni oportunidad para el hijo concebido, ni nada de nada. Se le elimina, sin más. ¿Hay alguna ley natural por la que los discapacitados no puedan ser felices? Pero... ¿no se trataba con el programa de decirnos que un discapacitado no es menos que nadie? En ese punto no había discrepancias. ¿No iba encaminado todo a comprender la discapacidad? Ni uno sólo estaba por lo contrario y si lo hubiese estado, habría salido abucheado. Que se mirase a los ojos a cualquiera de los discapacitados presentes, ¿no eran felices? Hasta la misma Azucena -sentada a la izquierda del actor- que hace años apareció en televisión llorosa y deseando la muerte, hoy aparecía serena y radiante. "Aquello -decía Azucena- fue una historia pasada".

Y la respuesta del Sr. Sacristán, para el cuarto supuesto del aborto, por él defendido, no vale absolutamente para nada. Ahí, el interés por el hijo no cuenta lo más mínimo. Decide la madre (mujer) según sus intereses y punto. Y a otra cosa... mariposa.

Soy enfermo progresivo, discapacitado físico como Azucena. Como ella, aunque más callado, en mi soledad, mil veces he deseado la muerte y otras tantas he visto en el amor de quienes me rodean una razón para vivir. Sobran imbéciles, metidos a redentores, que nos hablen de aborto y de eutanasia y faltan personas comprometidas de verdad. ¿Dónde está el amor que tanto se mencionó en el programa? ¡Si el aborto y la eutanasia son todo lo contrario del amor! Azucena, yo, y tantos y tantos, discapacitados o no, aparte de cuando Dios quiera, sólo nos marcharemos si alguna vez llegamos a sentir que en este mundo ya no se nos quiere.

El amor es el motor de la vida. El amor es más fuerte que la muerte. Aun sabiéndolo... se sigue muriendo (o... matando) de soledad...



14- EL BARBECHAZO

(Publicado en Diario de Burgos, el día 6 de febrero de 1993).

Hace unos días me comentaban que el sr. "X", de profesión labrador, se había quedado solo en su deshabitado pueblo. La idea no le pareció atractiva. Por ello, compró una casa en la pequeña población vecina y se mudó a su nuevo domicilio.

Varios días después, una noche un individuo llamó a su puerta. Pedía, por favor, sacase con el tractor su coche que se había salido de la carretera. El labrador, hombre de hacer favores, inmediatamente arrancó el tractor y en breve puso el vehículo de aquel conductor nocturno en la calzada. Pero, buen observador, pudo darse cuenta, que el viajero se llevaba en el coche la cama de hierro antigua de su propiedad que él había dejado almacenada en la casa vieja del pueblo deshabitado.

Esta relación, hoy por no ser todavía demasiado usual, independientemente de ser, o no, real, puede parecer solamente una anécdota, pero mañana será algo habitual. Nadie parece querer adoptar medidas suficientes para remediarlo. Por el contrario, normas como el "barbechazo" van a favorecer que cosas como la contada dentro de pocos años, sean historias frecuentes.

Por de pronto, algunas de las veces que oigo la palabra de moda, solidaridad, se me ocurre un viejo dicho castellano: "Dime de qué presumes, y te diré lo que te falta".

"Barbechazo". Nombre despectivo a una Ley que obligaba a los agricultores a dejar un tanto por ciento de sus tierras en estado de barbecho.



15- EL BARCO DE LA VIDA

El barco velero impulsado por una leve brisa a popa navegaba en medio del mar. Desde allí, sólo se veía el azul verdoso del agua. La atmósfera estaba tan calmada que daba la impresión de no existir el movimiento en el agua. Hasta la brisa, que dicen siempre sopla en el mar, parecía haberse detenido. Era una sensación muy rara para cualquier marinero. Tan rara, que era un sueño de quien nunca ha abandonado la tierra firme. De no estar soñando, yo habría preferido el color dorado de un trigal maduro con el oleaje simulado de las espigas mecidas por en viento adornado por las pinceladas rojas de amapolas.

En mi sueño había llegado la noche después de una dura jornada de trabajo. Aunque no supiera el motivo, no podía dormirme. Me vestí y salí a cubierta a tomar el fresco nocturno. La luna se reflejaba en el agua dando una claridad similar a la del amanecer. Todo estaba solitario y misterioso: Era como si el hombre en aquel lugar no existiera. Pensativo, me estaba paseando por la cubierta del barco cuando observé la presencia de una persona. Me acerqué unos metros y vi su gorra de capitán. Como siempre he sido excesivamente tímido, no me atreví a molestarlo y me quedé contemplando el reflejo de la luna en el agua mientras esperaba que fuese él quien se dirigiera a mí.

De pronto, mientras yo me hacía el despistado, el capitán posó su mano sobre mi hombro.

- ¡Hola! ¿No hay sueño?.

Era un hombre en apariencia tan amable, que debajo de su larga y poblada barba se adivinaba una sonrisa. Tan atento parecía, que su bondad invitaba a hacer preguntas. Y como yo no entendía el porqué de mi estancia lejos de mi tierra firme y de mis trigales con amapolas, me animé a preguntar:

- ¿Cómo se llama este barco?

- Vida -contestó-. El barco se llama Vida.

- ¿A dónde vamos?.

- Al infinito.

No me atreví a pedir explicación de una respuesta no entendida e hice una pausa. Como si el capitán también quisiera sosegar la conversación, de vez en cuando, miraba con sus prismáticos el horizonte. Por ello, le pregunté:

- ¿Qué mira?.

- Nada. Solamente miro.

Cada respuesta, parecía más rara. Pero aquel hombre tenía algo, no sé qué, para animar a seguir conversando.

- ¿Qué transporta este barco?.

- Nada. Simplemente, llevamos.

Esta contestación me desmoralizó por completo, porque, por más vueltas que lo di, no pude apreciar ninguna diferencia entre transportar y llevar. El se dio cuenta enseguida de mi vacilación y me dio una explicación.

- No transportamos nada. La carga que llevamos únicamente sirve para guardar el equilibrio, no para trasladarla a ningún sitio.

Me quedé tan sorprendido como estaba antes de la interrogación, porque tampoco entendí la aclaración del capitán. Pero, tal vez llevado por su atracción mágica, cambié ligeramente mi anterior pregunta.

- ¿Y qué lleva el barco para guardar el equilibrio?.

- Llevamos multitud de paquetes. Solamente son de dos colores: Unos son azules y los otros rojos. Todos son iguales de tamaño y de peso, pero los rojos no los quiere nadie.

Jamás en tan poco tiempo me habían dicho tantas cosas superiores a mi inteligencia. Por ello, me quedé pensativo.

- Me voy -se despidió el capitán-. Aún tengo que anotar lo sucedido en la pasada jornada en el cuaderno de abordo. ¡Hasta luego!.

Miré mi reloj, y eran las cinco y media de la mañana. Ya no era tiempo de acostarme otra vez, pues dentro de muy poco amanecería. Cuando empezó a clarear, con las primeras luces del alba, comenzó a salir la muchedumbre de los camarotes. Y, cuando aparecieron los primeros rayos del sol, como si en apariencia hubieran surgido del agua de mar, la cubierta ya parecía un hormiguero de gente. Entonces vi la bandera del barco: era de color blanco, sin ningún signo. También pude apreciar con mi vista los paquetes de los que me habló el capitán. Estaban allí apilados en el centro del barco. Los rayos solares se reverberaban en su envoltura plateada azul o roja. Todos, eran de forma cúbica y tenían marcada en cada una de sus seis caras una letra D. Todo el personal se movía de aquí para allá, yo también. No sé dónde íbamos ni qué hacíamos ni para qué, pero todos íbamos y veníamos.

De pronto, a quienes tenían su puesto de trabajo en la parte de babor del barco les dio por arrojar paquetes rojos al agua. Al principio, apenas notamos inconvenientes, pero en dos horas el barco quedó ladeado por completo. Había quedado como si pesara más la parte de estribor, donde estaba mi puesto, y estuviéramos a punto de naufragar. Tan inclinado estaba que apenas podíamos mantenernos en pie.

Entonces, el capitán salió a cubierta y comenzó a gritar órdenes. A los de nuestro lado no ordenó:

- ¡Arrojad al mar paquetes azules!.

Esta medida no cabía en mi cabeza: "Si ellos tiran los rojos, y precisamente los rojos no los quiere nadie, ¿por qué no lanzamos nosotros también los rojos de nuestro lado para compensar la carga en vez de tirar los paquetes azules que parecen ser los auténticamente valiosos?", pensé. Animado por la confianza que el capitán me inspiró en la amable conversación de la noche, así se lo hice saber. Él me corrigió con suavidad, como si en el fondo me comprendiera, pero me hizo notar mi error:

- El equilibrio de este barco no se basa en el peso de la carga, sino en el número de paquetes. Tiene que ser igual la cantidad del un color que la del otro por eso es preciso arrojar paquetes azules, si arrojásemos más rojos empeoraría el problema y acabaríamos naufragando.

Tras un penoso trabajo arrojando paquetes azules, el barco recuperó la verticalidad.

Aquella noche estaba muy cansado por el trabajo y dormí de un tirón.

A la mañana siguiente, el tiempo había cambiado totalmente. El viento levantaba el agua y lanzaba con dureza las olas contra el casco del barco. Y eso sólo era el principio comparado con la tempestad que hacían presagiar los negros nubarrones del cielo. Al igual que la víspera, todos íbamos y veníamos presurosos por cubierta. El tiempo se agravaba por momentos. Tan pronto nos inclinábamos a la derecha, como a la izquierda. Todos, atemorizados, gritábamos como locos cuando una ola salpicaba nuestros rostros. El barco simulando una frágil cascara de nuez se balanceaba lo indecible. La tormenta tronchó de cuajo el palo mayor, e hizo trizas una de las velas. Entonces, el gobierno de la nave no fue posible desde el timón, y el barco giró en redondo. Después de esta pérdida de control, me encomendé a todos los santos, porque creí que el hundimiento era irremediable y mi vida tocaba a su fin.

El capitán gritaba órdenes, pero no sé si decía que subieran las velas o que las bajaran. No lo sé, porque yo estaba completamente mareado: Tanto, que tenía unas ganas inmensas de vomitar y caí al suelo desmayado. Cuando se pasó mi desvanecimiento, estaba sobre mi litera. Me habían puesto un cinturón de seguridad para que el excesivo bamboleo de la nave no me expulsara de la cama. El barco ya había recuperado la normalidad y todo parecía tranquilo. Por ello, me volví a dormir.

Cuando desperté de nuevo, vi por el ojo de buey que aún no había amanecido. Como había dormido casi un día entero, no me venía el sueño. Me vestí y salí a pasear por cubierta.

Allí sólo estaba, como la noche pasada, el capitán mirando con sus prismáticos. Aunque supiera la respuesta, por iniciar la conversación, le hice la pregunta:

- ¿Qué mira?.

- Nada. Simplemente, miro.

En un instante recordé la tempestad sufrida el día anterior en contraste con la calma del momento. Se me ocurrió pensar que si, en medio de la tormenta, alguien hubiera tenido la idea de tirar paquetes rojos al mar como el primer día de mi viaje habría agravado las dificultades: Hubiéramos ido todos a pique. Sólo de pensarlo me entró un escalofrío y se me puso piel de gallina. Le expresé mis temores al capitán.

- No temas -me contestó-, en la adversidad los hombres son más solidarios que nunca. Por eso, es bueno que de vez en cuando haya tormentas.

No comprendía aquella respuesta, pero encontré en ella algo para pensar. Por fin, se aclaraba mi mente y me pareció hallar un principio de explicación para todo aquello. Pero cuando parecía animarse la situación sonó mi despertador. Tal sonido interrumpió tan misterioso sueño y vi que no había mar y me hallaba en mi querida tierra firme de trigales y amapolas.

Cuando tuve tiempo, quise descifrar aquel sueño. Como si de un rompecabezas se tratara, coloqué sobre la mesa todas sus piezas. Y, como si fueran de distinto puzzle ninguna encajaba. "¡Bah, déjalo! ¡Cosas absurdas de los sueños!", me dije. Lo iba a dejar por imposible, cuando recordé una pregunta que había dirigido al capitán y su respuesta correspondiente:

"- Esa letra D de los paquetes, ¿qué significa?".

"- La de los azules derechos, la de los rojos deberes -me había respondido".



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